Al día siguiente, Meg lloró con increíble abundancia hasta que Alberto
le dijo por vigésima vez que la había perdonado y que había dado por
entero al olvido su chiquillada.
--Pues aún no estoy tranquila. No eres sincero conmigo. Algo hay que
no me dices. Te lo conozco en la cara. Si hasta parece que no te gusta
besarme.
Estaban en el bosquete de araucarias. Alberto tenía vergüenza de
confesar que sentía celos horribles.
--No te oculto nada, Meg. Y en cuanto á que no me gusta besarte... --la
besó delirantemente, estrujándola contra su pecho.
--Así, así --suspiraba Meg, casi ahogada y tosiqueando á veces.
En el resto del día no volvieron á encontrarse á solas. Minuto por
minuto, el sentimiento de los celos labraba el corazón del joven. No
pudo dormir. Se levantó muy de mañana y salió á pasear junto á los
sauces. Á las diez, Nancy y su hija bajaron al jardín. Venían con
trajes de calle y pensaban ir á la ciudad, á hacer compras. Alberto se
ofreció á conducirlas, como barquero hasta el atracadero central. Las
mujeres aceptaron. De vuelta, Alberto remó con prisa, por llegar cuanto
antes. Una idea tenaz le hostigaba.
Subió las escaleras de la casa, mirando desconfiado á todas partes;
llegó hasta el cuarto de Meg; penetró y cerró por dentro: «Soy un
miserable», se dijo. Era una habitación Luis XVI, delicada y fresca
como un rosal. Alberto fué derechamente á un escritorio. Estaba
cerrado. «Claro está que no lo iba á dejar abierto», pensó. Padeció la
tentación de forzarlo. Se acercó al armario de espejo; también estaba
cerrado. Llegóse á la mesa de noche y abrió el cajoncito superior.
Había en él dos cajitas de piel, para alhajas, un pañolillo de batista
arrugado, cintas, un libro de devoción y una novela francesa, con
estampas lascivas; todo ello saturado de frágil olor á rosa. Antes de
abrir la portezuela inferior, dudó un momento. Estaba abochornado de
aquel escrutinio desleal. Tiró de la portezuela, temiendo encontrar
algún púdico detalle íntimo del cuerpo de Meg. Las mejillas le
abrasaban. Había un par de zapatillas, de piel roja y el forro de seda
acolchada; una cajita de cuero labrado, remedando una arqueta gótica;
dentro de la cajita unas llaves, y una de ellas, la del escritorio. Y
en el escritorio, muy á la vista, unas cartas. Decían:
«Margot, mi bebé: ya que te empeñas en que nos entendamos por
carta, para no despertar las sospechas de tu papá, á quien de sobra
veo que no le soy nada simpático, te obedezco. Pero quiero decirte
todo lo que pienso. Yo pienso que la verdadera razón no es la que
me das. No te entiendo, me pareces una mujer extraña, como no hay
otra, y quizás por eso me tienes loco, loquito del todo. Yo creo
que me obligas á estar un poco distante de ti para que, no pudiendo
tolerarlo por mucho tiempo, me anime á realizar lo que me has
pedido».
Alberto pensó: quería escaparse también con él. Continuaba la carta:
«Bebé, _mon âme_, ¿no comprendes que eso es una locura? Figúrate
que mis padres lo toman á mal, y los tuyos también ¿qué iba á ser
de nosotros? Estoy viendo que al leer esta carta haces uno de esos
gestos de desprecio que tanto hieren. No, no, Margot idolatrada;
piensa bien lo que te digo, que es por nuestro bien. Las cosas se
pueden arreglar de otra manera más natural, y espero que pronto.
Me faltan dos años de carrera. Pero en último extremo yo no haré
más que lo que tú quieras. Todo antes de sentirme despreciado,
sin causa, como esta noche me has despreciado, cuando saliste á
despedir á tu papá y al señor de Guzmán.
»Soy todo tuyo y sueño con que seas toda mía,
_Ettore_.»
«Querubín: Si supieras cuánto padezco. No me he atrevido á ir esta
noche á tu casa y te envío esta carta por el jardinero. Espero
que te la entregarán hoy mismo. Cuando te dejé, después de haber
paseado por vuestro jardín y ¡qué feliz he sido aquellos minutos!
venía resuelto á prepararlo todo y darte gusto. Pero al encontrarme
en casa y ver á mamá y á papá, tan ajenos á lo que yo tramaba
(porque necesariamente había de robarles el dinero necesario) me
faltaron las fuerzas. ¡Por Dios no te enfades! Ten piedad de mí y
sobre todo confianza en mí. Seremos felices, _bamboletta mía_,
_Ettore_».
Por la fecha y el contenido de la carta, Alberto dedujo que Meg la
había recibido después de haberle rechazado, achacando las escenas
de amor á capricho cruel, y antes de haber insinuado por la rendija
de la puerta la esquelita rosa. No quiso leer más cartas. Colocó los
papeles como estaban, la llave en su arqueta y salió á pasear, fuera de
_Villa-Anita_.
Había reasumido instantáneamente su estado de aplomo espiritual.
Sus ideas y sentimientos adoptaban de nuevo la impasible serenidad
estética. De actor de la tragedia, azotado por furias fatales, se había
convertido en espectador que recibe deleite en seguir el encadenamiento
de los hechos, y con el _pathos_ de los personajes depura sus
pasiones. Se había librado milagrosamente del desorden vertiginoso,
del torrente que le había arrastrado, y ahora estaba en la margen,
tranquilo y sonriente, no contemplando en aquel raudo torbellino otra
cosa que el juego de bellas fuerzas naturales. Meg era para él un
accidente del mundo, como las cañadas nebulosas de los montes, como
las nubes transitorias, como el lago con sus escalofríos pasajeros y
sus coloraciones cambiantes; era materia para sentir, comprender y
expresar, acrecentando de esta suerte la densidad de la propia vida,
mas no para ofrecer en sacrificio ante ella la divina libertad del
espíritu y con la libertad la suma fecunda de los días venideros. Meg
ya no era sino un objeto curioso de observación y un interesante tema
artístico; había descendido desde la tiranía á la esclavitud, porque
así como la forma domina al mal artífice y engendra la desarmonía de
las obras, el buen artífice domina la forma y rige apaciblemente las
leyes de la armonía; Alberto consideraba la vida como una obra de
arte, como un proceso del hacer reflexivo sobre materiales del sentir
sincero, imparcial.
Volvió, pues, á la villa con tanta fortaleza de ánimo como si las
puertas de su corazón girasen sobre goznes de diamante.
V
Durante el almuerzo, Meg se mantuvo en silencio, melancólica y como
fatigada. Sus ojos, verde-remanso, yacían misteriosamente en la sombra
violácea de las ojeras, y miraban, sin parpadear, con larga caricia
á Alberto, el cual, aun cuando estaba muy determinado en hacerse el
indiferente y muy seguro de sí propio, concluyó por entregarse á la
fascinación de las acuosas pupilas, respondiendo á la asiduidad de
sus miradas con otras, de su parte, no menos amorosas, y un sí es no
es acarneradas. Entre tanto se decía: «¿acaso los pensamientos de
esta mañana no eran sino sofismas sentimentales, provocados por la
certidumbre de que Meg amaba á Ettore? ¿Es posible que no fueran sino
ridículos y engañosos lenitivos que á mí mismo me aplicaba?» Bajo el
hechizo de los ojos verdes Alberto no sabía qué pensar, pero estaba
resuelto á romper con Meg, en la primera conversación que tuvieran.
Después de almorzar, así que Bob se adormeció en su acostumbrado
butacón, Alberto descendió al bosquecillo de araucarias. Meg, tendida
en la hamaca, leía. Alberto se adelantó con pie lento; su espíritu
temblaba en un filo de enorme incertidumbre, como si la balanza de su
porvenir estuviera en el fiel y en inminencia de doblarse para siempre:
en un platillo, la liberación; en el otro, el amor delirante, fatídico,
eterno por aquella mujer. De ella --un gesto, un ademán, una sonrisa,
una palabra-- quizá dependiese todo. Aquellos instantes ligeros,
volando entre la penumbra perfumada del bosque, eran la conjunción
suprema del pasado y el futuro.
--¿Por qué no te acercas á besarme? --preguntó Meg, con voz lenta y
suplicante.
--Porque no he venido á besarte, sino á hablar contigo de asuntos
serios --respondió Alberto severamente. Meg compuso una muequecita tan
desolada, tan zalamera, tan inocente, que Alberto perdió la serenidad.
Adelantóse un paso, y mordiendo las palabras, murmuró--: ¡No tienes
vergüenza!
Meg no respondió; pero sus ojos se iluminaron de sutil alegría; por
dominar la sonrisa, sus mejillas temblaban. Alberto, que lo advertía
claramente, repitió:
--¡No tienes vergüenza! ¿Lo has oído?
Meg inclinó la cabeza en señal de asentimiento. Una lengüecilla de
oro bajó desde la frente á besarle, trémula, los ojos. Con la mano
blanquísima, que azuleaba en la penumbra, redujo el rizo á su lugar
correspondiente, y como éste se obstinara en insubordinarse, Meg hizo
un gesto de contrariedad como si el tocado fuera lo único que le
preocupase en tales circunstancias. Domeñado el díscolo mechón, Meg se
puso á mirar á Alberto con infantil insolencia. El hombre, cada vez con
mayor desvarío, continuó:
--Pero ¿tú creías que á mí se me engañaba como á un _pipi_?
Meg sacó lindamente el hociquito, como diciendo: ¡Jesús, qué palabra!
Alberto, exasperándose progresivamente, no apartaba los ojos del
rostro de la niña, descifrando su lenguaje mímico. Pero la respiración
de Meg, rápida y anhelante, y el agitado movimiento del frágil torso
eran cosas que no existían para él. El gesto de reprobación irónica
con que Meg recibió la palabra _pipi_, aprendida por Alberto en las
noches orgiásticas de la vida libertina madrileña, y pronunciada ahora
involuntariamente, le enfureció más aún en su interior. Sin freno ya,
refirió descaradamente su espionaje y el hallazgo de las cartas. En
este punto de su discurso, hubiera sido un gran alivio para él, y así
lo deseaba con toda vehemencia, que Meg replicara ofendida, echándole
en cara la bajeza de su conducta. Pero Meg no desplegó los labios; sus
ojos seguían bañados de alegría misteriosa y la piel de los pómulos
estremecida. Entonces Alberto la oprimió un brazo, con bárbara
violencia, á tiempo que, acuñando las sílabas, pronunciaba una palabra
soez. Retrocedió, espantado de sí mismo, llevándose las manos al
rostro. Meg rompió á llorar. Y lloraba de alegría. Entre las lágrimas
suspiraba:
--¡Cómo me quieres! ¡Cómo te quiero!
--¿Eh? --interrogó Alberto, atónito, dejando caer las manos á los lados
del cuerpo.
--¡Cómo me quieres! ¡Cómo te quiero!
Arrebatadamente, Alberto fué sobre Meg, la tomó por las sienes
y aproximándose hasta casi unir las frentes, buceó en los ojos
verdiclaros hasta desentrañar los últimos limbos de aquella profunda
alma femenina.
--¿Te quiero? --preguntó Meg con desmayado soplo.
--Sí.
Oyóse la voz de Nancy:
--Meg; ven un momento.
Alberto quedó á solas. Su sér, convulso y descompuesto poco antes,
había sufrido nueva trasmutación. Disipáronse, como por arte de
encantamiento, la lumbrarada y humareda que le habían abrasado y
desvanecido los últimos días. La balanza se había rendido del lado de
la liberación. Había llegado prematuramente á una convicción, cuando
su ímpetu sensual y su desconcierto espiritual no habían cuajado aún
en sentimiento de raíces duraderas. Muerta la incertidumbre, muerta
la zozobra, muerta la ansiedad, muerta la esperanza, muertas todas las
potencias misteriosas que presiden al nacimiento del genuino amor.
Ahora, sólo sentía por Meg un á manera de interés ético ó afecto
maternal. La alegría de sentirse otra vez en imperio de sí propio, se
acibaraba con la compasión que le inspiraba Meg. Accidentalmente, tomó
el libro que la niña había dejado sobre la hamaca y lo hojeó al azar.
Era una antología de poetas norteamericanos. Sus ojos fueron á posarse
en un poema de J. G. Whittier[2]; _Telling the Bees_.
Here is the place; right over the hill
Runs the path I took;
You can see the gap in the old wall still,
And the stepping-stones in the shallow brook.
There is the house, with the gate red-barred,
And the poplars tall;
And the barn’s brown length, and the cattle-yard,
And the white horns tossing above the wall.
There are the beehives ranged in the sun;
And down by the brink
Of the brook are her poor flowers, weed --o’errun--,
Pansy and daffodil, rose and pink.
¿No era la casa de Fina en Villaclara? En aquellos mismos instantes ¿no
estaría Fina esperándole, cantando, por alimentar la confianza, á la
vera de la ringla de colmenas? ¿No era Fina el escudo contra el peligro
de toda loca pasión futura, y corona de rosas para una frente serena?
¿No le unía aún á Fina un amor hecho amistad estrecha, incorruptible
como un diamante?
Formulaba Alberto en su pensamiento estas que no eran preguntas sino en
la forma retórica, que en sustancia eran afirmaciones, cuando retornó
Meg. Se agazapó al flanco de Alberto, como buscando protección para
su alma quebradiza y caprichosa. Era en aquel punto una criatura toda
humildad, solicitud y renunciamiento. Dijo:
--Lo que tú sabes mejor que yo, no tengo para qué contártelo. Yo me
hubiera alegrado de que nunca lo hubieras sabido, pero me doy por
satisfecha al ver que de un mal puede venir un bien tan grande como
el que ahora siento. Es verdad que fuí una loca, que fuí muy mala,
muy mala. Yo quiero ser siempre buena, pero no sé cómo, á veces hay
una fuerza extraña que no sé de dónde viene, y me obliga á hacer
maldades. ¡Si supieras cuánto he llorado, desesperada de no ser nunca
dueña de mí misma! Llegué á atribuirlo á la influencia de mi casa, á
esa desesperación sorda y continua que hay siempre en mi casa; á esa
tristeza que no es una tristeza tranquila como otras tristezas, sino
una tristeza agria que le envenena á una. Y entonces, fuera como fuera,
aun cometiendo una falta para toda la vida, decidí escaparme de casa,
y estaba segura de que en huyendo iba á llegar á ser buena. Yo no sé
si me explico, ó si tú me entiendes. Te juro que digo la verdad. Lo de
Ettore... ¡Yo qué sé! Quiero llorar... ¿Ves? Una de tantas cosas como
hago sin saber cómo, arrastrada, sufriendo. Pero ahora me parece que
comienza una nueva vida. Nunca me he sentido tan buena como hoy, ni tan
segura, y es que me parece que me apoyo en tu corazón. (_Una pausa._)
Ahora te digo; puedes pedir mi mano á papá.
--Meg, niñita mía, ¿eres realmente buena?
Meg levantó sus ojos con dulce desolación infantil, como preguntando:
¿es posible que lo dudes?
--Vamos á probarlo ahora. Si estás segura de ti misma como dices, y
sientes que comienza una nueva vida, prepárate á oirme con entereza. No
puedo pedir tu mano á tu padre, porque sería una locura. Olvida todo lo
pasado. Yo no puedo ser tu novio, menos aún tu marido. Te quiero, sí,
como un hermano mayor, quizá como un padre.
Meg atribuyó estas frases á un deseo de chancear, pero al ver el rostro
de Alberto y su severidad noble, comprendió que todo se había perdido
para ella.
--¿Por qué me has engañado?
--No te he engañado, Meg. Yo era el engañado, no porque tú me
engañases, que yo á mí mismo me engañaba.
--Sí, sí, lo comprendo. He llegado á quererte demasiado, y demasiado
pronto. Lo comprendo.
--Quizá sí.
--¿Y qué piensas hacer?
--Marcharme mañana mismo en el vapor de las siete.
--¿Y sabes que tu marcha puede ser la muerte de papá... y la mía?
--La muerte, para tu padre, será una solución. ¿La tuya? ¿No me acabas
de asegurar que te consideras fuerte y tranquila?
--Creo que te he escuchado y respondido con perfecta tranquilidad.
--Pues yo te digo que la vida es buena, siempre que sepamos nosotros
conducirla bien. Y yo te digo, además, que debes ser feliz y que serás
feliz.
--¡Feliz...! No sé cómo.
--Meg, niñita mía --la besó en la frente--; espera y confía.
--¿Qué vas á decir á papá?
--Nada. Marcharé sin que él lo sospeche.
--¿Quieres que baje á despedirte al jardín, mañana?
--Lo quisiera, pero creo que es mejor que no bajes. Adiós.
--¿No me das otro beso?
Alberto quiso besarla en la frente, pero Meg echó la cabeza hacia atrás
y recibió el beso en la boca.
--Adiós, Alberto, y mira si soy fuerte que no lloro --pero cada palabra
se desprendía de sus labios temblando como una lágrima.