IV

Al día siguiente, Meg lloró con increíble abundancia hasta que Alberto

le dijo por vigésima vez que la había perdonado y que había dado por

entero al olvido su chiquillada.

--Pues aún no estoy tranquila. No eres sincero conmigo. Algo hay que

no me dices. Te lo conozco en la cara. Si hasta parece que no te gusta

besarme.

Estaban en el bosquete de araucarias. Alberto tenía vergüenza de

confesar que sentía celos horribles.

--No te oculto nada, Meg. Y en cuanto á que no me gusta besarte... --la

besó delirantemente, estrujándola contra su pecho.

--Así, así --suspiraba Meg, casi ahogada y tosiqueando á veces.

En el resto del día no volvieron á encontrarse á solas. Minuto por

minuto, el sentimiento de los celos labraba el corazón del joven. No

pudo dormir. Se levantó muy de mañana y salió á pasear junto á los

sauces. Á las diez, Nancy y su hija bajaron al jardín. Venían con

trajes de calle y pensaban ir á la ciudad, á hacer compras. Alberto se

ofreció á conducirlas, como barquero hasta el atracadero central. Las

mujeres aceptaron. De vuelta, Alberto remó con prisa, por llegar cuanto

antes. Una idea tenaz le hostigaba.

Subió las escaleras de la casa, mirando desconfiado á todas partes;

llegó hasta el cuarto de Meg; penetró y cerró por dentro: «Soy un

miserable», se dijo. Era una habitación Luis XVI, delicada y fresca

como un rosal. Alberto fué derechamente á un escritorio. Estaba

cerrado. «Claro está que no lo iba á dejar abierto», pensó. Padeció la

tentación de forzarlo. Se acercó al armario de espejo; también estaba

cerrado. Llegóse á la mesa de noche y abrió el cajoncito superior.

Había en él dos cajitas de piel, para alhajas, un pañolillo de batista

arrugado, cintas, un libro de devoción y una novela francesa, con

estampas lascivas; todo ello saturado de frágil olor á rosa. Antes de

abrir la portezuela inferior, dudó un momento. Estaba abochornado de

aquel escrutinio desleal. Tiró de la portezuela, temiendo encontrar

algún púdico detalle íntimo del cuerpo de Meg. Las mejillas le

abrasaban. Había un par de zapatillas, de piel roja y el forro de seda

acolchada; una cajita de cuero labrado, remedando una arqueta gótica;

dentro de la cajita unas llaves, y una de ellas, la del escritorio. Y

en el escritorio, muy á la vista, unas cartas. Decían:

«Margot, mi bebé: ya que te empeñas en que nos entendamos por

carta, para no despertar las sospechas de tu papá, á quien de sobra

veo que no le soy nada simpático, te obedezco. Pero quiero decirte

todo lo que pienso. Yo pienso que la verdadera razón no es la que

me das. No te entiendo, me pareces una mujer extraña, como no hay

otra, y quizás por eso me tienes loco, loquito del todo. Yo creo

que me obligas á estar un poco distante de ti para que, no pudiendo

tolerarlo por mucho tiempo, me anime á realizar lo que me has

pedido».

Alberto pensó: quería escaparse también con él. Continuaba la carta:

«Bebé, _mon âme_, ¿no comprendes que eso es una locura? Figúrate

que mis padres lo toman á mal, y los tuyos también ¿qué iba á ser

de nosotros? Estoy viendo que al leer esta carta haces uno de esos

gestos de desprecio que tanto hieren. No, no, Margot idolatrada;

piensa bien lo que te digo, que es por nuestro bien. Las cosas se

pueden arreglar de otra manera más natural, y espero que pronto.

Me faltan dos años de carrera. Pero en último extremo yo no haré

más que lo que tú quieras. Todo antes de sentirme despreciado,

sin causa, como esta noche me has despreciado, cuando saliste á

despedir á tu papá y al señor de Guzmán.

»Soy todo tuyo y sueño con que seas toda mía,

_Ettore_.»

«Querubín: Si supieras cuánto padezco. No me he atrevido á ir esta

noche á tu casa y te envío esta carta por el jardinero. Espero

que te la entregarán hoy mismo. Cuando te dejé, después de haber

paseado por vuestro jardín y ¡qué feliz he sido aquellos minutos!

venía resuelto á prepararlo todo y darte gusto. Pero al encontrarme

en casa y ver á mamá y á papá, tan ajenos á lo que yo tramaba

(porque necesariamente había de robarles el dinero necesario) me

faltaron las fuerzas. ¡Por Dios no te enfades! Ten piedad de mí y

sobre todo confianza en mí. Seremos felices, _bamboletta mía_,

_Ettore_».

Por la fecha y el contenido de la carta, Alberto dedujo que Meg la

había recibido después de haberle rechazado, achacando las escenas

de amor á capricho cruel, y antes de haber insinuado por la rendija

de la puerta la esquelita rosa. No quiso leer más cartas. Colocó los

papeles como estaban, la llave en su arqueta y salió á pasear, fuera de

_Villa-Anita_.

Había reasumido instantáneamente su estado de aplomo espiritual.

Sus ideas y sentimientos adoptaban de nuevo la impasible serenidad

estética. De actor de la tragedia, azotado por furias fatales, se había

convertido en espectador que recibe deleite en seguir el encadenamiento

de los hechos, y con el _pathos_ de los personajes depura sus

pasiones. Se había librado milagrosamente del desorden vertiginoso,

del torrente que le había arrastrado, y ahora estaba en la margen,

tranquilo y sonriente, no contemplando en aquel raudo torbellino otra

cosa que el juego de bellas fuerzas naturales. Meg era para él un

accidente del mundo, como las cañadas nebulosas de los montes, como

las nubes transitorias, como el lago con sus escalofríos pasajeros y

sus coloraciones cambiantes; era materia para sentir, comprender y

expresar, acrecentando de esta suerte la densidad de la propia vida,

mas no para ofrecer en sacrificio ante ella la divina libertad del

espíritu y con la libertad la suma fecunda de los días venideros. Meg

ya no era sino un objeto curioso de observación y un interesante tema

artístico; había descendido desde la tiranía á la esclavitud, porque

así como la forma domina al mal artífice y engendra la desarmonía de

las obras, el buen artífice domina la forma y rige apaciblemente las

leyes de la armonía; Alberto consideraba la vida como una obra de

arte, como un proceso del hacer reflexivo sobre materiales del sentir

sincero, imparcial.

Volvió, pues, á la villa con tanta fortaleza de ánimo como si las

puertas de su corazón girasen sobre goznes de diamante.

V

Durante el almuerzo, Meg se mantuvo en silencio, melancólica y como

fatigada. Sus ojos, verde-remanso, yacían misteriosamente en la sombra

violácea de las ojeras, y miraban, sin parpadear, con larga caricia

á Alberto, el cual, aun cuando estaba muy determinado en hacerse el

indiferente y muy seguro de sí propio, concluyó por entregarse á la

fascinación de las acuosas pupilas, respondiendo á la asiduidad de

sus miradas con otras, de su parte, no menos amorosas, y un sí es no

es acarneradas. Entre tanto se decía: «¿acaso los pensamientos de

esta mañana no eran sino sofismas sentimentales, provocados por la

certidumbre de que Meg amaba á Ettore? ¿Es posible que no fueran sino

ridículos y engañosos lenitivos que á mí mismo me aplicaba?» Bajo el

hechizo de los ojos verdes Alberto no sabía qué pensar, pero estaba

resuelto á romper con Meg, en la primera conversación que tuvieran.

Después de almorzar, así que Bob se adormeció en su acostumbrado

butacón, Alberto descendió al bosquecillo de araucarias. Meg, tendida

en la hamaca, leía. Alberto se adelantó con pie lento; su espíritu

temblaba en un filo de enorme incertidumbre, como si la balanza de su

porvenir estuviera en el fiel y en inminencia de doblarse para siempre:

en un platillo, la liberación; en el otro, el amor delirante, fatídico,

eterno por aquella mujer. De ella --un gesto, un ademán, una sonrisa,

una palabra-- quizá dependiese todo. Aquellos instantes ligeros,

volando entre la penumbra perfumada del bosque, eran la conjunción

suprema del pasado y el futuro.

--¿Por qué no te acercas á besarme? --preguntó Meg, con voz lenta y

suplicante.

--Porque no he venido á besarte, sino á hablar contigo de asuntos

serios --respondió Alberto severamente. Meg compuso una muequecita tan

desolada, tan zalamera, tan inocente, que Alberto perdió la serenidad.

Adelantóse un paso, y mordiendo las palabras, murmuró--: ¡No tienes

vergüenza!

Meg no respondió; pero sus ojos se iluminaron de sutil alegría; por

dominar la sonrisa, sus mejillas temblaban. Alberto, que lo advertía

claramente, repitió:

--¡No tienes vergüenza! ¿Lo has oído?

Meg inclinó la cabeza en señal de asentimiento. Una lengüecilla de

oro bajó desde la frente á besarle, trémula, los ojos. Con la mano

blanquísima, que azuleaba en la penumbra, redujo el rizo á su lugar

correspondiente, y como éste se obstinara en insubordinarse, Meg hizo

un gesto de contrariedad como si el tocado fuera lo único que le

preocupase en tales circunstancias. Domeñado el díscolo mechón, Meg se

puso á mirar á Alberto con infantil insolencia. El hombre, cada vez con

mayor desvarío, continuó:

--Pero ¿tú creías que á mí se me engañaba como á un _pipi_?

Meg sacó lindamente el hociquito, como diciendo: ¡Jesús, qué palabra!

Alberto, exasperándose progresivamente, no apartaba los ojos del

rostro de la niña, descifrando su lenguaje mímico. Pero la respiración

de Meg, rápida y anhelante, y el agitado movimiento del frágil torso

eran cosas que no existían para él. El gesto de reprobación irónica

con que Meg recibió la palabra _pipi_, aprendida por Alberto en las

noches orgiásticas de la vida libertina madrileña, y pronunciada ahora

involuntariamente, le enfureció más aún en su interior. Sin freno ya,

refirió descaradamente su espionaje y el hallazgo de las cartas. En

este punto de su discurso, hubiera sido un gran alivio para él, y así

lo deseaba con toda vehemencia, que Meg replicara ofendida, echándole

en cara la bajeza de su conducta. Pero Meg no desplegó los labios; sus

ojos seguían bañados de alegría misteriosa y la piel de los pómulos

estremecida. Entonces Alberto la oprimió un brazo, con bárbara

violencia, á tiempo que, acuñando las sílabas, pronunciaba una palabra

soez. Retrocedió, espantado de sí mismo, llevándose las manos al

rostro. Meg rompió á llorar. Y lloraba de alegría. Entre las lágrimas

suspiraba:

--¡Cómo me quieres! ¡Cómo te quiero!

--¿Eh? --interrogó Alberto, atónito, dejando caer las manos á los lados

del cuerpo.

--¡Cómo me quieres! ¡Cómo te quiero!

Arrebatadamente, Alberto fué sobre Meg, la tomó por las sienes

y aproximándose hasta casi unir las frentes, buceó en los ojos

verdiclaros hasta desentrañar los últimos limbos de aquella profunda

alma femenina.

--¿Te quiero? --preguntó Meg con desmayado soplo.

--Sí.

Oyóse la voz de Nancy:

--Meg; ven un momento.

Alberto quedó á solas. Su sér, convulso y descompuesto poco antes,

había sufrido nueva trasmutación. Disipáronse, como por arte de

encantamiento, la lumbrarada y humareda que le habían abrasado y

desvanecido los últimos días. La balanza se había rendido del lado de

la liberación. Había llegado prematuramente á una convicción, cuando

su ímpetu sensual y su desconcierto espiritual no habían cuajado aún

en sentimiento de raíces duraderas. Muerta la incertidumbre, muerta

la zozobra, muerta la ansiedad, muerta la esperanza, muertas todas las

potencias misteriosas que presiden al nacimiento del genuino amor.

Ahora, sólo sentía por Meg un á manera de interés ético ó afecto

maternal. La alegría de sentirse otra vez en imperio de sí propio, se

acibaraba con la compasión que le inspiraba Meg. Accidentalmente, tomó

el libro que la niña había dejado sobre la hamaca y lo hojeó al azar.

Era una antología de poetas norteamericanos. Sus ojos fueron á posarse

en un poema de J. G. Whittier[2]; _Telling the Bees_.

Here is the place; right over the hill

Runs the path I took;

You can see the gap in the old wall still,

And the stepping-stones in the shallow brook.

There is the house, with the gate red-barred,

And the poplars tall;

And the barn’s brown length, and the cattle-yard,

And the white horns tossing above the wall.

There are the beehives ranged in the sun;

And down by the brink

Of the brook are her poor flowers, weed --o’errun--,

Pansy and daffodil, rose and pink.

¿No era la casa de Fina en Villaclara? En aquellos mismos instantes ¿no

estaría Fina esperándole, cantando, por alimentar la confianza, á la

vera de la ringla de colmenas? ¿No era Fina el escudo contra el peligro

de toda loca pasión futura, y corona de rosas para una frente serena?

¿No le unía aún á Fina un amor hecho amistad estrecha, incorruptible

como un diamante?

Formulaba Alberto en su pensamiento estas que no eran preguntas sino en

la forma retórica, que en sustancia eran afirmaciones, cuando retornó

Meg. Se agazapó al flanco de Alberto, como buscando protección para

su alma quebradiza y caprichosa. Era en aquel punto una criatura toda

humildad, solicitud y renunciamiento. Dijo:

--Lo que tú sabes mejor que yo, no tengo para qué contártelo. Yo me

hubiera alegrado de que nunca lo hubieras sabido, pero me doy por

satisfecha al ver que de un mal puede venir un bien tan grande como

el que ahora siento. Es verdad que fuí una loca, que fuí muy mala,

muy mala. Yo quiero ser siempre buena, pero no sé cómo, á veces hay

una fuerza extraña que no sé de dónde viene, y me obliga á hacer

maldades. ¡Si supieras cuánto he llorado, desesperada de no ser nunca

dueña de mí misma! Llegué á atribuirlo á la influencia de mi casa, á

esa desesperación sorda y continua que hay siempre en mi casa; á esa

tristeza que no es una tristeza tranquila como otras tristezas, sino

una tristeza agria que le envenena á una. Y entonces, fuera como fuera,

aun cometiendo una falta para toda la vida, decidí escaparme de casa,

y estaba segura de que en huyendo iba á llegar á ser buena. Yo no sé

si me explico, ó si tú me entiendes. Te juro que digo la verdad. Lo de

Ettore... ¡Yo qué sé! Quiero llorar... ¿Ves? Una de tantas cosas como

hago sin saber cómo, arrastrada, sufriendo. Pero ahora me parece que

comienza una nueva vida. Nunca me he sentido tan buena como hoy, ni tan

segura, y es que me parece que me apoyo en tu corazón. (_Una pausa._)

Ahora te digo; puedes pedir mi mano á papá.

--Meg, niñita mía, ¿eres realmente buena?

Meg levantó sus ojos con dulce desolación infantil, como preguntando:

¿es posible que lo dudes?

--Vamos á probarlo ahora. Si estás segura de ti misma como dices, y

sientes que comienza una nueva vida, prepárate á oirme con entereza. No

puedo pedir tu mano á tu padre, porque sería una locura. Olvida todo lo

pasado. Yo no puedo ser tu novio, menos aún tu marido. Te quiero, sí,

como un hermano mayor, quizá como un padre.

Meg atribuyó estas frases á un deseo de chancear, pero al ver el rostro

de Alberto y su severidad noble, comprendió que todo se había perdido

para ella.

--¿Por qué me has engañado?

--No te he engañado, Meg. Yo era el engañado, no porque tú me

engañases, que yo á mí mismo me engañaba.

--Sí, sí, lo comprendo. He llegado á quererte demasiado, y demasiado

pronto. Lo comprendo.

--Quizá sí.

--¿Y qué piensas hacer?

--Marcharme mañana mismo en el vapor de las siete.

--¿Y sabes que tu marcha puede ser la muerte de papá... y la mía?

--La muerte, para tu padre, será una solución. ¿La tuya? ¿No me acabas

de asegurar que te consideras fuerte y tranquila?

--Creo que te he escuchado y respondido con perfecta tranquilidad.

--Pues yo te digo que la vida es buena, siempre que sepamos nosotros

conducirla bien. Y yo te digo, además, que debes ser feliz y que serás

feliz.

--¡Feliz...! No sé cómo.

--Meg, niñita mía --la besó en la frente--; espera y confía.

--¿Qué vas á decir á papá?

--Nada. Marcharé sin que él lo sospeche.

--¿Quieres que baje á despedirte al jardín, mañana?

--Lo quisiera, pero creo que es mejor que no bajes. Adiós.

--¿No me das otro beso?

Alberto quiso besarla en la frente, pero Meg echó la cabeza hacia atrás

y recibió el beso en la boca.

--Adiós, Alberto, y mira si soy fuerte que no lloro --pero cada palabra

se desprendía de sus labios temblando como una lágrima.

La pata de la raposa (Novela) · 第 58 / 66 题