VI

Aún hay sol en las bardas.

_Don Quijote._

He aquí la casa, y el sendero que desciende de la colina, y la pasadera

de piedras sobre el arroyo, y los altos álamos emboscando la vivienda,

y el portón de rojos barrotes, y el muro, bajo y viejo.

Alberto, en tres días de viaje había olvidado tres años de vida y

soldado el instante presente con aquel otro de la despedida de la

estación de Pilares, cuando su ideal era la casita modesta, entre el

bosque y el mar. Camino de Villaclara se decía: aún hay sol en las

bardas.

Apoyándose sobre la tapia y con el pulso agitado, tendió una ojeada

sobre el jardín. El arroyo lo atravesaba, y siguiendo el compás

danzarín del agua, margaritas y narcisos, rosas y claveles, corrían

á lo largo de las márgenes. Allí estaban las colmenas de Fina, y

yaciendo en lo verde una masa negra que se enderezó de pronto. Un

rostro consumido, atormentado é iracundo, como el de una sibila

decrépita, se encaró con Alberto, y unas manos, de dedos epilépticos y

luengas uñas, comenzaron á conjurar maleficios sobre él. De la lóbrega

y desdentada boca volaron roncas palabras.

--¡Que el mexo del sapo te emponzoñe la lengua; esa lengua de falsedad.

Que las anxiguas fediondas te coman la cara; esa cara traidora en el

afalagar. Que las llocas aviésporas te saquen los ojos; esos ojos

de criminal. Que en el cucho de tu corazón maldito haga su nido

el alacrán. Que en por los siglos de los siglos te queme el alma

Satanás![3].

Era tita Anastasia. Alberto apenas tuvo fuerzas para interrogar:

--¿Fina?

--Pregúntaslo y tú la mataste. ¡Arreniego!

Florencia-Noviembre-1911.

La pata de la raposa (Novela) · 第 59 / 66 题