Aún hay sol en las bardas.
_Don Quijote._
He aquí la casa, y el sendero que desciende de la colina, y la pasadera
de piedras sobre el arroyo, y los altos álamos emboscando la vivienda,
y el portón de rojos barrotes, y el muro, bajo y viejo.
Alberto, en tres días de viaje había olvidado tres años de vida y
soldado el instante presente con aquel otro de la despedida de la
estación de Pilares, cuando su ideal era la casita modesta, entre el
bosque y el mar. Camino de Villaclara se decía: aún hay sol en las
bardas.
Apoyándose sobre la tapia y con el pulso agitado, tendió una ojeada
sobre el jardín. El arroyo lo atravesaba, y siguiendo el compás
danzarín del agua, margaritas y narcisos, rosas y claveles, corrían
á lo largo de las márgenes. Allí estaban las colmenas de Fina, y
yaciendo en lo verde una masa negra que se enderezó de pronto. Un
rostro consumido, atormentado é iracundo, como el de una sibila
decrépita, se encaró con Alberto, y unas manos, de dedos epilépticos y
luengas uñas, comenzaron á conjurar maleficios sobre él. De la lóbrega
y desdentada boca volaron roncas palabras.
--¡Que el mexo del sapo te emponzoñe la lengua; esa lengua de falsedad.
Que las anxiguas fediondas te coman la cara; esa cara traidora en el
afalagar. Que las llocas aviésporas te saquen los ojos; esos ojos
de criminal. Que en el cucho de tu corazón maldito haga su nido
el alacrán. Que en por los siglos de los siglos te queme el alma
Satanás![3].
Era tita Anastasia. Alberto apenas tuvo fuerzas para interrogar:
--¿Fina?
--Pregúntaslo y tú la mataste. ¡Arreniego!
Florencia-Noviembre-1911.