Alberto se había tendido sobre la cama. Acababa de llegar, después de
haber remado durante dos horas, en compañía de Bob. Era un atardecer
caluroso, pesado. De pronto se incorporó. Le había parecido oir la voz
de Meg y de Ettore, entremezcladas, en el jardín.
Por detrás de las cortinas espió, oyendo á hurtadillas las venas de
la habla divina de Meg. Á lo largo de la avenida última, al borde del
lago, paseaban cogidos del brazo los dos jóvenes; cuchicheaban, y Meg
reía con alborozo. «Parece que lo hace para que yo lo vea», rezongó
Alberto. No daba crédito á sus ojos. Aquel mismo día, después del
almuerzo, Meg le había prodigado las mismas apasionadas muestras del
día anterior. Pretendió satisfacerse á sí propio con una explicación
natural del hecho. «Eso ¿qué tiene de particular? Se conocen desde
niños...» Pero sentía un dolor tan acerbo como nunca lo había sentido.
Se propuso hacer una escena á Meg en la primera ocasión, mostrarse
severo, hasta cruel, y declararle de una vez para siempre que no
admitía tales libertades. La ocasión se presentó después de la comida.
Bob se había retirado, rendido por el ejercicio de la tarde. Alberto
y Meg quedaron solos. Alberto sentía borbotear dentro de su pecho
impulsos coléricos, pero como Meg se bruñese distraídamente las uñas,
con afectado despego, sin dignarse darse por enterada de que él estaba
presente, el joven comenzó á vacilar, y su entereza se derrumbó en
un punto. En actitud de encogimiento y súplica se acercó á la niña,
mendigando una mirada ó una palabra de amor.
--¡Meg...! --rogó temblando.
--¿Qué te ocurre?
--Meg, no me atormentes.
Meg saltó nerviosamente del asiento y se puso en pie, mirando á Alberto
con ojos ariscos y labios burlescos.
--Explícate.
--Si me quieres, como dices...
--¿Que yo digo que te quiero? Tú te has vuelto loco.
Alberto se aterró. Sus pupilas se distendieron, con horror pánico. No
podía hablar. Giró sobre sus talones y, con paso torpe, tomó el camino
de la puerta.
--No te vayas. Tengo que decirte una cosa --Alberto se detuvo á
escuchar, sin mirarla--. Si has tomado en serio lo que sólo era
capricho de divertirme, haz por olvidarlo cuanto antes. Yo te ayudaré
lo mejor que pueda.
Subió á encerrarse en su cuarto y se dejó caer sobre el lecho. Su
espíritu era un hacinamiento confuso de escombros. Permaneció largo
tiempo como alelado. Un ruido cauto que sonaba en la puerta le obligó á
incorporarse, con sobresalto. Vió penetrar un papel color rosa, por la
rendija, que luego cayó al suelo. Durante un rato le dejó yacer allí,
abandonado. Por fin, lo cogió y lo leyó:
«No tengo paciencia para hacerte sufrir toda la noche. Yo sufriría
más que tú. No hagas caso de lo que te he dicho hace dos horas. Era
por probarte. Ahora ya sé que me quieres de veras. ¿Yo? Te adoro,
te adoro, te adoro. Kisses, Kisses, Kisses. Tuyísima y para siempre,
_Margarita_.»
Con esta ardiente epístola Alberto recibió una punzante y nebulosa
contrariedad que no podía explicarse.