Meg, durante la comida de la noche, se mostró tan expansiva y risueña
que sus padres, aun cuando no acostumbraban parar atención en los
acontecimientos externos, hubieron de advertirlo.
--¿Qué te ocurre hoy, Meg? --interrogó Nancy, con un timbre triste
que daba á entender que en aquella casa la alegría inocente era cosa
indelicada y mortificante.
--Pero ¿es que aquí nadie puede estar contento, ó si lo está ha de
disimularlo? --preguntó á su vez Meg, modulando las palabras con
entonaciones halagüeñas, aterciopeladas.
--Meg, tus padres no desean otra cosa sino que estés contenta y seas
feliz, ¿verdad? --habló Alberto. Bob y Nancy asintieron, con amarga
sonrisa. Prosiguió--: Yo no veo que haya razón para que nadie esté
triste en esta casa, y si acaso existe alguna ligera nube de tristeza
hay que aventarla en seguida, en seguida. Es preciso que todos estemos
alegres, y lo estaremos --afirmó con ardoroso optimismo.
Bob se dejó ganar por la cálida vehemencia del joven.
--Alberto dice bien --murmuró.
Nancy absorbió con ansia una colmada copa de Burdeos.
Alberto y Meg estaban fronteros, en la mesa. La muchacha vestía un
corpiño de áspera seda ahuesada, ligeramente descotado, con recamos
de oro muerto y torzales desvaídos. El relieve de las clavículas
determinaba dos imprecisas sombras violáceas en la base del cuello,
el cual, elástico y dúctil, se curvaba ó se contraía con caprichosa
nerviosidad mostrando, á intervalos, tensos los músculos. Era un cuello
de una gracia y de una vida maravillosas, que Alberto no se hartaba de
admirar. El pelo, copioso y como líquido, se fusionaba en un tocado
sin artificio, al desgaire, y era como una masa de oro fluido, en
ebullición. Los bruñidos labios dijérase que habían sido cristalizados
por la virtud de su diafanidad y que la luz de las lámparas los pasaba
de claro. Alberto sufría, viéndolos, atropellados impulsos de acudir á
mordisquearlos, con la certidumbre de que sus dientes resbalarían sobre
ellos, como sobre una piedra preciosa.
--Apostaría que adivino lo que deseas, Alberto --susurró Meg. Alberto
hizo un movimiento, como apresurándose á hablar, y Meg se llevó el dedo
á la boca, con ademán equívoco que podía significar que le imponía
silencio.
Como al medio día, de sobremesa, se presentó Ettore. Sobre el corazón
de Alberto cayó una pesadumbre infinita. Involuntariamente, comenzó á
trazar un parangón entre sí propio y el mozo, y dedujo que era absurdo
que Meg se inclinase de su parte y no de la de Ettore.
--Vamos al Kursaal --dijo Bob malhumorado, poniéndose en pie.
--¿No toman ustedes café? --preguntó Nancy.
--Lo tomaremos allí.
--Pues si os marcháis yo me retiro á mi cuarto; anoche he dormido mal
--declaró Meg con enorme desdén hacia el joven apolíneo, el cual estaba
visiblemente azorado y dolido.
Alberto pensó: Está enamorado de Meg. Y luego: Meg quiere darle celos
conmigo. La niña había venido del lado de Alberto y se apoyaba en su
brazo.
--Eres muy egoísta, papá --dijo, con triste mohín--. Siempre te llevas
á Alberto; lo quieres para ti solo.
--Ea, déjanos niña.
--Voy á despediros.
Salió con los dos hombres. Desde la puerta habló sin mirar:
--Hasta mañana, Ettore.
En el jardín retuvo á Alberto unos momentos, y cuando Bob se hubo
adelantado, bisbiseó:
--Veo que eres celoso, y eso es ofenderme.
--Si no te amase tanto no lo sería.
--Más te amo yo y no soy celosa.
--¿Más? Te prometo no ser celoso, Meg.
--Pero ¿te vas sin darme un beso?
--Tu padre...
--Bah...; papá no ve, ni oye, ni entiende.
Se ocultaron detrás de una gran mata florida de rododendros y Meg
aplicó á los labios de su amante uno de aquellos besos profundos y
prolijos que había aprendido en sus padres. En Cassarate, Bob y Alberto
tomaron un coche.
Los jardines y el café del Kursaal estaban desiertos. Alberto inquirió,
de un mozo. Había función de variedades, en el teatro. Tomaron butacas
de las primeras filas, y allí, ordenaron que les sirvieran el café. En
el escenario, dos gimnastas, varón y hembra, con mallas color de lila,
hacían ostentación de su animalidad. Á continuación aparecieron en el
palco escénico tres acróbatas grotescos, vestidos, como ahora es uso,
de manera desastrada y cochambrosa. Bob seguía el espectáculo con algún
interés, olvidándose de sí propio y riéndose á veces. Por el contrario,
Alberto estaba ensimismado, ebrio de una exaltación que no sabía si era
venturosa ó aceda. Una sacudida de Bob le obligó á volver á la realidad.
--Vamos, vamos fuera de aquí. Esto es idiota.
--Pero ¿qué ocurre?
--Es un espectáculo idiota. No puedo aguantarlo --y salió tan deprisa
como pudo.
Alberto le siguió y de pasada pudo ver que en escena había una
cupletista, y oir el estribillo del cuplé repetido machaconamente: _La
gioventù non ritorna mai_.
Subieron al gran salón de juego. Estaba vacío. Sentados frente á las
dos concavidades de la enorme mesa verde, en forma de violón, cuatro
_croupiers_ hablaban lánguidamente, con aire de agotamiento y exangües
rostros inexpresivos. En ocasiones, uno de ellos golpeaba distraído la
pelota de caucho, la cual empezaba á rodar arbitrariamente sobre el
mosaico de madera lustrada en donde están los números dentro de una
circunferencia de caballitos que galopan en fila.
Los dos amigos penetraron en la sala de lectura. Bob pidió _whisky_.
Hojeaba los periódicos y los arrojaba con despego, sin haberlos leído.
--¿Qué le ocurre á usted hoy, Alberto, que no habla nada?
--¿Eh? --Alberto tenía diluída sobre el rostro una sonrisa que era
reflejo de una idea.
--¿Por qué se ríe usted?
--Me río de un recuerdo.
--¿Se puede saber?
--No, querido Bob, no se puede saber.
Se acordaba de los vaticinios de cierto crítico de teatros, el cual
había asegurado que Alberto nunca sería un autor dramático, porque era
un hombre incapaz de sentir ó comprender una pasión.
Alberto tenía un periódico alemán entre las manos. Huyendo la mirada
interrogante de Bob, leyó lo primero que le cayó bajo los ojos.
Decía: «Weissbach es el lugar favorito de todos aquellos que gustan
de la soledad. Millares de personas amigas de la soledad acuden aquí
constantemente desde las cuatro partes del mundo».
--Y ahora, ¿se puede saber de qué se ríe usted?
Alberto le pasó el periódico.
Sonaron los timbres, anunciando la hora del juego. Nutrido golpe de
gente, de toda edad, nación y catadura, penetró en la gran sala y fué á
poner cerco á la mesa verde. Resonaron las voces sacramentales:
--_Marquez vos jeux, messieurs._
--_À vos jeux._
--_Les jeux sont faits?_
--_Rien ne va plus._
Bob se paseaba alrededor de la mesa. De vez en vez se detenía á mirar
insolentemente á un viejo ó á una vieja cara á cara y con mueca de
fruición sarcástica. Alberto estaba esperando que de un momento á otro
ocurriera un incidente enojoso. Bob volvíase hacia su amigo, y decía,
riendo con agrura:
--_That skull had a tongue in it, and could sing once._ ¡Ja, ja! Vaya,
que al más grande hombre se le escapa una majadería: esta calavera
tuvo dentro una lengua con que podía cantar. Bah; después de muerto,
¿qué hace haber ó no haber tenido? No, no es eso. Esa cara asquerosa
y acartonada tuvo en un tiempo boca con que enardecer y ojos con que
acariciar, y quizás fué hermosa y deseable. _That is the question,
sweet Shakespeare._
Su irritabilidad aquella noche era mayor que nunca.
Á un extremo de la mesa estaba sentado un joven alemán entre dos
prostitutas de alto copete, alemanas también. El hombre ostentaba
un cráneo pelirrojo y muy rapado, como una naranja gigantesca. Las
mujeres eran dos bellezas atocinadas y bovinas, á la tudesca, de cuello
chato y rollizo y terribles hombros desnudos, color de sebo. El joven
las manoseaba con lujuria lenta y grave. Bob se les quedó mirando
enconadamente.
--¡Ah, imbécil! ¿Qué haces? ¿No ves que estás sembrando el dolor del
mañana? Mira al lado tuyo todas estas caras repugnantes que tuvieron
labios y lengua y ojos... ¡Ah, imbécil!
Continuaba profiriendo desatinos y desvergüenzas, hasta que Alberto le
atajó:
--Que pueden entender castellano...
--¿Y á mí qué me importa?
--Bueno; basta ya. Es demasiado. Se pone usted imposible.
Bob hizo un gesto de niño medroso á quien maltratan; parecía que iba á
romper en llanto.
--No me riña, Alberto. No sé lo que digo, á veces. Tiene usted razón.
Volvamos á casa. No puedo estar entre gente; me hace daño.
Antes de salir del salón, Bob se detuvo ante un espejo á mirarse con
expresión lacrimosa y desolada. En el café ingurgitó otro _whisky_, y
volvieron á la _villa_ en coche. Á mitad de camino, dijo Bob:
--Una de las cosas que más grabadas se me han quedado aquí dentro
--se golpeó la frente--, es algo que hace años le oí á usted, acerca
de la amistad. Decía usted que la amistad es la virtud fundamental
y necesaria para la vida, y que el hombre será tanto más feliz
cuanto acierte á convertir sus afectos en amistad; que se puede
vivir sin padres, sin hijos, sin amantes, pero no sin amigos; que
el amor paternal, filial ó sexual no es duradero, ni satisfactorio,
ni aquietante, á no ser que se le haya hecho derivar hacia un
sentimiento de amistad estrecha; que hasta la misma afición á los
seres irracionales y á las cosas inorgánicas ha de ennoblecerse con un
carácter amistoso; que la amistad es el único género de afecto en el
cual, el que ama, no abdica de su personalidad, ni tiende por ella á
anularse, entregarse, destruirse; y que desgraciado de aquel que cuando
ama á una mujer cae del lado de la pasión en lugar de orientarse á la
amistad.
Bob hablaba con lentitud y esfuerzo, titubeando, cazando á sacudidas
las palabras que se le escapaban; concluyó:
--¿Cree usted que la pasión es demasiado fuerte, ó está demasiado
arraigada? ¿Que ese género de estrecha amistad es ya imposible? ¿Cree
usted que es ya demasiado tarde?
Bob temblaba. Alberto, pensando en lo suyo, respondió sombriamente:
--Es ya tarde.