LEONARDO DA VINCI.

I

Una mañana de Septiembre. 1910. En Lugano.

Muy cerca de las once, Alberto abandonó su habitación. El jardín de la

_villa_, tupido y voluptuoso, se embebía en la profusa luz del sol.

La ventana de Meg, encuadrada por una enredadera de rosas, perfumaba

el silencio con las ráfagas de una melancólica cantilena italiana que

desde ella se desgajaban temblando en el aire quieto.

Alberto caminó siguiendo la línea más avanzada del jardín, junto á la

cerca, sobre la cual se empina la ramazón de una ringla de sauces, y

va á caer de la otra parte, dentro del lago, con graciosa enlomadura

que parece una cascada de sutiles aguas verde-gayo. Descendió al

embarcadero, saltó á la canoa, que á entrambos lados de la proa llevaba

el nombre _Margherita_, y salió remando lentamente. En el centro del

lago, abandonó los remos, se despojó de la chaqueta y se recostó en los

cojines de popa. Desde allí se veía la coyuntura de los dos brazos de

agua, abocinándose en la raíz de las montañas; uno hacia el lago de

Como, por detrás de Mont-Brè, otro hacia el lago Mayor, á espaldas del

San Salvatore. En circunferencia y contra el cielo límpido, destacaban

los berruecos de las cimas, de color violeta y rotundo contorno.

Por los flancos asoleados, velluda vegetación, de un verde cálido y

esponjoso, tendíase con la oblicuidad de un manto que resbalase sobre

un pavimento de lustrosa ágata lechosa, venada de verde-ajenjo, que tal

era el lago. Los flancos ensombrecidos, con sus hendeduras y quebradas

bermejizas, exhalaban un vapor argentado y tenue; al pie de ellos, el

agua parecía compacta como un bloque de malaquita pulimentada.

Alberto se abandonaba al hechizo del momento, á la fruición de la

naturaleza, conforme á un ritmo de tres tiempos, compás de su vida

presente. Primero volvíase á mirar las cosas; la pupila vaga y los

labios entreabiertos, de suerte que el espíritu se le huía volando

al mundo externo, como la paloma del arca ó el gerifalte de la mano

del halconero. Después fruncía cejas y boca, entornaba los párpados,

y aplicábase á mirar con el ahinco penetrante del pintor que se pone

á interpretar una melodía de colores, ó del enamorado que con los

ojos se abreva en la hermosura deseada. Por último, se recogía dentro

de sí propio, con los párpados cerrados, á gozarse en los deleites

intelectuales y estéticos de sentir destilada en su espíritu la

realidad, y no la realidad hermética é inerte de la materia, sino una

realidad templada, traslúcida y expresiva.

En tres años, la vida de relación de Alberto había sufrido muchas

sacudidas y vaivenes. Literariamente había logrado la estimación de los

doctos y la benevolencia del público, pero los rendimientos que sus

obras le dejaban no le hubieran bastado para vivir con decoro. Quiso su

buena fortuna que la justicia hubiera echado el guante sobre Hurtado,

sorprendiéndolo en la isla de Cuba y repatriándolo juntamente con una

pingüe cantidad de dinero, parte que había levantado de Pilares, y otra

parte, más considerable aún, que había ganado en América por medio

de especulaciones atrevidas y hábiles, de manera que los acreedores,

cuando ya habían renunciado á todo, se encontraron nuevamente en

posesión de los perdidos bienes.

Á través de laborioso proceso sentimental, Alberto había llegado á lo

que él juzgaba como última y acendrada concentración del egoísmo, al

desasimiento de las pasiones y mutilación de todo deseo desordenado; al

soberano bien, al equilibrio, al imperio de sí propio, á la unidad. Su

actividad científica y su autodidactismo estético no tenían otro fin

que el de intensificar la sensación de la vida, como placer supremo. Y

así, á pesar de haberse erigido en centro de todo lo creado, su moral

era triste, severa para consigo mismo y tolerante para con los demás;

su estética, á pesar de haber nacido por obra de una aristocrática

selección de las ideas, era democrática y elevaba á la dignidad de la

belleza todas las cosas naturales; y en suma, así como su existencia

era una llama entre dos sombras, su sistema lindaba de una parte con

la escéptica oquedad inicial de donde había surgido, y de la otra con

una oquedad en donde su voz perecedera advertía lejanos ecos místicos.

Diferenciando los dos linajes de conocimiento, del sentir y del pensar,

sabía que entrambos se engendran en el amor, y equiparando el placer

de vivir á la certidumbre de conocer, había llegado á proyectar una

simpatía universal sobre todo lo creado, á amar á todo por igual. En

este punto, la mujer no podía ofrecerle otra cosa que el placer sensual

y efímero de la degustación, como el manjar que en las fondas pasa de

un huésped al otro, ó el goce desinteresado de la contemplación, en la

propia medida que todo lo existente. No podía consagrar su vida á una

mujer, doblar la perpendicularidad de su vida ligándola á otra vida

ajena. Y había escrito, rompiendo con Fina. Al recibir la carta Fina

había dicho, con voz resuelta: _Ya no volverá_. Como no respondiera

nada, Alberto, después de unos días pensó que Fina se había doblegado

con resignación á la fatalidad de los hechos.

La canoa comenzó á danzar, zarandeada por la vasta ondulación que un

barco de vapor movió á su paso. Eran las doce y media. Alberto requirió

los remos y aprestóse á remar recio. Llegó á _Villa-Anita_ sudoroso,

encendido y sin resuello. Bob, Nancy y Meg le aguardaban para almorzar.

Disculpó su tardanza y luego de asearse un poco, en el mismo surtidor

del jardín, subieron los cuatro al comedor.

Los tres años transcurridos habían mudado el aspecto de la familia

Mackenzie. Faltaba el jorobadito. El verano anterior se le había

hallado flotando en las aguas del lago. Se atribuyó el hecho á un

accidente casual, pero lo cierto es que, aunque la familia Mackenzie

evitara pensar en ello, Ben se había suicidado. Bob había envejecido

vertiginosamente; su boca befa se desmayaba, con mueca idiota; la

puntiaguda barba había perdido su oro trigueño y era blanquinosa;

las manos fofas, ebúrneas y azulinas temblequeaban de continuo; en

sus ojos acerados se confundían dos lenguas de fuego, la lascivia y

la desesperación de no poder satisfacerla. Anita, conservaba aún su

continente prestancioso de _Virgo Vestalis Maxima_, pero su carne rubia

estaba agostada, marchita, deformada lamentablemente por prominentes

venas negruzcas, y su rostro traicionaba un anonadamiento definitivo.

Meg había subido á un grado excelso de belleza, espiritualizada por

cierta demacración del rostro, el livor de los ojos, la tenuidad de

los labios y la frágil esbeltez del torso. De vez en vez tosía, con

sacudidas débiles y quejumbrosas, como el sollozo de un niño. Bob, con

su sentido sensual y rudo de la vida, había dicho á Alberto:

--Meg se nos muere si no da pronto con un hombre. Al fin de cuentas, es

lo mejor que puede ocurrirle.

Alberto pensaba también que acaso el amor salvase á Margarita.

Durante el almuerzo, Alberto procuró hablar de continuo, porque sabía

que Bob tenía miedo al silencio y á la soledad. Bob y Nancy evitaban

mirarse, y si por fuerza el deseo los arrastraba á buscarse los ojos,

veíaseles caer de pronto bajo una lobreguez plúmbea. Bebían sin tasa,

hostigados de malsana ilusión. Meg aquel día estaba triste y callada.

Solía oscilar, radical é inesperadamente, del abatimiento á la alegría

desbordada. Por dos ó tres veces Alberto tropezó con sus cándidos ojos

verdes, que parecían implorar la salud y el contento.

De sobremesa, apareció en el comedor un joven de la misma edad de Meg;

el perfil apolíneo, rasgados é insolentes los ojos, la boca carnal,

el cabello rubio y abundosamente ensortijado, fuerte y desenvuelto

de cuerpo. Se llamaba Ettore Ségneri, y era de familia italiana

trasplantada á la Argentina. Habitaba en una _villa_ al lado de

_Villa-Anita_, con sus padres. Bob lo recibió descortésmente. No podía

disimular que el espectáculo de aquella juventud espléndida le hería é

inspiraba sentimientos de odio.

--Meg, hija mía; mejor acompañas á Ettore al jardín. Alberto y yo

tenemos que hablar.

Se veía que el mozo no deseaba otra cosa. Alberto, que le espiaba con

disimulo y leía en su pensamiento, sintió gran contrariedad y una

angustia extraña, algo semejante al malestar de los celos que hacía

años, en su adolescencia, había experimentado.

En saliendo Meg y Ettore, Nancy se levantó:

--Puesto que tenéis que hablar... --Y se retiró majestuosamente.

--¿Quería usted decirme algo, Bob?

--Nada. Quería quedarme á solas con usted. ¿Vamos al _sitting-room_?

--Como usted guste, Bob.

La estancia daba al jardín por unos ventanales corridos, en aquel

momento ocultos por las persianas. Alberto paseaba de un lado á otro, y

á pesar suyo, buscaba algún resquicio á través del cual curiosear en el

jardín. Bob se había dejado caer en una butaca.

--Querido Bob; estoy pensando que quizá se le haya presentado á usted

la ocasión de casar á Meg.

Bob levantó la cabeza. Escuchaba á Alberto, sin interesarse en lo que

decía; prosiguió Alberto.

--Ó mucho me equivoco, ó á ese joven le gusta bastante su hija de

usted.

Bob no se daba por enterado. Alberto continuó con algún desconcierto:

--Es un guapo chico.

--¿Quién es guapo?

--Ettore, el vecino.

--No me hable usted de ese botarate.

Un goce astuto se posesionaba del corazón de Alberto.

--Botarate... No sea usted cruel, Bob.

--Y decía usted... que Meg, con ese... Pero ¿es que hay derecho á

ser tan joven cuando no se conoce el valor de la vida? --Se quedó

meditabundo--. Al fin de cuentas... con alguno ha de ser, y cuanto

antes sea, mejor. Pero le ruego que no me hable de estas cosas.

Bob dejó caer la cabeza sobre el pecho. Alberto ahora estaba apenado,

inquieto. Á los pocos minutos Bob dormía, roncando discretamente.

Alberto tomó un libro de una mesa, á la ventura, é hizo como que se

imaginaba que si salía al jardín era por leer al aire libre y á la

sombra de los árboles. Recorrió algunas veredas y exploró diversos

escondrijos; pero no hallaba sitio agradable en donde acomodarse.

Iba de un lado á otro, agitado é impaciente. Dió la vuelta á la

vivienda, encaminándose hacia un pequeño bosque de araucarias, á la

entrada de la villa. El calor era tenaz y denso. Dentro del bosque se

respiraba fragante frescura. Alberto dilató sus retinas é inquirió

en la penumbra. En una hamaca, suspendida de tronco á tronco, Meg

dormía. La cabeza se doblaba en leve escorzo sobre el hombro derecho,

y el brazo del mismo lado pendía al aire. Alberto se aproximó, andando

de puntillas; luego acercó su cara á la de la niña, hasta recibir la

tibia tenuidad de su aliento. En aquel ambiente de cauta luz el color

de Meg no era humano, sino sustancia diáfana, amasada de resplandores

nacientes, con oriente, como las perlas. Entre los labios, de rosa

pálido, palpitaba el eco de una sierpecilla profunda que silbaba. Y

Alberto, desfallecido de compasión, de ternura, quizá de amor, se

inclinó á besar con delicado tiento la boca de Meg. Creyó que las

fuerzas le iban á faltar; temió caer sobre la niña, despertarla.

Incorporóse, demudado de color y la respiración suspendida. Por segunda

vez se inclinó, y ahora, alargando el beso con infinita delectación,

se encontraba como ebrio. Quería apartarse de aquella dulce y divina

boca, pero no se determinaba á renunciar á ella. Intentó quebrantar

bruscamente el encanto, pero, al levantarse, los brazos de Meg le

aprisionaron por el cuello, y entonces fué ella quien besó, con besos

rápidos, prietos y sonoros, mezclados con risas y lágrimas.

Alberto sólo atinaba á murmurar:

--_Meg, my Meg, my sweet Meg._

Meg se sentó en la hamaca.

--¿Crees que estaba dormida, tonto? Me hacía la dormida para que te

atrevieses. Desde el mismo momento de tu llegada no pensé en otra

cosa que en enamorarte. Y ya lo había conseguido, pero tú no querías

enterarte, tonto, tontito. Si hasta llegué á pensar que yo tenía que

declararme...

Alberto se sumía con dolorosa ansiedad en los ojos verdes de Meg,

temiendo ver aparecer de nuevo aquella expresión maligna que, siendo

niña aún, adoptaba para martirizar y ofender á su hermano.

--¿Qué me miras así, que parece que has perdido el seso? ¿Te gusto

mucho, eh? ¿Me quieres mucho, verdad?

--Meg, Meg mía, no me hables así.

--Pues ¿cómo quieres que te hable? No sé hacerlo de otra manera. ¿No

ves que estoy loca, loca de felicidad? Dime cómo he de hablarte para

que también lo estés tú.

Alberto callaba. Un ligero temblor le sacudía, y como que se

avergonzaba de sí propio.

--¿Pero qué te pasa, monín?

--Meg, por lo que más quieras, te ruego que no me llames monín.

--¡Ay, cómo eres! Me haces sufrir. Quiero llorar --se ocultó el rostro

con las manos.

--No quiero que llores; no quiero que llores... --y apartándole las

manos le besaba los párpados, sedeños y ardorosos.

--Llévame en brazos hasta aquel banco --reía, y sus ojos estaban

húmedos aún. Vestía un traje de fina seda azul, lacia y flotante.

Á través de la tela transparecía el descote de la camisa, con sus

festones y lazos; el rosa de la piel, en la parte alta del pecho y en

los brazos, tomaba visos color violeta.

Alberto tomó á Meg en el aire, sustentándola con un brazo por las

corvas y el otro por media espalda, á la altura de las axilas, y de

esta parte la mano en el nacimiento de un seno. Con el amoroso bagaje,

tierno y casi ingrávido como un gran brazado de flores, Alberto condujo

sus pasos hacia el banco rústico, y de camino besuqueba á la niña. Iba

á dejarla suavemente en el asiento, pero Meg dijo:

--No; siéntate tú, y yo sobre tus piernas.

--No hagamos desatinos, mi vida, que nos pueden ver.

--Y á mí ¿qué me importa?

Alberto no quiso mirarla á los ojos; estaba seguro de que la expresión

maligna alentaba dentro de ellos. Cuando estuvieron sentados, tal como

quería Meg, ésta envolvió y aturdió á Alberto con una muchedumbre de

caricias y besos, complicados y sapientes. Alberto recordó entonces la

agudeza y atención con que Meg, siendo niña, observaba las expansiones

voluptuosas de sus padres. Sintió cierto malestar, y, sin darse cuenta,

rechazó débilmente los mimos de Meg.

--¿Qué haces, Alberto? ¿No quieres que te bese? --su voz temblaba--.

¡Ingrato, infame! No te quiero, se acabó todo... --intentó levantarse,

pero Alberto la retuvo.

--¿No ves, Meg, que no sé lo que hago; que estoy todavía sin saber lo

que me pasa, como estúpido? No te apartes de mí; que yo te sienta unida

á mi cuerpo, queriéndome...

--No me hagas caso, que te quiero, que te quiero...

Meg terminó así su frase, pero en la frente de Alberto resonó

prolongada; _que te quiero, puss... puss_... Era lo mismo que le decía

á _Pussy_, el gatito, tres años antes; y los arrumacos, ternezas y

suspiros con que ahora mareaba á Alberto parecían de igual naturaleza

que aquellos otros con que, hacía tres años, atosigaba sin tregua al

gato.

--Mira, Albertino; soy feliz. Ya no podía más; no hay quien pueda vivir

en mi casa, ya lo habrás visto. Es un infierno; peor que un infierno.

Si tú no me sacas de aquí yo creo que me muero en muy poco tiempo. Papá

y mamá no son personas; son dos energúmenos. Siempre están furiosos,

rabiosos por dentro, aunque quieran ocultarlo. Yo no podía ya más. Bien

dice el proverbio; _Bacco, tabacco e Venere, riducon l’uomo in cenere_.

--Por lo que más quieras, Meg; vuelvo á decirte que me lastima oirte

hablar de cierta manera.

--¿Cómo quieres que hable, Albertino? --suspiró Meg, apoyándose sobre

el pecho de Alberto--. ¿Quién me enseñó á hablar de otra manera?

¿Qué cosas he visto yo desde que era niña? --su voz, á cada palabra,

se hacía más árida y hostil. De pronto se enterneció y derrumbó en

vocablos trémulos, entrecortados--. ¡Sácame de aquí! Yo quiero vivir,

ser feliz y ser buena. Quiero escaparme contigo.

Durante un instante, Alberto permaneció anonadado. Después, con

resolución desesperada y suprema de abandonarse á la fatalidad, afirmó:

--Nos casaremos en seguida.

--¡Oh, Albertino, te adoro! No me atrevía á decírtelo... ¿De veras

quieres casarte conmigo?

--Sí, Meg.

--¿En seguida?

--Hoy mismo si quieres, se lo digo á tu padre.

--No, espera. Yo te avisaré cuando sea buena ocasión.

Callaron unos minutos. Dijo Alberto:

--¡Y yo que pensaba que estabas enamorada de Ettore...!

--¿Yo de ese...? Vamos.

Alberto no se atrevió á mirar en los ojos verdes, por miedo á la

expresión maligna. Su impasibilidad filosófica había huído como un

sombrero que arrebata de la cabeza el viento y sintió que toda su vida

anterior, tan artificiosamente elaborada, estaba sujeta como sobre

palillos.

La pata de la raposa (Novela) · 第 55 / 66 题