Don Medardo se encerró á solas con Fina. El viejo estaba sentado, con
una manta de pelo de camello sobre las piernas. La muchacha en pie,
frente al padre.
--Siéntate, Fina.
--Permíteme que esté en pie, papá.
--Como quieras --no sabía cómo comenzar--. Hace algunos días que pienso
hablarte, desde que supimos la... bueno, la gandulería de Telesforo.
Voy á hacerte una proposición, pero conste que no te obligo á nada. Á
tu conciencia dejo lo que hayas de resolver. Yo aconsejo, fundándome en
el amor de hermana á hermana; tú determinas --por la voz se le derritió
una sombra y se le apretó la garganta. Carraspeó, remondándose el
gañote--. Tú no te casarás nunca.
No se atrevió á mirar á su hija. Aguardaba, con los ojos bajos, una
respuesta. Pero Fina no rompió el silencio.
--¿Es que piensas casarte? Porque entonces nada tengo que decir.
--Á eso no puedo responderte, papá.
Don Medardo levantó los ojos y exploró el rostro de Fina, y lo vió
inmóvil, impenetrable en su finura extática y como modelado en cera.
--¿Es que al fin te decides por Andújar? Creí que ya se había cansado
de pretenderte y que tú habías resuelto no casarte. Veo que me he
equivocado y me alegro. Es un hombre formal y tiene una carrera muy
higiénica.
Andújar era ingeniero de minas. En opinión de las niñas pilarenses era
adorable, á causa de sus rasgos virginales, de sus ojos balsámicos y
adormecidos, del rubí de sus labios, el rosicler de sus mejillas y
el violeta cerúleo de las rasuradas mandíbulas; parecía una imagen
de cartón piedra. Á don Medardo le hubiera gustado para yerno, sobre
todo por lo _higiénico_ de su carrera. Para don Medardo higiénico
era sinónimo de aristócrata. Lo que primeramente le había inducido
á semejante confusión fué el haber oído decir repetidas veces del
marqués de Espinilla que era un hombre muy higiénico. Decíanlo, no sin
ribetes de malicia, porque siendo septuagenario, conservábase, merced
al régimen de vida, con alguna rozagancia y humor excelente para vestir
á lo mequetrefe, cuellos hasta las orejas, pantalones remangados hasta
la pantorrilla y corbatas pomposas que eran una verdadera dilapidación
de las rayas del espectro solar. Don Medardo hubiera deseado preguntar
á algún docto el valor exacto de la voz higiénico, pero temía que
se burlasen de él. Durante unos cuantos meses anduvo con el oído
alerta, estudiando en qué sentido empleaban la palabra, cuantas veces
aparecía en la conversación. Se decía que era higiénico del montar
á caballo, comer ciertos alimentos caros, pensar poco, vestir ropa
de hilo, pasear á las horas de sol, que son las horas de oficina y
holgar constantemente, todas ellas particularidades que convienen con
la aristocracia. Y así don Medardo llegó á la convicción de que tanto
montaba decir aristócrata como higiénico, si bien la segunda palabra le
parecía más elegante y elevada.
Andújar había seguido asiduamente á Fina y solicitado su amor repetidas
veces.
Fina contestó á su padre.
--Andújar ya ha renunciado á que le corresponda.
--¿Entonces? --interrogó don Medardo boquiabierto--. ¿Tienes novio, sin
que yo lo sepa?
--No, papá.
--¿Entonces? ¡Ah! --el viejo se dió una palmada en la frente--. Hablas
en _pótesis_. ¿Entiendes la palabreja?
--Sí, papá.
--Fina, hija mía --la garganta volvió á apretársele--. No dudarás de mi
cariño...
--No, papá.
--Pues bueno, voy á hablarte también en _pótesis_. Yo creo que no
te casarás nunca, y por eso voy á hacerte una proposición. Con la
mano sobre el pecho te digo que los cien mil duros que Telesforo se
llevó eran de Leonor. Cuando yo se los di se lo dije muy claro: sepa
usted que este dinero es un anticipo de lo que á su mujer le había de
corresponder por herencia. Es decir, que ahora Leonor tiene cien mil
duros menos que tú. Á tu conciencia dejo decidir si esto es justo entre
hermanas, porque ¿qué culpa tiene la pobre Leonor? Además, ella es
casada, mejor diré viuda, y tiene un hijo...
Don Medardo había agotado todas sus fuerzas: no podía continuar.
--¿Qué quieres que haga yo, papá?
--¿Qué te dice la conciencia? --agregó con esfuerzo--. ¿No te dice que
lo justo es que todo el dinero que me queda se reparta entre las dos
_equidistantemente_, como si la pérdida no la hubiera sufrido ella,
sino yo? ¿No te lo dice la conciencia?
--La conciencia no me dice nada, papá.
--¡Ay, Fina! --suspiró don Medardo dejando caer las manos pesadamente
fuera de la butaca.
--Pero me lo dice el corazón. No sé para qué me consultas esas cosas.
Yo no necesito nada, y si algún día como dices tengo algo, ya sabe
Leonor que será suyo también. Luego, lo del matrimonio ¿qué tiene que
ver con esto, papá? Si alguno pretendiera casarse conmigo por dinero,
¿me había yo de casar con él? ¿No había de conocer sus intenciones?
--Acércate á mí, Fina, que te bese. Eres un ángel --la besó,
humedeciéndola de lágrimas.
--No seas niño, papá. Cualquiera diría que acabo de hacer una
heroicidad.
--Heroicidad, hija mía, y grande. Tanto que yo no quiero apresarte tan
pronto por la palabra. Piénsalo bien y otro día hablaremos.
--Por pensado, papá. Te lo he dicho una vez y basta.
--Dios te bendiga, y puedes retirarte.
Salió Josefina del despacho de don Medardo, y apenas había avanzado
tres pasos por el pasillo, cuando una sombra vacilante y silenciosa
vino á adherírsele. Era tita Anastasia, á quien la misteriosa
conferencia entre padre é hija traía á mal traer y con el espíritu de
curiosidad y suspicacia multiplicado hasta la fiebre. Sospechaba que
le tendiesen una asechanza á su _palombina de Dios_, á su _santina_
inocente. No ignoraba lo buenazo y alma de cántaro que era su sobrino,
pero lo consideraba capaz de todo, cegado de indecoroso favoritismo por
la hija mayor. De manera que capturó por un brazo á Fina y allí mismo,
sin perder minuto, exigió ser enterada de todo. Cuando Fina terminó de
hablar, tita Anastasia temió ahogarse en iracundia.
--Lo que yo me temía. Si tengo un olfato... ¡Mal padre; sin entrañas!
--increpó despidiendo miradas flamígeras contra la puerta del
despacho--. ¿Y tú renunciaste del todo, palombina?
--Vamos á mi gabinete. Allí hablaremos.
En el gabinete, tita Anastasia se retorcía las sarmentosas manos por
dominar su sacrosanta indignación. Fina habló, y la sonrisa pululaba
sobre su dulce cara trigueña.
--Tita Anastasia, tan enfadada como estás, y tú hubieras hecho lo mismo
que yo he hecho. No me digas que no tita Anastasia, porque sé que lo
hubieras hecho. Si no lo hicieras serías mala, y tú no lo eres.
Tita Anastasia se enternecía en tan acelerada progresión que apenas
podía represar las lágrimas.
--Sí, palombina, tienes razón. Pero ¿y lo de tu padre? Eso está muy mal
hecho.
--Si yo he hecho bien, tita Anastasia, es que lo que me propuso estaba
bien, porque nunca está bien aceptar una cosa que está mal.
Esta lógica confundía y anonadaba á la vieja. Prosiguió Fina.
--Si el dinero que tiene papá fuera tuyo, tita Anastasia, ¿qué harías
de él al morir?
--Dejártelo á ti todo, todo.
--Eso sí que no está bien --la sonrisa de Fina fluyó más amorosamente
aún, de manera que suavizara la frase.
--Tú eres la que más me quieres, acaso la única que me quiere --expresó
la anciana justificándose.
--Es decir que para ti, tita Anastasia, las personas valen aquello
que tú crees que vales para ellas; tanto me quieres, tanto te pago.
Pero como yo te conozco, tita Anastasia, sé que no es verdad; que los
quieres á ellos mucho, y que te haces la ilusión de no quererlos porque
se te figura que ellos no te quieren; y que si aquel dinero fuera tuyo
lo dejarías á todos por igual.
Aquí tita Anastasia fué impotente á retener enjutos los lagrimales.
--Cristo del Rosario ¡qué neña! Talmente como que lee dentro de
una --habló tartajosamente--. Pero á ti te quiero más que á nadie,
palombina.
--También lo sé, tita Anastasia.
--Sábeslo, sí, y sabes que todo lo que me dices tiene que ser como tú
lo dices. Tú eres bruja, mi alma. Las veces que me dijiste de Alberto
que volvería. _Volverá, volverá._ Yo no podía creerte. Pero tenías
tanta confianza...
--Y volvió.
--Sí. Dicen que está en Pilares, pero nosotras no lo hemos visto
entodavía.
--Ya lo veremos. Por lo pronto --dijo, cambiando de tono-- tratemos de
convencer á Leonor á salir de paseo á la aldea, á que se distraiga.
Subieron á casa de Leonor, la cual no se dejó convencer. Fina
comprendió que le avergonzaba salir y verse objeto de la curiosidad
pública.
--Leonor; salimos por detrás de casa y en dos minutos estamos en el
campo. Si hasta podemos ir en traje de casa...
--No, Fina; déjame aquí.
Se llevaron á Telín, sumido entre níveos encajes y batistas, que
exasperaban el verde oliváceo de su coloración. Estando en la calle,
Fina propuso como fin del paseo el _monte cerrado_. Cruzaron el campo
de instrucción por la parte alta. Cuatro niños ascendieron corriendo
por la ladera, á saludar y besar á Fina. Eran los hijos de Alfonso del
Mármol, robustos y endemoniados mancebos, regocijo de los parques y
terror de la prole infantil. Desde la primera infancia habían hecho muy
buenas migas con Fina.
--Estaba papá con nosotros --dijo Pepito, el menor. Jadeaba; el rubio
pelo le caía en vedijas sobre la frente, empapándose del sudor de
la piel y pegándose á ella; las curtidas piernas, como las de sus
hermanos, ostentaban caprichosa red de erosiones; era el blasón de la
familia.
--Enséñanos ese niño --ordenó Rafael, el segundo, que traía el pantalón
desgarrado y la visera de la gorra caída sobre el cogote.
La niñera ostentó el pequeño calmuco, colocándolo de manera que los
niños lo pudieran admirar.
--¡Qué feo es! --exclamó Felipe, el tercero, volviendo la cara con
despego.
--¿Es tuyo? --preguntó Pepito.
--Calla, mazcayo; si es soltera... --dijo Alfonso, el mayor, inflando
los carrillos, volviendo el brazo derecho en señal de desprecio, y
mirando á Pepito por encima del hombro.
--Eso ¿qué tiene que ver? --añadió Pepito.
--¿Tú no conoces á papá, Fina? --preguntó Alfonso.
Y como Fina respondiera que no, los cuatro á un tiempo se pusieron á
vociferar, llamando á su padre, con alaridos tan penetrantes, que tita
Anastasia se llevó las manos á las orejas y el calmuco se despertó
furioso.
Alfonso del Mármol acercóse á saludar á Fina, sombrero en mano.
--Tengo mucho gusto... Estos mocosos siempre me dicen que son muy
amigos de usted.
--Como que lo es --afirmó Felipe.
--Y además decimos que es muy guapa --puso de su parte Pepito.
--Eso no tenéis necesidad de decírmelo vosotros.
Fina le dió las gracias, inclinando la cabeza, sin afectación.
--Oye, papá --habló Alfonsín, echando los brazos sobre el pecho del
padre--, ese fato de Pepe le preguntó á Fina que si ese niño...
--Ese niño tan feo --la interrupción fué de Felipe. Quería dejar bien
sentadas sus opiniones.
--... que si ese niño era de Fina.
Alfonso y Fina se rieron animadamente. Tita Anastasia estaba un poco
escandalizada.
--Van ustedes de paseo.
--Sí, señor.
--Están estas tardes tan hermosas...
--Sí, señor --repitió Fina.
Mármol quería saber adónde, pero sin preguntarlo.
--Y es muy entretenido ver á los soldados, y á la chiquillería.
--Nosotras no nos quedamos aquí.
Providencialmente acudió Pepito.
--¿Adónde vas, Fina?
--Al _monte cerrado_.
--Nosotros vamos contigo --clamaron á una, los cuatro chicos.
--Vosotros os quedáis aquí.
Fina intercedió. Mármol consintió que fueran.
--Adiós, y que sea enhorabuena --dijo Fina despidiéndose.
--¿Por qué?
--Por estos chicos tan hermosos que tiene usted.
--Adiós, y que sea también enhorabuena --Mármol sonreía de un modo
bondadosamente maligno.
--¿Por qué? --dijo á su vez Fina.
--Por ahora no hago más que darle la enhorabuena de nuevo, y dármela á
mí por haber tenido el honor de conocerla y estrechar su mano.
Se inclinó, rendida y ceremoniosamente, y se apartaron. Los cuatro
niños fueron al principio en torno de Fina, guardándola como una
corte de pajecillos, pero muy pronto se dieron á correr y á afrontar
mil temerosas aventuras, que metían en un puño el corazón de tita
Anastasia. Esguilaban los árboles, vadeaban los arroyos metiéndose
en el agua hasta media pierna, hostigaban á las vacas con propósito
resuelto de enfurecerlas, desafiaban el encono gruñón de los canes
rústicos, se mofaban de las campesinas y apedreaban á los gañanes.
--Estaivos quietos, rapacinos, por amor de Dios --suplicaba tita
Anastasia, pensando que de un momento á otro iba á ser víctima de una
vaca, un perro ó un aldeano frenéticos--. Pero ¿tú ves, Fina? Son los
mesmísimos diaños.
Fina se divertía en grande con las diabluras de los muchachos.
--Claro --agregaba tita Anastasia sentenciosa--, de tal palo, tal
astiella.
--Ea, tita Anastasia, que no quiero que hagas suposiciones á costa de
ese señor.
La anciana recogió velas.
--Él, parecer parece muy simpático. Y te miraba de una manera... Dicen
que es un calaverón.
--Dicen, dicen... Tita Anastasia, ¿tú te guías por lo que dicen?
--Líbreme Dios, palombina. Tú siempre tienes razón.
Terminado el paseo, Fina emplazó á sus jóvenes é indómitos amigos para
el día siguiente, en el campo de instrucción.
Al día siguiente salieron solas Fina y tita Anastasia, porque al
pequeño calmuco no le había sentado muy bien el sol. En el sitio
convenido encontró á los cuatro muchachos, muy cariacontecidos y
amurriados. Alfonsín, que era la persona de confianza del padre,
explicó la causa.
--Papá nos prohibió terminantemente que fuéramos hoy contigo. Y tan
guapa que vas hoy, vestida de blanco.
Los tres pequeños pretendían incurrir en rebeldía filial, pero el
mayorazgo, con grandes aires de hombre poderoso sofocó los primeros
síntomas de sedición.
--Ya sabéis que nos dijo que pasaría por aquí á ver si habíamos
obedecido. ¿Por qué será, Fina?
Eso preguntó Fina en apartándose de los abatidos mancebos.
--Sea por lo que sea, palombina, yo alégrome de que vayamos solas. ¿Ves
qué tarde bendita, neña mía?
Fina sentía henchido el pecho de una exaltación maravillosa y sin causa.
Tita Anastasia rememoraba los años de su vida labriega.
--Yo prefiero la aldea á la ciudad, neñina. Mira, por este tiempo, y en
la luna creciente, se siembra el cáñamo y el lino regadío; siémbranse
también las legumbres; injértanse perales y pomares y trasplántanse
naranjos y álamos. Con el menguante es bueno cortar blimales y cañas
para cestos, enrodrigónanse las parras, pódanse los árboles tardíos y
se reconocen las colmenas. Si en este mes se oyen los primeros truenos,
señala muertes de hombres ricos y poderosos, enfermedades de cabeza y
dolores de orejas. Por todo este mes es peligroso el mal de los pies.
Veo que no me escuchas.
Llegadas al _monte cerrado_, sentáronse al pie de un roble. Sonó la
trepidación de un automóvil que pasaba cercano, mas no pudieron ver
quiénes iban en él. Detúvose al punto, y luego de unos minutos volvió á
sonar, alejándose. Fina se levantó.
--¿Adónde vas, Fina?
--No sé. Siento una impaciencia... Deseos de pasear... de moverme. No
sé.
Trabajosamente, tita Anastasia se puso en pie y siguió á su sobrina.
Avanzaban poco á poco por la espesura. Fina aprisionó con nerviosa
vehemencia el brazo de la anciana; con la otra mano señalaba un
hombre que se incorporaba y permanecía de rodillas sobre la hierba,
de espaldas á ellas. Tita Anastasia iba á gritar. Josefina la impuso
silencio con el gesto. Adelantóse y tomó de la mano al hombre.
--¡Fina! Pensaba en ti.
--Ya lo sé.
--¡Bendito sea Dios!
Fina y Alberto ligaron una conversación, que parecía haberse suspendido
pocas horas antes. Y tita Anastasia no salía de su espasmo místico.