XIII

_La pata de la raposa._

Rehízose tita Anastasia de su espasmo místico. Vió que Fina y Alberto

platicaban en estrecha concordia. ¡Oh, grande y generoso corazón el de

su sobrina, que tan presto perdonaba y olvidaba agravios, ingratitudes,

desdenes! Acercóse á la feliz pareja. Su ancianidad le autorizaba á

moralizar sobre el caso. Y tita Anastasia:

--Cuando la raposa cae en el cepo, dicen que se roe la pata hasta que

se la troncha, y huye con las tres sanas. El granizo de antaño no daña

á la flor de hogaño.

Aderezado con el velo de la alegoría, tita Anastasia pretendía decir

que no se debe volver el rostro al pasado, y si por ventura lo

arrastramos á la zaga, fuerza es desasirse de su pesadumbre.

Por la noche, á solas en su estancia, Alberto rumiaba la frase de

tita Anastasia. La idea de la muerte es el cepo; el espíritu, la

raposa, ó sea virtud astuta con que burlar las celadas de la fatalidad.

Cogidos en el cepo, hombres débiles y pueblos débiles yacen por

tierra; imaginando cobardemente que una mano bondadosa y providente lo

ha puesto allí por retenerlos y conducirlos á nueva y más venturosa

existencia. Los espíritus recios y los pueblos fuertes reciben en el

peligro clarividente estupor, desentrañan de pronto la desmesurada

belleza de la vida y renunciando para siempre á la agilidad y locura

primeras, salen del cepo con los músculos tensos para la acción, y

con las fuerzas motrices del alma centuplicadas en ímpetu, potencia y

eficacia.

_El óleo del atleta._

Don Medardo y su consorte conocieron la renovación de los antiguos

amores de su hija, así que ésta, con la tita Anastasia, retornaron del

paseo. La vieja quiso tener la honra de anunciarlo solemnemente. Don

Medardo acogió la noticia con resignada tristeza. Tita Anastasia se

irguió, ofendida y solemne:

--Ahora va de veras. Medardo, yo conozco el mundo mejor que tú, que

siempre has vivido con los ojos cerrados. Fina será dichosa, tan

dichosa como ella se merece.

Las primeras entrevistas de los novios tuvieron el fondo rústico y

sacro de aquel monte de robles á modo de basílica. Evitaban la casa

porque Leonor no contrastase en el pensamiento su felicidad pasada con

la ventura actual de la hermana, y de ello extrajera recóndito dolor.

Tita Anastasia se alongaba un trecho de la pareja y hacía labor de

aguja, aderezando fantásticas prendas indumentarias para el pequeño

calmuco.

De los labios de Alberto brotaba sin reposo el amor, diluído en una

facundia melodiosa y trémula, como arroyo invisible que resbalaba en el

aire, derramábase sobre el rostro de Fina é iba sumiéndose en la sombra

translúcida y profunda de sus ojos.

--Es, Fina, como si mi alma hubiera andado muchos años difusa,

evaporada y embebida en el universo, desde la raíz última de la

tierra hasta la estrella más hundida en los senos de la noche; y

en un punto asombroso volvió á concentrarse dentro de mi pecho,

trayendo mezclada con su sustancia innumerables virtudes de sustancias

innumerables, y cada una de esas virtudes aspira hacia ti, como á una

correspondencia musical, y por ti vibra maravillosamente y muere en

cuanto nota solitaria para renacer acoplada con las demás en armonía.

Siento el alma dentro de mí como un sér desnudo y virgen, hijo del

milagro y padre seguro de prodigios. Y lo siento enorme, arrebatado

de humilde frenesí, como si anhelase huírseme de entre los labios en

una elocuencia caudal é ir á templarse en tu alma, penetrando por las

puertas diamantinas y misteriosas de tus ojos, para luego salir al

mundo hasta coronar su obra y decir su palabra de revelación. Y es

que veo y siento tu alma á semejanza de una suavidad magna, densa y

fragante, como un lago de óleo perfumado. Cuando sonríes, la sonrisa

me parece algo aéreo, denso y aromoso que de tu dulce piel morena

por todos los poros se destila. Y antes de ir á confundirme con los

hombres y participar de sus luchas enarbolando mi divisa, quiero hacer

invulnerable mi alma bañándola hasta el éxtasis en la tuya. Fina,

Fina...

Cuando la palabra desmayaba, sin fuerza para conducir sobre sus alas

la magnitud del sentimiento, acudía á los labios de los dos novios el

eterno y divino intérprete de lo inefable, el beso. En este punto tita

Anastasia miraba por encima de las gafas, y dejando caer la labor sobre

el enfaldo, unía las manos y reincidía en sus espasmos místicos.

_Tita Anastasia hace un descubrimiento._

Tita Anastasia había profesado desde su adolescencia un fanático

horror al beso, imbuída de las furibundas execraciones que el cura de

la parroquia profería al referirse en sus sermones á este acto tan

placentero. Según las ideas de tita Anastasia el beso era invención del

propio Satanás, y la más abominable de las deshonestidades, porque

era la puerta falsa por donde todas ellas se colaban con silenciosa

perfidia. Para ella el beso no era un acto de amor único y simple, sino

que lo imaginaba inexcusablemente ligado á vergonzosas concomitancias

prolíficas, y hasta le parecía haber leído en algún libro docto y de

piedad que en las remotas edades gentílicas, cuando el demonio imperaba

en la tierra como señor absoluto, la generación se verificaba á flor

de labio. Acerca de estos misterios tita Anastasia no tenía claras

nociones, sino presunciones muy vagas que nunca había querido ampliar

ni definir. El beso, entre personas á quienes Dios, por ministerio

de un sacerdote, no había unido en matrimonio, constituía torpeza y

pecado gravísimo; entre esposos el beso conyugal era uno de tantos

males necesarios como Dios consiente en sus ocultos designios, pero

siempre algo vergonzoso. Cuando tita Anastasia, por accidente, había

sorprendido á Hurtado depositando y recibiendo besos golosos de su

mujer, había experimentado gran turbación y un movimiento de malestar

en el estómago.

¿Cuál no sería su sorpresa ahora al presenciar cómo Fina y Alberto se

besaban con apasionada castidad, y en el rumor transparente de sus

besos creer oir ella remansado eco de celestiales orquestas? Sabía

que el cielo era mansión eterna del amor, pero, hasta las tardes del

bosque, amor era algo innoble ó una palabra sin sentido. Sintió por

primera vez en su vida la melancolía de no haber amado nunca. Hasta

sus familiares y netas imágenes teológicas hubieron de resentirse un

poco. Ángeles y querubines, bienaventurados en suma, no era posible que

fueran de un solo sexo y por entero espíritus puros, porque entonces no

podrían besarse. Así tita Anastasia, sin despojarlos de su condición de

espíritus puros, acordó favorecerlos con sexualidad diversa y un par de

labios encendidos y traslucidos, á modo de rubíes.

Una mañana que estaban solas tita Anastasia y Fina, dijo la vieja:

--Todos tenemos voz, pero hay voces que nacieron para cantar. Si yo

fuera menistro prohibía, pero así, del todo --con la mano simulaba

rubricar en el espacio--, que cantasen los que tienen voz fea. ¿Y tú?

--Si con ello alivian su tristeza ó su ansiedad... ¿Por qué lo

preguntas?

--¿Á ti te gusta oir cantar recio al que tiene voz fea? Ni á ti ni á

nadie. Pues ya ves, tan vieja y hasta ahora no he averiguado que hay

bocas; mejor dicho almas que han nacido para besar...

Fina bajó los ojos. La cera de sus mejillas se alumbraba de purpúreo

resplandor interno.

Y tita Anastasia, por las noches, á solas en su lecho, después de haber

rezado una padrenuestro para que no la picasen las pulgas --piadosa

costumbre de toda su vida-- fantaseaba sobre el _ars amandi_.

_Cacoethes scribendi._

--Escucha una página de la leyenda dorada de mi alma Fina, y

reverénciame como á uno de aquellos santos juveniles, gloriosos y

esforzados que mataban dragones y vestiglos.

La lluvia cenicienta lagrimecía á lo largo de los vidrios. Fina y

Alberto platicaban en un rinconcito penumbroso de la sala de don

Medardo. Tita Anastasia, al pie de un balcón, enmarañaba un hilo de

estambre y un hilo de recuerdo, oscilando la atención alternativamente

de uno á otro. Alberto, presentándose como un santo vencedor de

dragones, rió muchachilmente; una risa, nueva en su cara, que transía

de placer á Fina.

--Vamos á ver qué dragón has matado.

--Pues he matado al más fiero de los dragones, cuyo aliento me

envenenaba, cuyos mil ojos me paralizaban y cuyas cien bocas se abrían,

no para devorarme, peor aún, para burlarse de mí. Este dragón se

llamaba el Ridículo. Convencido de que está muerto y bien muerto, ya no

tengo miedo de él.

Alberto se irguió en un alarde de petulancia fingida.

--Pero ¿de veras tenías tanto miedo á la opinión ajena?

--Á la opinión ajena jamás. Á la mía propia --Alberto convirtió el tono

de elocuencia cómica en un registro lento y espaciado de disquisición

confidencial--. Ya ves si ahora hablo por los codos, y en ocasiones

con tanta fogosidad é incoherencia que tú misma quedarás asombrada y

confusa. No soy el mismo de hace dos años.

--No. Y yo, si esto es posible, te quiero más ahora, es decir, me gusta

más que seas como eres ahora.

--Y es que antes, para todos mis actos, para todos mis sentimientos,

para todas mis ideas, había un aduanero ó cancerbero inexorable aquí

--colocó el dedo índice entre ceja y ceja--. Era el dragón.

--Ya, ya. No diré que un dragón, pero que tenías ahí un bichito muy

molesto, te lo conocía yo en que no dejabas quieta la frente un minuto.

Como que te han salido arrugas.

--El verdadero ridículo, el temible, es el ridículo para con uno mismo.

El ridículo es la desproporción entre el propósito y el acto. ¿Te

aburro?

--¿Qué? ¿Aún colea el bichito? No me aburres, hombre.

--Entonces, ¿te pongo un ejemplo?

--Te he entendido. El ejemplo voy á ponerlo yo. Ese Carriles de quien

tanto te han hablado se proponía casarse conmigo, y se proponía que yo

no sospechase que lo hacía por dinero...

--Justo; se puso en ridículo. Pero como los propósitos son la porción

secreta de cada cual y los demás sólo los conjeturan ó presumen, para

los espíritus delicados el verdadero y temible ridículo es para consigo

mismo. Consecuencia...

--Que se tumba uno á la bartola y no hace nada, porque como las cosas

nunca resultan á la medida del deseo, resulta que siempre se pone uno

en ridículo para consigo mismo. Por ahora todo es bastante claro.

--Me encanta oirte discurrir y hablar, Fina.

--Lisonjero y adulador no te quiero. ¿Qué más ibas á decir?

--Otra clase de ridículo: el de las cosas sin propósito. Por ejemplo...

--Alberto paseaba los ojos por la estancia, en tanto con la imaginación

perseguía un ejemplo expresivo.

--Por ejemplo, los madroños de ese velador.

Alberto rompió á reir jovialmente.

--No me atrevería yo á decir tanto.

--Yo sí. Es gusto de papá. Y á mamá y tita Anastasia les parecen

preciosos. De manera que, en último término, ¿qué importan los

madroños? Á lo tuyo. Á ti te parecía que todas las cosas del mundo y

todos los actos de la vida eran madroños.

--Sí, Fina --murmuró Alberto humildemente.

--¿Y ahora?

--Ahora...

El divino y eterno mensajero de lo inefable cruzó entre ellos con vuelo

furtivo. Asumieron de nuevo el tono confidencial.

--Lo que me asombra, Alberto, es que te costara tanto tiempo y trabajo

matar ese bichito.

--Cuando se ha estado seis años entre jesuítas, esa es la hazaña más

grande de la vida.

--Los quieres tanto, que los enviarías á todos de una vez al cielo por

la línea directa del martirio.

--No los quiero mal ni bien, Fina, aun cuando me han hecho mucho daño.

Seis años, Fina, día por día, ligándome el alma y apretando fuerte con

la soga del temor al ridículo, embotándola con la idea de la inutilidad

del esfuerzo. Cuando se cree, después de estos seis años se hace uno

fraile ó se entrega uno á ellos como un cadáver. Cuando no se cree...

La voz de Alberto latía con amargura. Fina le acarició las manos, sin

hablar, por no descubrir que estaba enternecida. Y ya serena, dijo:

--Comprendo lo que has sufrido y he sufrido yo también adivinándolo.

Pero, tú me ibas á hablar de otras cosas con motivo del dragón. ¿Eh?

--Sí. Pensaba aclarar algo que hasta ahora te parecerá un poco oscuro.

Me has oído varias veces que estoy determinado en construir mi vida

en un plazo que no excederá, creo yo, de dos años, de manera que al

cabo de ellos pueda dignamente decir á tu padre: Señor mío, me voy á

casar en seguida con Fina. Me has oído que estoy resuelto á trabajar,

conforme á los tres versículos del Evangelio de San Francisco: trabajar

sin dinero, siendo pobre; trabajar sin sensualidad, siendo casto;

trabajar con humildad, siendo obediente.

La simplicidad seráfica del santo de Asís hacía eco transparente en los

ojos de Fina. Alberto continuó:

--Una especie de labor religiosa. Y tú preguntarás, ¿en qué?

Una pausa. Alberto adelantó la cabeza, á mirar muy de cerca el rostro

de su novia y de esta suerte percibir hasta el más huidero matiz de

emoción suscitado por sus palabras. Dijo con voz lenta y firme:

--Voy á escribir para el público.

La sonrisa delicada y profusa, en este punto de fervorosa aquiescencia,

irradiaba de todos los rasgos de Fina, de manera que Alberto se sintió

ungido y fortificado en su vocación. Un ímpetu expansivo le embriagaba.

--Ya sabes que he matado al ridículo. Aficiones á escribir siempre

las he sentido, y he cultivado este arte secretamente. Pero por nada

del mundo me hubiera aventurado á lanzar mis ensayos al juicio de las

gentes. ¿Por qué? Por temor al ridículo, á que me preguntasen: ¿imagina

usted, de buena fe, señor Guzmán, que el sistema cósmico ó la especie

humana no cumplirían cabalmente sus destinos si usted no sacara el

pecho fuera á comunicarnos sus particulares ideas y sentimientos?

Y tendrían harta razón; porque la mayor parte de los literatos y

artistas que por ahí andan exigiendo nuestra admiración me parecen tan

enojosos, impertinentes y ridículos como esas floristas viejas que en

los vestíbulos de los teatros se obstinan en colocarnos en el ojal

una flor mustia. La intromisión social que supone colocar un nombre

propio al pie de una obra ha de justificarse, por lo pronto, con una

vocación de linaje religioso. Esto, puede acarrear al principio mofa

y escarnio, ¿qué importa? Además, es necesario haberse encontrado en

trances vividos, muchas veces insignificantes en apariencia, de los

cuales se ha podido extraer, como si se creasen por vez primera en la

historia, los valores y conceptos fundamentales de la conducta y del

universo. Tengo la certidumbre de que este es mi caso. Hasta hace muy

poco tiempo, mi espíritu estaba como una noche con lluvia de estrellas;

era una zarabanda de resplandores en demencia, que aparecían, se

cruzaban, huían caóticamente. Y de pronto, todos esos orbes fugaces y

arbitrarios, que en ocasiones llegaban á ocasionarme verdadero vértigo,

se armonizaron sistemáticamente como obedeciendo á las leyes de una

mecánica celeste, y aquellos resplandores volubles, que no eran sino

aliento angustioso de todos los actos de mi vida pasada, se aquietaron,

se cristalizaron, se hicieron elocuentes y transparentes. Y como,

por nefasta influencia de la educación jesuítica, yo había llegado á

aniquilar el mundo antiguo, puede decirse que he creado un mundo de la

nada.

Y Fina, sonriendo:

--Eso tienes que agradecer á los jesuítas.

Y Alberto, sonriendo:

--Pues, es verdad.

_Lo bello, lo bueno, lo verdadero y la misa._

Tita Anastasia interroga:

--Con sinceridad, Alberto: ¿usté encuentra al pequeñín tan feo como

algunos dicen?

--Nada hay que sea feo, tita Anastasia.

--¿Cómo? Por lo menos hay cosas que son más guapas que otras.

--Nada hay que sea más guapo que otra cosa, tita Anastasia.

--Entonces, ¿por qué se ha enamorado usted de Fina, y no de mí?

Fina se adelanta á decir:

--Aún está á tiempo, tita Anastasia.

--Calla, zalamera.

El señor Robles había movido un escándalo mayúsculo en casa de don

Medardo, mostrando singular empeño en informar á Leonor de que su

marido era un ladrón y un gorrino, que había huído con un _indecente

plumero_; esto es, con una dama galante. Á la tarde, comentando el

suceso, tita Anastasia interroga:

--¿No cree usted, Alberto, que eso es una acción muy mala?

--Nada hay que sea una mala acción, tita Anastasia.

--¿Ni el robar?

--Ni el robar.

--¿Ni el matar?

--Ni el matar.

Tita Anastasia se santiguó.

Discutiendo familiarmente un asunto de poca monta, tita Anastasia se

encara con Alberto y le pregunta:

--¿Qué es la verdad?

--Tita Anastasia, una vez se lo preguntaron á Pilatos, y él se lavó las

manos.

--¿Y qué quiere decir eso? Que es verdad lo que se toca con las manos.

¿Eh?

--También puede querer decir que se debe tener muy limpia la piel, de

manera que no ocurra que cuando creemos tocar una cosa, estemos tocando

tan sólo nuestra propia inmundicia.

--¿Usted va á misa, Alberto?

--No, tita Anastasia.

Tita Anastasia permanece meditabunda. Dice luego:

--Usted dice que todo es guapo, que es lo mismo que decir que todo

es feo. Usted dice que todo está bien, que es lo mismo que decir que

todo está mal. Usted dice que para conocer la verdad hay que lavarse

las manos, y esto se me figura que es lo mismo que decir que no se

puede conocer la verdad. Y usted no va á misa, que es lo mismo que no

creer en Dios. Y, sin embargo, me parece usted un santín... ¡No me lo

explico!

Y cae en profunda confusión de pensamientos. Alberto no dice nada. Fina

acude:

--Dale las gracias por lo menos, hombre.

--Gracias, tita Anastasia.

Pero la vieja no le oye. Está absorta en sus cavilaciones; dentro de

su espíritu hay el malestar de una contradicción que nunca atinará á

resolver.

_Figuras elegíacas. El ideal._

Así que Alberto se apartaba de su novia, acudía á retirarse en

el cuarto de la fonda y allí gozar largamente de un sabroso

embebecimiento, del cual venían á sacarle á modo de impulsos delicados

y sutiles de lo inefable, que le exigían con urgente emoción, ser

expresados de manera plástica y rítmica. Y así comenzó á esbozar una

serie de cortos poemas elegiacos, de técnica sobria, de suerte que lo

conciso del artificio literario provocase gran suma de sugestiones

emotivas. La ebullición elevada de su espíritu le proporcionaba

dadivosamente imágenes vírgenes de corrupción retórica y remotas

similitudes cuya trayectoria estaba repleta de vibrante cúmulo de

evocaciones. La inefable sensación de acatamiento y estremecimiento

deleitoso que recibía con sólo oir la voz de Fina, era:

... el trigal cargado de maduras

espigas bajo los pies del viento.

La inefable intuición de eximirse de las leyes de lo temporal y vivir

en las linfas remansadas de lo eterno, que estando al lado de su novia

le poseía, la expresaba comparando la prodigiosa suspensión del tiempo,

con la cuchilla de Abraham en alto, porque

la voz de Dios moraba entre la zarza ardiente.

La inefable certidumbre de haberse liberado de sombras y rémoras

pretéritas se definía imaginando el alma de Fina, á semejanza de vasta

y profunda foresta intacta, dentro de la cual él se emboscaba, é iba

despojándose

de miserias añejas

como muda la víbora de piel

frotándose en las madreselvas.

Gustaba, estando al lado de su novia, de asirle á veces de la mano,

cerrar los ojos, é ir asimilándola, por decirlo así, en sentimientos,

sin pensar. Era un linaje de casta voluptuosidad que tradujo en un

poema:

Cerrar los ojos. Luego, con la mano,

--aunque ciega, sagaz y cauta-- asirte

la tuya breve. Luego, por el brazo

deslizarla, tan tenue y tan humilde

como llovizna que del musgo empapa

la tersura sedosa. Aspirar luego

tu aroma sin aroma, que dimana

de infantil pulcritud, como del heno

en la noche estival. Luego, con honda

emoción, ir sintiendo cómo, poco

á poco, transfundiéndote vas toda

tú dentro de mi cuerpo, como el oro

del poniente en el mar, y cómo cada

fibra mía de ti se ha saturado,

al modo de la tela que se baña

en la púrpura. Luego, el sobrehumano

goce de no mirar y ver, prodigio

de tenerte cual bálsamo en redoma,

discernir, como el ojo alejandrino,

más claramente dentro de la sombra.

Prefería, con sensitiva dilección, los metros impares, según aquel

dicho de los antiguos: _numero Deus impari gaudet_, percibiendo en

ellos más refinada armonía que en los pares, y una gracia incierta

y flotante de inestabilidad que es adecuada correspondencia de ese

último vaho ó comezón en el ápice del espíritu, en cuyo seno vibran

los requerimientos líricos. Procuraba también que los versos vivieran

en un curso ondulante, fundiéndose unos en otros y todos ellos en una

atmósfera tónica común; y para ello apelaba sin reparo al recurso que

los retóricos llaman encabalgamiento, que es al metro lírico lo que

las notas ligadas al violín, ó lo que el modelado aéreo á las pinturas

leonardescas.

Cuando aun participaban del trémulo ardor de su pecho, Alberto leía á

Fina los poemas que había rimado. Fina los escuchaba, contagiada de la

emoción del poeta, de suerte que, en terminando la lectura, el divino

intérprete de las altas tensiones amorosas no era raro que sobreviniese

á sellarles en silencio los labios. Pero á solas, Fina reasumía la

serenidad clarividente, que era la característica de su espíritu, y

cierta zozobra se apoderaba de ella. Temía que la exaltación de Alberto

se alimentase á costa de la constancia. Conforme pasaban los días,

Fina vió, con gran contento, que su novio humanizaba cada vez más sus

sentimientos, trocando y concretando lo que era ocasión de éxtasis

y arrobo en bienes deseables y asequibles. Las figuras elegíacas

adquirieron nuevo carácter. Eran:

Sobre la almohada, el lóbrego

caudal de tus cabellos,

para que, reposando

en su fluir sedeño,

beba yo el dulce olvido

de todo mal pretérito,

como si me abrevase

en el suave Leteo.

El arco de tu frente

de marfil y pureza,

sea arsenal en donde

se guarden las ideas

nobles que armen el brazo

frágil de mi flaqueza.

Tus ojos, dos cristales

caídos del misterio

del elevado muro

que cerca el firmamento.

Sean, para mi espíritu

caprichoso y enfermo,

ventanales por donde

se asome hacia lo eterno.

Tu boca, sea la lumbre

de perdurable brasa

que convierte en recóndito

templo nuestra morada,

y tu risa, la firme

columna de mi casa.

Que tus brazos desnudos,

redondos y morenos,

cuando en amor me ciñan

se eleven á mi cuello,

como si los alzases

dando gracias al cielo.

Tus pies --leves y alados

con la virtud gloriosa

de deslizarse al modo

del canto y del aroma--

para que los halague

el beso de mi boca,

como besando el ala

tibia de una paloma.

Los deleites contemplativos se habían transformado en estímulos de la

voluntad. Alberto comenzaba á construir un ideal, á desear. Cuando

determinó su plan de trabajo, según el evangelio de San Francisco (no

trabajar por amor al dinero; destilar la sensualidad en sensibilidad;

ser obediente, ó sea, ser sincero consigo mismo), Fina comprendió que

su ventura por venir, aunque en esperanza, mostraba el fruto cierto. Y

por último Alberto se encontró un día cara á cara con:

La pata de la raposa (Novela) · 第 49 / 66 题