--¡Del mal el menos!
El proverbio fué formulado por el labio doctoral de Mármol. Tenía
en aquel momento algo de sacerdote antiguo, con la túnica de seda
amarilla y talar amplitud, que no era sino un guardapolvo y la tiara, ó
dígase rotunda gorra inglesa, sobre la cual las gafas de automovilista
destacaban como las masas oculares en la frente de un batracio.
--Quince mil pesetas... --murmuró Alberto--. Tres años de vida modesta
y á trabajar. ¿De qué se ríe usted?
--De la modestia --y luego sentenciosamente--. Antes de ese plazo será
usted rico... y feliz.
--Casándome, ¿verdad?
Mármol inclinó la cabeza de manera que Alberto no sabía quiénes le
miraban; si los ojos de rana de la gorra ó los vivos y entornadizos de
Mármol.
--Y ahora; soy buen catador de personas, ¿sí ó no? Manolo siempre me
pareció un pillete.
--Yo nunca lo hubiera creído.
--Es usted un infeliz. Tampoco cree usted que se va á casar muy pronto
con...
--Sí, con quien sea. No hablemos de eso.
Mármol sonreía de un modo celado y malicioso.
--¿Qué le ocurre á usted hoy? Yo diría que interiormente está usted
burlándose de mí.
--Un poco. Andando, que hay que aprovechar este sol rico y esta tarde
buena.
--Andando.
En la portería le entregaron una postal á Alberto. La leyó, en
arrancando á rodar el automóvil. Decía: «Me habló usted siempre de
las cosas más extraordinarias con tanta naturalidad, que yo me veía
obligado á aceptarlas como cosas naturales, y de las cosas naturales
con tanta intensidad, que yo descubría en ellas nuevos sentidos.
Me habló usted de los problemas más difíciles con tanta lógica y
sencillez, que yo me admiraba de mí mismo y de ver tan claro, y de
las ideas fáciles y habituales, de las opiniones admitidas con tanta
agudeza y precisión, que yo me quedaba perplejo descubriendo que
no eran tan claras como yo creía. Me parecía que usted había dado
conciencia á mis ojos, á mis oídos, á mi corazón y á mi cerebro. Y
¿qué otra cosa es un escritor sino la conciencia de la humanidad? No
sé explicarme mejor. Le abraza, Bob.» Alberto releyó estas líneas
por tres veces. Se dijo interiormente: y sin embargo, yo no sé á qué
atenerme en nada.
El automóvil subía por la carretera de la Virgen del Castaño. Pasó
bordeando la tapia baja del campo de instrucción. Mármol lo detuvo. El
campo es una gran sábana de pradería, colocada en el manso declive de
una ladera. Sobre el verde cantante y afelpado, las filas de soldados
subían y bajaban alisando la hierba como peines de rojas púas. Oíase el
vasto golpe de voz con que acompasaban la marcha, á manera de vaivén de
un gran péndulo. Las manchas claras de los niños, que en gran número
se agolpaban á ver los soldados, eran como una floración y sus gritos
como un perfume. El cielo estaba desnudo, el aire vibraba y la tierra
ansiaba desgarrarse en un suspiro glorioso. Y entonces fué cuando
las cornetas cantaron, sacudiendo el azul infinito con la enérgica y
reprimida palpitación de sus cobres.
--Miraba á ver si están mis chicos por ahí --dijo Mármol, en pie sobre
el asiento--. Cualquiera los ve.
Alberto no le escuchaba. Mármol descendió á sentarse y apoyó una mano
en el hombro de su taciturno amigo.
--Escúchame, querido Guzmán. La tarde, más que para volar en automóvil,
está para pasear á pie. Quiere que vayamos al _monte cerrado_, á
tumbarnos al pie de los carbayos.
--Muy bien. Esta tarde es usted árbitro de mi vida.
--Ya lo sé --afirmó Mármol, con un tono enigmático que en otras
circunstancias hubiera despertado la inquietud de Alberto.
Descendieron en la linde del _monte cerrado_, un espeso y centenario
robledo. Mármol ordenó á su mecánico:
--Lleva el coche al chigre de Julia; allí iremos á buscarte.
Alberto buscó un rincón quieto y penumbroso; se tumbó en tierra. Mármol
parecía escudriñar entre los troncos.
--Ha elegido usted mal sitio, Alberto. Levántese y venga conmigo.
Alberto obedeció dócilmente y siguió á Mármol, hasta que éste halló
paraje á su gusto. Entonces, dijo:
--Aguárdeme aquí. Voy hasta el chigre y traeré algo que comer y beber.
Y se perdió en la espesura del bosque, con la túnica talar flotando á
su espalda, como un druida. Alberto se dejaba arrastrar por un flujo
de pensamientos inconexos y raudos. El taf taf del automóvil le hizo
incorporarse. Á través de un claro del bosque lo vió pasar; Mármol lo
conducía y un momento volvióse á decir adiós á Alberto con la mano.
--¡Mejor! --se dijo Alberto en voz alta. Y se tumbó de nuevo á pensar,
á _decidirse_; ésta era la palabra que le escarbaba en la mente.
Absorto en sus meditaciones, púsose de rodillas sin saber lo que
hacía. Un jilguero cantó sobre su cabeza. Iba á levantar los ojos hacia
el pajarillo, cuando una mano suave le tomó la suya.
--¡Fina! Pensaba en ti.
--Ya lo sé.
--¡Bendito sea Dios! --sollozó la tía Anastasia.