IX

Alberto estaba en la taberna de Librada, bebiendo sidra, y escuchando

á la dueña condolerse de la desgracia del señorito, maldecir la

petulancia y rapacidad de Manolo, alias _Taragañón_, recordar la

memoria de su antigua amiga Rufa, muerta á poco de venderse la casona,

y poner en duda la sapiencia y providencia del Supremo Hacedor,

repitiendo á cada paso: _esti mundo non tien atadero, don Albertín_.

Faltaba una hora para el tren de Pilares.

En la puerta del tabernucho apareció una lugareña; sus mejillas de una

rubicundez impropia de la epidermis humana, y el pelo negro rezumante,

como la hulla, de manera que el rostro parecía un fragmento del

cabello, en ignición.

--Es Pepona, la _Arrecachada_ --explicó Librada.

La lugareña se encaró con Alberto y le hizo muecas extravagantes, como

si se burlase de él.

--¿Está loca? --preguntó á Librada--. No es de mi tiempo, porque yo no

la recuerdo.

--Es la criada de _Taragañón_.

La lugareña continuaba haciendo muecas, retorciéndose. Agitaba la

cabeza con tanto denuedo que la brasa del rostro amenazaba propagarse

al resto de la hulla.

--¿Qué diaños te ocurre, _Arrecachada_? --preguntó ásperamente Librada.

--Nada m’ocurre. ¿Ye que no puedo mirar endientro de la taberna?

--poseía un bárbaro vozarrón masculino.

--Pero non ofender á los perroquianos.

--Ye que miraba á aquel señoritu. ¿Non ye un que vino de Mingalaterra,

fai pocos días, y que yera amo de la casona?

--¿Qué te importa á ti, muyer?

--Quisiera preguntai por un hermano que tengo allí.

--Difícil es que yo sepa nada. Entre usted.

--¡Líbreme Dios! Buena la tenía luego con el señorito... ¿Quier usté

salir p’acá?

--Non la faga caso, señorito. ¡Qué descaradona! --Librada se santiguó.

Alberto se acercó á la _Arrecachada_, la cual, tomándole aparte y

sigilosamente le comunicó que su señorita tenía cosas muy importantes

que decirle; que en oscureciendo se fuera de aquella parte, como

al descuido, y que penetrase por lo alto de la huerta que ella, la

_Arrecachada_, estaría allí.

Alberto se alejó de la taberna de Librada, con ánimo de distraer sus

pensamientos paseando hasta la hora de la cita. Descendió por la calle

del Doctor Otero. Al final de ella, que son los confines del pueblo, se

eleva la iglesia parroquial, vuelto el ábside de la parte de Cenciella

y la espadaña del frente mirando al campo, por encima de un viejo

bosque de castaños. Por el costado derecho de la nave, corre un atrio

de columnas graníticas; adosado al otro muro, está el cementerio.

Sentóse Alberto en el atrio y estuvo allí en silencio media hora. La

calle, la iglesia, el bosque estaban solitarios. Oíase un ruido como de

azada abriendo la tierra.

Levantóse y dió la vuelta en torno de la iglesia. El cementerio tenía

la puerta abierta. Penetró. Un hombre aliñaba un cuadro de hortalizas.

Encorvado como estaba miró al recién llegado y siguió trabajando. En un

ángulo vió Alberto el panteón de la familia Díaz de Guzmán; nunca hasta

entonces lo había visto. Una frase se formuló en su frente: _esto me

queda_. La humedad del atardecer y lo sombrío del paraje le hicieron

temblar. Preguntó al de las hortalizas:

--Buen hombre ¿sabe usted de sepulturas?

El hombre se puso en pie, arreglándose á puñadas los riñones.

--Que si sé de sepolturas... --enseñó sus dientes amarillos--. Como que

soy sepolturero.

--¿Sabe usted dónde está enterrada una tal Rufa?

--¿Rufa qué? Verá usted, hay... --elevando los ojos al cielo-- Rufa,

la del Carmín; de aquella parte está. Rufa, la de Nolo; allí. Rufa, la

_Pendona_ ¡Dios la haya perdonao! ¡Les veces que anduvo metiendo la

boroña n’el forno, pe los maizales...! Allí. La penúltima ama de don

Pedruco, el coadjutor, tamién se llamaba Rufa. ¡Dios los perdone! Allí.

Y entavía...

--Ninguna de esas es. Era la criada en la casona.

--¡Ah! Allí está.

Alberto siguió la dirección que con el dedo le señalaba el sepulturero.

--Ahí, ahí mismo.

--Es que... --balbució Alberto-- aquí no hay nada.

El sepulturero enseñó otra vez sus dientes amarillos.

--Escarbe y verá si hay podre, que federá que de gusto. ¿No hay una

piedra con el número 114?

--Sí, señor.

--La misma.

Alberto se arrodilló sobre la hierba, enmarañada, verdiagria, jugosa.

Dos palmos delante de él crecía un cardo, florecido de amarillo oro.

Sentóse sobre los talones, cruzó los brazos y dióse á cavilar. Su

madre, muerta al nacer él, estaba allí, en el musgoso panteón de traza

corintia; allí su padre, á quien nunca había amado, ni de él había

recibido sino crueldad y desdenes. Retrotraíase á la tenebrosidad de

la infancia, guiada tan sólo por dos caducas sombras familiares; la

vieja Teodora y la vieja Rufa, de la casona, á quien ahora reveía con

sus añejos atavíos, el abanico verde, con un gato, y el libro de misa,

apercibida á presenciar los títeres; y también de tarde en tarde la

sombra furtiva y amorosa de su tío Alberto, mortalmente enemistado

con su padre. Aquella su ternura enfermiza por los seres y las cosas,

aquel inquirir sin plan y con fiebre, aquel soñar sin asidero y aquel

flotar de toda su vida ¿qué otra cosa era sino ausencia de niñez?

Nunca había sido niño. Faltábale la tradición; tronco y raíces que

agarrasen en tierra firme; todo él era ramazón, hojarasca, garrulería

y esterilidad. Desfallecía. Hubiera querido tener á Rufa á su lado, y

reclinando la cabeza en el muelle y haldudo regazo dormirse, como en

el antaño remoto. De pronto, como bajo un influjo misterioso, de su

propia flaqueza se levantó arrogante y decidido. En los treinta y dos

años estaba, y estaba por obra de la adversidad, con las manos vacías

é inactivas. Hasta entonces, había soñado; era hora de hacer, de hacer

muy deprisa, que iba con retraso por el mundo. ¿Hacer qué? Cualquiera

cosa ¿qué importa? Hacer, hacer... «Hay que apresurarse», murmuró en

voz alta. En torno suyo yacía la eternidad de donde había nacido. La

otra eternidad, á donde había de volver se anunciaba como una aurora

negra. ¿Había de ir de una á otra sin rastro y sin ruido como una nube

en la noche?

--¡Eh, señor! --gritó el sepulturero--. Que voy á cerrar.

En la puerta Alberto preguntó al hombre de los dientes amarillos:

--¿Tiene usted miedo á la muerte?

--Si tuviera miedo no sería sepolturero.

--No digo á los muertos, sino á la muerte; al más allá.

--No sé lo que es eso.

--Después de morir.

--¡Ah! Después de morir... ya ve usted --mostrando los dientes y

señalando las hortalizas-- se dan muy buenas berzas.

Tañeron el ángelus las campanas. Anochecía. Alberto dió una propina al

sepulturero y se encaminó á la casona. La _Arrecachada_ le aguardaba

en la casa del casero y le condujo hasta el gabinete en donde estaba

Teresuca, la cual se levantó á recibirle, muy agitada.

--¡Qué asqueroso de hombre! --se refería á su marido--. Lo he oído todo

desde detrás de la puerta. ¡Qué asqueroso! No le digo que le perdone

porque maldito lo que lo deseo. Al contrario; hágale cuanto mal pueda.

--Sus ojos revelaban crueldad insaciable. Viéndolos, Alberto se sintió

sobrecogido.

--¿Tanto mal le ha hecho á usted, Teresa? --su pregunta tenía aire de

reproche.

Los ojos de Teresuca se melificaron instantáneamente. De grises, se

trocaron en ambarinos.

--¿Por qué no me tutea usted como antes?

--Después de lo ocurrido con Manolo, no podría aunque quisiera.

--Sí, sí --rogó Teresuca, ladeando la cabeza.

Alberto calló. Teresuca se puso seria.

--Aquel niño ¿es de ustedes?, claro --se levantó á mirarlo de cerca.

Dormía sobre un sofá, con los puños cerrados. Lo besó.

--Siéntese, don Alberto. Tenemos que hablar.

Alberto obedeció.

--Á eso vengo.

--Yo no quiero ser cómplice de una infamia. Lo que le dijo Manolo de

las nueve mil pesetas, es mentira. No las pagó.

--Lo vi muy claro.

--Cuando tenía confianza conmigo me lo confesaba. Él creyó que nunca se

acordaría usted de ellas.

--Nunca me hubiera acordado, á no hacerme falta.

--La carta que le dió usted á Manolo, ¡asqueroso!, para que se las

entregaran, por la banca debe de andar, y saldrá con otros papeles.

Con eso le basta á usted --Alberto escuchaba sin replicar. Continuó

Teresuca--. Pero hay más. Los alquileres de la casa, desde que vivimos

aquí, hasta que la compró él, están sin pagar. También me lo confesó

él. Esos se los puede usted sacar desde luego. ¡Es un asqueroso! ¡Es un

criminal! --en los ojos de Teresuca asomaba nuevamente un odio funesto

y delirante--. Pues hay más. Los cinco años que fué su criado le robó,

así, le robó; me lo confesó él, riéndose y diciendo que usted era...

_un babayu_; le robó más de cinco mil duros --Alberto callaba--. Pues

hay más. La casa no la compró con los muebles; en la escritura puede

verse. ¡Cuidado que había plata...! Toda la vendió. Estos muebles son

de usted. Cuando usted quiera puede levantarse con ellos...

Callaban los dos. Teresuca bebía con sus ojos los de Alberto.

--Teresa; todo eso que usted dice haría yo, si se me hubiera ocurrido

á mí. Pero, habiéndolo oído de labios de la mujer del propio Manolo,

no puedo hacer nada. Agradezco la honrada solicitud que usted me

demuestra, pero, no haré nada.

En los ojos de Teresuca asomó un anuncio de desdén, algo á modo de

dureza que se derritió en seguida en una mirada ardiente y seductora.

--¿Dónde se ha arrodillado usted, que trae el pantalón todo manchado de

verdín? Voy á limpiárselo.

Con agilidad ondulante saltó á los pies de Alberto, y allí quedó

agazapada, pasándole las manos por las rodillas y elevando hacia él los

ojos, mimosa y elocuentemente.

--Levántese, hágame el favor, Teresa --habló Alberto, con voz opaca y

repeliendo discretamente á la mujer. La torpe perfidia de Teresuca le

inspiraba tumultuosos sentimientos de aversión y repugnancia. Temía

ser violento, brutal con ella.

--¡Cómo lo aborrezco! --bisbiseó Teresuca, con la cabeza baja,

reclinándose sobre las piernas de Alberto--. ¡Asqueroso! Liado con

esa viuda marrana de la casa vecina... ¡Asqueroso, sinvergüenza! ¿Lo

querrá usted creer? --escorzó el cuerpo y apoyó los brazos sobre los

muslos de Alberto, levantando el rostro hacia él--. Pues voy á decirle

lo último. Es un cabrito, sí, un cabrito. Cuando se casó conmigo sabía

que yo había hecho hombres, pero como era por dinero, hasta casi me

animaba. ¡Ah! Si en lugar de vivir en Cenciella estamos ahora en

Pilares... ya le diría yo...

Teresuca, con ductilidad serpentina, iba enroscándose y ciñéndose á los

miembros del joven. Sus ojos brillaban, lubrificados de fascinación

ponzoñosa. Sacó la lengüecilla y se relamió, humedeciendo los

encendidos labios. Era toda astucia y crueldad.

Había una cosa entre los dos que Alberto quería olvidar, imaginando que

ella lo había olvidado, á causa de la frecuencia de sus deshonestidades

mercenarias. Alberto había poseído á Teresuca hacía algunos años.

Teresuca se incorporó, entretejió los dedos de entrambas manos detrás

de la nuca de Alberto, y dejóse colgar sobre su pecho, simuladamente

desvanecida y suplicante. Con soplo apenas audible suspiró:

--¿Te acuerdas? --y luego, anticipándose una fruición maligna--. Hoy

voy á gozar por primera vez.

Dos sacudidas de Alberto, y Teresuca hubiera dado en tierra, á no

buscar soporte instintivo en el brazo izquierdo. Estando así, con ojos

dilatados de asombro é iracundia, Alberto levantó la mano sobre ella

y la abofeteó. Luego salió huyendo. Por las escaleras oyó llantear al

niño y la voz quebrada de la madre que bramaba á lo sordo:

--Me las has de pagar, cochino, hijo de perra.

X

El horror y vergüenza de haber abofeteado á Teresuca se hundieron

muy pronto en el olvido, empujados por las graves preocupaciones

que acaparaban el espíritu de Alberto. Durante unos días le retiñía

de continuo dentro del cráneo la voz de las campanas que había oído

estando en el cementerio de Cenciella; un sonido grave, magistral,

emotivo que se propagaba por los ámbitos del cielo sin extinguirse

nunca, y luego un golpe agudo, atiplado, efímero, agrio, que fenecía al

punto, absorbido por el temblor perdurable de la primera campana. La

campana grande parecía cantar, _ars longa_; la otra apenas si concluía

á sugerir, _vita brevis_. Era lo mismo que Alberto se había dicho

espontáneamente: _hay que hacer, hay que apresurarse_.

Encerrado en la habitación de la fonda, se pasaba los días

melancólicamente, con las manos tendidas hacia lo porvenir y sin saber

con qué llenarlas. Se propuso examinar en frío su capacidad social:

_¿para qué sirvo yo?_ Respondíase: _no sirves para nada_. Entonces se

miraba al espejo, lleno de compasión hacia sí mismo. Y le decía la

conciencia: _no sirves para nada, porque estás podrido de molicie,

porque el solitario deleite de soñar y pensar como por juego te ha

corroído hasta los huesos, porque en tu pereza miserable crees que

la vida no vale nada en sí, sino en sus ornamentos_. Maquinalmente

murmuraba en voz alta:

--Y es verdad; no vale nada en sí, sino en sus ornamentos.

Pensaba en todas las vidas oscuras y sórdidas, huérfanas de goces

físicos y de placeres intelectuales; en las existencias de inopia,

en los seres que habitan casas oscuras, feas ó miserables, rodeados

de objetos feos, sucios ó miserables, y en las frentes abatidas por

cavilaciones feas, pobres ó miserables. Y articulaba de nuevo con los

labios, sangrando así la congestión de sus pensamientos: Nunca. Antes

la muerte.

Sentábase en una butaca y continuaba hilando soliloquios mentales.

Se veía como un sér correspondiente á futuras y más perfectas

civilizaciones, cuando todos los hombres tuvieran aquella facultad

de destilar el mundo en conceptos é imágenes, y aquella aguda y bien

templada sensibilidad que hacía eco á la más leve palpitación del

Universo, determinando necesidades ineludibles.

Por no flaquear, como á un seguro se acogía al orgullo, esforzándose

en convencerse de que por comprender más y sentir mejor que la mayoría

de sus semejantes, esto es, por ser superior, tenía derecho á exigir

la satisfacción de sus necesidades en la equivalente medida en que él

la había cultivado, y en pago devolvería á la sociedad obras serenas y

sazonadas según sus particulares aptitudes. Sobre esta base, atraído

por el incentivo de poner ideas en reata, se metía por lo venidero, y

construía una sociedad futura, poniendo á contribución la mayor parte

de las teorías socialistas. En aquel momento, por extraña comezón

paradójica, hubiera querido hallarse en posesión de su desvanecida

fortuna, solamente por dedicarse á la política y hacer propaganda

socialista, á su modo. Recordó un consejo de Jiménez: _Hágase usted

político. En esta tierra no medran más que los políticos._ Jiménez

entendía, con esto, afiliarse á uno de los partidos turnantes; pero,

precisamente una de las necesidades del espíritu de Guzmán, la cual

había sido alimentada con particular empeño y satisfecha en toda

ocasión, era la sinceridad para consigo mismo como para con los demás,

porque Alberto no ignoraba que hay almas meridionales y sofísticas

que, movidas quizás del egoísmo, pasando de un partido radical á uno

conservador, se determinan en justificarse á sí propias y concluyen por

convencerse de que han obrado de buena fe y acertadamente.

Pasaron dos semanas. Alberto se encontraba sin dinero y con una deuda

de quince libras esterlinas á Roberto Mackenzie. Á pesar de la fórmula

_hay que apresurarse_ que se había impuesto como norma de conducta,

no lograba romper la red de cogitaciones y musarañas que le envolvía,

antes al contrario, parecía entretenerse en complicarla.

Llegó á tener miedo. Le asaltaban sombríos presentimientos. _Si ahora

me pusiera enfermo me llevarían al hospital_; pensó un momento. Á

continuación se arrepentía de su flaqueza y pusilanimidad, considerando

que de haberse puesto enfermo en Inglaterra también le hubieran llevado

á un hospital. Aun cuando pretendía evitarlo, se acordaba de Fina, y

como á veces sentía terrores, sin saber por qué, terminaba amparándose

en el amor de Fina y suscitando ilusiones en torno de él.

Una mañana se levantó dispuesto á apresurarse. Por lo pronto había

que buscar dinero. Se encaminó á casa de Castillo, el abogado, hombre

muy puntilloso en achaques de moralidad. Le refirió aquello que de su

escena con Teresuca podía referirse, y preguntó al fin:

--¿Usted qué haría con ese dinero?

--Querido Guzmán: esos son escrúpulos del Padre Gargajo. ¿Qué iba á

hacer? Lo mismo que voy á hacer en nombre de usted; exigírselo á ese

pillo, y si se negase sentarle las costuras. Pues hombre, ¡bueno fuera!

--Pero ¿de veras no cree usted feo de mi parte aprovecharme de las

manifestaciones de aquella mujer, inspiradas en sentimientos tan bajos?

--Vaya, vaya. ¿Le voy yo á aconsejar algo que no juzgue absolutamente

correcto y puro? Además cobrará usted la renta de la casa y muebles y

plata, según tasación aproximada. Si es claro como la luz. Unas veinte

mil pesetas calculo.

--Quizá no tanto...

Alberto salió muy animado de casa de Castillo. Aquella noche escribió á

Mackenzie.

«Querido Bob: muy pronto le podré pagar las quince libras que usted

tuvo la amabilidad de prestarme.

Quiero saber por qué me ha dicho usted tantas veces que debía

escribir. Su opinión de hombre muy vivido y muy culto me interesa

más que la de un literato profesional. Le ruego que me exponga

concretamente los sentimientos y razones que le inspiraban tan

reiterado consejo.

Todo mi afecto á Nancy, Ben y Meg.

Le abrazo,

_Guzmán_.»

La pata de la raposa (Novela) · 第 46 / 66 题