Alberto estaba en la taberna de Librada, bebiendo sidra, y escuchando
á la dueña condolerse de la desgracia del señorito, maldecir la
petulancia y rapacidad de Manolo, alias _Taragañón_, recordar la
memoria de su antigua amiga Rufa, muerta á poco de venderse la casona,
y poner en duda la sapiencia y providencia del Supremo Hacedor,
repitiendo á cada paso: _esti mundo non tien atadero, don Albertín_.
Faltaba una hora para el tren de Pilares.
En la puerta del tabernucho apareció una lugareña; sus mejillas de una
rubicundez impropia de la epidermis humana, y el pelo negro rezumante,
como la hulla, de manera que el rostro parecía un fragmento del
cabello, en ignición.
--Es Pepona, la _Arrecachada_ --explicó Librada.
La lugareña se encaró con Alberto y le hizo muecas extravagantes, como
si se burlase de él.
--¿Está loca? --preguntó á Librada--. No es de mi tiempo, porque yo no
la recuerdo.
--Es la criada de _Taragañón_.
La lugareña continuaba haciendo muecas, retorciéndose. Agitaba la
cabeza con tanto denuedo que la brasa del rostro amenazaba propagarse
al resto de la hulla.
--¿Qué diaños te ocurre, _Arrecachada_? --preguntó ásperamente Librada.
--Nada m’ocurre. ¿Ye que no puedo mirar endientro de la taberna?
--poseía un bárbaro vozarrón masculino.
--Pero non ofender á los perroquianos.
--Ye que miraba á aquel señoritu. ¿Non ye un que vino de Mingalaterra,
fai pocos días, y que yera amo de la casona?
--¿Qué te importa á ti, muyer?
--Quisiera preguntai por un hermano que tengo allí.
--Difícil es que yo sepa nada. Entre usted.
--¡Líbreme Dios! Buena la tenía luego con el señorito... ¿Quier usté
salir p’acá?
--Non la faga caso, señorito. ¡Qué descaradona! --Librada se santiguó.
Alberto se acercó á la _Arrecachada_, la cual, tomándole aparte y
sigilosamente le comunicó que su señorita tenía cosas muy importantes
que decirle; que en oscureciendo se fuera de aquella parte, como
al descuido, y que penetrase por lo alto de la huerta que ella, la
_Arrecachada_, estaría allí.
Alberto se alejó de la taberna de Librada, con ánimo de distraer sus
pensamientos paseando hasta la hora de la cita. Descendió por la calle
del Doctor Otero. Al final de ella, que son los confines del pueblo, se
eleva la iglesia parroquial, vuelto el ábside de la parte de Cenciella
y la espadaña del frente mirando al campo, por encima de un viejo
bosque de castaños. Por el costado derecho de la nave, corre un atrio
de columnas graníticas; adosado al otro muro, está el cementerio.
Sentóse Alberto en el atrio y estuvo allí en silencio media hora. La
calle, la iglesia, el bosque estaban solitarios. Oíase un ruido como de
azada abriendo la tierra.
Levantóse y dió la vuelta en torno de la iglesia. El cementerio tenía
la puerta abierta. Penetró. Un hombre aliñaba un cuadro de hortalizas.
Encorvado como estaba miró al recién llegado y siguió trabajando. En un
ángulo vió Alberto el panteón de la familia Díaz de Guzmán; nunca hasta
entonces lo había visto. Una frase se formuló en su frente: _esto me
queda_. La humedad del atardecer y lo sombrío del paraje le hicieron
temblar. Preguntó al de las hortalizas:
--Buen hombre ¿sabe usted de sepulturas?
El hombre se puso en pie, arreglándose á puñadas los riñones.
--Que si sé de sepolturas... --enseñó sus dientes amarillos--. Como que
soy sepolturero.
--¿Sabe usted dónde está enterrada una tal Rufa?
--¿Rufa qué? Verá usted, hay... --elevando los ojos al cielo-- Rufa,
la del Carmín; de aquella parte está. Rufa, la de Nolo; allí. Rufa, la
_Pendona_ ¡Dios la haya perdonao! ¡Les veces que anduvo metiendo la
boroña n’el forno, pe los maizales...! Allí. La penúltima ama de don
Pedruco, el coadjutor, tamién se llamaba Rufa. ¡Dios los perdone! Allí.
Y entavía...
--Ninguna de esas es. Era la criada en la casona.
--¡Ah! Allí está.
Alberto siguió la dirección que con el dedo le señalaba el sepulturero.
--Ahí, ahí mismo.
--Es que... --balbució Alberto-- aquí no hay nada.
El sepulturero enseñó otra vez sus dientes amarillos.
--Escarbe y verá si hay podre, que federá que de gusto. ¿No hay una
piedra con el número 114?
--Sí, señor.
--La misma.
Alberto se arrodilló sobre la hierba, enmarañada, verdiagria, jugosa.
Dos palmos delante de él crecía un cardo, florecido de amarillo oro.
Sentóse sobre los talones, cruzó los brazos y dióse á cavilar. Su
madre, muerta al nacer él, estaba allí, en el musgoso panteón de traza
corintia; allí su padre, á quien nunca había amado, ni de él había
recibido sino crueldad y desdenes. Retrotraíase á la tenebrosidad de
la infancia, guiada tan sólo por dos caducas sombras familiares; la
vieja Teodora y la vieja Rufa, de la casona, á quien ahora reveía con
sus añejos atavíos, el abanico verde, con un gato, y el libro de misa,
apercibida á presenciar los títeres; y también de tarde en tarde la
sombra furtiva y amorosa de su tío Alberto, mortalmente enemistado
con su padre. Aquella su ternura enfermiza por los seres y las cosas,
aquel inquirir sin plan y con fiebre, aquel soñar sin asidero y aquel
flotar de toda su vida ¿qué otra cosa era sino ausencia de niñez?
Nunca había sido niño. Faltábale la tradición; tronco y raíces que
agarrasen en tierra firme; todo él era ramazón, hojarasca, garrulería
y esterilidad. Desfallecía. Hubiera querido tener á Rufa á su lado, y
reclinando la cabeza en el muelle y haldudo regazo dormirse, como en
el antaño remoto. De pronto, como bajo un influjo misterioso, de su
propia flaqueza se levantó arrogante y decidido. En los treinta y dos
años estaba, y estaba por obra de la adversidad, con las manos vacías
é inactivas. Hasta entonces, había soñado; era hora de hacer, de hacer
muy deprisa, que iba con retraso por el mundo. ¿Hacer qué? Cualquiera
cosa ¿qué importa? Hacer, hacer... «Hay que apresurarse», murmuró en
voz alta. En torno suyo yacía la eternidad de donde había nacido. La
otra eternidad, á donde había de volver se anunciaba como una aurora
negra. ¿Había de ir de una á otra sin rastro y sin ruido como una nube
en la noche?
--¡Eh, señor! --gritó el sepulturero--. Que voy á cerrar.
En la puerta Alberto preguntó al hombre de los dientes amarillos:
--¿Tiene usted miedo á la muerte?
--Si tuviera miedo no sería sepolturero.
--No digo á los muertos, sino á la muerte; al más allá.
--No sé lo que es eso.
--Después de morir.
--¡Ah! Después de morir... ya ve usted --mostrando los dientes y
señalando las hortalizas-- se dan muy buenas berzas.
Tañeron el ángelus las campanas. Anochecía. Alberto dió una propina al
sepulturero y se encaminó á la casona. La _Arrecachada_ le aguardaba
en la casa del casero y le condujo hasta el gabinete en donde estaba
Teresuca, la cual se levantó á recibirle, muy agitada.
--¡Qué asqueroso de hombre! --se refería á su marido--. Lo he oído todo
desde detrás de la puerta. ¡Qué asqueroso! No le digo que le perdone
porque maldito lo que lo deseo. Al contrario; hágale cuanto mal pueda.
--Sus ojos revelaban crueldad insaciable. Viéndolos, Alberto se sintió
sobrecogido.
--¿Tanto mal le ha hecho á usted, Teresa? --su pregunta tenía aire de
reproche.
Los ojos de Teresuca se melificaron instantáneamente. De grises, se
trocaron en ambarinos.
--¿Por qué no me tutea usted como antes?
--Después de lo ocurrido con Manolo, no podría aunque quisiera.
--Sí, sí --rogó Teresuca, ladeando la cabeza.
Alberto calló. Teresuca se puso seria.
--Aquel niño ¿es de ustedes?, claro --se levantó á mirarlo de cerca.
Dormía sobre un sofá, con los puños cerrados. Lo besó.
--Siéntese, don Alberto. Tenemos que hablar.
Alberto obedeció.
--Á eso vengo.
--Yo no quiero ser cómplice de una infamia. Lo que le dijo Manolo de
las nueve mil pesetas, es mentira. No las pagó.
--Lo vi muy claro.
--Cuando tenía confianza conmigo me lo confesaba. Él creyó que nunca se
acordaría usted de ellas.
--Nunca me hubiera acordado, á no hacerme falta.
--La carta que le dió usted á Manolo, ¡asqueroso!, para que se las
entregaran, por la banca debe de andar, y saldrá con otros papeles.
Con eso le basta á usted --Alberto escuchaba sin replicar. Continuó
Teresuca--. Pero hay más. Los alquileres de la casa, desde que vivimos
aquí, hasta que la compró él, están sin pagar. También me lo confesó
él. Esos se los puede usted sacar desde luego. ¡Es un asqueroso! ¡Es un
criminal! --en los ojos de Teresuca asomaba nuevamente un odio funesto
y delirante--. Pues hay más. Los cinco años que fué su criado le robó,
así, le robó; me lo confesó él, riéndose y diciendo que usted era...
_un babayu_; le robó más de cinco mil duros --Alberto callaba--. Pues
hay más. La casa no la compró con los muebles; en la escritura puede
verse. ¡Cuidado que había plata...! Toda la vendió. Estos muebles son
de usted. Cuando usted quiera puede levantarse con ellos...
Callaban los dos. Teresuca bebía con sus ojos los de Alberto.
--Teresa; todo eso que usted dice haría yo, si se me hubiera ocurrido
á mí. Pero, habiéndolo oído de labios de la mujer del propio Manolo,
no puedo hacer nada. Agradezco la honrada solicitud que usted me
demuestra, pero, no haré nada.
En los ojos de Teresuca asomó un anuncio de desdén, algo á modo de
dureza que se derritió en seguida en una mirada ardiente y seductora.
--¿Dónde se ha arrodillado usted, que trae el pantalón todo manchado de
verdín? Voy á limpiárselo.
Con agilidad ondulante saltó á los pies de Alberto, y allí quedó
agazapada, pasándole las manos por las rodillas y elevando hacia él los
ojos, mimosa y elocuentemente.
--Levántese, hágame el favor, Teresa --habló Alberto, con voz opaca y
repeliendo discretamente á la mujer. La torpe perfidia de Teresuca le
inspiraba tumultuosos sentimientos de aversión y repugnancia. Temía
ser violento, brutal con ella.
--¡Cómo lo aborrezco! --bisbiseó Teresuca, con la cabeza baja,
reclinándose sobre las piernas de Alberto--. ¡Asqueroso! Liado con
esa viuda marrana de la casa vecina... ¡Asqueroso, sinvergüenza! ¿Lo
querrá usted creer? --escorzó el cuerpo y apoyó los brazos sobre los
muslos de Alberto, levantando el rostro hacia él--. Pues voy á decirle
lo último. Es un cabrito, sí, un cabrito. Cuando se casó conmigo sabía
que yo había hecho hombres, pero como era por dinero, hasta casi me
animaba. ¡Ah! Si en lugar de vivir en Cenciella estamos ahora en
Pilares... ya le diría yo...
Teresuca, con ductilidad serpentina, iba enroscándose y ciñéndose á los
miembros del joven. Sus ojos brillaban, lubrificados de fascinación
ponzoñosa. Sacó la lengüecilla y se relamió, humedeciendo los
encendidos labios. Era toda astucia y crueldad.
Había una cosa entre los dos que Alberto quería olvidar, imaginando que
ella lo había olvidado, á causa de la frecuencia de sus deshonestidades
mercenarias. Alberto había poseído á Teresuca hacía algunos años.
Teresuca se incorporó, entretejió los dedos de entrambas manos detrás
de la nuca de Alberto, y dejóse colgar sobre su pecho, simuladamente
desvanecida y suplicante. Con soplo apenas audible suspiró:
--¿Te acuerdas? --y luego, anticipándose una fruición maligna--. Hoy
voy á gozar por primera vez.
Dos sacudidas de Alberto, y Teresuca hubiera dado en tierra, á no
buscar soporte instintivo en el brazo izquierdo. Estando así, con ojos
dilatados de asombro é iracundia, Alberto levantó la mano sobre ella
y la abofeteó. Luego salió huyendo. Por las escaleras oyó llantear al
niño y la voz quebrada de la madre que bramaba á lo sordo:
--Me las has de pagar, cochino, hijo de perra.
X
El horror y vergüenza de haber abofeteado á Teresuca se hundieron
muy pronto en el olvido, empujados por las graves preocupaciones
que acaparaban el espíritu de Alberto. Durante unos días le retiñía
de continuo dentro del cráneo la voz de las campanas que había oído
estando en el cementerio de Cenciella; un sonido grave, magistral,
emotivo que se propagaba por los ámbitos del cielo sin extinguirse
nunca, y luego un golpe agudo, atiplado, efímero, agrio, que fenecía al
punto, absorbido por el temblor perdurable de la primera campana. La
campana grande parecía cantar, _ars longa_; la otra apenas si concluía
á sugerir, _vita brevis_. Era lo mismo que Alberto se había dicho
espontáneamente: _hay que hacer, hay que apresurarse_.
Encerrado en la habitación de la fonda, se pasaba los días
melancólicamente, con las manos tendidas hacia lo porvenir y sin saber
con qué llenarlas. Se propuso examinar en frío su capacidad social:
_¿para qué sirvo yo?_ Respondíase: _no sirves para nada_. Entonces se
miraba al espejo, lleno de compasión hacia sí mismo. Y le decía la
conciencia: _no sirves para nada, porque estás podrido de molicie,
porque el solitario deleite de soñar y pensar como por juego te ha
corroído hasta los huesos, porque en tu pereza miserable crees que
la vida no vale nada en sí, sino en sus ornamentos_. Maquinalmente
murmuraba en voz alta:
--Y es verdad; no vale nada en sí, sino en sus ornamentos.
Pensaba en todas las vidas oscuras y sórdidas, huérfanas de goces
físicos y de placeres intelectuales; en las existencias de inopia,
en los seres que habitan casas oscuras, feas ó miserables, rodeados
de objetos feos, sucios ó miserables, y en las frentes abatidas por
cavilaciones feas, pobres ó miserables. Y articulaba de nuevo con los
labios, sangrando así la congestión de sus pensamientos: Nunca. Antes
la muerte.
Sentábase en una butaca y continuaba hilando soliloquios mentales.
Se veía como un sér correspondiente á futuras y más perfectas
civilizaciones, cuando todos los hombres tuvieran aquella facultad
de destilar el mundo en conceptos é imágenes, y aquella aguda y bien
templada sensibilidad que hacía eco á la más leve palpitación del
Universo, determinando necesidades ineludibles.
Por no flaquear, como á un seguro se acogía al orgullo, esforzándose
en convencerse de que por comprender más y sentir mejor que la mayoría
de sus semejantes, esto es, por ser superior, tenía derecho á exigir
la satisfacción de sus necesidades en la equivalente medida en que él
la había cultivado, y en pago devolvería á la sociedad obras serenas y
sazonadas según sus particulares aptitudes. Sobre esta base, atraído
por el incentivo de poner ideas en reata, se metía por lo venidero, y
construía una sociedad futura, poniendo á contribución la mayor parte
de las teorías socialistas. En aquel momento, por extraña comezón
paradójica, hubiera querido hallarse en posesión de su desvanecida
fortuna, solamente por dedicarse á la política y hacer propaganda
socialista, á su modo. Recordó un consejo de Jiménez: _Hágase usted
político. En esta tierra no medran más que los políticos._ Jiménez
entendía, con esto, afiliarse á uno de los partidos turnantes; pero,
precisamente una de las necesidades del espíritu de Guzmán, la cual
había sido alimentada con particular empeño y satisfecha en toda
ocasión, era la sinceridad para consigo mismo como para con los demás,
porque Alberto no ignoraba que hay almas meridionales y sofísticas
que, movidas quizás del egoísmo, pasando de un partido radical á uno
conservador, se determinan en justificarse á sí propias y concluyen por
convencerse de que han obrado de buena fe y acertadamente.
Pasaron dos semanas. Alberto se encontraba sin dinero y con una deuda
de quince libras esterlinas á Roberto Mackenzie. Á pesar de la fórmula
_hay que apresurarse_ que se había impuesto como norma de conducta,
no lograba romper la red de cogitaciones y musarañas que le envolvía,
antes al contrario, parecía entretenerse en complicarla.
Llegó á tener miedo. Le asaltaban sombríos presentimientos. _Si ahora
me pusiera enfermo me llevarían al hospital_; pensó un momento. Á
continuación se arrepentía de su flaqueza y pusilanimidad, considerando
que de haberse puesto enfermo en Inglaterra también le hubieran llevado
á un hospital. Aun cuando pretendía evitarlo, se acordaba de Fina, y
como á veces sentía terrores, sin saber por qué, terminaba amparándose
en el amor de Fina y suscitando ilusiones en torno de él.
Una mañana se levantó dispuesto á apresurarse. Por lo pronto había
que buscar dinero. Se encaminó á casa de Castillo, el abogado, hombre
muy puntilloso en achaques de moralidad. Le refirió aquello que de su
escena con Teresuca podía referirse, y preguntó al fin:
--¿Usted qué haría con ese dinero?
--Querido Guzmán: esos son escrúpulos del Padre Gargajo. ¿Qué iba á
hacer? Lo mismo que voy á hacer en nombre de usted; exigírselo á ese
pillo, y si se negase sentarle las costuras. Pues hombre, ¡bueno fuera!
--Pero ¿de veras no cree usted feo de mi parte aprovecharme de las
manifestaciones de aquella mujer, inspiradas en sentimientos tan bajos?
--Vaya, vaya. ¿Le voy yo á aconsejar algo que no juzgue absolutamente
correcto y puro? Además cobrará usted la renta de la casa y muebles y
plata, según tasación aproximada. Si es claro como la luz. Unas veinte
mil pesetas calculo.
--Quizá no tanto...
Alberto salió muy animado de casa de Castillo. Aquella noche escribió á
Mackenzie.
«Querido Bob: muy pronto le podré pagar las quince libras que usted
tuvo la amabilidad de prestarme.
Quiero saber por qué me ha dicho usted tantas veces que debía
escribir. Su opinión de hombre muy vivido y muy culto me interesa
más que la de un literato profesional. Le ruego que me exponga
concretamente los sentimientos y razones que le inspiraban tan
reiterado consejo.
Todo mi afecto á Nancy, Ben y Meg.
Le abrazo,
_Guzmán_.»