Desde la estación de Cenciella al pueblo hay un kilómetro de distancia.
De ordinario, los viajeros suelen hacer el camino siguiendo la vía
férrea carbonera, que cruza en la misma estación con la línea de
viajeros y pasa contigua al caserío; es una avenida lóbrega, tapizada
de carbonilla y enhebrada entre dos muros de centenarios álamos negros.
Alberto prefirió echarse á campo traviesa, por prados, bosquetes y
hazas de tierra roja. Era el posmeridio de un día asoleado y dulce.
Así como cuando la finca fué suya acostumbraba penetrar en ella
furtivamente por la casa del casero, ahora quiso hacerlo por la puerta
grande, que de par en par estaba abierta. Gozábase imponiendo con
esto un nuevo linaje de dominio, de imperio sentimental. Aquella casa
siempre sería suya, únicamente suya, que él sólo poseía la virtud
de evocar su latente vida añeja y descifrar su expresión de poética
ternura.
Detúvose en la plazoleta que se hace delante de la fachada. El edificio
parecía recibirle asombrado de verle volver, con los ojos de los
balcones muy enarcados, y la boca del portón como alelada. Los rosales
del tapial temblaron de emoción.
Alberto atravesó corriendo la portalada, subió los escalones de tres en
tres, gritando:
--¡Manolo! ¡Manolo!
En la meseta alta de la escalera aparecieron por diferentes puertas
Teresuca y Manolo, en mangas de camisa y con una chaqueta en la mano.
Esta circunstancia determinó que Alberto ensamblara naturalmente la
vida del momento con la pretérita. Diríase que Manolo había sido
sorprendido en el punto de cepillar la ropa del señorito.
--¡El señorito!... --exclamó Teresuca espontáneamente.
--¡Don Alberto!... --añadió Manolo como si rectificara y la recriminase.
Alberto abrazó á Manolo con mucha efusión y afecto. Dábale á entender
que se enorgullecía de su prosperidad y en ascenderle desde ayuda de
cámara á amigo, en la consideración. Volvióse en seguida á sacudir
cordialmente la mano de Teresuca.
--¿Cómo estás, Teresuca?
--No sabía que se tuteaban ustedes --observó con seca malignidad
Manolo, vistiéndose la chaqueta. Prosiguió--. Ya nos hemos enterado de
la desgracia. ¿Quiere usted pasar?
Alberto se ruborizó. Después de unos minutos de vacilación creyó
expresar y aclarar sus sensaciones, diciendo á Teresuca:
--¿Es celoso Manolo?
--Qué ha de ser celoso...
Por el tono de la respuesta, Alberto coligió que una aridez desolada se
interponía entre los dos esposos. Triste y cohibido, echó á andar hacia
el interior de la casa. Manolo le atajó el paso:
--Por ahí, no; es mi despacho. Pase usted á la sala. Siéntese usted.
¿Quiere usted tomar algo?
--Gracias. No tengo gana de nada.
--Y ¿adónde iba usted?
--No iba, Manolo, sino que venía á mi casa... No pongas ese gesto; á
tu casa, si quieres. Venía á pasar una temporada en vuestra compañía,
en tanto determino qué camino tomar. No hables, no --Manolo bajó los
ojos--. Si sé lo que vas á decirme... ¡Nunca pude imaginar tanta
ingratitud!
--No me hable de ingratitud, que no viene al caso.
--Ingratitud te digo. Eres un hombre despreciable --recalcó Alberto, en
pie, exaltándose.
--Teresa, hazme el favor de irte de aquí con viento fresco.
Teresa salió, con lentitud de desafío, volviéndose de vez en vez á
mirar, afable, á Alberto.
--Supongo que no vendrá usted al sagrado de mi hogar á lanzarme
injurias en el rostro --Alberto no sabía si reirse de la
grandilocuencia idiota de su criado, ó escupirle y dejarlo á solas.
Continuó--. Todo en el mundo se rige por la ley de la oferta y la
demanda; toma y daca, _do ut des_, como dice el Evangelio: quiero decir
que esto es el Evangelio. Si yo...
Alberto tuvo una idea súbita. Decía Manolo:
--Si yo fuí algún día criado y supe elevarme á la cúspide de la escala
social como Rousseau; si desde el piélago humilde de la escasez navegué
hasta la tierra, no diré que de la abundancia, pero sí del modesto
bienestar que creo que otros le dicen parsimonia; si de los libros que
usted despreciaba supe construir coturnos para mi alma; en suma, si de
crisálida me convertí en mariposa que surca los espacios, nada tiene
que ver eso con la gratitud. Nada le debo á usted...
Aquí Alberto se precipitó á cortarle el chorro.
--Me debes nueve mil y quinientas pesetas; eso sin contar intereses.
Manolo vaciló un momento.
--Si usted suprimiera el tuteo, que corresponde á un período infausto
de mi vida, nos entenderíamos mejor.
--Me debes nueve mil y quinientas pesetas, las cuales me devolverás
dentro del plazo de un día, si no quieres que apele á la vía judicial.
--Esa suma que usted menciona tuve la satisfacción de satisfacerla
en la casa de banca de don Telesforo Hurtado, de execrable memoria,
precisamente poco después de habérmela prestado usted. Ítem más, con
sus intereses.
Alberto leía la falsedad en los ojos de Manolo.
--¡Mientes! ¿Dónde está el recibo que lo acredite?
Manolo titubeaba. Recobróse y devolvió la pregunta con insolencia.
--Y ¿dónde está el recibo que acredite haberlas yo recibido de sus
manos?
--¡Ah! --gritó Alberto triunfalmente--. Al menos tienes el valor de
confesar tu canallería...
--No confieso tal.
--Sí, hombre, sí. ¿Que yo no te exigí recibo al prestártelas? Haces
bien en no devolverlas. Justa sanción á mi candidez por haber fiado en
tu tontería que no en tu honradez. Porque tonto siempre lo has sido á
no poder más; y me asombro de ver que en esto has ganado en quinto y
tercio.
Este severísimo juicio acerca de su vigor mental desconcertó á Manolo.
Resolvió dar fin á la plática.
--Al fin de cuentas es agua pasada. Yo tengo que irme ahora mismo á
Sotiello, á casa de mi amigo el señor marqués de Espinilla... Con que...
--Mira, hijo --concluyó Alberto, calándose el sombrero--. Te he llamado
canalla varias veces: pero no es el calificativo adecuado. Helo aquí:
¡Ma... ma... rra... cho!
Desde el umbral de la puerta aun vomitó por dos ó tres veces la
palabra: mamarracho.