Oscurecido ya, Alberto ingresó en la fortaleza de Pilares. Era una
noche lluviosa de invierno.
El alcaide, un hombre descolorido y fatigado, con chaquet de esterillas
deshiladas y pantuflas de orillo, le recibió cortésmente. Le preguntó
si deseaba celda especial, á lo cual Alberto respondió que quería estar
como todos.
Los presos no habían sido retirados aún á sus apartijos. Era hora de
recreación.
Alberto fué conducido á una sala angosta y alongada, penumbrosa. De
un lado había ventanas con barrotes de hierro que daban á la calle de
Adosinda, y en cada una de ellas encaramado un hombre como una araña
en su tela, y hablaban á gritos hacia el exterior. La estancia estaba
desguarnecida de muebles. Los reclusos hacían ruedas de conversación,
encuclillados. Algunos canturreaban solitariamente apoyando la espalda
en las paredes denegridas y tatuadas de prolijas inscripciones y
dibujos. Un joven trajeado de limpio, en pie bajo una de las mortecinas
bombillas, esforzábase en aprovechar la mezquina luz leyendo un libro.
Uno de los hombres encaramados en los barrotes, profirió un grito
desgarrador, en falsete, al cual respondió otro grito semejante,
femenino, á lo lejos.
--¡Eh, _Ñeru_! --amonestó el alcaide.
Un celador que estaba cerca aplicó dos zurriagazos en las nalgas del
_Ñeru_.
--¿Cuántas veces te he de decir que te guardes el xiblato en el c...,
cacho de cabra? --le preguntó encolerizado el celador.
El alcaide le explicó á Alberto:
--Es un ratero que hace sus robos en combinación con una golfa. No hay
vez que esté uno preso que no lo esté la otra también. Y como la galera
de mujeres está aquí al lado se entienden por ese procedimiento de los
gritos, que parece que cantan tirolesas.
Alberto pudo advertir que, evidentemente, en uno de los dos grupos,
el más nutrido, todos los que á la redonda estaban sentados
reconocían y reverenciaban, como de superior linaje ó condición, á un
hombre membrudo, cetrino y muy barbado, con barbas que le brotaban
impetuosamente desde lo alto de las mandíbulas y las sustentaban la
base del rostro, á la manera de una valona tallada en ébano. Daba á
entender con la solemnidad de los ademanes y la avaricia en el hablar
que estaba poseído de su importancia. Sobre sus muslos reposaba,
apoyándose lánguidamente, un mozo endeble, alombrizado y amarillo.
--¿Qué mira usted? --inquirió de Alberto el alcaide--. Es curioso,
¿verdad? Es el _Morillo_. Ya habrá usted oído hablar de él. Es quien
mató al cura de Celorio, á tiros de carabina, cuando estaba celebrando
misa. Dos meses escasos le quedan de vida, porque el que viene lo
ahorcarán. Y para éste no hay remisión; bueno es el clero para
consentir que se le indulte.
--¿Y el jovencito?
--Es la _Fresa_. Le pusieron ese mote porque, al parecer, antes era
muy coloradito. Es un ratero. Vive constantemente en la cárcel. El
mismo día que cumple vuelve á reincidir, porque lo aprisionen de nuevo.
Algunos lo llaman la _novia_. No necesito enterarle de que se trata de
un marica pasivo. Los presos se lo disputan, casi siempre á golpes. Ha
habido verdaderas batallas campales á causa de él.
--Vamos, es la Helena de esta Troya.
--Algo de lo que usted dice --prosiguió el alcaide, que no sabía de
mitologías--. El más fuerte se lo acapara, como en el mundo de los
animales; sólo que los animales no acostumbran cometer infidelidad, y
este desgraciado se goza en sentirse disputado y anda siempre encelando
al amante de turno y encendiendo á los demás. Mire usted bien y
verá que tiene un ojo casi pocho; de un puñetazo del Morillo. Todo
esto es asqueroso y está prohibido severamente, pero es imposible de
evitar. Por lo que á mí toca, parece natural que con el tiempo, y no
viviendo sino entre estas gentes, se haga uno duro é insensible, y
no es así. Cada día soy más tolerante, y hasta llego á creer que la
responsabilidad es algo confuso que comienza de rejas afuera.
Las frases del alcaide iban inscribiéndose en la mente de Alberto como
sentencias religiosas sobre tablas de bronce. Después de una pausa,
añadió el alcaide:
--Puede usted quedarse aquí, si quiere. No se lo aconsejo. Mejor es que
se venga usted á mi despacho; el reglamento lo consiente.
--Me gustaría hablar con ellos, preguntarles, saber...
--No sacará nada en limpio por ahora.
--¿Y si los convidase á algo?
--Pss. Pronto es la hora de la cena.
--Un rancho extraordinario quizá...
--Es ya tarde. Lo que puede hacerse es traer sidra.
--Sí, y cigarros para todos.
El alcaide anunció en voz alta que aquel señorito, compañero
circunstancial de los presos, les brindaba con sidra y cigarros. Se oyó
un rumor sordo, indefinido. Una voz dijo: _¡Olé!_ y otra: _Calla tú
cabrito. Se lo puede ofrecer á su señora madre._
Y el alcaide:
--Si á ti no te parece bien, _Mellao_, puedes dejar de beber y de fumar.
--Y aun cuando le parezca bien, también se quedará para que aprenda
--afirmó el celador.
--Eso no --dijo Alberto--. Yo lo ofrezco con buena voluntad. Si alguno
me desaira nada puedo hacer. Pero que sea siempre por su gusto, no por
imposición.
Después de haber entregado dinero al celador, el alcaide y Alberto
descendieron al despacho, de muebles desvencijados y mugrientos.
Alberto se sentó en un diván al estilo Luis Felipe, de armadura de
caoba y muelles vencidos del uso. Frente á él colgaba del muro un mapa
con las cárceles y presidios, señalados en tinta roja.
--Supongo que esta sea la única noche que le tengamos en nuestra
compañía.
--¿Por qué?
--Porque mañana depositará usted su fianza, le pondrán en libertad
provisional, y luego, lo del juicio oral no será difícil arreglarlo con
las relaciones que usted tiene. Según mis noticias, hay en contra suya
indicios graves; pero á pocos se les condena por indicios.
Alberto sonrió tristemente.
--No se preocupe usted. Figúrese si yo sabré lo que son estas cosas...
--explicó el alcaide, pretendiendo paliar supuestas amarguras de
Alberto.
--No me preocupo por lo que usted supone. Ya se enterará usted pronto
de que eso del juicio oral me tiene sin cuidado.
--Lo creo. La justicia... sobre todo en este país. Pero además, ¿quién
es un hombre para juzgar á otro?
En esto, entró al despacho, saltando, una niña, un arrapiezo de siete
años, aseada y pobremente vestida, paliducha, negros y vivos los ojos,
y una melenilla corta de lacios cabellos oscuros. Corrió á besar al
alcaide, el cual la acarició lentamente.
--Dale un beso á ese señor.
--¿Cómo te llamas? --preguntó Alberto reteniéndola entre sus rodillas.
--María de la Luz Arizona y González, para servir á Dios y á usted.
--Luz; muy bonito nombre. Toma, para que compres un juguete, y te
acuerdes de este señor que te lo da.
--De ninguna manera. Luz, almita, devuélvele ese duro.
--No faltaba más. Consiéntame usted, señor alcaide. Guárdatelo, nenita
guapa --la besó repetidas veces, transido de una extraña ternura.
--Pero si es un disparate. Con una perra gorda tiene bastante.
Alberto había colocado la moneda en la palma de la niña; luego le había
cerrado la manecita, y con la suya se la oprimía dulcemente.
--Así; porque yo quiero que Luz se acuerde de mí.
--Sea --manifestó el alcaide con muestras evidentes de
reconocimiento--. Para todos los hermanos, ¿lo oyes, almita?
La niña salió, y asomó otra vez al poco tiempo.
--Se me había olvidado. Que ya está la cena.
--Dile á mamá que ceno en el despacho; que traigan dos cubiertos
--Alberto se resistía--. Ahora soy yo quien dice: Consiéntame usted --y
en saliendo la niña--: La de en medio; tres, delante; tres, detrás; los
siete Dolores; y siete mil reales de sueldo --apoyó un codo sobre la
mesa y la cabeza en el puño.
Entreveraron la comida con escasas palabras. El alcaide se esforzaba
en distraer al comensal de su ensimismamiento, pero renunció pronto,
considerando imposible la empresa.
La cena terminada, el alcaide asegundó la pregunta que al recibir á
Alberto le hizo:
--Entonces ¿ordeno que dispongan una celda de pago?
--No, no; como todos. Es un antojo.
--Repare que son imposibles.
--Estoy ya hecho á dormir de mala manera.
--No lo dudo, pero por gusto; en cacerías, tal vez. Una cosa es hacer
las cosas enojosas por gusto, y otra muy distinta hacer, aun las
halagüeñas, por obligación.
Alberto repitió maquinalmente:
--¡Por obligación!... En este caso también es por gusto --añadió:
--La elección de celda, sí; pero la celda es obligatoria, al menos esta
noche.
Sonaron unas campanadas. Luego un violín.
--Con su permiso. Vuelvo al instante.
El alcaide se ausentó por unos instantes.
--¿Ese violín? --interrogó Alberto, así que retornó el alcaide.
--Es mi Aurora, la mayor. Ella hubiera querido tocar el piano. Ya,
ya... No nos podemos permitir esos gustos ni esos gastos.
--Desde las celdas de los presos, ¿se oye el violín?
--Ya lo creo, como lo oímos nosotros.
--Debe de ser triste para ellos.
Pausa. Y el alcaide:
--Nunca había pensado en ello.
Guardaron silencio. Alberto comenzó á pasear por la habitación. Oyóse
el rodar de un coche, los muebles retemblaron.
--Un coche --murmuró Alberto.
--Sí, un coche --repitió el alcaide.
Tornaron las cosas al reposo. Y Alberto:
--¡Cuánta paz!
--Sí, cuánta paz --hizo eco el alcaide.
--¿Me consiente usted que me retire? Estoy fatigado.
--Usted me ordena. Le acompañaré hasta la celda. ¿Quiere usted algo
para la noche: leche, agua azucarada...?
--Gracias. Agua simplemente.
--Ya tiene usted un cacharro allí.
Llegaron á la celda. El alcaide encendió un velón. Era un zaquizamí
pardusco; un ventanillo enrejado, muy cerca de la techumbre. El ajuar:
una mesuca, un taburete de madera y un catre con ropa limpia.
--Veo que viola usted el reglamento en honor mío --manifestó Alberto,
sonriendo.
--No; de ninguna manera. Esto es lícito. Ea, adiós y que descanse. Y
usted perdone que le encierre, para que vea que me atengo al reglamento.
Las paredes estaban surcadas de rasguños epigráficos. Alberto leyó:
Josefa, mi Josefa
mi tesoro.
Eres una cenefa
de oro.
Yo te adoro.
Luego obscenidades, blasfemias, toscos dibujos semejantes á los del
arte cavernario.
Desnudóse Alberto, y en apagando el velón fuese á tientas al catre.
_Josefa, mi Josefa_, se decía interiormente sin saber por qué. No
acertaba á pensar con orden. Andaba á punto de adormecerse y se
incorporó sobresaltado. Había creído oir una voz que susurraba: _Anda;
haz ahora humorismo._