Despertóle el tañido de una campana. Era noche aún. Asomó un celador y
le dijo que podía continuar durmiendo hasta las diez. Alberto respondió
que deseaba levantarse, mezclarse y hablar con los demás presos, á lo
cual el celador repuso que no estaba consentido hasta las horas de
recreación.
Á las diez se presentó el Juzgado de instrucción. Venía á tomar
declaración á Alberto. Este respondió secamente:
--Den ustedes por declarado cuanto apetezcan, porque no me da la gana
responder á nada de lo que me pregunten y es inútil que intenten
sacarme una sola palabra del cuerpo. ¡Ah! Y cuantos menos pliegos
gasten, mejor: han de ser papeles mojados.
Muy presto pudo convencerse el juez de que Alberto cumplía lo
prometido. Bajando las escaleras, expresó así sus impresiones, al
actuario:
--Es una causa preciosa. Una de las más interesantes y emocionantes que
me han caído entre manos. ¿Ha observado usted bien á ese tal Guzmán?
--el actuario asintió con la cabeza--. ¿Y qué? ¿No cree usted advertir
en su cráneo un alarmante índice de braquicefalia? Sí, sí, es un
braquicéfalo.
--Lo que yo creo es que es un grosero, y estoy por decir que un guasón.
Se gastaba á veces una sonrisita...
--Imbecilidad, pura imbecilidad.
Poco después de haber partido el Juzgado, un celador llegó á anunciar á
Alberto que varios señores deseaban verlo.
--¿Han dicho los nombres?
--No puedo contestarle; por lo pronto sé que está el señor Renglón, el
abogado. Usted habrá oído hablar de él. Es un pico de oro. Vaya, que no
hay acusado que no saque libre.
Otro celador que pasaba, se detuvo en seco:
--No haga usted caso á ese lengüeta. Que los saca libre á todos...
¡Home, paez mentira que se diga eso! ¿Y la _Pujola_? ¿Y _Tanón_, de
la Peñera? Abogado bueno, pero de verdad, y éste es el que debe usted
nombrar, es don Rufino Valle. Además cobra menos que Renglón, pero
mucho menos.
Iba á replicar el primer celador cuando acudió un tercero, atraído por
lo que se disputaba:
--¿Queréis callar, que todo se os va por la boca? Ni Renglón ni Valle
valen pizca junto á don León Berrueco. ¿Dejará éste de llevar veinte
años de ejercicio más que los otros? No parece sino que os pagan por
hacer el gancho --concluyó cínicamente.
--¿Y tú; de qué estás haciendo tú, sino de condón?
Alberto cortó la sucia disputa:
--Ni Berrueco, ni el don Rufino, ni Reglón ó Renglón. No se molesten
ustedes. No necesito abogado. Lo soy yo, y me basto y me sobro. En
cuanto al resto de las visitas, que no sean abogados, les suplico que
les den un pretexto cualquiera; que estoy algo mal y no salgo de la
celda. Cualquiera cosa; en resolución que no quiero hablar con gente de
fuera--. En su entrecejo resaltaba una dureza agresiva.
Un celador pensó: «Demonio con el señorito. Ahora comprendo que haya
desollado una zorra».
Durante todo el día Alberto hizo vida común con los presos. En un
principio se le mostraban recelosos ú hostiles. Pero fué venciéndolos
poco á poco, en fuerza de mansedumbre y sencillez. Cordial y
mentalmente clasificó á los delincuentes en tres tipos, y á todos tres
los consideraba irresponsables. Eran: _Morillo_, el deficiente moral;
_Ñeru_, corrompido por la misma sociedad, y Fausto Peneda, pasional.
Fausto era quien leía, bajo la luz eléctrica, cuando Alberto entró por
vez primera, acompañado del alcaide en la sala de recreación. Lindaba
con los veinticinco años; hermoso y fuerte, la faz abierta y sanguínea,
los ojos pardos, envedijado el cabello. De primera intención refirió
á Alberto su desgracia y su vida toda. Había nacido en un pueblo
llamado Liñán, de padres labradores en buen acomodo de fortuna. Había
seguido el oficio de carpintero y prosperaba en él. Estaba enamorado y
ya para casarse con una mocina, Telva la _Palomba_, que era blanca y
_nidia_ como la manteca. Pero el _mal diaño_ quiso meter de por medio
al mayorazgo de la Aceña. Figurósele («¡Era una feguración, señor; por
el Cristo del Rosario!») que á Telva le caía en gracia el ricachón;
ofuscóse y:
--Con un formón, mismamente aquí, hasta aquí --señalaba desde el
cuello, cerca de la oreja, hasta el ojo izquierdo--. Con toda mi alma.
¡Ay, ay, la sangre que de allí salió...! Llenóme de enrriba á embajo.
Cayó ella, y no sé como no caí yo. Anduvo á la muerte. Encausáronme.
Ocho años me salieron. Ella curó. Aluego... Seguimos de novios. Cuando
esté libre, que tendré treinta y tres años, casarémosnos.
--¿Y la cicatriz?
--Allí está, en aquella carina de rosa, que cuando la veo, en el
locutorio, detrás de las rejas, quisiera morir. Del ojo izquierdo
perdió la vista, pero está tan guapo como endenantes. Daba yo los dos
míos porque ella viera. ¿Pa qué me sirven y pa qué me sirvieron? Pa ver
feguraciones --y escondía el rostro entre las manos.
--Ánimo, Fausto --Alberto le dió amistosas palmaditas en la espalda--.
Como usted observa buena conducta le indultarán pronto.
--Eso dicen, pero el mi indulto no puede llegar nunca. Si á mí no me
condenó el jurao. La mi condena está escrita en aquella cara y no podré
borrarla nunca.
--Pero ella le habrá perdonado ya, por lo que me dice.
--Eso sí. Si no... no quiero pensarlo. Pero falta que me perdone yo
--calló. Luego hizo una transición--. ¿Y lo de usté?
--Lo mío, nada.
--Decían...
--Nada. Es un error.
--Pues alégrome. Pero nada de particular tendría. Los señoritos también
son hombres. Ya ve usted yo... ¿quién me dijera...?
--No es que me envanezca, por no haber caído, ni que me atreva á
condenar nada ni á nadie; es simplemente que estoy aquí por un error
que se ha de desvanecer muy pronto. Y créame que no me arrepiento de
haber venido.
Yendo de retirada pasaron por la celda de Fausto.
--Esta es mi celda; una casona majísima --y empujó la puerta.
Lo primero que vió Alberto fué una gran jaula de mimbres colgada del
muro al lado de la ventanuca. Estaba vacía.
--¿Tenía usted algún pájaro en ella?
--Un mirlo. Trajéronmelo mis padres. Yo siempre tuve una gran cencia,
ó si se quier pacencia pa enseñar á que siblasen los mirlos. En Liñán
la mi carpintería era una rivolución. Seis mirlos llegué á juntar;
uno siblaba la _Bendita Madalena_; otro, el _Señor San Pedro_.
Pues ¿y uno que llegó á deprender la _Praviana_? --y sus ojos se
empañaron de bruma. Volvió á coger el hilo del discurso--. Pues como
le digo. Trajéronme mis padres un mirlo nuevo, pa que me entretuviera
enseñándole cantares. Deprendía bien el condenao. Pero ¿querrá usté
creer que cuando siblaba parecíame que hablaba? La de cosas que me
decía, y todas tristes. Sobre todo quejábase de que lo tuviera preso. Y
era verdad. Dábame miedo y soltélo. Marchóse esnalando y riéndose de mí.
Se separaron. Alberto fué á guardarse en su celda. No aceptó el convite
del alcaide para la cena, alegando dolor de cabeza. Pero el dolor lo
tenía en el alma, lacerándosela. Á veces, el pecho se le enfervorizaba,
con un ansia de apostolado. Y se decía: «Pero ¿adónde voy yo, flojo,
desmayado, corrompido?» De pronto, pensaba diluirse en aquietante y
suave blandura. Y era el recuerdo de Fina, del cual estaba saturado
misteriosamente.
Á la mañana siguiente, á punto que un celador entró á despertarle,
dormía hondamente. El sol, alto ya, metíase á fisgar por el ventanuco.
--Debe de ser tarde.
--Cerca de las once. El señor director dice que se vista pronto y que
baje. La señora que creían --hizo un alto-- asesinada por usted se ha
presentado en el Juzgado, tan fresca. Está usted en libertad.
Aseado y vestido, Alberto descendió al despacho del alcaide, por
despedirse de él y darle las gracias. Una dama elegante, con traje
sastre de recio género á cuadros, estaba sentada de espaldas á la
puerta. Una mantilla de blonda delicada la envolvía al desgaire la
cabeza, cuyo rubio de bronce bruñido se traslucía entre las mallas de
seda. Púsose en pie oyendo los pasos.
--¡Rosina!
La muchacha escondía el rostro, inflamado de rubor. Se decidió á
balbucear:
--Yo no sabía... Te lo juro. He sido la causa, pero no tengo culpa. ¿Me
perdonas? ¿Me perdona usted?
--Sí, mujer. Me perdonas; estaba bien como estaba. ¿No te he de
perdonar? Vamos andando.
Antes de marchar, Alberto se apartó un trecho con el alcaide:
--Cuando entré, convencido que no debía estar aquí, me pareció el caso
injusto, pero sobre todo ridículo. Pues, anteayer yo no sabía aún
lo que era injusticia. Ahora que salgo, creo firmemente que merezco
permanecer dentro. No sólo yo...
El alcaide se encogió de hombros sonriendo:
--No le entiendo á usted. Desde que le vi por primera vez me ha
causado usted inquietud. De todas suertes cuente usted que soy su amigo.
Se estrecharon calurosamente la mano y se despidieron.
Un sol enfermizo y apocado oreaba las encharcadas calles. Alberto y
Rosina marchaban á la par, sin mirarse y hablando de raro en raro.
--Llegué esta mañana en el rápido de las seis y media. En la fonda
estuve hasta las diez y á esa hora fuí al Juzgado. Del Juzgado á la
cárcel. Yo no sabía nada, hasta que ayer mañana me lo dijo él; había
recibido un telegrama. ¿Sabes quién es él?
--Sí.
--Como _él_ no quiere que nadie sospeche nada, por eso la gente me
daba por muerta. Tiene gracia. ¡Y yo que te creí muerto á ti...! Ya te
contaré.
Alberto se dió cuenta de que inadvertidamente iban á pasar por delante
de casa de Fina.
--Demos la vuelta, demos la vuelta --suplicó azorado.
Torcieron por una calle solitaria y salieron al parque. Las hojas
secas, amarillas y rojizas, tapaban senderos y veredas. Sentáronse
en un banco. Alberto volvía sobre el tiempo que había corrido desde
que en aquel mismo paraje había estado por primera y única vez con
Rosina, caída ya la noche. Repasaba rápidamente los acontecimientos;
el estropicio de las obras de arte, las normas morales sugeridas por
los animales domésticos, el beso de Fina, la noche en Villaclara,
el _Pichichi_, el juez zumbón y el juez solemne, el olor á humedad
de la fortaleza, el _Morillo_, Fausto... Creía hallarse á punto de
despertar de un sueño. Y aquel sol apagadizo y tembloroso como que
desmaterializaba las cosas. Se pasó la mano por la frente. Entre
tanto, Rosina hablaba, imaginando ser oída con suma atención, y con el
paraguas empujaba de un lado á otro las hojas secas:
--Pero, calla. Si se me pasaba lo principal. Mariquita y la _Luqui_
estuvieron esta mañana en la fonda. No puedo comprender por dónde se
enteraron. Mira que para madrugar esa gente ya se necesita... Mariquita
me pidió veinte duros que le debía. La _Luqui_, me miraba, me miraba,
me miraba...
Alberto, que alcanzó las últimas palabras, preguntó distraído, por
decir algo:
--¿Y qué te dijo?
--Dijo: ¡Ay, qué leche!