XVIII

Alberto penetró en la sala del Juzgado, como autor de la farsa. El juez

se puso en pie de un salto:

--¡Alberto!

--Sí, yo, ¿qué quieres? Me divertía tanto...

El cura, que estaba presente, se refregó la barriga, por encima de la

sotana, como si su inteligencia radicase en aquella víscera y con el

frote se activasen sus operaciones.

--Alberto ¿qué? --preguntó el cura ansiosamente.

Alberto se volvió á mirarle un momento y á seguida, olvidándose de él,

dijo al juez:

--La verdad, siento que se haya roto mi incógnito.

--Si es que parecía que te había tragado la tierra.

Los alguaciles estaban asombrados. El cura repitió:

--Alberto ¿qué? --y como nadie le respondiera-- Señor juez, que estamos

en funciones de justicia y no en el casino.

--Precisamente por eso, señor cura, hágame el favor de callarse.

¿Callarse don Ataulfo, uña y carne del cacique?

--He dicho que ¿Alberto, qué?

Y Alberto:

--Alberto Díaz de Guzmán, para lo que se le ofrezca. ¡Caray con el

interés que le inspiro!

--¡Bendito sea Dios! --suspiró el cura--. Luego dirán que no hay

Providencia... ¿No ve usted su dedo claramente, señor juez?

--Clarísimamente --respondió el juez, mirándose uno después de otro los

diez dedos de las manos.

--Digo el de la Providencia.

--Ah, ese lo presumo.

--¿De qué se trata? --indagó Alberto comenzando á sentirse intranquilo.

--Trátase... --continuó el juez--, trátase... Estamos en funciones de

justicia. ¿Confiesa usted llamarse Alberto Díaz de Guzmán?

--Pero, hombre, ¿tú me lo preguntas? ¿No hemos estudiado juntos cinco

años de carrera? ¿No hemos hecho diabluras de común acuerdo en clase

del _Chorizo_, y del _Llimiagón_ y de la _Gocha jurídica_?

--Señor Guzmán --prosiguió el juez. Su cara descubría la intención

de echar el trance á broma--; yo no soy Enrique Llamedo y Pando,

condiscípulo de usted, sino una entidad abstracta, un principio

sustantivo y eterno, la Justicia. Yo no he estudiado una patochada de

derecho, ni con usted ni con nadie.

--Eso ya lo sé yo. Á buena parte vas.

--Acusado; le llamo á usted al orden.

--Pero que muy bien; de perlas --jaleó don Ataulfo.

--Y así le comunico que ha tiempo se le sigue una causa por violación y

homicidio subsiguiente...

--Por violación, no, señor juez --atravesó el cura--. Era una ramera.

--No importa. Digo que por violación y etcétera. Otrosí, añado que

ha tiempo se le persigue, y habiendo este Juzgado tenido la buena

fortuna de topar con usted, ayudado por el insustituible dedo de la

Providencia, á la cual pienso enviar de oficio un voto de gracias,

decreto que sea usted puesto en brazos de la Guardia civil, la cual

le conducirá á usted á Pilares en el primer tren que salga para la

capital. Alguacil, requiera usted á la pareja de servicio.

--Pues, hijo... --tomó Alberto la palabra, con mucho desabrimiento--,

no me hacen ni pizca de gracia tus discursos irónicos. Si veo que tú no

crees nada de esto, ¿á qué sigues la pamema?

--Señor acusado; emplee usted exclusivamente palabras que estén en el

Diccionario de la Academia.

--La verdad es que yo no pude pensar que durase tanto tiempo el

intríngulis.

--Repito que se atenga usted al Diccionario...

--¡Qué c...! --murmuró Alberto saliéndose de su natural apacible.

--Al Diccionario, al Diccionario --sentenció el juez á punto de reir.

Entonces Víctor, que se mantenía acoquinado en un rincón, junto con sus

subordinados, adelantóse á murmurar lleno de incertidumbre:

--Quisiera decir al señor juez, que nosotros... no sabíamos...

--¡Ah! Esa es otra. Todos ustedes son encubridores --é hizo un guiño

á Alberto, como induciéndole á que pusiera en un aprieto á los

titiriteros. Pero Alberto atajó, amoscado.

--¡Qué encubridores ni qué calabazas!

--Bien; una vez declarado por el reo que ustedes nada tienen que ver,

quedan ustedes en libertad.

--Eso no --afirmó el cura--. ¿Y la causa por desacato á nuestra

sacrosanta religión?

--Estas gentes han sido instrumento inconsciente de Guzmán. Así resulta

de la prueba. Guzmán es un...

--¡Sacrílego! --completó don Ataulfo.

--Usted perdone, señor cura --habló Alberto--. Creí hacer un bien á la

humanidad, como monsieur Rignon, el de los aparatos ortopédicos.

--¡Qué cínico! --rezongó el cura.

--Sí. Y ¡qué cirenaico! --añadió el juez.

En esto penetró en el recinto la pareja de la Guardia civil. Uno era

flaco, largo y bigotudo; el otro, rechoncho, gordezuelo y glabro. Entre

los dos descendió Alberto á la estación. De camino iba dándose á todos

los diablos.

Estando en el andén, poco antes de llegar el ferrocarril, Llamedo se

acercó á Guzmán, lo tomó aparte y le comunicó con sigilo:

--Chico, yo no podía hacer otra cosa. No te apures, que yo sé el

paradero de la niña, pero no puedo declararlo. Luego te me has venido

á las manos, y en presencia de ese animal de don Ataulfo... El que

guarda á la niña; sí, no abras la boca. Ya veo que sabes quién es. Pues

bueno, se divertía mucho con el tole tole y las barbaridades que habían

inventado, y no quería decir palabra. Pero en cuanto se entere que te

han echado el guante, enviará á la propia Rosina, que está en Madrid,

á que se presente en el Juzgado instructor. La niña supongo que esté á

oscuras de lo que ocurre. Probablemente no sabrá ni leer, y él no la

dice nada de seguro. Conque, Bertuco; una broma pesada, pero que ya

sólo tiene unas horas de vida. Resignación. ¿Quieres un pitillo?

La pata de la raposa (Novela) · 第 35 / 66 题