Alberto penetró en la sala del Juzgado, como autor de la farsa. El juez
se puso en pie de un salto:
--¡Alberto!
--Sí, yo, ¿qué quieres? Me divertía tanto...
El cura, que estaba presente, se refregó la barriga, por encima de la
sotana, como si su inteligencia radicase en aquella víscera y con el
frote se activasen sus operaciones.
--Alberto ¿qué? --preguntó el cura ansiosamente.
Alberto se volvió á mirarle un momento y á seguida, olvidándose de él,
dijo al juez:
--La verdad, siento que se haya roto mi incógnito.
--Si es que parecía que te había tragado la tierra.
Los alguaciles estaban asombrados. El cura repitió:
--Alberto ¿qué? --y como nadie le respondiera-- Señor juez, que estamos
en funciones de justicia y no en el casino.
--Precisamente por eso, señor cura, hágame el favor de callarse.
¿Callarse don Ataulfo, uña y carne del cacique?
--He dicho que ¿Alberto, qué?
Y Alberto:
--Alberto Díaz de Guzmán, para lo que se le ofrezca. ¡Caray con el
interés que le inspiro!
--¡Bendito sea Dios! --suspiró el cura--. Luego dirán que no hay
Providencia... ¿No ve usted su dedo claramente, señor juez?
--Clarísimamente --respondió el juez, mirándose uno después de otro los
diez dedos de las manos.
--Digo el de la Providencia.
--Ah, ese lo presumo.
--¿De qué se trata? --indagó Alberto comenzando á sentirse intranquilo.
--Trátase... --continuó el juez--, trátase... Estamos en funciones de
justicia. ¿Confiesa usted llamarse Alberto Díaz de Guzmán?
--Pero, hombre, ¿tú me lo preguntas? ¿No hemos estudiado juntos cinco
años de carrera? ¿No hemos hecho diabluras de común acuerdo en clase
del _Chorizo_, y del _Llimiagón_ y de la _Gocha jurídica_?
--Señor Guzmán --prosiguió el juez. Su cara descubría la intención
de echar el trance á broma--; yo no soy Enrique Llamedo y Pando,
condiscípulo de usted, sino una entidad abstracta, un principio
sustantivo y eterno, la Justicia. Yo no he estudiado una patochada de
derecho, ni con usted ni con nadie.
--Eso ya lo sé yo. Á buena parte vas.
--Acusado; le llamo á usted al orden.
--Pero que muy bien; de perlas --jaleó don Ataulfo.
--Y así le comunico que ha tiempo se le sigue una causa por violación y
homicidio subsiguiente...
--Por violación, no, señor juez --atravesó el cura--. Era una ramera.
--No importa. Digo que por violación y etcétera. Otrosí, añado que
ha tiempo se le persigue, y habiendo este Juzgado tenido la buena
fortuna de topar con usted, ayudado por el insustituible dedo de la
Providencia, á la cual pienso enviar de oficio un voto de gracias,
decreto que sea usted puesto en brazos de la Guardia civil, la cual
le conducirá á usted á Pilares en el primer tren que salga para la
capital. Alguacil, requiera usted á la pareja de servicio.
--Pues, hijo... --tomó Alberto la palabra, con mucho desabrimiento--,
no me hacen ni pizca de gracia tus discursos irónicos. Si veo que tú no
crees nada de esto, ¿á qué sigues la pamema?
--Señor acusado; emplee usted exclusivamente palabras que estén en el
Diccionario de la Academia.
--La verdad es que yo no pude pensar que durase tanto tiempo el
intríngulis.
--Repito que se atenga usted al Diccionario...
--¡Qué c...! --murmuró Alberto saliéndose de su natural apacible.
--Al Diccionario, al Diccionario --sentenció el juez á punto de reir.
Entonces Víctor, que se mantenía acoquinado en un rincón, junto con sus
subordinados, adelantóse á murmurar lleno de incertidumbre:
--Quisiera decir al señor juez, que nosotros... no sabíamos...
--¡Ah! Esa es otra. Todos ustedes son encubridores --é hizo un guiño
á Alberto, como induciéndole á que pusiera en un aprieto á los
titiriteros. Pero Alberto atajó, amoscado.
--¡Qué encubridores ni qué calabazas!
--Bien; una vez declarado por el reo que ustedes nada tienen que ver,
quedan ustedes en libertad.
--Eso no --afirmó el cura--. ¿Y la causa por desacato á nuestra
sacrosanta religión?
--Estas gentes han sido instrumento inconsciente de Guzmán. Así resulta
de la prueba. Guzmán es un...
--¡Sacrílego! --completó don Ataulfo.
--Usted perdone, señor cura --habló Alberto--. Creí hacer un bien á la
humanidad, como monsieur Rignon, el de los aparatos ortopédicos.
--¡Qué cínico! --rezongó el cura.
--Sí. Y ¡qué cirenaico! --añadió el juez.
En esto penetró en el recinto la pareja de la Guardia civil. Uno era
flaco, largo y bigotudo; el otro, rechoncho, gordezuelo y glabro. Entre
los dos descendió Alberto á la estación. De camino iba dándose á todos
los diablos.
Estando en el andén, poco antes de llegar el ferrocarril, Llamedo se
acercó á Guzmán, lo tomó aparte y le comunicó con sigilo:
--Chico, yo no podía hacer otra cosa. No te apures, que yo sé el
paradero de la niña, pero no puedo declararlo. Luego te me has venido
á las manos, y en presencia de ese animal de don Ataulfo... El que
guarda á la niña; sí, no abras la boca. Ya veo que sabes quién es. Pues
bueno, se divertía mucho con el tole tole y las barbaridades que habían
inventado, y no quería decir palabra. Pero en cuanto se entere que te
han echado el guante, enviará á la propia Rosina, que está en Madrid,
á que se presente en el Juzgado instructor. La niña supongo que esté á
oscuras de lo que ocurre. Probablemente no sabrá ni leer, y él no la
dice nada de seguro. Conque, Bertuco; una broma pesada, pero que ya
sólo tiene unas horas de vida. Resignación. ¿Quieres un pitillo?