Un abrazo de

_Alberto_.

Querido Juan: he probado á representar algunas pantomimas, satirizando

conceptos é ideas comunmente recibidos como verdades inconcusas.

Mi sistema de demostración es _ad adsurdum_; esto es, desarrollar

uno de aquellos nocivos conceptos hasta sus últimas y más bufas

consecuencias. La gente se ríe que se desternilla. Pero una noche

tuve la intuición súbita, flagrante, evidente de la inutilidad de

la sátira sacramental. Ya le veo á usted arrugando los labios, si

sonríe ó no sonríe, preguntándose _in mente_: «¿qué será esto de la

sátira sacramental?» Así es; se me ha venido el adjetivo á los puntos

de la pluma, y ahí queda. La sátira, noblemente ejercida, me parece

participar de la dignidad de un sacramento, y desde luego concuerda con

el de la penitencia en el sigilo personal: se dice el pecado, pero no

el pecador. La sátira fustiga genéricamente vicios y necedades, pero no

al vicioso López ó al necio Rodríguez.

Pues bien; usted sabe que esta provincia es quizá la que con mayor

acerbidad padece el yugo del caciquismo. Estábamos en Pumareda. Fué

un día de elecciones. De aquí y de acullá recibía yo noticias, y en

resolución llegué á conocer cabalmente que lo que el delegado del

cacique había urdido, y los electores consentido, constituía un hecho

bochornoso para la dignidad humana. No es mi propósito ahora distraerle

narrándole por lo menudo las elecciones. Voy á lo mío. Precisamente

entre mis pantomimas, quizá la más hábilmente desarrollada, es la

de _El cacique y el aldeano_. (Las llamo pantomimas, y no lo son

propiamente, sino farsas dialogadas.) Venía el caso como anillo al

dedo. Se anunció para la noche. No quiera usted saber la algazara, los

alaridos, las risotadas, el honesto y bestial regocijo que originó.

Entonces me sentí un poco triste y me acordé de las palabras de

Swift: «La sátira es á la manera de un espejo, en donde cada cual

cree generalmente descubrir el rostro de todo el mundo, menos el suyo

propio. Por esta razón la sátira siempre es acogida alegremente.»

No sé si es cosa de mis sesos, ó de mi mano derecha. Ello es que hoy me

cuesta mucho trabajo escribir. Hasta otro día.

Suyo,

_Alberto_.

Querido Juan: ¿No se le ha ocurrido á usted pensar algunas veces que

los teólogos que inventaron el cielo y el infierno eran hombres de

escasísima chapeta? Mire usted que al mismo demonio no se le hubiera

ocurrido imaginar como asilo de la eterna bienaventuranza un lugar en

donde toda tediosidad y hastío tiene su asiento. Es un empíreo para

los papanatas. Y en cuanto al infierno... Los fieles cristianos se

han parado poco á considerar si es temible ó en puridad más amable

que el cielo. Yo he observado que el hombre, según su naturaleza, aun

cuando á lo primero haga grandes muestras de desesperación, se aviene

y acomoda muy luego á las mayores desgracias y á las más precarias

situaciones. Recuerdo algunos enfermos de males crueles y asquerosos

que se aferraban á ellos como á una ventura, prolongándolos por todos

los medios, á causa del temor á la muerte. Y es que no hay otro mal

que la muerte. Algunos fingen desearla; alardes retóricos. ¡Cuán

pocos la buscan! Ahora, supongamos á un hombre zambullido en el fuego

infernal. Á la vuelta de unos cuantos días, ó meses, ó años, es seguro

que estará sabrosamente adaptado al medio, como la salamandra; es una

ley biológica. Es de creer que la policía de las costumbres será en

el infierno bastante laxa. Pues ya tenemos á unos cuantos millones

de seres, la mayoría de buen humor y de inclinaciones voluptuosas,

con un seguro de eternidad sobre la vida, perfectamente adaptados al

ambiente y con tiempo y otras cosas por delante para juerguear cuanto

les venga en gana. ¡Delicioso! Entretanto, en el piso de arriba, los

bienaventurados sentirán la pesadumbre del tedio irremisible, oyendo, á

lo más, zampoñas etéreas.

La religión, según el punto de vista conservador, si se la mira del

revés es un freno, si del derecho un estímulo, y de entrambos lado

una fantasmagoría á propósito para mantener el orden estatuído en las

muchedumbres ignaras; una mentira necesaria. Pues, señor; si es así,

nuestra religión es una tramoya muy mal montada. Tomemos el ejemplo

de un niño. Por que se muestre dócil á la bárbara educación que se le

intenta dar empléanse como promesas las delicias celestiales y como

amenazas las torturas infernales. Lo primero es una sandez; lo segundo,

una brutalidad. Y yo digo, ¿no sería más eficaz, más artístico, crear

imaginativamente un cielo de payasos, amazonas, barristas, micos

amaestrados, etc., etc., y un reposte que ofrezca satisfacción á

la lengua más golosa y antojadiza, y representarlo así, con vivos

colores, en las estampas? Para mí, ello es indudable. Fundándome

en estas consideraciones he ideado una farsa teológica-lógica y

empíreo-acrobática. Anoche la hemos puesto por primera vez, aquí, en

Limio de Pravia. (Estamos en Limio de Pravia.)

Perdón; un momento. Interrumpo la carta, porque oigo voces y á Mister

Levitón que me llama apresuradamente.

Reanudo la carta, para decirle en cuatro palabras lo que ocurre. Al

parecer el cura de Limio, que es un bárbaro, ha hecho que el Juzgado

incoe contra nosotros un proceso, por ataques públicos á la religión.

Vea si ha tenido éxito la pantomima. Víctor, su mujer, los hijos y

_Maimón_, están que no les llega la camisa al cuerpo. Yo les aseguro

que no ocurrirá nada, pero no se convencen. De seguro me maldicen en lo

interior. Fernando no ha dicho nada, y _Pichichi_, el pintor bíblico ha

exclamado heroicamente: _A me ne importa proprio un fico secco_.

Si me llaman á declarar me parten, porque habré de dar mi nombre y, en

publicándose, mi aventura carece ya para mí de incentivo. ¡Yo que me

había ocultado hasta ahora con tanta diligencia y buen arte...! Allá

veremos en qué queda todo.

Adiós. Le abrazo,

_Alberto_.

La pata de la raposa (Novela) · 第 34 / 66 题