AL SEÑOR DON JUAN HALCONETE:

Querido Juan; sobre un prado verde y cencido,

de un olmedo á la vera, muy sombroso y tupido,

do las aves organan con un manso ruïdo,

esta epístola quiero hilvanar de corrido.

La belleza apacible del lugar desde donde la escribo parece haberme

movido, casi maquinalmente, á comenzar con el tetrástrofo monorrimo de

nuestro amado Berceo.

Estoy, como le digo, escribiéndole al aire libre, en un prado y cerca

de un bosque de olmos, lleno de pájaros. Todo esto es natural. Pero

ahora viene lo extraordinario. Mi pupitre es... un tamboril. Sí, señor,

un tamboril. Mi asiento una albarda con _panneau_ para _ecuyère_. ¿Qué

tal?

La temperatura es templada, antes caliente que fría, de manera que

me permite permanecer en elástica; una elástica tosca de algodón,

semejante á un _jersey_, á rayas horizontales, rojas y negras, como

las que usan los menestrales por estas tierras. Me costó una peseta.

En cuanto á mis calzones ¡Ah!... Una prenda _very fashionable, the

smartest and most exquisite in the world_. De pana labrada, pero de la

pana más burda; y el corte sublime, digno de haber sido perpetrado en

un obrador de _Bond Street_, á no ser por el derroche de capacidad que

ostenta en la culera. Debo de causar asombro hasta al propio Sol, que

no me quita la vista de encima, á juzgar por el calor que siento en la

espalda.

Estoy quemando y humeando, en mi vieja pipa de brezo, las últimas

reservas de tabaco inglés. ¡Qué dolor! Pronto habré de apencar con

el tabaco rizado y hediondo de la Tabacalera; ese tabaco de aspecto

repulsivo que hace pensar en clandestinas madejas capilares.

La nébula de humo que me envuelve se ha filtrado por mis narices y

llegado hasta los sesos, evocando un recuerdo que ajusta muy al caso

para explicarle á usted por qué me ha venido en ganas escribirle.

El recuerdo es de una marca de tabaco que ha tiempo fumé. Se llamaba

tabaco Carlyle. En la tapa de los botes de lata donde se guardaba había

un grabado: Carlyle y Emerson, frente á frente, separados por una mesa,

sendas pipas en la boca y sobre sus cabezas densa nube de humo. Debajo

del grabado una inscripción que decía sobre poco más ó menos: «Cuenta

Emerson que, habiendo llegado á Inglaterra, quiso lo primero visitar

á Carlyle, el cual fué una de sus más fervientes admiraciones. Carlyle

ofrecióle una silla y luego tabaco. Sentáronse cara á cara, aplicáronse

á fumar silenciosamente, y así, sin desplegar los labios, dejaron pasar

varias horas hasta media noche. Levantóse entonces Emerson, tendiendo

la mano al maestro, y éste, á guisa de despedida le dijo: Hemos tenido

excelente tiempo. Gracias, me ha hecho usted pasar una de las tardes

más felices de mi vida».

De la propia suerte, yo no puedo olvidar las horas que he pasado en

compañía de usted, cuándo sentados en el Ateneo, cuándo paseando por

Madrid, cuándo recorriendo las aldeas, y siempre en silencio. No hago

memoria de ninguna conversación transcedental ó polémica que hayamos

sustentado. Es más: ateniéndome á los últimos escritos de usted parece

que sus puntos de vista sobre la vida son errados y caprichosos, que

vale tanto como decir que no concuerdan con los míos, ó con los que

hasta hace muy poco tiempo eran los míos. Á pesar de esto, ó quizás por

esto mismo, creo que mi espíritu anda muy cerca del de usted, y que

nadie como usted sabrá comprenderme. Por eso me aventuro á escribirle.

No pido que usted me conteste por largo, ni concisamente siquiera.

Sé que usted no gusta de preparar para las generaciones venideras un

epistolario aparentemente íntimo y descuidado, pero con vistas á la

inmortalidad. Sólo le pido que me diga con toda lealtad si le enoja

seguir recibiendo cartas mías. Si no me responde, entenderé que no debo

continuar esta correspondencia.

La presente sólo tiene un objeto, y ya es hora de abocarlo. Le

participo á usted que me he hecho titiritero.

Le abraza,

_Alberto_.

Querido Juan: muchas gracias. Ya sabía yo que usted se prestaría con

noble afecto á ser el sujeto paciente de mi furor epistolar.

Me dice usted que la profesión de titiritero le parece muy digna y

conveniente para el buen gobierno de la república, así como, en opinión

de Cervantes, lo es la de alcahuete. De acuerdo con usted, y también

con Cervantes.

Permítame usted unos toques de erudición, y disculpe los errores en

que incurra, porque, como usted se hará cargo, no tengo un solo libro

conmigo y cito de memoria. Quinto Curcio, historiador de Alejandro

Magno, cuenta que cuando este conquistador recorría la India se

le presentó un juglar, el cual poseía la más peregrina maña para

arrojar á gran distancia guisantes sobre una aguja, y los espetaba

todas las veces sin errar golpe. Alejandro, que era un borracho y se

paraba poco á inquirir la verdadera importancia de las cosas, como

lo atestigua la solución que dió al nudo gordiano, pensó que la del

juglar era habilidad superflua, y por mofa ordenó que se le diese por

toda recompensa una mata de guisantes; y luego, con ironía fácil, le

alentó á que continuase cultivando su arte. Si no recuerdo mal, Juan

de Timoneda, en su Patrañuelo, modifica algo el cuento y lo atribuye

á Carlos V. En lugar de una aguja pone un cántaro de angosta boca;

y lo que allí eran guisantes son ahora garbanzos. El emperador dice

desdeñosamente: «dénsele dos hanegas de garbanzos.»

Me parece que tanto Alejandro como Carlos pecaron de estolidez

supina. Á la larga (una larga que siempre será muy corta) la propia

importancia tiene conquistar el mundo antiguo, como hizo Alejandro,

ó imponer el papismo al antiguo y al nuevo, como pretendió Carlos,

que clavar guisantes en una aguja ó meter garbanzos en un cántaro.

Con una diferencia en disfavor de entrambos soberanos, y es, que sus

empresas fueron ridículas; porque el ridículo no es otra cosa que un

desacuerdo entre el esfuerzo y el resultado, entre lo que se piensa

que se va á hacer ó se cree que se está haciendo y lo que realmente

se hace. Alejandro y Carlos, persiguiendo una finalidad transcendente

dentro de un mundo perecedero, se ponían en un ridículo cósmico. El

de los guisantes y el de los garbanzos, no; no perseguían finalidad

alguna, sino que cultivaban la destreza por la destreza, desdeñando

usarla en altos empleos. Alejandro y Carlos creyeron triunfar de la

muerte, pasando á la historia. ¡Menguada historia la que tiene por

fuerza limitado y fatal cómputo de páginas! Pero el de los guisantes y

el de los garbanzos sí que triunfaron de la muerte porque triunfaron en

la vida misma, comprendiendo muy cuerdamente que no morir es ignorar

el mañana, es exaltar todas las facultades y ponerlas en el presente

eterno de un esparcimiento arbitrario y sin propósito final. Dentro de

un universo infinito compuesto de seres y cosas finitos, la única forma

de inteligencia activa es el obrar conscientemente sin finalidad. Si no

me equivoco, esta es la esencia del humorismo; discernir y sentir la

sublimidad invertida de un mundo tonto, como quería Juan Pablo. Hace

cosa de pocos días yo pude discernirla y sentirla con intensidad casi

dolorosa. Por eso, ya que no me era dado realizar humorismo artístico

(la pintura no es vehículo á propósito), aproveché la ocasión de pasar

por mi pueblo una pandilla de saltimbanquis, para, uniéndome á ellos,

vivir el humorismo.

Otro día le explicaré cómo vine á dar en este flaco. Temo haber escrito

hoy demasiadamente, y, lo que es peor aún, con bastante desconcierto.

Le abraza,

_Alberto_.

Querido Juan: Colmado me tiene usted de bondades. No le pedía sino que

tuviera la resignación de leer mis cartas. Nunca esperé tener la honra

de que me contestase, parándose á discurrir sobre mis espontáneas y

caprichosas ideologías. Me asegura usted que el humorismo no es el

postrer estadio del espíritu. No lo sé aún. Allá veremos.

¿Qué es de Fina? Su pregunta ha venido á redoblar ciertos reconcomios

que me escarban y roen de continuo el corazón.

¿Recuerda usted aquellos ocho días de Agosto que el verano antepasado

tuvo á bien dedicarlos á acompañarme en Villaclara? Comenzaba yo mis

amores con Fina. Un día le pregunté á usted: «¿qué le parece mi novia?»

Usted se ruborizó un poco, se sonrió un poco, y dijo: «no sabe andar

y lleva siempre los brazos como atados al cuerpo.» Esto fué todo.

¿Pensaba usted descubrirme dos defectos, ó dos cualidades de cierto

orden de belleza? Aun cuando no volvimos á hablar de Fina, presumo lo

segundo, á pesar de su rubor de usted. Sí: el movimiento general de la

figura de Fina, y la laciedad, tal vez rigidez de sus brazos, son dos

cualidades de belleza gótica, ó sea de belleza cristiana, de belleza

moral, sugerida por formas plásticas. La estatuaria griega tiene el

movimiento hacia adelante y á ras de tierra, y la gracia dinámica de

los caballos y de los ríos. En la estatuaria gótica el éxtasis anula

al movimiento, y en vez de la gracia helénica, de naturaleza activa,

pasajera y musical, aparece en aurora, como cernida por las nubes de

la materia, la gracia divina á modo de una luz inmarcesible. ¿Y en qué

vidrio se ha de espejar esta luz mejor que en el vidrio de los ojos,

umbral por donde el cielo entra al alma y el alma sale al cielo? Los

antiguos acostumbraban cegar sus estatuas. Las esculturas góticas

son contrariamente todo ojos, y el resto de la figura no es sino

sustentáculo de ellos, como el incensario lo es de la brasa fragante y

votiva.

Habrá observado usted que las mujeres en mármol que los griegos nos han

dejado no son vírgenes ni madres. No nos conmueven con la inocencia

frágil de la doncellez ni con la serenidad noble de la maternidad.

Pero el arquetipo de la mujer cristiana es la virgen madre; sublime

paradoja. Y tal es el linaje de belleza de Fina. Con ser sutil é

infantil, como usted sabe, sugiere no sé qué densa impresión de apta

maternidad presunta; y estoy cierto que, en siendo madre, envolverá á

quienes al lado suyo vivan en fresco aliento de virginidad incólume.

Esta era mi novia y debió ser mi esposa. Ahora comprendo, más

claramente que nunca, lo que representaba en mi vida. Y la he perdido.

El mismo día que santificó mis labios con un beso tan puro y diamantino

que debió haberlos sellado á todo contacto torpe, como á toda palabra

agria, fútil ó mentirosa, aquel mismo día y á las contadas horas, yo,

depositaba el tesoro confiado á mi boca sobre una boca mercenaria y

lasciva. Comprenderá usted que no soy tan miserable que volviese á

Fina, con la podre infestando mis palabras de simulación, ni tan cruel

que confesase descubiertamente mi abominación. Le escribí una carta.

¡Pobre Fina! ¡Pobre Fina! No quiero pensar...

Es la hora de anunciar los títeres para la noche. Voy á tiznarme el

rostro, vestirme la botarga y salir por las callejuelas de este pueblo,

tañendo el tamboril. Los vecinos se maravillarán del denuedo con que he

de golpear el parche, y se preguntarán: ¿estará loco el tamboritero?

Rataplán, plan, plan. ¡Duro; amigo mío! ¡Qué sólo se oiga tu voz!

(Hablo con el tamboril.)

Suyo,

_Alberto_.

Querido Halconete: me convida usted, en su última carta, á que le

refiera lances de mi vida actual, y á que por el momento deje de lado

mis filosofías espontáneas. Veo que lo primero no es sino pretexto ó

arbitrio para lograr lo segundo. No gusta usted de verme filosofar,

llamémoslo así. ¿Por qué? Dos motivos descubro: ó bien, que mis

disquisiciones le parecen caprichosas y de poco momento; ó bien,

porque adivinando que me traen dolor, intenta usted distraerme hacia

el tumulto de las cosas externas. ¿Qué importa el motivo? Usted me

aconseja y yo voy á seguir el consejo con toda docilidad. Sea, pues,

esta carta un mero documento narrativo.

La comunidad nómada, á la cual pertenezco desde hace quince días, se

compone de trece miembros de diferentes sexos y especies.

El preboste ó superior se llama Víctor. Es la cabeza de este cuerpo

andariego; una cabeza bastante gorda. Aparentemente una cabeza es

algo á modo de callosidad ó protuberancia que suele surgir sobre los

hombros, sin utilidad conocida. En la mayoría de las personas, tanto

individuales como colectivas, la cabeza tiene todo el aspecto de no

servir para nada. Así ocurre con nuestro director. Sin embargo; ¿qué

sería de todos nosotros sin él? Él es la teoría, la idea; los demás,

el instrumento. Él no tiene fuerza para saltar, ni gracia con que

payasear, ni intrepidez para colgarse de un trapecio, ni sutilidad

para hacer equilibrios. Pero conoce el secreto eficaz de todas estas

habilidades, ó cuando menos cree conocerlo, de manera que el músculo,

el donaire, la braveza y la agilidad ajenas alcanzan, adoctrinados por

él, su máxima potencia. Fachendea mucho, lo cual le sienta al dedillo

cuando recorre la pista con una fusta en la mano, y es tremendamente

alardoso de su ciencia gimnástica. Por él me voy enterando de varias

y curiosas particularidades, concernientes al acrobatismo. Mister

Levitón, que tal es el sobrenombre que ha adoptado, pertenece á la

segunda de las dos categorías en que se dividen los artistas de circo.

(_Les artistes de rencontre_, son sus palabras). Siendo niño, ingresó

en la compañía de monsieur Grignon, y muy presto demostró excelentes

aptitudes para lo que los ingleses llaman _hand-balancer_, y los

alemanes _hands-toender_, ó sea para ponerse cabeza abajo, apoyado tan

sólo sobre las manos.

--Yo, amigo Alberto --me asegura con aire catedrático--, he llegado á

hacer la _montée en planche_ y la _montée par groupement_, con la misma

frescura con que ahora me bebo un vaso de aguardiente ó le doy un revés

á mi señora. Y he saltado; sí, señor. ¡Que si he saltado! Hasta he

realizado el _twist_. Pues yo le pregunto á usted. Seamos claros; si se

tiene en cuenta que ingresé en mi profesión hacia los diez ó doce años

¿puede decirse que pertenezco á _les artistes de rencontre_? ¿No será

más justo sostener que pertenezco á _les enfants de la balle_?

Pero, ¿qué es uno y qué es otro? se preguntará usted, querido Juan. Que

Mister Levitón satisfaga su curiosidad. Atención.

--¡Ah! Es bien fácil. Seamos claros. _Les enfants de la balle_, ello

mismo lo dice, son... pues, en pocas palabras, la aristocracia del

arte. ¿Qué se necesita para ser conde, por ejemplo? Pues haber nacido

de otro conde y de una condesa. _Les enfants de la balle_ son los que

tienen pureza de sangre de artista, por herencia, quiere decirse. Mi

esposa, madama Ramona, es aristócrata; mis hijos, Mamerto y Rosita,

son aristócratas. ¿Es mucho pretender de mi parte ser aristócrata,

teniendo en cuenta... bien, lo que le he dicho? Los otros, _les

artistes de rencontre_, son, verá usted...; seamos claros, son los

intrusos. ¿Intrusos? No, claro que no. Son los que no tienen sangre

antigua. ¿Me explico? Entre estos artistas los puede haber muy

estimables, ilustres también; pero, ¿no es como la luz del sol que

faltándoles los primeros años de la vida, que son los más blandos,

digo, faltándoles el aprendizaje de aquellos años, los resultados serán

muy deficientes? Estos artistas que empiezan un poco tarde no pueden

dedicarse más que á la gimnástica de aparatos: anillas, barras-fijas,

trapecios volantes... Uno de los del trío Júpiter, que acaso usted

haya oído nombrar, era sastre. ¿Qué tal? Pero la gimnasia verdad,

la gimnasia... aristócrata es la de alfombra, sobre todo los juegos

icarios. Este es el rey de los ejercicios --y al final con gesto de

absoluta convicción--: Seamos claros; ¡no se improvisa un artista de

alfombra!

Usted, querido Halconete, pensará, como yo, que debe ser difícil, en

efecto, improvisar un artista de alfombra.

En cuanto á cualidades morales, Víctor es un bárbaro, como marido; como

padre, un semi-bárbaro.

Tiene, según me aseguran, una amante, entre cuyas garras se le

queda buena porción del dinero que gana. Esta mujer sigue nuestro

itinerario, pero no viaja con nosotros. No la he visto aún. Lo cierto

es que Víctor pasa la mayoría de sus noches fuera del carretón.

Y vamos ahora con madama Ramona. Adelantaré un dato que es muy

significativo. Esta señora, el año pasado pesaba ciento treinta

kilogramos. Sí, señor; ciento treinta, ni uno más ni uno menos. En

la actualidad está entre los ochenta y los noventa. El período de

vertiginosa eliminación carnal comenzó en el punto de recibir la nueva

de que Víctor le era infiel. Es decir, que madama Ramona era hace un

año una especie de mastodonte sentimental. Me aseguran que su número

era siempre el de mayor éxito, y consistía en ejercicios de equitación,

á lo Franconi, sobre un desmedrado é interesante pollinejo que responde

por _Pionono_. Con el bajón de los cuarenta y tantos kilos, su aspecto

es imponente y repugnante. La piel, que en otro tiempo ciertamente hubo

de ser túrgida y tensa como la del vientre de un abad, se ha replegado,

y en consecuencia oscurecido, adoptando las pardas tonalidades del

caucho. Además le pende en lamentosa flacidez por todas partes. Parece

un gigantesco murciélago alicaído. Varias veces he tenido ocasión de

sorprenderla llorando silenciosamente.

El hijo Mamerto es un adolescente taciturno y ojeroso. Sus ojos se

caracterizan por cierta hondura ígnea é inquietante. Es perezoso;

no habla casi nunca. En las horas de descanso, que son muchas, se

entretiene en arrancar verdascas cimbreantes de los árboles; luego

las monda de hojas, muy despaciosamente, silbando sin cesar melodías

tenebrosas. Él es el encargado de conducir las caballerías á pacer de

los prados en abertal. Una tarde pude descubrir que se entretenía en

atormentar á los pobres animales, asestándoles agudos verdascazos en

los belfos y en la coyuntura de las ancas. _Pionono_ era la víctima

predilecta de su ensañamiento. Y el rapaz reía de una manera aviesa y

extraña. Su número es el trapecio. Víctor dice que llegará á eclipsar

la gloria del querubín Léotard.

Rosita es una mozuela retrasada, dócil y afectuosa. Para llegar á guapa

no le falta más que dejar de ser fea. Su piel es albariza, exangüe,

como la panza de la rana. Yo creo que padece de amenorrea. Me ha dicho

que le gustaría mucho saber leer; yo la estoy enseñando. También me

pide que la diga versos. Le gusta cantar y canta como un cerrojo tomado

de orín. Es una especialidad para el crochet (herencia materna) y otras

labores propias de su sexo. Su número es las anillas; sabe hacer la

sirena y dar el salto del mico. (Y observe usted que estos dos _enfants

de la balle_ no son artistas de alfombra.) Víctor dice de ella que

llegará á sobrepasar el renombre de la celeste Nathalie Foucart. Se

me ha figurado que el buen Levitón quiere colocarme la niña. Ya me ha

hecho algunas indicaciones. Opina al revés que Teresa Cascajo. Para

él, mejor parece la hija bien abarraganada que mal casada. Yo, _ça va

sans dire_, no acepto el envite.

Descontados los miembros de la familia Levitón, el que les sigue

en jerarquía dentro de la _troupe_ es un joven, bien parecido, muy

discreto y simpático, llamado Fernando, al cual estaba destinada Rosita

antes de mi advenimiento. Como á él maldita la gracia que le hacía la

niña dice que el mío ha sido el santo advenimiento. Físicamente, es un

hermoso ejemplar de la raza humana. Moralmente, le reputo un individuo

normal, inteligente y honesto. Artísticamente, es fuerte, elástico,

ágil y hábil.

Viene luego el _Pichichi_. Largo y flaco, fibroso, activo. Su cara,

á ratos es de sonriente idiotez, á ratos de puntiaguda malicia. Su

obsesión es la pintura. En cuanto halla vagar se absorbe en una obra

gigantesca que ha tiempo comenzó: la historia sagrada que siendo niño

le enseñaron, puesta en láminas. La mayor parte de los personajes

bíblicos van vestidos de saltimbanquis. Sus dibujos son de perturbadora

simplicidad primitiva; no sólo los seres, que también las cosas parecen

estar dotados de pupilas que le miran á uno tenazmente. Los colores,

minerales y vegetales, él mismo se los compone. Una circunstancia

curiosa de este _clown_ es que sus sentencias y proverbios son

italianos. Por ejemplo, cuando yo intenté acabildar y unir las

voluntades de Víctor y Ramona, porque sus querellas continuas me

hacían daño, el _Pichichi_ vino á decirme misteriosamente al oído: _Tra

moglie e marito non bisogna mettere il dito_.

_The last but not the least_, el último pero no el más bajo es el otro

_clown_, Maimón. ¿Por qué le llaman Maimón? Lo ignoro. Presumo que es

una onomatopeya, sugeridora de su traza y de sus hechos. Es lo que

llaman los ingleses un _tumbler_, es decir, de esos payasos que conocen

el arte de caer pesadamente al suelo, levantando el mayor estruendo

posible. Declaro que Maimón es un especialista; cuando se precipita

con la barriga contra el aserrín que cubre la pista, por la superficie

terráquea corre así como un movimiento sísmico. Otro don conspicuo de

Maimón es su voz, voz digna de un tribuno de la plebe.

Como esto se va haciendo largo, hago punto. Hasta otro día. Le abraza,

_Alberto_.

Querido Juan: celebro que mi carta le haya distraído. Al enviársela

sentí ciertos escrúpulos, porque ¡caracoles! su latitud la hacía digna

de haber nacido de la pluma de Don Alonso de Madrigal, alias el Tostado.

Me advierte usted que se me ha quedado en el tintero la descripción del

resto de los individuos que integran nuestra nómada comunidad, hasta

trece. Añádame usted á mí, de quien usted conoce todo lo que se puede

conocer, y á mi zaga imagine usted varios irracionales; los caballos

que arrastran de una á otra aldehuela nuestro bagaje, Pionono y Azor.

Este último es un perro cojo, de mi exclusiva propiedad; lo destino á

artista de alfombra y estoy muy satisfecho del provecho con que recibe

mis enseñanzas y las de Mister Levitón.

Desde que profesé en esta orden andante, el circo de Mister Levitón ha

ganado desapoderadamente en decoro estético y en categoría artística.

Á este paso pronto llegaremos á codearnos con los célebres circos

Gillaume, Rancy ó Pinder. No atribuya mis palabras á un sentimiento de

orgullo, que las mejoras no son hijas de mi inteligencia é inventiva,

antes hijastras de mi dinero. Hemos adquirido una deliciosa techumbre

cónica de lona encerada que nos permite piruetear y gansear aun en las

más inclementes y procelosas noches. El fétido y costoso alumbrado

de aceite ha sido sustituído por el de carburo. Tenemos una muelle y

enflorada alcalifa circular para cubrir la pista. Tenemos arambeles,

obra de la falsificación catalana, con que adornar los palcos. Hemos

comprado sillas de Viena, y sirven para las localidades preferentes. He

ideado un frontal del circo, pintado. Yo lo hice y Pichichi me ayudó á

embadurnar, de colores lisos, entrepaños y fondos. Simula un atrio de

columnas dóricas, en mármol; en los intercolumnios destacan sobre paños

de púrpura mitológicas divinidades en guisas y posturas fantásticas.

He aquí dos ejemplos; Palas Atenea, vestida de mallas azules y con

el casco de oro, hace la _neurabates_, que dijeron los griegos, ó

la _funámbula_, que decían los romanos, con la cabeza hacia abajo y

sobre un hilo de araña; al extremo derecho de la pintura, apoyada en

uno de los caballetes que sostienen el hilo, se posa como sobre una

alcándara el buho simbólico, emblema de estudiosas vigilias, fumando

estúpidamente una pipa de opio. Otro asunto; Zeus olímpico, tumbado de

lomos sobre livianas nubecillas, eleva al aire las zancas, al modo de

un _pilarius_, con las cuales ejecuta juglerías despidiendo y amparando

en los pies buen número de muñecos, reyes, emperadores, pontífices,

artistas y filósofos, según aquel dicho de Platón: los hombres somos

juguete de los dioses. ¿Qué dice usted á esto? Ahora resulta que he

realizado pintura humorística. De factura, esta es mi obra más suelta,

más entonada y expresiva. Si se acordase por consenso unánime de las

gentes elevar un gran templo á la Sandez Humana, creo que podría

decorarlo con hermosas pinturas murales.

En lo alto de la fachada campea un letrero con caracteres lombardos:

_Gran circo acrobático de Mister Levitón_. Debajo, una hilera de

serafines que tañen largas trompetas heroicas, y otra inscripción: _Vox

et praeterea nihil_. Por algo me eduqué en los jesuítas y conservo

algunas reliquias del latín.

Me parece que basta por hoy.

Su leal,

_Alberto_.

Querido Juan: Copio de su carta: «Todo lo que usted me refiere es

interesante y divertido.» _Merci bien._ «Pero ¿qué hace usted para el

público? ¿Salta usted? ¿Trabaja usted en el trapecio? ¿Quizá en las

anillas? ¿Juegos de manos tal vez? Sáqueme de dudas.» Le sacaré de

dudas.

Por lo pronto, me gasto mi dinero; esto ya es algo. Después de haberle

escrito mi última carta hemos recibido un órgano enorme y admirable:

parece una orquesta. La mayor parte de las cintas he querido que fuesen

_Cake-Walks_, y de esos valsecitos de circo que suscitan en los nervios

no sé qué misterioso impulso y ansias de movimiento furioso, de saltar,

de gritar, de lanzar objetos á lo alto, de correr sin punto final.

Cuando los oigo, comprendo aquello que los griegos llamaban feamente

_Kalocagathia_, y es, si no me equivoco, un ideal de vida física

perfecta. ¡Qué delicia, qué fruición, hacer piruetas, flinflanes,

dar saltos mortales elásticamente, en tanto suena esa música! ¡Y qué

tristeza sentirse _artiste de rencontre_, acordarse de que es ya tarde

para la cultura del cuerpo!

Pero, aparte de la prodigalidad de bolsa, yo tengo en el programa mi

número correspondiente, y puedo asegurarle que es recibido con gran

aplauso. La idea no es original mía, sino fusilada de un artista que vi

en un Music Hall de Londres. Se trata de modelar rápidamente á la vista

del público carátulas groseras en arcilla. Yo nunca había modelado,

pero me doy muy buena maña para hacer en un periquete uno de estos

esbozos rudimentarios. El inglés trabajaba exclusivamente con arcilla

gris. Yo he introducido una modificación. Tengo varios calderos de

barro que he coloreado con anilinas, y así, el muñeco que hago resulta

muy pintoresco. Una boca, por ejemplo, con poner dos choricitos de

barro rojo ya la tiene usted á punto de prorrumpir en una exclamación.

Unas cuantas plastas de barro ocre ó tierra sombra componen la

cabellera rubia ó morena. Luego, la distancia y la buena voluntad de

los espectadores completan la obra. Mi repertorio se compone de _la

vieja_, _el cura_, _el cacique_, _el buzón de correos_, _el guardia

civil y la vaca_. No son bustos, que esto llevaría bastante tiempo,

sino altos relieves sobre un caballete con tablero.

En tanto yo modelo á toda máquina, el órgano deja oir el más exquisito

florilegio de _Cake-Walks_, y Rosita, vestida con traje de lentejuelas,

se retuerce y canta algunos cuplés ingleses, que yo le he enseñado, con

pronunciación figurada: _The Honney Suckle and the Bee_; _Teasing_;

_Hullo, Hullo, my Baby_.

Pero mis planes son más vastos. Estoy madurando una serie de pantomimas

transcendentales. Pienso efectuar de pueblo en pueblo activa propaganda

moral, sirviéndome de esto que califico de anarquismo acrobático. Claro

está que usted entiende la concomitancia que hay entre la moral y el

anarquismo; huelga, pues, toda disquisición.

Hoy se va haciendo tarde. Quédese la explicación de mis planes para

otro día.

La pata de la raposa (Novela) · 第 33 / 66 题