Á las once de la mañana, Alberto estaba en pie y apercibido á emprender
la vuelta á Cenciella. Antes de marcharse, escribió á Fina un lacónico
billete:
«_Señorita Josefina Tramontana._
_Fina: mi conciencia me exige renunciar á ti. Soy indigno de
tu amor. Procura olvidarme. No intentes saber la causa de mi
determinación. Te basta saber, de mi boca, que no te merezco.
Adiós: quizá no volveremos á vernos nunca. Temo causarte dolor;
¡perdóname! Si no tuviera ahora la entereza de romper nuestras
relaciones, tal vez te acarrease mayores amarguras andando el
tiempo, y acaso llegaras á despreciarme. Sírvate esto de consuelo,
¡pobre consuelo, en verdad!_
_Adiós. Te quiero más que nunca. Te querré siempre ¡la más
admirable y pura de las mujeres!_