Plegó cuidadosamente el billete, lo cerró y se lo entregó á Manuela,
con orden de que aquella misma tarde lo enviaran á casa de don Medardo.
Llegó á Cenciella á las cinco de la tarde. Dió la vuelta á las afueras
del pueblo y penetró en su finca entrando por la casa del casero.
Así que descabalgó, Manolo acudió á él con el rostro alterado y grandes
señales de aturdimiento:
--¿Usted no sabe lo que pasa, señorito?
--Tú me lo dirás.
--Pues... Pero, si no puede ser... Aquí hay una confusión. Ea, que no
puede ser... Pero ¡qué susto nos llevamos! Que le diga Rufa, la vieja,
y Celedonio... Por supuesto, en el pueblo no se habla de otra cosa.
Parece que no quieren muy bien al señorito.
En aquel momento llegaron Sultán, rebrincando y ladrando, y Azor,
corriendo á su modo sobre las tres patas útiles.
--En resumen, Manolo --inquirió Alberto, aun cuando ya presumía de lo
que se trataba.
--En resumen, que estuvo aquí la justicia reclamándole á usted. Decían
¡qué sé yo! Si el señorito quiere que le cuente...
--No me hace falta.
--Entonces el señorito sabrá lo que ha de hacer...
--Naturalmente que lo sé. ¿Ha ocurrido alguna otra cosa de particular?
--Nada.
--Puedes retirarte.
Oíase de la parte del pueblo un gran vocerío de muchedumbre.
--¿Oyes, Manolo?
--Sí, señorito; es en la plaza.
--Supongo que tratarán de lincharme...
Manolo sonrió estúpidamente.
--Creo que sí.
--¿Crees que sí? ¿Y estás tan fresco?
--No me he explicado bien... Quiero decir que... ¿Cómo era? --no
conocía el verbo linchar, y estaba confuso.
Alberto, que comprendió sus apuros, lo despidió, reprimiendo la risa:
--Puedes retirarte.
Apenas había quedado solo cuando surgió Rufa, temblequeante y llorosa:
--¡Ay, señoritín de mío vida! ¿Ello qué ye? Mal diaño, mal diaño --y se
santiguaba, repetidas veces.
--¡Es mucho moler! --rezongó Alberto, dando una patada en el suelo--.
Hágame el favor de tranquilizarse, Rufa, y de no hacer más pamplinas,
que estoy ya hasta la coronilla.
Rufa sorbió sus lágrimas y miró los ojos de Alberto, como investigando
si eran sanguinarios y criminosos.
--¡Ay, qué gente condergada de Dios! Malhaya pa ellos. Y decíen... Con
esos gueyinos azules de angelín --suspiró en elogio de los ojos de
Alberto.
--Bien, bien, Rufa. Se acabó y no haga caso de cuentos --se acariciaba
la cabeza, envuelta en un inmenso pañuelo de áspero hilo crudo--. ¿Qué
ruido es ese que viene de la plaza?
--Pues esa sí que ye buena. ¡Hay títeres esta noche! Está el pueblo
en rivolución. Esta mañana salieron los comediantes pel les calles.
¡Cuánta majencia! Y ¡qué modo de soplar en el trompón! atruenaben. Ya
ve, señorito, que yo todes les noches á la nueve estoy ya en el xergón:
pues hoy pienso dir á ver los títeres. Non quiero morime sin este
gusto. Dicen que ye una preciosura.
--Yo también iré y le pagaré á usté la entrada, Rufa, si hay entradas.
Quizá, al final, pasen un guante.
--Yo qué sé de eso, señoritín. Diz que un guante; en mi vida oí eso de
pasar un guante como no sea pa los doraos. Eso, ustedes que anden pel
mundo.
--Hasta luego. Que me suban un vaso de leche. Voy á dormir hasta la
hora de los títeres.
Tumbóse en la cama vestido como estaba. Dió vueltas y más vueltas, sin
conciliar el sueño. Se le había ocurrido un proyecto inmediato, y á él
se aferraba con tanto ahinco é ilusión, que le produjo desequilibrio
físico. Las sienes le latían sordamente sobre la almohada y los nervios
le daban sacudidas. El cansancio le rindió á la postre. Despertáronlo
los alaridos de un cornetín. Comenzaba la función de títeres.
Alberto saltó de la cama y descendió apresurado las escaleras. En el
portal tropezó con Rufa, que iba ataviada con sus prendas más ricas;
mitones, un mantón que parecía manteleta, mantilla, un abanico con un
gato de tamaño natural sobre fondo verde que le había regalado Alberto,
y un grueso libro de misa.
--¿Qué es eso, Rufa? --preguntó Alberto señalando el devocionario.
Rufa permaneció perpleja unos minutos. Dióse luego en la frente con el
gato, y dijo:
--Estoy toña. Ye la edad. Como nunca me pongo estes gales más que
pa dir á misa... ¡Señor, señor, qué cabeza! Pues nada, que iba tan
riscantimplada con el libro de misa. ¿Usté ve? Y á lo mejor ye pecao.
Alberto la dió dos pesetas por si la entrada fuese de pago, y salió á
escape.
En la plaza pública había un barracón circular, cubierto de lona. Los
cencielleses hormigueaban en derredor del improvisado circo. De vez en
vez sobresalía del mosconeo general un llanto de niño.
Á la entrada, debajo de seis grandes candiles de aceite, estaba una
muchacha huesuda y de avinagrado rostro, vestida de mallas. Á su
lado un hombre cincuentón, arrebolado de nariz y mejillas, panzudo.
Vestía de frac, cuyos faldones, á causa de las grandes asentaderas
del individuo, se entreabrían y levantaban como las alas del grillo
puesto á estridular. Alberto pidió una localidad de primera fila. Un
jovenzuelo, con un gabancillo pelado y cochambroso, á través del cual
se descubría el traje de acróbata, y las mejillas untadas de bermellón,
condujo á Alberto hasta su localidad. Hubo de sentarse sobre un tablón,
no desbastado y sin respaldar; ante él una maroma que, suspendida de
trecho en trecho por medio de estacas, trazaba el círculo quebrado de
la pista, espolvoreada de aserrín. Apenas se había sentado, diéronle
unos golpecitos en la espalda. Era un rapaz del pueblo.
--Señorito; ahí fuera le llaman.
--¿Quién?
--El _Morciello_. Dice que salga aína, que le ha de hablar.
El _Morciello_ era el juez de Cenciella. Salió Alberto sin disimular su
contrariedad. Conjeturaba el objeto de la conversación. El niño guió
á Alberto, señalándole el lugar en donde el _Morciello_ aguardaba.
Puesta la mano sobre la boca, el juez tosía con tos breve y hueca de
tuberculoso. Llevaba un gabán claro echado sobre los hombros á modo de
esclavina; debajo de sus pómulos se abrían fosos profundos, y sus ojos
estaban bañados de un humor denso y brillante. Aprovechándose de la tos
del juez, Alberto se adelantó á hablar:
--Ya sé para qué me llama usted. Pues bien, yo le digo que parece
mentira que esa majadería tan sin pies ni cabeza se prolongue tanto
tiempo. Así, me creo excusado de añadir una palabra más, y vuelvo á mi
sitio.
--Un momento, le suplico. No puedo meterme en si se trata de una
majadería ó no. Basta que usted me lo diga. El asunto concretamente es
que he recibido un exhorto del Juzgado de Pilares y debo detenerle á
usted, á lo cual no estoy dispuesto porque no olvido los favores que
debo á su difunto padre, comenzando por el juzgado, que, gracias á él,
me concedieron... Supongo que se trata de una locura de jóvenes y que
se arreglará sin pasar á mayores. Por eso he determinado hacer la vista
gorda. Pero comprenderá usted que no puedo entrar en el circo, tenerle
á usted cerca de mí toda la noche, y mañana asegurar que no he dado con
usted. La responsabilidad... Retírese á su casa, márchese mañana de
Cenciella y todo se arreglará.
--Usted perdone que no le dé gusto; pero hoy estoy particularmente
determinado en hacer mi capricho. Buenas noches.
--Entonces me obligará usted á privarme de ver la función.
--Haga usted lo que le plazca. Buenas noches --giró secamente sobre sus
talones y se apartó del _Morciello_.
Durante toda la noche, Alberto se mantuvo con los codos apoyados en las
rodillas, y la mandíbula inferior hundida entre las manos, siguiendo
con porfiada fijeza los ejercicios de los titiriteros. Entretanto, su
espíritu se conservaba en ebullición continua. La viuda de Ciorretti,
no lejos de él, le miraba á hurtadillas, suponiéndole presa de
remordimientos atroces, y, movida de compasiva ternura, meditaba la
manera de atraerlo en terminando la función, y hacer por endulzarle la
sombría soledad de la noche.
Marchaba ya la gente, celebrando la destreza y gracejo de saltimbanquis
y payasos. Alberto aguardó inmóvil, la barba metida tozudamente en
el ángulo que hacían las dos manos. La viuda de Ciorretti hubo de
renunciar á su obra de misericordia. Alejóse el hervor del público.
Alberto levantó la cabeza y miró á todos lados; estaba solo. Saltó, por
encima de la maroma, y, atravesando la pista, fuese al lugar adonde se
habían acogido los titiriteros. Batió palmas. Salió el _Pichichi_, uno
de los _clowns_, eliminando el albayalde con que se había embadurnado,
merced á las virtudes corrosivas de una arpillera.
--¿Qué se le ocurría?
--¿El Director?
--Está mudándose de ropa.
--Deseo hablar con él.
--¿No lo puede usted dejar para mejor ocasión?
--No.
--¿Y si él no pudiera hoy hablar con usted?
--Podrá.
--¿Es usted un carabinero?
--Basta de payasadas, amigo, que ha terminado el espectáculo --y le
tendió una moneda de cinco pesetas.
--¡Oh! Egsto egstar un aggumento podegoso --dijo, remedando la
macarrónica prosodia francesa que afectaba en sus farsas. Hizo una
reverencia bufa y desapareció.
--Pase usted --se oyó desde la oscuridad.
Alberto se adelantó, tanteando con los pies. Había una tienda de lona,
cerrada, y en la raíz líneas de luz, lindando con la hierba; una masa
negra, rectangular, al fondo, sobre la cual se abría un cuadro de
resplandor débil, cernido por una cortina de tela verde. Levantóse la
cortina y se recortó en lo claro el perfil del hombre cuyos faldones se
enhiestaban sobre las posaderas. Ahora estaba en mangas de camisa.
--Subir usted á la _caravana_. Tener cuidado, cuatro escalones
--hablaba con los dientes apretados y la lengua proyectada sobre la
bóveda palatina, imitando el acento inglés convencional de las obras
cómicas.
Alberto se dió cuenta al punto de que el individuo que le recibía era
un sajón nacido en solar ibérico, quizás en tierras de Pontevedra ó
Lugo.
--_One, two, three, four_ --dijo, según subía los escalones. Y en
estando arriba--. _Oh, thanks, many thanks. I am so glad to meet you.
You are Mister Levitón I suppose? are you not?_
Mister Levitón quedó corrido y fulminado de afasia repentina. Alberto
hallaba muy amena la situación, y se dispuso á prolongarla. Examinó el
lugar de la acción. Estaba dentro de la carreta de los saltimbanquis.
Veíase la armadura interior del vehículo, de maderas ensambladas,
como un vagón de ferrocarril. De la techumbre pendía una lámpara
de aceite. Había dos ventanillas á los lados y prendas de vestir,
mugrientas y mal olientes, colgadas de los tabiques. Frontera á la
puertuca de entrada, corría una cortina, de color ecléctico y remiendos
profusos, detrás de la cual se adivinaba algo á manera de alcoba y
se oía rebullir de gente. Del lado de acá de la cortina, además de
Alberto y de Mister Levitón, que así se anunciaba sobre el frontis del
circo, estaba una mujer, sentada sobre un tamboril estrecho y alto,
semejante á una columna. Arrebujábase en astroso mantón, mostrando los
vuelos inferiores de un tonelete amarillo y las piernas, de papandujos
molledos. Su cara era excesivamente marsupial; bolsas debajo de los
ojos, bolsas en las comisuras de los labios, bolsas en las mejillas,
bolsas en las mandíbulas, bolsas en la barba, y bolsas en sus tres
papadas: amén de otras bolsas que no hay para qué mencionar. La carne
la caía á pedazos. Se comprendía que había sido obesa en increíble
medida y que un morbo tenaz y diligente la iba consumiendo. Su mirar
era alelado y doloroso.
Alberto preguntó en inglés á Mister Levitón si aquella dama era su
esposa. Mister Levitón permanecía herido de mudez. Continuó hablando
Alberto, siempre en el dulce idioma de Shakespeare; la risa le
retozaba en el cuerpo.
La mujer dijo, con voz cansada que dejaba traslucir un sentimiento de
rencor.
--Te está bien empleado, por acémila, Víctor --y elevando los ojos
hacia Alberto--. Es de Calahorra, calagurritano. Si usted habla
español, diga lo que se le ocurra, caballero. Y perdónele, que no sabe
lo que hace.
--¿Pues no he de saber castellano? Usted es quien debe perdonarme la
broma, Víctor. ¿No ha dicho Víctor la señora? Quiero que seamos buenos
amigos.
--Es que... la costumbre de hablar así ante el público... --balbució
Víctor. Miró por encima del hombro á su mujer, y refunfuñó
cruelmente--. Tú también ya podías meterte la lengua donde te cupiera,
y no decir mamarrachadas. Tanto suspirar... Muérete de una vez.
--Ya te encargarás tú de matarme. ¡Ay! --y se estremeció dentro del
mantón.
--Papá... mamá... --suplicó una voz femenina y joven, detrás de la
cortina.
--Tengamos paz --aconsejó Alberto, riéndose--. Vuelvo á repetirles que
quiero que seamos muy buenos amigos.
Y á continuación les explicó sus propósitos. Pretendía formar parte
de la compañía, y seguir con ella, mundo adelante. Víctor y Ramona le
escudriñaban de pies á cabeza, sin determinarse á responder. Rosita
asomó la nariz y los ojos por un desgarrón de la cortina. En el
silencio, se oía á un caballo que arrancaba acompasadamente la hierba
de la tierra. Víctor se atrevió á preguntar.
--¿Qué cosas sabe usted hacer?
--Haré payasadas.
--¿Y sueldo?
--De eso no hay que hablar.
--Es que nuestra vida es muy dura...
Ramona suspiró.
--Ya la haremos blanda. Elevaremos nuestro circo á la altura de los
mejores.
Víctor, oyendo á Alberto decir _nuestro_, experimentó una sacudida de
los nervios.
--Ha dicho usted que... ¿nuestro?
--Sí, yo seré el empresario; un empresario que renuncia desde luego á
todos los beneficios. Por lo pronto, están á su disposición diez mil
pesetas. ¿Hace?
--¡Piñones! --murmuró Ramona.
Rosita extendió con la nariz el desgarrón de la cortina.
--¿Pues no ha de hacer? Venga esa mano.
--¿Cuándo partimos?
--Mañana á eso de las ocho de la mañana.
--Pues voy á recoger mi ropa. En media hora estoy de vuelta. ¿Puedo
dormir aquí?
--En el carretón, no. Dormirá usted en la tienda, con mi hijo, con
Fernando y con los otros. Algo recio, para usted...
--¡Quiá! Entretanto ahí van cinco duros para que preparen un refresco
á mi salud. ¡Ah! Traeré conmigo un perro que estoy amaestrando.
--De pistón de mico --afirmó Víctor, quizás algo misteriosamente.
De vuelta en su casa conferenció con Manolo y le preguntó si quería
seguir sirviéndole y vagamundear á la ventura. Manolo mostrábase remiso
en contestar, de donde Alberto dedujo que no lo deseaba ni se atrevía á
negarse, por temor de enojar al señorito.
--Bueno, pues te quedas, que á nada te obligo. Pero, yo no sé cuándo
volveré.
--Es el caso, señorito, que yo va para tiempo que ando cavila que te
cavilarás... --y se arrascaba el occipucio--. Porque... quiero casarme.
--Arrea.
--Tengo novia formal. Es Teresuca, la criada de los de Oliva.
--Sí, la conozco. Muy guapa y que sea enhorabuena.
--Pero es el caso que como soy tan pobre. Si usted me ayudase...
--Qué piensas hacer después de casado...
--¿Que qué pienso hacer? Ju, ju.
--¿Á qué te piensas dedicar?
--Ahí le duele. Yo quisiera venir á vivir en Cenciella, y poner un
negocio de embutidos. Algo prosaico es, ¿verdad, señorito?
--Anda, anda... ¿También tú te preocupas de lo prosaico y lo poético?
Manolo sonrió cazurramente.
--He leído muchos libros del señorito, cuando ya había terminado mis
obligaciones.
--En suma, ¿qué necesitas?
--Yo creo que con unas ocho ó diez mil pesetas...
Alberto se sentó á escribir.
--Mientras escribo, prepárame una maleta con alguna ropa interior.
Escribió á Telesforo ordenándole que entregara diez mil pesetas al
ayuda de cámara, y colocara urgentemente otras diez mil en Meredo, un
pueblo próximo á Cenciella, en una casa de comercio conocida, de donde
Alberto pudiera recogerlas.
--Toma, Manolo. Mañana vas á Pilares, y allí, en la banca de don Celso
Robles, preguntas por el señor Hurtado. Te entregarán diez mil pesetas.
--¡Ah, señorito! Cómo le agradeceré --lloriqueaba y besaba las manos á
su dueño.
--Ea, basta. No seas niño --repuso Alberto enternecido.
--¿Quiere que le haga un recibo?
--No hace falta. Eres bueno y trabajador; irás arriba en tus empresas.
Cuando te sea fácil me devuelves nueve mil quinientas. Las otras
quinientas son mi regalo de boda. Dónde está Azor. ¡Azor! ¡Azor!
--apareció al punto el cojo--. Vamos, hijo mío, á correr mundo. Dame la
maleta, Manolo.
--Yo se la llevaré.
--Que no. Yo la llevo. Adiós, Manolo; que tengas suerte. ¡Ah! Y que
nadie entienda adónde ni á qué me he ido.
Manolo, entre suspirar y contemplar apasionadamente la carta que
Alberto le había entregado, no atinó á decir palabra.