LA DULCE HELENA

I

«Si dos minutos la existencia

ha de durar, según Voltaire,

brindemos uno á la sapiencia

ya que dimos el otro al placer.

¡Bebe esta copa rebosante

de beso y lumbre, y de reir;

y colma este vaso tremante

donde se cuaja el porvenir!»

Así dijiste, dulce Helena,

juntando al verbo el ademán.

Yo vi tu boca de amor llena,

y vi la sagrada colmena,

(miel y una perla de Ceylán).

Y yo: «Pon de nuevo tus linos,

broquel del instinto viril;

recata en tus muslos divinos

la fuente de ocre y de sil.

Tu gracia lasciva de hetera

no inspira venusto furor,

ni tu cuerpo sutil de pantera.

Eso era en un tiempo mejor;

cuando, insaciable adolescente,

vi, la corona en el laurel,

una Aganipe en cada fuente

y un Pegaso en cada corcel.

Ahora, advierto en la frase horaciana

de la cicuta el amargor.

De las cosechas del mañana

yo mismo seré el sembrador.

No bogo en la barca festiva

que hacia Cíteres surca el mar.

Labro en mi huerto piedra viva

para sillares del hogar.

¿No has comprendido, dulce Helena

que tengo en el huerto una flor

una flor blanca, una azucena,

cáliz futuro de mi amor?

Y, si es tan breve la existencia

como dices, citando á Voltaire,

para mí es hora de sapiencia

ya que harto he vivido el placer.»

Dije. Pero Helena, capciosa

en su blanco desnudo fatal,

lloró, la pupila mimosa

como temblando en un fanal.

Sus brazos, marmórea guirnalda

tibia y sensual, me asieron, y

ardió en sus ojos de esmeralda

una infinita luz. Cedí.

Cerré mis ojos al encanto

y al pensar, para mí: «la última vez»,

vi una azucena tinta en llanto

de sangre, ¡Oh, siniestra rojez!

La pata de la raposa (Novela) · 第 28 / 66 题