In tristitia hilaris, in
hilaritate tristis.
_Giordano Bruno._
Alberto comenzó á pasear por la estancia, desliendo en el aire el
sahumerio melificado y denso del tabaco inglés. Cuando retiró la pipa
de la boca sonreía de una manera tierna y dolorosa. Sentóse á la mesa,
casi sobre los riñones; las manos en los bolsillos del pantalón, y las
piernas rígidas y muy abiertas.
Su estado de espíritu era sentimental é irónico. Acariciaba y resolvía
un concepto cómico-romántico de la vida y del mundo. El mundo... Había
creído verlo brotar, convertido en humo pardo, de la boca del señor
Ramón, aquel Sócrates loco, y luego desvanecerse. Le acometían deseos
de reirse á borbotones de la absurdidad de todo lo creado, y en cierto
modo, se consideraba creador, porque las cosas no tenían otro sentido ó
transcendencia que los que él, humorísticamente, quisiera otorgarles.
En la estancia palpitaban dos rumores; uno vasto, enorme, del mar;
otro, cauto, tenaz y estridente de la carcoma, en las vigas de la
techumbre, pintadas de añil. Alberto se complacía en considerar el
primero como símbolo de la necia garrulería humana; lo asociaba al
recuerdo de los políticos de su país, de los poetas de su país, sonoros
y espumantes, y de todo lo que reputaba ridículo en los hombres, como
lo era el fluir y refluir á merced de un astro de luz prestada. Pero
el estridor de la carcoma le era grato, y en la tarea perseverante del
minúsculo bichejo reverenciaba, como en alegórica correspondencia, la
función corrosiva de las ideas del mañana trocando en polvo las obras
sucesivas de los días.
El curso acrobático de sus pensamientos le parecía muy divertido. Sin
embargo, sentía abierta aún la herida por donde se le había volado el
último aliento de su vida moral; y aun cuando su boca sonreía de una
manera dolorosa y tierna, por dentro lloraba como un niño.
Encendió de nuevo la pipa; requirió pluma y papel y se aplicó á
escribir. De tarde en tarde, se levantaba y recorría la estancia,
á pasos cortos y lentos. Cuando concluyó, entraba la aurora por
las ventanas, diluyéndose á través de las hojas de una higuera, y
los gorriones venían en bandadas chachareras á comer de las brevas
miguelinas, húmedas de rocío.
He aquí lo que escribió Alberto: