Hallábase Alberto á campo abierto, en la carretera de Pilares. Sobre
el polvo mate del camino brillaban dos rieles de acero, paralelamente.
Atraído por ellos, Alberto comenzó á andar, siguiendo el centro de la
vía. Aquellas dos rectas que se hundían en una penumbra cercana y que
nunca se habían de unir le martirizaban, inculcándole desesperados
presentimientos. «Estoy perdido» --se dijo--. Las ilusiones que durante
el día se habían ido cuajando en su espíritu disipáronse inexorables
y para siempre. Abarcaba con desolada clarividencia la amplitud de su
desgracia; se habían hundido los cimientos de su vida; había perdido su
dignidad; había infestado, por cobardía y torpeza, el agua de salud en
donde debió abrevarse. Sus ojos volviéronse involuntariamente hacia la
luna, que rodaba á la derecha sobre el lomo esquinado de unos oteros.
La presencia de aquel astro insensible é inútil le causaba aversión.
Veía en él y en sus revoluciones en torno á un mundo corrupto, algo
de sí propio. Dióse á correr, fascinado por los dos rieles bruñidos,
y ansiando embotar con la fatiga física sus torturas morales. Y la
luna corría al lado suyo, botando sobre la cima de las montañuelas al
compás de los pies de Alberto. Ahora, tropezaba en un risco y caía en
del lado de allá de la colina; mas, á poco, aparecía otra vez en la
boca de una barranca, á la par del fugitivo. Aquella persecución llegó
á exasperarle. Anonadado é ijadeante, sentóse en un muro bajo, de
espaldas á la luna, y le parecía sentir su pupila espectral pasándole
el pecho de claro.
Llegó á la venta del Pino, un mesón á la antigua, desmantelado y
esquivo, adonde solían acogerse de paso gentes andariegas. Por debajo
de la puerta destacaba una estría de luz.
Detrás del mostrador alzábase el torso solemne del ventero. Ante
él estaba en pie el señor Ramón de la Pradiña, viejo sabidor y
sentencioso, admirado en la aldea á causa de sus filosofías. Apoyaba
las manos en lo alto de una gran vara de avellano, y la barbeta sobre
ellas. Distribuía sus palabras despaciosamente, y todo su cuerpo se
movía en un ritmo de oscilación lateral.
--Á las buenas noches --dijo cuando entró Alberto, y reanudó su
perorata--. Porque el hombre, ¿entiéndesme? domina todes les creatures;
les creatures del aire; les creatures del fuego, les creatures del
agua, les creatures de sobre y embajo de la tierra. Desde el sol,
que ye lo más alto en el mundo, hasta los infiernos, que ye lo más
prefundo, el hombre, ¿entiéndesme? reina como rey mismamente. Sólo hay
una creatura que se rellambe á su modimanera, y que manda n’el hombre
tanti cuanti quier.
Alberto encendió su _brûle-gueule_, de madera roja de brezo y boquilla
de ámbar.
--¡Dios! --afirmó el ventero, fiando en su perspicacia--. ¿Á que
resulta, señor Ramón, que también tú...?
--La muyer --dijo el viejo, haciendo alto en sus vaivenes...
--Quier decise --objetó el ventero-- que según tú, el matrimonio...
vamos al decir...
--Esa ye custión de muncho tríngulis. Paezte á ti, pongo por caso,
que el hombre va á la muyer como el río va al mare, y que ye tan
dispensable al hombre como el aire que respiria. Acuérdome haber
oído dicir que una vieya en un desierto ye oro molido. Ba, ba, ba.
Mira --sujetó la vara en el sobaco izquierdo y comenzó á liar un
cigarrillo--. Este pituco ¿entiéndesme? val por todes les muyeres...
--Quier decise que contigo no se rellamben á su modimanera.
--¡Rellambieron! Eso vien con la Filosofía. Tu yes mozo entodavía y la
tu Manuela está arrecachada y falaguera.
--Quier decise que tú, viejo, soltero, sin fíos, sin ná, solu...
--¿Solu? Mira --lanzó una gran bocanada de humo en el aire--. Los
fíos... ¿Entiéndesme? La muyer... --expulsó otra gran bocanada.
--Yes el mismo diaño, señor Ramón --epilogó el ventero, riéndose.
Alberto subió á su acostumbrada habitación. Su mente se había posado,
y las ideas, de un nuevo linaje, se articulaban en un tierno organismo
naciente.