XIII

La estación del tranvía ocupaba un ángulo de los jardines de

San Agustín, parque público de Villaclara. Una banda de música,

compuesta de doce individuos barbudos, llamados en el pueblo _los

doce apóstoles_, cada cual con un instrumento abollado, bronco

y apocalíptico, lanzaba desde un quiosco japonés incongruentes

trompetazos. El órgano _Limonaire_, gigantesco, de un cinematógrafo

mezclaba su gangueo á los baladros de la charanga.

En la avenida principal del parque, bajo la luz de los arcos voltaicos,

paseaban en círculo las señoritas del pueblo y las veraneantes.

--Daremos una vuelta á ver las caras bonitas que hay. ¿No le parece,

Alberto? Luego iremos al cinematógrafo. Le tengo preparada una sorpresa.

--Nada de vueltas.

--Pues al cinematógrafo.

Alberto se resignó. El frente del tendejón estaba deslumbrante. Agrio

era el berrear del órgano, y agria su estructura; columnas salomónicas

que tornilleaban y mareaban; complicados adornos, dorados, rojos,

azules, amarillos; figuras pastoriles, dando vueltas en un afectado

paso de danza. Una mujer de enorme sombrero con enormes plumas, enormes

solitarios en las orejas, cejas enormes y enorme bigote, despachaba los

billetes, muy erguida detrás de una mesa cubierta de terciopelo rojo.

Á la derecha de la fachada pendía un gran hule negro, y en él letras

colosales, dibujadas con tiza que rezaban ¡LA BELLA TOÑITA! _Primera

estrella de los Music-Halls._ Luego el programa de las películas.

Alberto se adelantó á tomar dos asientos de preferencia.

--De ninguna manera --rectificó Hurtado, hablando con la dama de los

ricos pendientes y la rica vegetación capilar--. Dos entradas generales

--y volviéndose hacia Alberto--. Hay que ver á Antoñita de cerca. Es

una monada. Amiga mía: se la presentaré --entornaba los ojos, con

orgullosa voluptuosidad.

Entraron y avanzaron hasta los primeros tablones, á manera de bancos,

al pie de la pantalla blanca. De aquella parte había buen golpe de

mozalbetes de la clase media, expectorando supuestas gracias y agudezas

que les diesen, en opinión de las señoritas sentadas en preferencia,

fama de libertinos. Así que el salón quedó á oscuras, simularon

detonantes besos, aplicados sobre el dorso de la mano, que acompañaban

de fingidos gritos femeninos; y esto les hacía reventar de risa. Para

cada lance de las películas tenían un comentario de segunda intención,

una picardía, cuando no una obscenidad desvergonzada. Alberto estaba

asqueado.

Un pianista ejecutó un pasadoble torero. Los jovencitos hicieron coro.

Se levantó la pantalla, descubriendo un pequeño escenario, vacío.

Se oyeron unas pataditas, seguidas de cerca por el rugido de los

mozalbetes. Á seguida salió á escena una mujer. Se envolvía á lo torero

en un mantón de Manila, verde gayo y amarillo cromo. Bajo los flecos

desmayados, como ramas de sauce, asomaba, con la gracia rígida de un

cáliz invertido de azucena, una falda de seda blanco-mate, adornada con

vidrios. Las medias, de seda blanca, muy sutiles, dejaban transparecer

la carne, coloreándose de tenue iris rosa. Los zapatos, de raso blanco.

El brazo derecho, delicado ó infantil, lo llevaba en alto, y en la mano

un sombrero calañés de beludillo azul turquí. Inclinaba la cabeza hacia

delante, evitando el brillo crudo de la luz, de suerte que Alberto,

en un principio, no pudo saber si era bonita ó fea. Acompasando el

aire jacarero del pasacalle, piafaba, levantando con mucho donaire

las piernas y sin moverse del sitio; de pronto arremetía á andar, con

pasos menuditos, agitando el sombrero en el aire, sacudiendo la cabeza

y guiñando un ojo. Su falta de soltura y desparpajo la delataba como

novicia en las lides coreográficas. Una faz abotagada y obtusa asomaba

por los bastidores de la derecha; después de examinar lo que alcanzaba

del público, se volvió á la artista, jaleándola con acento desgarrado:

_¡Anda niña!_ Era la madre de la bella Toñita.

Terminado el pasodoble, Toñita arrojó el sombrero y el mantón, en un

rebujo, del lado donde asomaba el estulto y celestinesco cráneo de la

madre; sacudió los hombros, para arreglar á su gusto los tirantes del

vestido, y se adelantó hacia las candilejas, cohibida y sin saber qué

hacerse de las manos. Parecía muy niña, de dieciséis años á lo sumo. La

candidez del traje, y los reflejos acuosos de los avalorios de vidrios

añadían inocencia á sus formas incipientes, apenas púberes. Intentaba

sonreir, pero no pasaba de ese gesto delicioso y bobalicón que el niño,

sorprendido á raíz de un pecadillo, compone por disimularlo. Cantó el

cuplé del grillo. Los mozalbetes entraban á hacer coro en el estribillo:

Crí, crí,

Crí, crí, crí.

Las familias honestas salieron del salón. Toñita parecía perder por

entero su serenidad viéndose desairada del público burgués. Pero la

faz congestiva y canallesca de su madre emergía de los bastidores

infundiéndole bríos: _Anda y que les den morcilla. Duro, preciosa._

Siguieron otros cuplés, tan necios y sucios como el del grillo. Luego

los mozalbetes solicitaron un tango. Toñita se excusaba, pero sus

admiradores insistieron, dando palmadas y lanzando vociferaciones

semisalvajes. La niña hubo de acceder. Salió al sesgo, trenzando

los pies y moviendo mucho las caderas; el vestido arregazado hacia

los riñones y asido con la mano izquierda; en la cabeza un sombrero

flexible que sostenía con la derecha, en actitud convencional, alta la

muñeca y el dedo meñique erecto. Los mozalbetes sembraron el escenario

de sombreros y flores: _¡Ay, mi vida! ¡Tu sangre!_ gritaban, con

enardecimiento ficticio. Y la niña, embriagada por las aclamaciones y

aturdida por haber perdido el compás, se descoyuntaba de un vértigo

de movimientos incomprensibles, pataleaba furiosa, echaba á volar los

brazos y á rodar el menudo vientre, virginal aún, daba volteretas y

hacía cabriolas, hasta que un minuto después de terminar la música se

arrodilló, levantando en alto el sombrero, como los tenores cuando

cantan un brindis. Un éxito estentóreo coronó los esfuerzos musculares

de Toñita.

Alberto, en tanto la niña se hacía la ilusión de bailar, contemplaba

sus piernas, de una línea incomparable; el tobillo endeble, la

pantorrilla moderada y prieta, el muslo fino y acerado sobre el cual

se adherían las delgadas batistas blancas, algo humedecidas por la

transpiración. En algunos giros raudos, volaba de debajo de las faldas

de Toñita olor á heliotropo y un vaho cálido de cuerpo sudado.

--¿Qué le parece á usted?

--Un prodigio.

--Usted se burla. La pobrecita baila como una gata histérica.

--Digo las piernas. Nunca he visto nada tan clásicamente gracioso. ¿Nos

vamos ya?

--Ahora entraremos á saludarla. Muy buena muchacha. Le advierto que

es doncellita todavía. Parece que Alfonso del Mármol pretende... Por

dinero no quedará, pero la madre es una lagarta... Ea; ya estamos en el

camerino, llamémoslo así. ¿Se puede, doña Consuelo?

--Adelante. Siéntense ustedes aquí, encima de este baúl. Es tan

estrecho esto, rediez.

La doña Consuelo, fluctuando como un álamo bajo el huracán, á causa de

su cojera, retiró algunas ropas de encima del baúl mundo.

Hurtado hizo las presentaciones. Estaban en un departamento angostísimo

delimitado por cortinas de percalina roja. En un ángulo, permanecía

silenciosamente Alfonso del Mármol. Tenía las delgadas piernas y los

brazos cruzados, los lomos ceñidos al respaldar de la silla, la cabeza

echada hacia atrás y un gigantesco cigarro habano entre los dientes. Su

cara era aguileña, larga y enjuta; saliente y cortante la nariz, y de

leve arrebol en la extremidad; la barba, de un rubio de maíz; la tez de

marfil blanquísimo; las cejas, sutiles y altas; los ojos, pequeñuelos

y desdeñosos, el párpado, enorme y flaco, distribuído en innumerables

pliegues, caía sobre los ojos en razón de la postura erguida de la

cabeza. Daba la impresión de un águila enjaulada, consumida por el

tedio, é infundía á las gentes una gran inquietud. Al ver á Alberto, se

puso en pie y le estrechó la mano cordialmente.

--¿Ha venido usted á ver á su novia?

--Sí. ¿Y usted?

--Al concurso hípico --solemnemente extrajo del bolsillo interior de

la chaqueta un tarjetero de oro y se lo alargó á Alberto--. El premio

del Conde de Bongrado. No hay en el mundo un animal como mi yegua Nena

--dijo con frialdad, vomitando humo, como si hablase consigo mismo y

sin prestar la más leve atención á la niña á quien trataba de seducir,

ni á la madre, con la cual andaba en tantos y cuantos de dinero, ni al

oliváceo Hurtado. Tan sólo Alberto, al parecer, era digno de aquilatar

la hazaña. Alberto celebraba siempre las simpáticas petulancias

infantiles de Mármol.

--Á ver, á ver --exclamó Toñita. Estaba en pantalones y con una

camisilla liviana; descubierta la parte alta de los pechos, de una

carne mate, blanco-magnolia, que amenazaba ajarse al tacto--. ¡Para

mí, para mí! --gritaba Antoñita, saltando delante de Alfonso. Éste se

había vuelto á sentar, y, con la cara hacia la techumbre y expresión

distraída, presentaba la mano á Antoñita aguardando la devolución de su

presea.

--¿No me lo da usted?

Alfonso continuó fumando, con la mano extendida.

--¿Será de oro? --inquirió Antoñita.

--Oro es, y bueno --afirmó Hurtado.

--Vamos, don Alfonso; dé usted gusto á la pitusa, que ya verá usted

cómo se lo merece --rogó doña Consuelo, apoyándose en la pierna sana

y con la otra pendulando dentro del faldatorio, á manera de badajo de

campana.

Intervino Alberto:

--Quédese usted con ello. Alfonso no desea otra cosa que regalárselo.

--Sí, se lo doy... --comenzó á decir Mármol. Antoñita se apresuró á

esconderlo en el seno--. Se lo doy á condición de guardárselo yo mismo

donde ella se lo quiere guardar.

--Vaya si es pelma el señorito --murmuró Antoñita, con un mohín de

disgusto.

--La que eres pelma eres tú. Mira qué de particular tiene. Ande usted,

don Alfonso, verá usted que la muchacha se merece cualquiera cosa.

Alfonso se puso en pie, y con solemnidad distraída de sacerdote que

celebra por rutina sus oficios, introdujo en el seno de Antoñita el

tarjetero de oro. Antoñita adelantaba por instinto los brazos, como

apercibiéndose á la defensa si llegase el caso, y dejaba obrar á

Alfonso, sin poder reprimir un fruncimiento angustioso de las cejas.

Cuando Mármol concluyó, la niña dijo suspirando:

--No ha abusado usted. Es usted muy bueno --y le tiró con inocente

alocamiento de las barbas.

--Basta ya, niña. Á terminar de vestirse.

En tanto duró esta operación, en la cual la madre sirvió de azafata,

deleitábase Alberto en la contemplación de Antoñita.

Pensaba: «las adolescentes, aparte de su incentivo voluptuoso y de la

sugestión artística, poseen un encanto particular, un algo zoológico,

que es aquietante y grato para quienes vivimos exageradamente recogidos

dentro de nosotros mismos. El perro que dormita y de improviso

yergue la cabeza, da una dentellada al aire y sigue durmiendo, ó

que, sin razón aparente y fuera de propósito, piruetea y late con

júbilo, nos sorprende, nos hace sonreir, y al cabo nos distrae de

nuestras cavilaciones. ¿Á qué motivos poderosos obedece su conducta

incongruente? ¿Quién sabe? Quizás un pobre mosquito invisible que fué

cazado al paso, ó un tenue aroma de canina feminidad que nuestro olfato

no percibe». De la propia suerte, á Alberto se le figuraba que las

ideas, ó lo que por tales podían pasar, no se albergaban dentro de la

cabeza de Antonia, sino que andaban revoloteando en torno, como los

mosquitos en derredor de la cabeza del perro. Comprendía que el primer

móvil de las acciones de la niña, como de sus alados movimientos y

palabras sin nexo, era algo misterioso y externo, sutilmente diluído en

el aire. Y así, Antoñita, distrayéndole, le inspiraba un gran interés,

el interés del juego, de las cosas arbitrarias y sin finalidad, y le

aplacía muellemente, como el agua que canta y murmura.

Alberto continuaba pensando: «Y esta apacible y atractiva sensación

zoológica de la adolescencia incipiente, ¿qué es?» Y se respondía,

iluminado de pronto: «La expresión de castidad, de inocencia». En

efecto, figurándose plásticamente en su imaginación de artista la

expresión de diversos animales, observaba que podían servir como

representación simbólica y satírica de diversos vicios del hombre:

la soberbia, la gula, la astucia, la crueldad, la traición, hasta la

envidia; pero no recordaba ningún animal de expresión lasciva. Se

acordó de un caballo y de un toro que había visto en celo, á punto de

lanzarse sobre la hembra; no eran lascivos, sino gallardos, poderosos,

y pudiera decirse que honestos.

La boca, los ojos y la frente de Antoñita, á pesar del inmundo

adoctrinamiento de su madre, eran aún castos é inocentes. De otra

parte, los rasgos de su rostro eran también reminiscencias zoológicas.

La vibratilidad de la sonrosada naricilla y lo cerca que salía de sobre

la boca, la manera con que jugaba los labios, comprimiendo los hoyuelos

de las comisuras, y la paridad minúscula de los dientes, todos ellos

eran perfiles que daban á su cara sorprendente semejanza á la de un

conejito blanco. Sus ojos, redondos y cristalinos, dulces y temerosos,

parecían ojos de liebre.

--¿Cuándo se casa usted? --tartajeó Mármol, apretando el cigarro entre

los dientes.

Alberto sabía que él era el interpelado. Respondió:

--¿Me aconseja usted que me case?

--Claro que sí.

--Miren el libertino...

--Si tocaran á descasarse --habló Mármol, con la cabeza derribada hacia

la espinal dorsal, y como si hablase por rutina, tal era su frialdad--

y luego á casarse otra vez, yo volvía á casarme al punto con mi mujer.

Pocos maridos podrán decir eso. Pues bien, su novia es como mi Amparo;

acuérdese de que se lo digo. Todas las mujeres juntas en un piño, no

valen lo que ellas dos.

Antoñita miró asombrada á Mármol. Este insinuó una sonrisa cauta y

aguda.

--¿Se ríe usted de la gracia? --inquirió doña Consuelo.

--Me río de otra cosa. ¿Cuándo lo meten á usted en la cárcel?

--¿En la cárcel? --exclamó Antoñita, dejando de limpiarse el minio de

los labios.

--Sí, en la cárcel. Me refiero á Alberto --y dejó en libertad una risa

continuada y uniforme, de carretilla.

--¡Vamos...! --doña Dolores se dejó caer sobre la pierna coja; revolvía

los ojos dubitativamente.

--Sé por qué se ríe usted --dijo Alberto con naturalidad.

--¡Quiá!

--Que sí.

--Dígamelo al oído. Si acierta se lo digo --sonriéndose.

--Cuando le digo que lo sé... --se puso en pie y dijo en voz baja á

Mármol--: Usted conoce el escondite de Rosina. Es más; usted mismo es

quien la tiene escondida.

Mármol continuaba sonriendo fríamente, como si nada hubiera oído.

Levantóse la cortina de entrada y apareció un mancebo, como de

dieciocho años, extremadamente afeminado, y vestido á lo señorito

chulesco. Dió las buenas noches y fué á situarse entre Antoñita y

doña Consuelo. Destapó un frasquito de perfume que la muchacha tenía

en su tocador y se esenció las solapas de la chaqueta y el pañuelo de

bolsillo. Después se apoderó de un _polissoir_ y comenzó á sacarse

lustre á las uñas.

--¿Pero te crees que mis cosas están para que te compongas, divinidad?

--dijo malhumorada Antoñita, y arrebató el lustrador de manos del joven.

--Deja á Lirio, Toñita. ¿Qué más importa eso, rediez? No parecéis

hermanos.

Mármol se inclinó á mirar, con gélido continente, á Lirio y Toñita.

--No parecen hermanos; parecen hermanas --dijo como si pensase en alta

voz.

Antoñita rompió á reir. Lirio puso una cara suplicante y desolada.

Luego se volvió á la coja:

--Dame dinero, mamá.

--No tengo suelto, hijo. ¿Tiene usted un duro, don Alfonso?

Mármol presentó un duro en la mano, sin dárselo á nadie

determinadamente. Doña Consuelo se apoderó de él y lo trasladó al

bolsillo de Lirio, el cual salió dando las buenas noches.

Antoñita estaba ya vestida; un traje, á la inglesa, de paño azul

forrado de gros blanco y un sombrero descomunal, cargado de adornos.

Doña Consuelo se arrebozó en una mantilla. Todos se pusieron en pie.

Á la puerta del cinematógrafo, esperaba el automóvil de Alfonso.

--¿Adónde van ustedes? --preguntó Hurtado á doña Consuelo.

--Adonde nos lleve Alfonso.

El coche partió raudamente. Telesforo y Alberto quedaron solos.

--¿Qué nos hacemos, Alberto?

--No sé --estaba nervioso y angustiado.

Los jardines de San Agustín yacían, silenciosos, en sombra. Después

de cruzarlos, Telesforo y Alberto se encontraron en una plazoleta

espaciosa é irregular. Dos hombres, sentados ante un velador, á la

puerta de un café hablaban á gritos, acerca de las condiciones de la

nueva dársena. Dentro del café, los mozos colocaban las sillas encima

de las mesas.

--¿Quiere usted que bebamos una botella de cerveza?

--Pasearemos un momento por las calles y luego nos retiraremos, ¿no le

parece, Telesforo?

Una de las calles afluentes á la plazoleta tenía porches á entrambos

costados. Alberto se encaminó distraído hacia ella. En la oscuridad

del atrio las pisadas repercutían con fúnebre sonoridad. Al pie de una

columna se levantaba una pirámide de cestos. Un gato salió huído. Olía

intensamente á pescado.

Á la memoria de Alberto volvían las palabras de Mármol: «Fina es como

mi Amparo. Las demás mujeres, en un piño, no valen lo que ellas dos. Si

tocaran á descasarse...»

En la techumbre del soportal, á plomo sobre Alberto, se oyó un ruido

que provenía del interior de la vivienda. Y de pronto, la ciudad

inerte y silenciosa se manifestó á la imaginación de Alberto en su

arcana fecundidad. Las casas no eran moles negras y frías, sino cálida

envoltura de infinitos hogares en donde se cumplían misteriosas

actividades conyugales, en aquellos mismos momentos. ¡El hogar...!

Alberto no había conocido un hogar.

--_Home, sweet home_ --suspiró en voz alta.

--¿Qué dice usted?

Alberto no oyó la pregunta de Telesforo. Al fondo de la calle, á través

de un arco, se veían las estrellas. Dos de ellas, particularmente

fúlgidas y temblorosas, atrajeron las miradas y los pensamientos

de Alberto. Muchas veces se había derretido en la contemplación de

la noche estrellada. Ahora, más sublime y conmovedor que el cielo

espolvoreado de orbes muertos le parecía aquel hacinamiento de

hogares, poblado de pequeños universos vivos. Los ángeles habían

descendido de las altas regiones inmóviles á las oscuras moradas de

los hombres. Y Alberto se imaginaba innumerables cabecitas de niño,

reposando en su cuna. ¡Un hijo...! Pensó en la casa de don Medardo, en

Josefina, virginal, confiada, sumisa, aguardando las palabras de la

anunciación... En esto, Telesforo le tiró de la manga:

--Pero hombre; parece usted un sonámbulo.

Estaban junto á un portal abierto. En lo más profundo de él se

recortaba un ventano iluminado; sobre él dos barrotes de hierro, en

cruz.

--¿Subimos?

Alberto, sin saber lo que hacía, siguió á Telesforo. Al volver por

entero en sus sentidos, encontróse hundido en un sillón de yute. Una

mujer, sentada al sesgo sobre un brazo del sillón, se apoyaba sobre

Alberto, enlazándole el cuello con un brazo, y acariciándole con la

mano libre. Le acometió una gran repugnancia é intentó ponerse en pie,

pero la mujer le retuvo, le acercó la boca al oído y cosquilleándole

con el aliento caliente, suplicó:

--Quédate. No seas malo, neñín.

Por la manera de pronunciar la palabra _neñín_ se advertía que no era

de la tierra y que la empleaba creyendo añadir dulzura al ruego. Su

cuerpo era endeble, sus ojos negros y cansados, fresca la tez, sin

adobos ni tintes. Llevaba el pelo cortado, cayendo en dos alborotadas

porciones á los lados de la cabeza. Parecía triste, afectuosa y poco

pervertida.

Telesforo, en otro sillón, ostentaba dos mujerzuelas, sentadas en sus

muslos. Se le veía orgulloso y satisfecho; Alberto no podía presumir de

qué.

Una mujer voluminosa, anquiboyuna y mal vestida, penetró en la

habitación. Plantada entre Alberto y Telesforo, con las manos reposando

sobre el vientre, preguntó:

--¿No tomáis nada?

--Que traigan cerveza --respondió Telesforo.

Alberto intentó nuevamente ponerse en pie.

--No, no, no te dejo.

--Si es para ver ese libro que hay sobre la mesa.

--Yo te lo daré --y sin soltar á Alberto, se estiró hasta alcanzar el

libro--. Tómalo.

Alberto leyó la portada: _Genio y Figura, por Juan Valera_.

--¿Quién lee esto aquí?

--Yo.

Alberto sonrió de dientes afuera, desdeñosamente.

--Sí, yo lo leo, y me gusta mucho. --Y luego, al oído de Alberto--:

Me llamo Magdalena: he sido institutriz. Sé tocar el piano y algo de

francés. ¿Quieres que te diga un verso?

Laissons à la belle jeunesse

ses folâtres emportements;

nous ne vivons que deux moments;

qu’il en soit un pour la sagesse.

--Me parece que la cita no es muy oportuna...

--Habla bajo --se apresuró á decir la institutriz--. Luego se ríen de

mí.

Alberto permaneció pensativo un lapso de tiempo. Magdalena le inspiraba

repulsión y simpatía juntamente.

--Ea, me voy --decidió con violencia.

--No, no --y se abrazó á él, presentándole muy próximo el rostro, con

las cejas angustiadas y la boca entreabierta.

--¡No sea usted ridículo! --Telesforo adoptó un tono inconcuso.

--Vete de una vez, piñones, y que te lleven á las Ursulinas --eyaculó

una de las damas adheridas á los muslos de Hurtado.

Alberto se puso rojo.

--No la hagas caso --aconsejó por lo bajo Magdalena--. Es una ordinaria.

Alberto bebió dos vasos de cerveza seguidos. Se encontraba en ridículo,

y avergonzado de su pusilanimidad. Quería salvarse de aquel trance

grosero, pero no se atrevía. Se despreciaba interiormente.

Hurtado se retiró, acompañado de las dos mujerzuelas. Ambas fumaban

sendos cigarrillos, con deleitación. Desde la puerta dijo:

--Buenas noches, Alberto. Hasta mañana, y si usted se marcha, buen

viaje. Ya ve usted cómo si Mármol nos quita una, no falta dónde escoger

dos. Y, á propósito; me revienta el señor Mármol.

Alberto no contestó. Hurtado se dió un golpe en la frente.

--¡Qué memoria la mía! ¿Tiene usted ahí el resguardo? En dos minutos

hacemos el endoso.

Alberto hojeó la cartera:

--Me parece que es éste.

--Este mismo.

Hurtado escribió ágilmente, sobre la mesa donde estaban botellas y

vasos.

--Ya está. Usted firma aquí --Alberto obedeció--. Ahora el recibo. Tome

usted. Para lo demás, como cuando los valores estaban en casa de los

Meumiret. Adiós.

En estando solos, Magdalena se agazapó sobre las piernas de Alberto

y apoyó la cabeza sobre su pecho. Lánguidamente murmuraba palabras

de seducción. Poco después, los dos desaparecían detrás de una

puerta de cristales, con visillos de cretona amarilla. Á los diez

minutos salía Alberto, desencajado, con el cabello en desorden y la

pupila desvariada. Corrió escaleras abajo, sin atender á las voces

de Magdalena: «espera que te vaya á despedir. Cómo eres...» Cerró la

puerta, de un portazo furioso, haciendo gruñir á la encargada: «Demonio

con el señorito. Ni una perra de propina.»

Se encontró en la calle, sin saber qué camino tomar. Miró estúpidamente

á la luna, oronda é inexpresiva, y sintió un escalofrío, adivinando no

sé qué tristes augurios en su luz refleja, pálida. Llamó á gritos al

sereno, el cual surgió de los porches á poca distancia. Era un hombre

locuaz y confianzudo. Se adelantó á decir con socarronería:

--Conque ¿de juerga, eh?

Alberto se enarcó en un movimiento de iracundia. Recobróse pronto, y

habló:

--¿Por dónde se sale á la venta del Pino?

El sereno le informó menudamente. Gratificóle Alberto con unas monedas

de cobre, y salió á buen paso. Su corazón estaba saturado de dolor.

El sereno profirió una especie de lamento, en altibajos quejumbrosos:

--La una... la una...

La pata de la raposa (Novela) · 第 25 / 66 题