La casa solariega de Alberto estaba desviada de Cenciella como cosa
de medio kilómetro. Delante de la fachada, al estilo plateresco, se
hacía un espacio en círculo, enarenado, con poyales de piedra en lo más
extremo de él y todo en torno eminentes álamos reales. De un costado y
otro del edificio, y siguiendo el plano del frente, arrancaba el alto
tapial de la posesión, doblábase á poco en dos ángulos rectos, é iba
ladera arriba, hacia el fondo, cuya pared era medianera entre la huerta
de Alberto y la de la viuda de Ciorretti. La finca de la dama ocupaba
lo más empinado del ribazo, de suerte que desde ella se podía otear, al
pie, la del vecino.
Era la viuda una rozagante matrona, de oriundez piamontesa. Sus
cabellos cobrizos; la piel de requesón, constelada de pecas; labios
gordezuelos é impregnados de abundante humedad; las pupilas, entre
grises y ambarinas, gatunas; las pestañas casi albinas, y en junto
los ojos como los de las yeguas bayas; el cuello, amplio y abarrilado,
que ella gustaba de exhibir siempre. Por disimular cierto exceso de
carne usaba corsé hasta medio muslo, y lo ceñía de firme, con lo cual
el tronco tomaba un aspecto de tiesura maciza y majestuosa. Andando,
arregazaba la falda con mucha desenvoltura, descubriendo la pierna
desde el gozne de la rodilla, unas medias de matices suaves --lila,
fresa, musgo, tabaco--, y unas botas de color bronce y brillo metálico,
hasta media pantorrilla. De la armonía total de sus perfecciones
naturales y atavíos resultaba cierto encanto fofo ó incentivo
deslabazado á propósito para satisfacer esa voluptuosidad perezosa,
característica de las siestas estivales.
En Cenciella y Pilares se conocía de público la historia lamentable de
su viudedad, el desconsuelo que esto le trajo, y la manera sencilla
con que hubo de recobrarse del quebranto conyugal. Su esposo, Antonino
Ciorretti había sido un hombre estupendo, tanto en las partes físicas
como en las prendas del intelecto; ardiente, membrudo y vigoroso como
un romano de los tiempos de Rómulo; y luego, astuto, emprendedor,
perseverante. Estableció en Pilares una fábrica de sombreros, con tan
buena fortuna que á los dos años arrastraba coche. Como buen mozo,
y convencido de que lo era, gustábale lozanear, cabalgando á través
de las tortuosas calles de Pilares. Las provincianitas, huesudas y
anémicas, á causa de la vida recoleta y del abuso de las prácticas
devotas, viéndole pasar, bien arzonado y jactancioso, muy cerca de
los miradores tras de los cuales bordaban ó leían la Leyenda Dorada,
envidiaban nebulosamente á Pía Octavia Ciorretti, la mujer del
italiano. Los caballos eran dos, Dante y Petrarca, uno flor de romero y
otro castaño rodado, entrambos de silla y tiro al propio tiempo. Cuando
el matrimonio salía en coche, un _mylord_ de gomas, llevaban de cochero
á Joselín, _el Chelu_, muy conocido y celebrado de la plebe pilareña;
un chicarrón de rostro agudo y apicarado.
Para los habitantes de Pilares la pareja Ciorretti constituía el
arquetipo de la dicha epicúrea. Se les imaginaba siempre entregados
á un sensualismo venturoso. Pero he aquí, que una mañana, sin ton
ni son, se muere el fabricante de sombreros. Pía Octavia, igual que
la matrona de Éfeso, quiso morir y ser enterrada á la vera de aquel
cuerpo tan amado, y tan amante. Repelía todo consuelo de amigos y
conocidos, exclamando, con bastante candor, no exento de malicia, que
el muerto le había dejado un vacío difícil de llenar. Con esto, todos
dieron por hecho que Pía Octavia no tardaría en seguir á Antonino al
sepulcro. Buscando lenitivo ó consolación en su duelo, acostumbraba
bajar á la cuadra, y allí, ante la presencia atónita é inflamada
de Joselín, _el Chelu_, como en demencia ó extravío de pasión, iba
á llorar, abrazar, besar, mimar, acariciar, hacer mil muestras de
frenético agasajo, cuándo á Dante, cuándo á Petrarca, á los dos potros
que él, su Ciorretti, había cabalgado tanto. Eran dos recuerdos vivos
del esposo, prematuramente desaparecido, y Pía Octavia, por una de
esas candorosas locuras hijas del amor cuando se ayunta con el dolor,
suponía que los caballos experimentaban una nostalgia semejante á la de
ella. El tiempo no corregía la amargura de la pobre mujer, sino que la
acrecentaba. La efusión que dedicaba á los caballos era cada día más
tempestuosa: dijérase una Pasiphae delirante que no entendiera mucho de
zoología. Y Joselín, cuyos nervios se iban poniendo de punta y su mente
ofuscándose, resolvió colocarse de por medio, prodigar consoladoras
palabras á la viuda, y aliviarla de tanta pena, por los medios que
buenamente se le ocurrieran. Joselín era avispado y de mucha labia.
Industrióse con tanta cordura y sutileza que atinó á llevar al ánimo
de Pía Octavia el néctar de la mitigación, lo cual la viuda agradeció
tanto que eximió de la cuadra al caritativo mancebo y le ofreció dinero
bastante con que estableciese una tienda de vinos, que era el ideal
de Joselín. Los vecinos de Pilares dieron en interpretar aviesamente
la liberalidad de la viuda, y á poco de abrirse la tienda de Joselín,
le inventaron al dueño un remoquete ó apodo que cundió al punto hasta
llegar á sustituir al anterior de _el Chelu_. Se le llamó, de allí en
adelante, Joselín, _Priapo de oro_.
Á _Priapo de oro_, en viéndose propietario de un establecimiento lujoso
--pintó la portada de vermellón--, se le subió el orgullo á los sesos,
perturbándoselos no poco. Dióse á la francachela, á las costumbres
licenciosas, y en compañía de hombres libertinos y mujeres alegres,
fué endeudándose de fea manera y á tal extremo que, en vísperas de
complicaciones judiciales, hubo de acudir á la viuda.
--Imposible, Joselín --respondió enojada la Ciorretti--. Fuiste leal
y bueno conmigo... y para con la memoria de tu amo. Creo que te pagué
razonablemente. Tú sabrás lo que has hecho con el dinero, que no era
poco. Me pides más, de nuevo: imposible, hijo, imposible. Niente,
niente.
Aquella misma noche se suicidaba _Priapo de oro_. Esto acontecía á
los dos años de enviudar la italiana. Á los pocos días del suicidio,
huyendo de lenguas ociosas, salió de Pilares y fué á refugiarse en
Cenciella, á una casa que Antonino había comprado en excelentes
condiciones á unas hidalgotas, vírgenes vetustas, venidas á menos.
Habíase despojado ya del luto, y gustaba de vestir dentro de sus
dominios unas batas ó peplos livianos, ondulantes y de célicas
entonaciones. Alberto, en la huerta de al lado, pintaba con singular
aplicación. La viuda acechaba al mozo, oculta entre los pomares,
y como no le desagradase su pergeño, sencillez y buen aire, fué
aficionándosele y discurriendo un arbitrio con que acercarse á él.
Mandó levantar un terradillo, en la tapia medianera, y á él subía en
atardeciendo, vaporosamente, á tiempo que las estrellas asomaban en el
cielo. Alberto, en un principio, no le concedió mucha importancia. La
viuda estaba determinada en hablar al pintor, pero no se le deparaba
coyuntura. Por fin, una tarde que lo tuvo cerca, á pretexto de unas
plantas de rábanos, rompió á hablar así entre dengues y rubores:
--Joven. ¡Ay! Usted dispense. ¡Jesús, qué atrevimiento! Le he llamado á
usted sin darme cuenta, distraídamente.
La viuda, envuelta en tules azul pálido, se recodaba en lo alto de
la cerca, la cual, por la parte de Alberto, estaba recubierta de
melocotoneros, en espaldera.
--Mándeme usted, señora --respondió Alberto, acercándose con
naturalidad al sitio por donde asomaba la Ciorretti.
--Dirá usted que estoy loca --se ocultaba el rostro con las manos--.
¿De veras me dispensa usted?
--Pero ¿de qué? Si es por haberme dirigido la palabra, se lo debo
agradecer...
--Muy amable. Su huerta es muy bonita, y está muy bien cuidada. Desde
aquí se domina muy bien. El jardín, ya no tanto. Digo que no se domina
tanto, por los árboles. Parece que tiene usted muchas flores.
--Todas á su disposición...
--No será tanto... Ya tendrá usted algunos compromisos...
--¡Qué tontería! --comentó Alberto, riéndose con ingenuidad--. Ahora es
usted la que debe perdonar; una exclamación involuntaria.
--No, si me gusta que me trate con confianza: al fin y al cabo somos
vecinos. Usted solo, según me han dicho, ¿verdad? Yo sola. ¡Ay! Y usted
pensará: ¡Qué pesada se pone Pía Octavia!
--No, no; no pienso tal. Pero usted iba á decirme algo, al principio,
Pía Octavia.
--Se va usted á reir. Pues... me gustan mucho los rábanos. Aquellas
plantas, ¿son rábanos?
--Se lo preguntaré á Celedonio.
--Lo son; los conozco muy bien. Tire usted de una matita, verá como
sale el rabanito. Así, no; que se rompe la mata. ¡Jesús, qué torpe! ¿Lo
ve usted? Ya se ha roto. Voy yo á su huerta, es decir, si usted me lo
consiente.
--No faltaba más. ¿Á salto?
--¡Qué horror! En dos minutos estoy ahí. Desapareció detrás de la tapia.
Á poco, estaba con Alberto extrayendo rábanos de la tierra. Había
anochecido ya, y de ahí que la Ciorretti se tropezase á veces con el
joven. Á partir de esta recolección vespertina comenzó la amistad, que
llegó á hacerse íntima. Alberto, á la postre, claudicó, pero sin poner
en sus relaciones con la viuda otro interés que la voluptuosidad leve
á que el calor estivo le inducía. Concluído el verano, quebróse toda
ligadura, y Alberto no volvió á acordarse de Pía Octavia, de sus peplos
incitantes ni broncíneas botas.
Ahora, en aguda crisis espiritual, encerrado en sus cogitaciones,
no echaba de ver que la Ciorretti le esperaba á diario sobre el
terradillo. Una tarde salió Alberto á sentarse al pie del parral. La
viuda, que lo vió, comenzó á dar grititos, y el joven hubo de acercarse.
--¡Ingratísimo! Así se trata á las amigas. Cerca de un año hace que nos
separamos.
Quiso hablar Alberto, pero la Ciorretti se le adelantó.
--Si no necesito disculpas... Ya sé que se va usted á casar. ¿Cuándo,
cuándo es el acontecimiento?
--¡Casarme...!
--¿Cómo casarse? Cualquiera diría que le toma de sorpresa...
Alberto se las arregló como pudo para cortar cuanto antes el palique
y volvió á encerrarse en la casa. Llevaba el corazón colmado de un
sentimiento de vergüenza. Las mejillas le abrasaban. Su novia... ¡Pobre
Fina!
Hizo sonar el timbre, y en acudiendo Manolo, le ordenó que á la mañana
siguiente le tuvieran apercibido un maletín y un caballo con que ir á
Villaclara.
Al siguiente día, cuando montaba á caballo en la plazoleta orillada de
álamos reales, oyó á manera de un lloro en los balcones. Azor y Sultán
asomaban el hocico entre los hierros pugnando por arrojarse á tierra.
--¡Calla, Sultán; calla, Azor, que pronto vuelvo! Y se despidió
afablemente con la mano.