Conforme hacía camino el caballo, á compás del trote cochinero y
machacón, Alberto procuraba concentrarse, sentirse, conocerse. La
conciencia se le evaporaba. Poníase á cantar distraídamente, acoplando
el ritmo al trote del rocín, hasta que llegaba un punto en que
volvía sobre sí, sorprendiéndose de cantar y vivir como por máquina.
Comprendía difusamente, entre turbios vapores espirituales, que en su
alma germinaban á lo sordo las ideas matrices y las normas morales de
una vida renovada, toda serenidad y aplomo.
El día era encalmado, muelle, y el campo pulquérrimo, como si las
lluvias recientes lo hubieran esmaltado. Un vasto olor á tierra húmeda
abarcaba en su seno matices profusos de flores varias; la madreselva
emitía la nota aguda.
Alberto descabalgó, tronchó unos piños de madreselva y los sujetó en un
ojal de la chaqueta.
Las praderías verde-veronés, tachonadas por la mancha bermeja de las
vacas pacientes, le obligaban á detenerse en ocasiones, henchido de
sutil emoción de color, reposándose de toda inquietud, á la manera
que un líquido, rota la redoma, se difunde por una superficie plana.
Recobrábase luego, y entendía de pronto, aunque sin pararse á teorizar,
el infinito deleite egoísta que macera la soledad del ermitaño.
Almorzó en una venta, en la raíz de la cuesta del Palomo, y pidió que
le sirvieran solamente verduras y frutas para postre. El ventero le
tomó por loco. Salió después de comido, cuesta arriba, entre pinos muy
fragantes. Desde la cumbre del Palomo se atalaya un valle por donde
corre, en meandros la ría de Villaclara; las márgenes, guarnecidas
de casas de recreo, á modo de flores blancas y rojas, las cuales van
espesándose y forman poblado; al fondo, el mar. En aquella sazón la
ría estaba gris y refulgente, como de mercurio; terso y verdoso el
mar. En la desembocadura flotaba un bergantín con el velamen marfileño
desplegado.
--«¡Pobre Fina!» --se dijo Alberto colocándose de repente en
circunstancias históricas. ¿Amaba ó no amaba á su novia? La imagen de
aquella criatura, amasada con sustancia de mansedumbre y silencio en
carne morena y casta, se le huía á temporadas del corazón y la memoria;
mas de súbito acudía á poseerlo infundiéndosele dentro de las entrañas
de tal suerte, que le provocaba la ilusión de estar animado de un vaho
etéreo, de una fuerza ascendente. Y comenzaba la garganta á inundársele
de sollozos, mitad de remordimiento y mitad de ternura.
--¡Pobre Fina!
X
Don Medardo Tramontana estaba reputado en Pilares como uno de los
capitalistas más fuertes. Emigrante á Cuba en los primeros años de su
adolescencia, la fortuna le fué benigna. Á los treinta y cinco años de
edad volvía á España con sus dos milloncejos de pesetas á cuestas, y en
estado de inefable delgadez, la cual se hacía más notoria á causa de su
aventajada estatura. En Santiago se había dejado el hígado y todas las
sustancias adiposas del organismo, pero volvía cargado de ilusiones,
sabiendo leer en voz alta con mala prosodia y hablar aforísticamente,
y con la misma abundancia cordial con que se había ido. Lo primero,
favoreció en una medida conveniente á su parentela, aldeanos del
interior, extremadamente pobres. Luego se estableció en Pilares, y allí
puso en cotización sentimental su cara huesuda, amarilla, aguileña,
como una onza, muestra patente de las muchas que tenía. Entre los
cuarenta y los quince, la mayoría de las vírgenes pilareñas aspiraron
á la dulce posesión de la onza. Don Medardo seleccionó con buen tino,
y en último término hizo suya á Lolita Muslera, dieciséis años más
joven que él, no mal parecida y de generosas condiciones morales. La
fecundidad del matrimonio fué somera; dos hijas ó _vástagas_, según
don Medardo, dió por todo fruto. Leonor, la primera, fué desde muy
niña vivaracha, desenvuelta, mimosa. Josefina, por el contrario, era
taciturna, meditativa y poco afectuosa exteriormente. Los padres amaban
más á Leonor, y se enorgullecían de su hermosura, que, en rigor, no era
sino movilidad y gracia del rostro. Á Josefina la habían habituado á
considerarse fea; pero, la serenidad clásica de sus líneas, el sosiego
de sus grandes ojos, la sonrisa apenas esbozada y el decoro de su
expresión, eran notas que se armonizaban en una belleza exquisita,
difícil de ser gustada á no ser con reverencia y recogimiento. Sin
embargo, Josefina tenía dentro de su hogar un adepto; la tía Anastasia,
hermana de la madre de don Medardo, y mujer muy ingenua y llana. Leonor
no gustaba de salir á la calle con la tía Anastasia, porque ésta no
había logrado nunca adquirir el buen porte de las ciudades. Á Josefina,
en cambio, le agradaba la compañía de la vieja, y no era raro que
fueran las dos juntas á la plaza á hacer la compra.
Don Medardo había conocido á Alberto en el Círculo de la Alianza
Industrial y Mercantil, en _el cuarto del crimen_, ó sea sala de juego.
Don Medardo entraba por entretenerse. Á las diez monedas de peseta,
que era todo su caudal diario de aventura, las hacía experimentar
infinitas y emocionantes fluctuaciones, y así pasaba las horas, ajeno
de todo cuidado. Delante del tapete verde hubiera sido cumplidamente
feliz á no ser por las burlas de que le hacían objeto los señoritos de
Pilares, burlas que él á su vez solía repetir con la tía Anastasia,
moviendo la hilaridad de doña Dolores y de Leonor; y hasta se permitía
corregir el vocablo á la vieja, sólo que daba la pícara casualidad
que en tales casos era él quien se equivocaba. Desde la primera
vez que don Medardo vió á Alberto, le consagró una gran simpatía y
admiración respetuosa. Alberto no chanceaba con él, como los otros;
indudablemente, era un señorito con _educación_ é _higiénico_; y para
don Medardo estas palabras tenían mucha transcendencia. Un día, como
aspirando á lo imposible, don Medardo osó invitar á Alberto á que
almorzase en su casa, añadiendo que, tanto Dolores como las niñas,
tendrían mucho gusto. Alberto aceptó. En la mesa se condujo con gentil
donaire y sencilla afectuosidad. La familia quedó cautivada. Por la
noche, estando doña Dolores en su alcoba haciéndose la trenza, á punto
de insinuarse en el tálamo conyugal, ó que tal había sido, y que
ella acaparaba en razón de su corpulencia, presentóse de improviso
don Medardo en ropas muy menores y en tremenda manifestación de su
estructura ósea.
--¡Qué susto, Medardo!
--Calla, mujer. No podré dormir si no te digo un secreto.
--¡Ay! ¿Qué ocurre?
--¿Qué te parece Alberto?...
--Me lo has preguntado cien veces en el día, y te he respondido lo
mismo; muy simpático.
--¿Qué duda coge? Y con educación. Oye, ¿qué te parece si llegara á
casarse con Leonor? Un joven tan higiénico.
--Calla, hombre, no digas tonterías. Y no es porque ella no se merezca
eso y más.
--Ya lo creo; por eso lo digo. Mira que... Vaya, adiós mulata.
Claro está que doña Dolores no era mulata, pero tal era el loor más
tierno de don Medardo, el cual, acercándose á su esposa, la besó en la
frente, alta, rotunda, serena, donde no se habían albergado nunca ideas
tormentosas.
La misma noche, la tía Anastasia preguntaba á Josefina:
--¿Qué te parece ese rapaz, neñina?
--¿Qué rapaz, tía?
--¿Quién ha de ser? El que comió hoy aquí.
--Pues... nada.
--¡Ay, palomina mía! --suspiró la vieja, abrazando fuertemente á su
sobrina.
Alberto frecuentó desde entonces la casa. Sus visitas fueron tan
asiduas y largas que don Medardo, destilando satisfacción por ojos y
boca en forma de sonrisa, se creyó en el caso de preguntar á su hija
Leonor, á tiempo que le prodigaba cariciosos golpecitos en la mejilla:
--¿Qué hay? Al papá no se le oculta nada. ¿Os entendéis ya? ¡Ah,
picarona! Dímelo, ea.
--Pero, ¿quiénes, papá?
--¿Quiénes han de ser? Tú y Alberto.
--Anda, anda... Ni en sueños. ¿Cómo se te ha ocurrido una idea tan
descabellada?
Don Medardo agachó la cabeza, anonadado:
--Pero, entonces... --se atrevió á objetar--, ¿á qué santo ese visiteo
de todos los días?
--Yo qué sé, papá: vendrá por entretenerse.
--Además, si no me equivoco, os he oído trataros de tú.
--Sí; á los pocos días nos hablaba de tú á Josefina y á mi. No sé si
también á la tía Anastasia. Milagro será que el mejor día no os tutee
á mamá y á ti. Dices que es muy buen chico, y no lo dudo, y que tiene
talento, y eso, permíteme que lo dude. No sabe bailar rigodón, ni
recitar versos de Pérez Zúñiga, ni juegos de prendas..., y luego, hay
tardes que apenas si despliega los labios.
Don Medardo intentó exculpar á su ídolo:
--Eso es sin duda culpa de Josefina, que parece una marmota; y,
claro, el muchacho se encontrará prohibido.-- Don Medardo pensó decir
_cohibido_.
Sí, la marmota era la causa del silencio de Alberto, y también de las
visitas diarias. Había comenzado por sentir un llamamiento recóndito
desde el hogar del indiano. Á él acudía sin saber por qué, como si la
mecánica de su espíritu le indujera á pensar que sólo allí encontraría
equilibrio estable. En los preámbulos de sus relaciones, mostrábase
locuaz y chispeante, perseguía la amenidad y aspiraba á hacerse querer
de todos. Á Josefina la trataba como á una niña, porque si bien andaba
por los veinte, á ello le autorizaban las trazas infantiles de la
muchacha, su grande ingenuidad y la misma opinión del resto de la
familia. Pero, poco á poco, Alberto fué comprendiendo que la supuesta
niña guardaba un arcano interior, profundo y rico. Arrepintióse de las
palabras frívolas, de las gracias de poco momento que hasta entonces le
había dicho, y pensó, como en un ideal vislumbrado, en poseer el alma
de Josefina. Soñaba con ella de continuo. Estando á solas, rebuscaba
y componía las frases modestas y llenas de pasión que luego había de
decirle; pero, en acercándose á ella, sentíase desesperanzado y como
á infinita distancia de aquella pureza estelar que debía de ser el
corazón de Josefina. Rehuía la conversación, considerando que tal vez
el silencio era la única vereda que le condujera al afecto de la amada.
Una tarde Alberto sorprendió á Josefina contemplándole de tan intensa
manera que no cabía duda acerca de la naturaleza de sus sentimientos.
Al verse sorprendida, no bajó los ojos, no se ruborizó, sino que
siguió mirando, fijamente, tenazmente, amorosamente. Alberto estuvo á
punto de abalanzarse á besarle los pies, á adorarla, sin miramiento de
los que estaban presentes. Refrenó su frenesí hasta que pudo hablar un
momento á solas con Josefina, y dijo, tembloroso, los ojos húmedos:
--Pero, ¿es verdad que me quieres?
--Sí --respondió Fina, con voz tersa.
--¿Desde cuándo?
--Desde siempre; y para siempre.
Y siguieron mirándose de hito en hito, como si el amor los hubiera
inmortalizado, trocándolos en estatuas.
Los amores de Alberto y Fina se traslucieron muy pronto. La tía
Anastasia los consideró como un triunfo personal suyo. Don Medardo no
se resolvía á alegrarse; se encontraba vagamente vejado; le hería que
Leonor hubiera sido postergada. De otra parte, no podía entender qué
era lo que Alberto había visto en Fina, para enamorarse de ella, y
llegó á dudar de la sinceridad del joven.
--¿No se querrá reir de ella, Dolores? --preguntaba á su esposa.
--Yo qué sé, Medardo. Los hombres sois tan particulares... ¿Qué tenía
yo para que tú te hubieras fijado en mí?
--No acompares, mujer. Ya quisiera Fina parecerse á ti, cuando tenías
su edad... --Luego inesperadamente encendido.-- ¡Y aun ahora...,
mulata! --la oprimió con ímpetu el mantecoso brazo.
--¡Ay, Medardo; no seas bruto! Ellos parece que se quieren, de modo que
mientras dura...
--Sí, pero hay otra cosa. ¿Te parece bien que la mayor, la más lista,
la más guapa esté sin novio? Es una injusticia y no puede ser.
--Ya sabes que pretendientes no la faltan.
--Si tú llamas pretendiente á ese Hurtado... Un títere.
--Y ya ves; á ella no le disgusta.
Leonor se había encaprichado por Telesforo. Olióselo éste y se propuso
cultivarle el capricho, hasta que alcanzase el máximo desarrollo. Para
ello, había sobornado, con bastante tacañería, á una criada, la cual
entregaba á diario á la señorita una carta y una composición poética.
Los versos de Hurtado estaban cargados de vehemencia y detonantes
ripios. Pero á Leonor la sacudían los nervios, haciéndola suspirar, con
una mano sobre el corazón.
El emponzoñamiento poético llegó á manifestarse por medio de alarmantes
perturbaciones. La infeliz enamorada perdió el apetito, la risa, el
arte de bordar zapatillas de moqueta, y con periodicidad abusiva
experimentaba soponcios y patatuses. La entereza de don Medardo sufrió
con esto tan rudos golpes que en poco tiempo hubo de desmoronarse,
dejando abierta á la voluntad de su hija amplia brecha por donde
penetró triunfalmente Telesforo Hurtado.
Pero Telesforo se determinó en captar las simpatías de los papás y lo
consiguió. Por el contrario, Alberto, según pasaba el tiempo, incurrió
en tales arbitrariedades y ligerezas que don Medardo y su esposa
llegaron á dudar del estado de su mente. Tan pronto desaparecía de la
casa, haciendo suponer que había roto con Fina, como se presentaba sin
previo anuncio, con grande aplomo y naturalidad, no de otra suerte que
si fuese la muchacha una prenda sobre la cual él ostentara indiscutible
derecho. Por eso no era raro que doña Dolores murmurase de vez en
cuando:
--¡Quiera Dios que tu ligereza de haber traído á casa á ese hombre no
nos cueste cara, Medardo!