Los vecinos de Cenciella, sabiendo que el señorito de la casona alta
estaba en el pueblo, se asombraban de la reclusión en que se escondía;
él, otras veces tan amigo de holgorios y gente aldeana... Cuando Rufa,
la vieja criada tradicional, usufructuante de por vida de la casona,
salía á hacer la compra, le preguntaban por don Albertín:
--¿Qué queréis que vos diga? --contestaba la vieja-- Nunca lo vi como
ahora. Rompióle una pata á Azor, y ahora enséñale á hacer títeres. Y
aluego, cuándo con los perros, cuándo con las gallinas, cuándo con el
gato, pásase el día entre animales.
--Es que no sale ni á misa --replicaba alguno.
--Á misa ya sabéis que nunca fué. En eso tira al padre; Dios le haya
perdonado.
--Visitáralo la viuda.
--¿La viuda? ¡Bah, bah! Entavía non la vió. Si non sal de casa... Ella
sí, pásase el día asomada pel la tapia. Ya sabéis; como las huertas
están xuntas, pared por medio, y la de la viuda más alta...