Esta es la gloria de los buenos, el paraíso
donde los animales viven vida inmortal.
Un ámbito entre muros de diamante, con friso
de cometas (porque estas son la pauta ideal
de los bichos, á causa de su cola divina).
Una pradera, como de plumas de papagayo,
tan blanda y verde es. Una colina
donde Alectryon se empina por fulminar el rayo
de su quiquiquí á las gloriosas huestes.
Corre, para Calígula, leche tibia en regatos,
y es que la leche otorga emociones celestes
á las bacantes dúctiles y á los dúctiles gatos.
Á trechos, de lo verde surge un hueso
mondo y suave como el marfil de Etiopía,
para que en él Sultán juegue el diente travieso,
y el meollo le extraiga, que es de miel y ambrosía.
Y la hormiguita tiene senderitos de plata
con simientes de oro que ella empuja, de espacio,
á la troje, escondida debajo de una mata
de rosas; hormiguero que parece un palacio.
Y todo es paz, y todo es dulzura y ventura
dentro del paraíso de las bestias sencillas.
Al seno de Dios ha retornado la criatura
y el agua de la nube á la mar sin orillas.
* * * * *
--Ven Francisco, hijo mío; tu dulce faz asoma
á este jardín dilecto de mi reino infinito.--
Dice Dios. Por encima revuela la paloma.
Á su diestra está el hombre, según estaba escrito.
Y Francisco se asoma sobre el fresco recato
inmarcesible, en donde los bichejos están,
y en amor derretido les dice: --¡Hermano gato,
hermano gallo, hermana hormiga, hermano can!--
Y Dios. --Más gratamente resuena en mis oídos
el murmullo que puebla este dulce jardín
que flauta y lira y cánticos de ángeles y elegidos,
ó la voz inflamada que vierte el querubín.
¡Oh, hijos míos, cuajadas de mi propia sustancia,
normas, sendas por donde el mezquino saber
pudo evadirse de la ciudad de la ignorancia!
Pero, los hombres no quisieron entender.