Pretencioso, como de estirpe añeja;
prócer, cual fruto de alto vientre real;
con la barba temblándole, bermeja:
al cráneo, la corona de coral;
y, el manto de tisú carmín con oro,
en sus gratos dominios se pasea.
Las concubinas síguenle; es un coro
donde el deseo canta y aletea.
Innumerables son las concubinas
del Rey sabio y hermoso.
Todas piden las gracias peregrinas
de su empuje gustoso.
Ahora, viénele al Rey un ansia ardiente;
ésta acude, ¡oh, minuto deleitable!
Y luego todas, sucesivamente
durante el día entero. ¡Es admirable!
¿Qué concubina esquivará la furia
asidua de su gran virilidad?
En los Estados, siempre es la lujuria
fecunda ley de solidaridad.
Pero, ¡cuánto más orden y armonía
en estos muladares primitivos
que en la humana porfía
de los hombres conscientes y lascivos!
¡Oh, gallo; mucho abarca
la lección en acción que nos enseñas
en tu reinado firme de patriarca,
--prole y esclavas que á tu agrado adueñas!--
Pero, ¿de qué nos valen tus sutiles
enseñanzas, hermoso gallo, si
el hombre no disfruta tan viriles
medios de gobernar?
¡Quiquiriquí!