CAPITULO XLVIII.

En que se sabe entre otras muchas cosas importantes, de qué muerte

murió Aben-Aboo.

El castillo de Vérchul, era, que hoy no es, un punto importante, situado

en medio de las Alpujarras. Rodeado de agrias cuestas, asentado como un

nido de águila sobre una roca, sin mas acceso que un tortuoso sendero,

abierto á pico en una peña, podia casi llamarse inespugnable.

A su pié ramblas profundas, montañas, colinas, formaban un verdadero

laberinto, extremadamente selvático, y bravío, y á lo lejos, ya sobre

una cresta, ya en la vertiente de un valle, se veia algun lugarejo,

algun caserio, alguna choza. Al pié del castillo estaban sobre un

barranco sumamente agreste unas profundas cuevas que se llamaban de los

Vérchules, y donde, como en un último refugio, se habian concentrado los

restos dispersos de los moriscos fugitivos y vencidos.

Allí, hambrienta, desnuda, miserable, aterrada, aquella multitud

infeliz, viejos sin hijos, huérfanos sin padres, esposas sin esposo,

cuantas miserias humanas pueden concebirse, se agrupaban cubiertas de

harapos, estremecidas de miedo, con los ojos fijos siempre en las

distantes avenidas temiendo ver asomar por ellas las banderas de los

crueles y sanguinarios soldados del rey don Felipe el II.

Pero entre estas gentes no habia un solo monfí, á excepcion del wali de

los walies Harum, que no se apartaba sino por breves espacios de

Aben-Aboo.

Parecia que á los demás monfíes los habia tragado la tierra.

Fuese porque reposasen en el triunfo, fuese porque creyesen inútil una

persecucion de gente miserable y desvandada, ni á los alrededores del

castillo de Vérchul, ni en los lugares que desde su altura se divisaban,

aparecia un solo cristiano.

[imagen:--¡Esta es la justicia de Dios! exclamó Harum; ¡mueres

coma has matado!]

Pero tambien es cierto que estaba tan devastada aquella demarcacion, tan

cortados los caminos que á ella conducian, por los soldados del rey de

España, que los pobres moriscos acorralados en aquellas breñas no

encontraban para sustentarse mas que raices de árboles, yerbas y

reptiles.

De tiempo en tiempo Harum-el-Geniz solia aparecer entre aquellos

desgraciados, como una providencia de Dios, con algunos mulos cargados

de maiz, de trigo ó de legumbres, que aquellos infelices devoraban en

pocos instantes.

Siempre que Harum llevaba uno de estos ineficaces consuelos, les decia:

--Amigos, esto ha costado sangre humana.

Y--Dios te bendiga, wali; exclamaban los míseros: Dios acoja en su

misericordia á los que han derramado su sangre por nosotros.

Harum al escuchar estas palabras se volvia de espaldas para ocultar sus

lágrimas y murmuraba:

--¡Estaba escrito! ¡oh! ¡si esos miserables no hubieran asesinado al

emir!

Entre tanto Aben-Aboo, encerrado en el castillo de Vérchul, acompañado

únicamente de Angiolina, de algunos escopeteros, de Harum y de su

antiguo esclavo africano Alí, recelaba de todo, atalayaba por sí mismo

los caminos, temiendo ser sorprendido, y velaba de noche por los adarves

como un alma en pena.

Habia enviado á algunos de sus parientes á Africa en demanda de nuevos

socorros, los esperaba con esa tenacidad con que confian en su fortuna

los ambiciosos y esperanzado en estos socorros, se negaba de todo punto

á someterse al perdon prometido por el rey á los moriscos que depusieran

las armas.

Rey en sueños, haciasele duro el despertar: sus remordimientos, entre

tanto, le obligaban á buscar el olvido en la embriaguez.

Porque los remordimientos se habian dejado oir al fin en aquella alma

que todo lo habia arrostrado por la ambicion. Mientras se encontró entre

el ruido de las armas, en medio de sus gentes, que seguian al combate su

bandera y se batian con fe y con entusiasmo, la continua actividad, el

interés siempre vivo de nuevas empresas, el ansia del mando supremo

asegurado por la victoria, le habian distraido, mejor dicho: le habian

embriagado hasta el punto de que nada veia mas que el dosel rojo de un

trono levantado en la cámara de Embajadores de la Alhambra; pero cuando

en el solitario y silencioso castillo de Vérchul, se encontró una noche

y otra, velando receloso por sí mismo, bajo un firmamento opaco,

reflejando en sus pupilas escandencidas por la fiebre la misteriosa luz

de las estrellas, solo consigo mismo en presencia de la inmensidad muda,

bajo la mirada de Dios, un frio de terror empezó á circular por sus

huesos: muy pronto sus ojos de loco no vieron ya un firmamento sombrío;

vieron mas que eso: millares de fantasmas que se agitaban, que hervian

en aquel firmamento y que arrojaban una lluvia de sangre sobre su

cabeza: estremecióle el zumbido del viento entre las almenas, creyendo

escuchar en él quejas humanas, alaridos de rabia, gritos de agonía,

imprecaciones, amenazas. Parecíale oir en un eco muy lejano, entre el

silencio, la voz del emir de los monfíes, que exclamaba:

--¡Parricida! ¡maldito seas!

Otra, la de Aben-Humeya, que rugia:

--¡Ay de tí, fratricida!

Otra, la de su madre que exclamaba:

--¡Menguada fue la hora en que te concebí!

Otra, en fin, la de Amina, que llorando le decia:

--¡Qué has hecho de mi padre, asesino! ¡qué has hecho de mi esposo y de

mi hija!

Y cuando huyendo de estas voces se precipitaba por las escaleras de los

adarves, y se perdia en la profunda penumbra de los muros, pareciale ver

deslizarse delante de él como pretendiendo precederle, llevarle, á un

lugar de juicio supremo, los espectros de su padre, de su hermano y del

marqués de la Guardia (porque Aben-Aboo creia que el marqués de la

Guardia habia muerto) envueltos en sudarios rojos.

Entonces, erizados los cabellos de espanto, pálido, trémulo, cubierto de

un sudor frio, penetraba en la cámara, donde sufriendo un largo,

doloroso é inútil martirio, dormitaba Angiolina y exclama:

--¡Vino! ¡adorada de mi alma! ¡dame vino! ¡necesito embriagarme, dormir

entre tus brazos, olvidar! ¿No oyes que quiero olvidar, ó tú tambien me

haces traicion?

Y entonces Angiolina, grave, lenta, silenciosa, se levantaba, llenaba de

vino un cáliz que servia de copa á Aben-Aboo y se le servia.

Aben-Aboo apuraba el vino de un trago, y pedia mas, mas, porque su miedo

no desaparecia sino con la embriaguez, y se arrojaba entre los brazos de

Angiolina, que cumplia heróicamente su palabra empeñada á

Harum-el-Geniz, de procurar saber, á costa del último de los sacrificios

que podian exigírsela, el paradero de Amina.

En vano habia apurado cuantos recursos encontró su astucia: en vano

habia tendido hábiles lazos á Aben-Aboo: nada habia podido descubrir: ó

Aben-Aboo ignoraba lo que habia sido de Amina, ó el recelo le hacia ser

prudente aun en sus momentos de embriaguez.

Al fin Angiolina se vió obligada á guardar silencio acerca de Amina á

consecuencia del siguiente diálogo que tuvo con Aben-Aboo.

--¿Qué te importa, le dijo, lo que haya sido de esa mujer?

--Tengo un gran interés, dijo con acento profundo Angiolina.

--¡Un gran interés! repuso Aben-Aboo, lanzando sobre la veneciana una

mirada friamente investigadora: ¡Ah! ¡sí, es verdad! tú amabas al

marqués de la Guardia, y acaso le amas aun, á pesar de que sabes por mi

boca que ha muerto.... y de una manera singular: como que le ha matado

la misma tierra que le sirve de sepultura.

--¿Y qué me importa el marqués de la Guardia? repuso Angiolina: ¿acaso

no tuve bastantes razones para olvidarle, para despreciarle? ¿puede amar

una mujer como yo á un hombre que la pospone á otra? No, la sultana

Amina me interesa, no por el marqués á quien Dios perdone, como yo le he

perdonado, sino por tí.

--¿Por mí?

--Si ciertamente: ¿no te amo yo?

--Escucha, Angiolina, dijo profundamente Aben-Aboo: soy jóven: criado en

la montaña, pensando siempre en la corona que estoy á punto de perder ó

ganar decisivamente, las mujeres no habian hablado á mi corazon. Pero te

ví, y no sé qué destino incomprensible, poderoso, arrastró mi alma y la

impulsó á unirse á la tuya. Te tuve á mi lado, al lado de mi madre en

Cádiar: creí tus palabras de amor, y cuando por una imprevision mia

fuiste á dar en manos de Aben-Humeya, sentí lo que nunca habia sentido

por una mujer: la rabia de los zelos: tú acaso fuiste una de las causas

mas poderosas de la muerte de Aben-Humeya.

--Pero tú sabes que Aben-Humeya me amó en vano....

--He querido creerte, porque necesitaba creerte; pero cuando me abriste

tus brazos por primera vez, cuando los rodeaste á mi cuello, sabes lo

que sentí...

--Tú te llamabas en aquellos momentos el mas dichoso de los hombres.

--Y lo era, en efecto, porque tu hermosura me enloquece, porque tu

mirada conmueve mi alma, como no la han conmovido jamás las

incertidumbres de mi triunfo y los azares de la guerra. ¿Pero sabes lo

que sentia yo en el fondo de mi razon, como esclareciéndola, como

pretendiendo dominar mi delirio? pues bien, escuchaba una voz que me

decia:--«Los brazos de esa mujer no son los dulces lazos del amor que

ansías, son una serpiente que pretende ahogarte.» Y cuando este

recuerdo, cuando este recelo me asalta en medio de tus caricias; cuando

pretendes averiguar el paradero de la sultana Amina, un pensamiento

terrible pasa por mi cabeza.

--¿Y qué pensamiento es ese que te inspira tu delirio?

--El de ahogarte antes de que me ahogues tú.

Sonrió lánguidamente Angiolina y repuso:

--Ni yo te ahogaré, porque te amo, ni el amor que sientes por mí te

permitiria ahogarme. ¡Oh! ¡no! tus recelos pueden menos que tu amor. Tú,

si pones la bandera del Profeta sobre las alcazabas de Granada, me

llamarás tu sultana, tu adorada sultana.

--Pero esa tenacidad en nombrarme á Amina....

--¡Tengo zelos!

--¡Zelos!

--Ella es una sultana poderosa.

Sonrió sesgadamente Aben-Aboo.

--¿Y dónde están los monfíes? ¿qué se han hecho esos valientes? pregunta

á Harum-el-Geniz, el wali de los walies de esos moros y él te

contestará:--«Han sido vencidos, dispersados: los unos se han acogido á

la clemencia del rey de España, los otros han pasado á Africa y los que

quedan aquí vagan sueltos por la montaña sin obedecer á capitan alguno?

¡La poderosa sultana! ¿Dónde está su alcazar tan maravilloso de que nos

hablaban? el paraiso escondido del emir de los monfíes? Sueño, sueño

todo, como la hermosa sultana Amina; como la misteriosa dama blanca de

la montaña.

--¡Sueño! ¿pretenderás hacerme creer que la hija del emir, la sultana

Amina, ó doña Esperanza, la orgullosa, duquesa de la Jarilla, ha sido un

sueño?

--Como un sueño ha pasado, repuso Aben-Aboo.

--¡Que ha pasado!

--Si; ha muerto: ha muerto de hambre....

--¡De hambre!

--Si; yo.... por recelo de que los monfíes me vendiesen.... porque yo

siempre he desconfiado de ellos, pretendí tener en rehenes á la sultana

Amina, y la guardé en una cueva.... no importa dónde. Yo mismo iba á

llevarla la comida, las ropas.... pero los cristianos me arrojaron de

repente del lugar donde se encontraba encerrada la sultana.... yo en

verdad nunca habia pensado en matarla; pero pasaron muchos dias antes de

que yo volviera á apoderarme del lugar donde habia quedado abandonada;

cuando fuí en su busca la encontré muerta.

--¡Muerta!

--Si; muerta de hambre.

Angiolina calló dominada por el horror. La habia revelado Aben-Aboo de

una manera tan segura la muerte de Amina, que no se atrevió á dudar de

ella.

--Lléname otra vez la copa, dijo Aben-Aboo.

Angiolina le sirvió la copa de nuevo.

--Cuando vengan los refuerzos de Africa, dijo Aben-Aboo, que empezaba á

embriagarse, será distinto, amada mia: no estaremos en este triste

castillo, cercados, atajados los caminos por los cristianos, ni nos

veremos obligados á pasar la noche en vela. Dame mas vino: necesito

embriagarme para tener paciencia.

Angiolina presentó otra vez la copa á Aben-Aboo. Este acabó de

embriagarse completamente, cayendo en un estado en que nunca le habia

visto Angiolina.

--¡Oh! dijo esta: duerme, y duerme de una manera profunda: yo no estoy

segura de las intenciones de este hombre. Creo que obra con doblez

respecto á mí y á Harum-el-Geniz. Acaso, acaso, seria prudente

deshacernos de él. Pero si esa mujer que me propuse devolver al marqués

de la Guardia no hubiese muerto... si muerto Aben-Aboo, no pudiese

descubrirse el lugar donde la tiene acaso oculta. ¡Oh! ¡Dios mio! ¡Dios

mio! ¡iluminadme!

Angiolina se sentó en el divan donde dormia Aben-Aboo, y apoyó su cabeza

pensativa en sus manos.

--Todas las noches, dijo Angiolina recordando, Aben-Aboo sale de sus

habitaciones por una pequena puerta de hierro, que está al fin de una

galería. Luego cierra, y cuando vuelve, torna á cerrar y guarda

cuidadosamente la llave entre sus ropas: si yo me atreviese...

Angiolina se inclinó sobre Aben-Aboo y contempló su semblante con una

atencion profunda: Aben-Aboo dormia intensamente; le movió y no

despertó: entonces cerró la puerta de la cámara, para evitar ser vista,

se acercó rápidamente á Aben-Aboo, palpó sus ropas, y encontró bajo de

ellas una llave y una cartera.

Guardó la llave y se acercó á la luz y abrió temblando de impaciencia la

cartera.

Encontró dentro algunas cartas que la desesperaron porque estaban

escritas en árabe; pero entre ellas encontró una sola que estaba escrita

en castellano. Angiolina dió un grito de alegría. Al pié de aquella

carta se leia como firma: Esperanza de Cárdenas.

--¡Es de ella! exclamó: pero esta carta no es una prueba de que vive:

esta carta puede haber sido escrita hace mucho tiempo: veamos.

Y leyó lo siguiente:

«Al ver la manera con que obrais conmigo, vos mi pariente, vos que tanto

debeis á mi padre, no sé lo que pensar de vos. El estado en que me

encuentro es insoportable; lo que me haceis sufrir es tanto que temo

volverme loca. ¿Temeis acaso que mi esposo pueda haceros sombra

protegido por mi padre? Os engañais. Ni mi esposo ni yo renegaremos de

Dios. Os lo he dicho una y otra vez. Os lo dije cuando hace tres dias me

vísteis, ¿por qué no habeis vuelto? vuestro esclavo, me ha asegurado, y

no lo creo, porque no sois miserable, que vos no me restituireis la

libertad sino cuando os revele el lugar donde se encuentra el alcázar

subterráneo de mi padre, en el cual creis encontrar inmensos tesoros. Yo

dudo que por tal motivo me tengais sepultada viva, llorando, presa de la

incertidumbre mas cruel: ignoro la suerte de mi padre, la de mi esposo,

la de mi hija. No sé si han muerto ó si viven, pues aunque vos me

asegurais de que nada tengo que temer por ellos, no os creo. Vuestro

esclavo me ha dicho que sois rey de las Alpujarras. ¿Y cómo lo sois si

vive Aben-Humeya, si vive mi padre? ¿y si no viven, cómo han muerto?

Desesperada por no veros, he pedido á Alí, que os suplique de mi parte

que vengais á verme, y me ha contestado que estais ausente: entonces le

he pedido que me traiga con qué escribiros, y lo ha hecho y os escribo.

Si yo nada tuviese en el mundo, sino fuese por el amor de los mios nada

os diria; moriria sin suplicaros: pero el que ama no puede ser altivo.

Venid, venid, y oidme: concluyamos de una vez: ya no puedo sufrir mas:

si no habeis de devolverme á los mios, matadme: al menos descansaré:

pero no me hagais apurar este horroroso martirio. Soy hija, soy esposa,

soy madre: vos no me amais, no teneis disculpa de vuestra horrible

conducta. Volvedme á los mios y nada temais porque los mios os

perdonaran.--De mi tumba á 10 de marzo de 1571.--Esperanza de Cárdenas.»

--¡Ah! exclamó Angiolina, ¡no ha muerto! ¡no! ¡ese miserable me ha

engañado: esta carta ha sido escrita hace tres dias: estamos á 13: si,

no hay duda; durante estos tres dias, Alí ha recibido de Aben-Aboo esta

llave y ha salido por la puerta de hierro de la galería: despues de

algun tiempo de ausencia ha devuelto esta llave á Aben-Aboo. Pretender

seducir á Alí, es un delirio: sirve á su amo con cuerpo y alma. Pues

bien: esta llave está en mi poder. Aprovechemos el tiempo: veamos.

Y Angiolina salió de la cámara, se aventuró por un laberinto de

estrechos corredores, llegó al extremo de uno delante de una puerta de

hierro, y puso la llave en su cerradura.

La puerta se abrió y Angiolina tornándola á cerrar, alumbrándose con la

lámpara que habia tomado de la cámara de Aben-Aboo, empezó á descender

por una estrecha escalera de ojo.

Apenas habia cerrado Angiolina la puerta, cuando por la otra parte un

hombre atlético, que se alumbraba con una linterna, llegó á la puerta y

la golpeó furioso.

--¡Ah! exclamó: estas malditas visiones que mi señor me ha metido en la

cabeza, me han hecho creer que esa mujer era un fantasma, y he tenido

miedo, pero no: es ella, es doña Angélica; la he reconocido al volverse

para cerrar la puerta. El señor no puede haberla dado esa llave. Me

hubiera avisado.

Y Alí partió desalado á la cámara de su señor.

--¡Ah! ¡está borracho! ¡aletargado! gritó con rabia Alí: yo tengo una

yerba que sirve para disipar la embriaguez; yerba que me ha servido para

que nadie pueda notar que he bebido vino contra la ley: pero mientras

voy por ella; mientras esprimo su zumo... ¡oh! y es preciso... preciso

de todo punto.

Alí salió y permaneció fuera algun tiempo.

Cuando tornó traia en la mano una copa: cogió la cabeza de Aben-Aboo,

le abrió la boca y derramó en ella parte del líquido que la copa

contenia, poco despues, y como por un efecto mágico, Aben-Aboo despertó

y volvió en sí de una manera completa.

--¡Oh! ¡qué horrible dolor en las sienes! exclamó.

--Os han embriagado señor, y ha sido preciso que yo me valga de unas

yerbas para haceros volver en vos.

--¿Y quién te ha mandado eso? dijo con enojo Aben-Aboo. ¿Por qué no me

has dejado dormir?

--Una sola palabra, señor; dijo Alí: ¿habeis dado á doña Angélica la

llave de la puerta de las cuevas del castillo?

--No; dijo Aben-Aboo: tú estás soñando Alí.

--Doña Angélica ha entrado hace media hora por esa puerta.

--¡Doña Angélica! exclamó Aben-Aboo todo trémulo buscando la llave entre

sus ropas. ¡Oh! me ha robado la llave. Esa mujer está zelosa de Amina.

Esa mujer es terrible: será capaz de matarla y no nos conviene que la

sultana muera.

Aben-Aboo se equivocaba, como ven nuestros lectores, respecto á las

intenciones de Angiolina.

--Pronto, pronto, exclamó lanzándose á la puerta.

Pero de repente se detuvo: habia sonado fuera de los muros una corneta

en un toque particular.

Aquel toque se repitió tres veces.

--Algo terrible sucede: algo que nos importa mas que esas dos mujeres:

es mi secretario Bernardino Abu-Amer: suceda lo que quiera á la sultana,

abre antes á Abu-Amer: sepamos qué noticias nos trae: que esten

preparados los escopeteros que nos quedan.

Alí salió deshalado.

Poco despues entró con un morisco viejo, pero robusto, enérgico, que le

dijo alentando apenas:

--Sálvate, señor: sálvate por las minas: ¡te hacen traicion!

--¿Y quién me hace traicion?

--Harum-el-Geniz.

--¡Oh! ¡imposible!

--Lo sé: lo he visto con mis ojos; lo he escuchado con mis oidos.

--¿Y qué has visto? ¿qué has escuchado?

--Los monfíes, todos los monfíes sin faltar uno, cercan el castillo de

Vérchul.

--¡Ah! ¡los monfíes sin faltar uno! pero si los monfíes estan vencidos,

fugitivos...

--Te engañas señor: son en tanto número, como cuando vivia el emir.

--Tú has soñado Abu-Amer: cuando vivia el emir tenia un ejército de diez

mil monfíes.

--¡Pues todos estan allí!

--Pero si su número se habia reducido á la tercera parte... si apenas

podian ayudarme.....

--Los monfíes te han engañado, te han abandonado, te han hecho traicion;

han permanecido escondidos en sus guaridas, han huido sin valor delante

del cristiano: recuerda señor: recuerda, créeme y sálvate.

--Pero ¿por dónde han pasado tantos hombres sin que los cristianos los

detengan?

--No lo sé: pero ellos son capaces de entrar en un lugar por el aire, si

les falta la tierra: ó estan en inteligencia con los cristianos...

--Si eso es... solo la sangre fria, solo el valor puede salvarnos...

--Las minas...

--Si los monfíes vienen contra mí, habran tomado las salidas.

--Acaso no las conozcan, señor.

--Ellos conocen todos los escondrijos de las Alpujarras.

--Probemos al menos, señor.

--No; el huir no es la mejor prueba: es mejor presentar la frente serena

y altiva al peligro... y luego yo no he sido jamás cobarde... prefiero

morir como rey, á que me den caza como á un lobo, y me acorralen y me

maten villanamente. Alí, mis mejores vestiduras, mi alfanje y mi

escopeta... que se preparen mis escopeteros... y mira, añadió mientras

Alí le vestia; aunque la puerta es fuerte, tú eres mas fuerte que ella;

rómpela á hachazos; llévatela por las minas... la noche es oscura;

véndala la boca para que no pueda gritar: eres astuto, ágil: procura

burlar á los monfíes... si lo consigues, toma: y Aben-Aboo escribió

apresuradamente una carta: en cualquier parte encontrarás amigos mios;

enviala con uno de ellos á Harum-el-Geniz: vé, haz lo que te he dicho.

--¿Y doña Angélica?

--¡Ah! ¡doña Angélica! déjala... no la toques: de seguro ella no ha

querido hacerme traicion, me ama. Pero vé, vé.....

--¿Y por qué no intentar salvaros, señor?

--Es necesario anticiparse al golpe por una parte y por otra el que huye

se pierde. Ve Alí, cumple con lo que te he encargado, y tú Abu-Amer,

conmigo y con mis escopeteros fuera del castillo: ¿sabes dónde está

Harum-el-Geniz?

--Si, en la cueva grande de los Vérchules.

--Pues á la ventura de Dios, dijo Aben-Aboo, y salió de la cámara, y

luego del castillo con Abu-Amer y una cuadrilla de veinte escopeteros,

que fué toda la gente que pudo reunir.

La noche era densamente oscura y nada se oia; ni aun el vuelo del

viento.

Al sentir aquella calma, Aben-Aboo dijo á Abu-Amer:

--Creo que te has equivocado: todo reposa; hemos andado un buen trecho

de camino, y á nadie hemos encontrado.

--Mira señor á lo alto del barranco de los Vérchules: ¿nada ves?

--Si, veo el resplandor de una luz.

--¿Y para qué crees que puedan estar velando en la cueva?

--Adelante, dijo Aben-Aboo.

Y siguieron hácia el barranco, pero apenas habian entrado en él cuando

se escuchó una voz ronca que gritó:

--¿Quién va?

--El rey de Granada, contestó con voz serena Aben-Aboo.

--¡El rey de Granada! gritó la misma voz ronca, como avisando á otras

gentes.

--¿Y quiénes sois vosotros? dijo Aben-Aboo sin detenerse.

--¡Los monfíes de las Alpujarras! dijo la voz de otro nombre que al

frente de algunos adelantaba.

--¿Y quién eres tú que me hablas?

--¡El walí Suleiman!

--Paso al rey dijo Aben-Aboo, al sentir que le cercaban.

--Perdona señor, pero tenemos órden de llevarte á nuestro walí de los

walíes.

--¡Ah! ¿con que Sidy[33] Harum-el-Geniz, se atreve á prenderme? dijo con

sarcasmo Aben-Aboo.

--Sidy Harum-el-Geniz, no te prende; te detiene, porque asi es preciso

para la salud del reino, y nosotros obedecemos á Sidy Harum, porque es

wali de nuestros walíes.

Aben-Aboo guardó silencio y siguió hasta el pié de un sendero escarpado

que conducia á la cueva grande de los Vérchules; al llegar á aquel punto

mandó á los escopeteros que se quedasen abajo, y subió acompañado solo

por Suleiman y por Abu-Amer.

Invirtieron un largo espacio en llegar á lo alto porque la senda era

áspera, escarpada y larga. Al fin entraron en la cueva, y adelantó un

hombre.

Aquel hombre era Harum-el-Geniz.

En medio de la cueva quedaban de pié otros dos hombres, pero notábase

que estaban vestidos de castellanos, á pesar de que eran moriscos; el

uno era Francisco de Barrado, y el otro Pedro el Zataharí.

No estaban estas personas solas en la cueva, cuya extension era inmensa;

á su fondo se apiñaban ateridos de frio y de hambre, una multitud de

moriscos de todas edades y sexos, y salia de aquel antro un hálito

nauseabundo de miseria.

Al entrar Aben-Aboo, salió de entre aquella turba un sordo murmullo.

--¡Héme aquí! ¿qué me quieres, Geniz? exclamó con altivez Aben-Aboo:

¿qué significa lo que acontece? yo soy vuestro rey.

--Muley Abdalah-Aben-Aboo, dijo Harum-el-Geniz; solo quiero que mires á

qué punto ha traido tu obstinacion á estos infelices que aquí estan

desesperados, enfermos, miserables, y que consideres que las cosas son

llegadas ya á tal extremo, que no ofrecen ya ni aun esperanzas de

salvacion.

--¿Y qué quereis?

--El presidente de la chancillería de Granada, don Pedro de Deza y el

capitan general, nos dan cartas de seguro, y el perdon de su magestad el

rey de España si nos reducimos.

--¿Y quién ha andado en estos tratos? dijo afectando la calma mas fria

Aben-Aboo.

--Yo, dijo uno de los dos moriscos que estaban vestidos á la castellana.

--¡Ah! ¿eres tú, Francisco de Barredo? dijo Aben-Aboo: tú en quien tanto

confiaba, y tú tambien, el Zataharí, el grande amigo del único hombre

que me queda leal, Abu-Amer.

--Te engañas, dijo Harum-el-Geniz, Abu-Amer te ha traido, pero sabia

como nosotros para lo que venias.

--Es verdad, dijo Abu-Amer, con un insolente descaro que estaba en

completa contradiccion con la afectuosa conducta que hasta entonces

habia usado respecto á Aben-Aboo.

--¿Con que es decir que estoy abandonado de todos?

--No por cierto, Muley Abdalah, no por cierto, dijo Harum-el-Geniz: solo

queremos hacerte partícipe de la merced que nos concede el rey de

España.

--¿Y esto dices teniendo en los barrancos segun me han dicho diez mil

monfíes?

--¿Y qué tienen que ver los monfíes con vosotros los moriscos? ¿acaso

ellos antes de la guerra no tenian su patria en la montaña? ¿acaso no la

tendran si quieren despues?

--¡Oh! ¡si! ¡los monfíes me habeis hecho traicion!

--No por cierto; pero desde que nuestro emir el gran Yaye-ebn-Al-Hhamar

murió asesinado por dos miserables, juramos vengarle y le hemos vengado:

uno de sus asesinos ha muerto: el otro morirá tambien.

--Justo es que muera el que ha asesinado, dijo dominando su terror

Aben-Aboo; pero prescindiendo de esto: ¿creeis que no podemos resistir

aun?

--Los moriscos estan desalentados, ven el poco fruto que sacan de la

guerra y quieren la paz: el presidente de la chancillería les envia á

decir, que se reduzcan al servicio de su magestad el rey de España, que

seran perdonados, y que se les dejará vivir libremente en donde quieran;

ademas de esto les ofrece mercedes que estan firmadas en este papel.

Harum sacó unos pliegos y los mostró á Aben-Aboo, que no pudo contenerse

por mas tiempo:

--¿Qué es esto Geniz? exclamó con la voz trémula de cólera; ¿tal

traicion me tenias guardada? ¡no me hables mas, ni te vea yo!

Y fué á tomar la salida de la cueva.

--No, no has de salir, exclamó Harum; te he llamado porque aun quedaba

vivo el último de los asesinos del emir.

Aben-Aboo sintió un terror pánico y quiso huir, pero el Zataharí,

Abu-Amer y Barredo se asieron á él y le detuvieron.

Entonces Harum le hirió, y al caer le dió un terrible golpe con el mocho

de su escopeta.

--¡Ah traidor! dijo espirante Aben-Aboo.

--¡Esta es la justicia de Dios! exclamó Harum; ¡mueres como has matado!

Aben-Aboo hizo un débil esfuerzo pero cayó, y poco despues era un

cadáver.

--¡Libres sois ya, hermanos mios! dijo Harum, mañana presentaremos á

este traidor al Presidente, y os será otorgado el perdon. Si nuestro

emir, nuestro valiente Yaye, no hubiera sido asesinado por esos dos

miserables, por Aben-Humeya y Aben-Aboo, no os veriais obligados á

acogeros al perdon de los cristianos; pero Dios lo ha querido asi. ¡Que

se cumpla su voluntad!

Y como viese que algunos moriscos asian del cadáver de Aben-Aboo, y se

dirigian al sendero de la cortadura les dijo:

--¿Para qué quereis sufrir esa carga fatigosa? mas pronto llegará abajo

si le arrojais por ahí.

Los moriscos arrojaron el cuerpo de Aben-Aboo al barranco, desde una

peña alta que estaba á la entrada de la cueva.

Era ya enteramente de dia.

La luz del alba reflejaba en la sangre de Aben-Aboo, y espantados de

aquella muerte los moriscos que estaban en la cueva, empezaron á salir

de ella como espectros.

Harum salió tambien con Francisco de Barredo, el Zataharí, y Abu-Amer;

bajó de prisa el sendero, y rodeando por el barranco, salió á una ancha

rambla donde habia una cuadrilla de monfíes.

--Tocad á recoger, dijo Harum á los trompeteros y atabaleros.

Poco despues se oyó, no solo en la rambla, sino en las alturas, una

especie de toque de llamada, al cual empezaron á acudir á la rambla

taifas enteras, con sus estandartes.

Poco despues un pequeño ejército de diez mil hombres, se apiñaba en la

rambla.

Harum mandó traer el cuerpo de Aben-Aboo, y ponerlo en una peña alta

para que le vieran todos los monfíes.

--¡He ahí al asesino de nuestro emir! gritó Harum.

Una aclamacion atronadora salió de las cerradas filas de los monfíes.

--He aquí á vuestro emir, gritó Harum descubriendo el rostro de un moro

que estaba junto á él: he aquí al esposo de la sultana Amina.

--¡Viva el emir! gritaron en coro los monfíes.

--¿Pero qué haceis? dijo el marqués de la Guardia: eso no puede ser.

--Consentid por ahora, dijo Harum.

Y volviéndose á los monfíes añadió:

--El esposo de la noble sultana Amina, acepta la corona que le

ofrecemos.

--¡Viva el emir! repitieron los monfíes.

--Ahora, dijo Harum, nos resta salvar á la Sultana.

Un espontáneo y bravo murmullo de asentimiento respondió á estas

palabras.

--¿Pero será cierto que mi esposa está en el castillo del Vérchul?

--Tan cierto dijo Abu-Amer, como que ha encargado á su esclavo Alí que

la lleve á otro lugar, y que os envie una carta que ha escrito para Sidy

Harum. Ya, cuando yo dije á este que la Sultana estaba en el castillo

de Vérchul no tenia duda; pero ahora no puedo tenerla, porque he visto y

he oido.

En aquel momento un hombre apareció por uno de los flancos de los

monfíes, y por el otro lado una mujer.

El hombre era un morisco, y la mujer Angiolina Visconti.

--¿Quién de vosotros es Sidy Harum-el-Geniz? dijo aquel hombre que traia

una carta en la mano, mientras Angiolina gritaba:

--Venid, Harum, venid, que se llevan á la Sultana: venid, marqués de la

Guardia, venid, que os roban á vuestra esposa.

Y Angiolina partió á correr por el mismo lugar por donde habia venido,

seguida del marqués de la Guardia, que aunque debil y enfermo, sacaba

fuerzas de flaqueza y corria con suma rapidez.

--Seguid, seguid, y flanquead la montaña, gritó Harum á los monfíes

poniéndose tambien á la carrera tras Angiolina y el marqués, después de

haber leido rápidamente la carta que le habia entregado el morisco.

Aquella era la carta que Aben-Aboo habia dado á Alí, para que la enviase

á Harum.

Aben-Aboo habia desfigurado su letra: aquella carta decia asi:

Mi señor Muley Abdalah Aben-Aboo, ha salido del castillo de Vérchul, á

encontrarte, Harum-el-Geniz, y temo que le hagas traicion: me apresuro,

pues, á escribirte: tengo en mi poder á la sultana Amina, y será la

señal de su muerte la primera noticia de una traicion hecha por tí á mi

señor.--Alí, esclavo fiel del rey Abdalah Aben-Aboo.

Harum corria, y corrian los monfíes, y corria Angiolina. y el marqués

excitado por el peligro de Amina iba delante de todos, por instinto,

veloz como el viento, sostenido por su amor y efectuando un milagro de

vigor y de fuerza, en el estado en que se encontraba.

Solo pronunciaba estas palabras.

--¡Esperanza! ¡mi Esperanza!

Y Angiolina como si toda su vida hubiera andado en la montaña, corria

tambien á poca distancia del marqués, y los monfíes, abiertos en dos

largas hileras, con las ballestas al hombro, trepaban á buen paso por la

montaña, flanqueándola, seguros de encerrar en un círculo al hombre que

se llevaba á la sultana.

El cadáver de Aben-Aboo, quedó solo en la rambla sobre la peña, con el

rostro macerado, en que reflejaba los primeros rayos del sol, y algunos

moriscos rodeándole, hambrientos, desnudos, le contemplaban inmóviles

con un silencio estúpido.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 117 / 168 题