En que se cuenta lo que pasó en las cuevas del castillo de Vérchul.
Cuando Angiolina, segun hemos dicho, se encontró después de franquear la
puerta de hierro, en las escaleras de las cuevas, se deslizó rápidamente
por ellas y al llegar á su fin encontró un callejón y al comedio de él,
á la izquierda, otra puerta de hierro cerrada simplemente con un
cerrojo.
Angiolina abrió aquella puerta: la luz de la lámpara dejó ver un espacio
pequeño, en el cual habia un lecho y algunos muebles, y en el lecho una
mujer dormida, pero vestida y cuidadosamente cubierta.
--¡Ella es! exclamó estremeciéndose de zelos y de dolor Angiolina.
Y acercó la luz de la lámpara al semblante de Esperanza, que Esperanza
era en efecto.
--¡Oh! y está mas hermosa, mas hermosa que nunca; con su semblante
pálido y flaco. ¡Oh! ¡Dios mio! ¿y voy yo á arrojar á esta mujer entre
los brazos del hombre á quien amo?
Angiolina se detuvo.
--Pero primero es él: no le llevo una rival odiosa, le llevo su vida.
¿Haria esta mujer lo mismo que yo hago? ¡Oh! si lo haria porque le ama,
y una mujer cuando ama lo sacrifica todo, hasta su alma á su amor.
Detúvose de nuevo Angiolina.
--Y es necesario despertarla: es necesario salvarla: aprovecharé el
tiempo: ¡si Aben-Aboo despertara...! es preciso, preciso, debo tratarla
con dulzura... es necesario apurar de una manera completa el sacrificio.
Todo por él, Dios mio, todo por él.
Y moviendo dulcemente á la jóven, dijo:
--Despertad, doña Esperanza.
Amina abrió los ojos, los cerró deslumbrada por la luz, se incorporó en
el lecho y dijo con la voz soñolienta aun, pero dulce y resignada.
--¿Quién sois?
--Miradme, y escusadme de pronunciar mi nombre, dijo Angiolina.
--¡Ah! ¡la princesa! ¡la comedianta! exclamó Amina reconociéndola por la
voz.
--¡La infeliz! dijo Angiolina con acento conmovido.
--¡La infeliz! repuso con sarcasmo Amina. ¿Qué buscais aquí?
--Os busco á vos... y soy muy feliz en encontraros.
--¡Que me buscais! ¿y para qué? dijo Amina.
--Para llevar con vos la vida á vuestro esposo.
--¿Pues qué? ¡mi esposo!
--Está enfermo y loco.
--¡Enfermo y loco! exclamó aterrada Amina.
--Si, y si vos no le volveis la salud y la razón, solo Dios podrá
volvérselas.
--Pero... yo no puedo creeros, vos sois mi enemiga, vos me aborreceis;
yo os aborrezco...
--¿Y qué importa nuestro mutuo aborrecimiento cuando se trata de su vida
y de su felicidad? El os ama, vos lo sois para él todo, y yo... yo que
le amo quiero que sea feliz.
--No, vos no le amais tanto, dijo con un concentrado acento de zelos
Amina.
--¡Que no le amo! ¡que no le amo! ¡os digo yo acaso que no sereis capaz
del mas horrible de los sacrificios por él...! Casi soy capaz de amaros,
de llamaros mi hermana, por el amor que él os tiene.
--¿No me engañais? dijo Amina, asiendo bruscamente las manos de la
veneciana, y mirándola frente á frente.
--¿Y para qué he de engañaros? ¿Acaso tengo yo alguna esperanza de que
pueda amarme don Juan? ¡que sea él feliz al menos, ya que no puedo serlo
yo! sed tambien vos feliz con él, señora, y acordaos alguna vez de mí:
acordaos de que me le debeis...
Angiolina se echó á llorar. Amina se desarmó, se conmovió, confió en su
enemiga y no supo que decirla.
La veneciana se secó las lágrimas, y dijo á Amina:
--Ya sabeis el objeto que me ha traido aquí: seguidme: aprovechemos el
tiempo y no hablemos mas porque nuestra conversacion seria muy dolorosa.
--Una palabra no mas: despues de lo que haceis yo no puedo aborreceros:
¿aborrecereis vos á quien os tiende su mano?
--Perdonad, señora, pero nuestra situacion es enteramente distinta: ved
que necesito mucho valor para hacer lo que hago y que ese valor me
podria faltar. No hablemos ni una palabra mas acerca de ese asunto. Os
lo suplico, os lo ruego. Pero seguidme, seguidme, porque los momentos
son preciosos.
Y se dirigió decididamente á la puerta de aquella especie de mazmorra.
Amina la siguió en silencio.
Pero una vez fuera de aquel recinto, despues de haber recorrido la
citada mina en que se encontraban, se perdieron en un laberinto de
minas, enmarañado, oscuro, que al parecer no tenia salida.
Y pasaba el tiempo.
De repente se oyeron golpes terribles que retumbaban huecos en el
subterráneo, y se repetian, cada vez mas fuertes, cada vez mas
numerosos.
Era Alí que forzaba con una hacha la puerta de hierro de la escalera que
conducia á las cuevas.
Angiolina lo comprendió.
--¡Ah! dijo, somos perdidas: Aben-Aboo ha vuelto en sí, aunque no puedo
explicármelo, de su embriaguez; sin duda ha notado la falta de la llave
y fuerza la puerta para perseguirnos; ya no suenan los golpes, lo que
quiere decir que la puerta ha sido forzada, pero suenan pisadas sordas,
¡Oh! Dios mio, ¿y qué hacer?
--Seguid, seguid, dijo Amina: me parece que siento en el rostro el
viento fresco del campo, el viento puro de la madrugada.
Como para confirmar el dicho de Amina, una ráfaga apagó la luz de la
lámpara, y allá al fondo de la mina se vió una leve claridad.
--Seguid, seguid, dijo Amina.
Las dos jóvenes siguieron, pero de repente y á los pocos pasos
tropezaron con una puerta: sobre aquella puerta una reja circular dejaba
penetrar la primera luz del alba.
--¡Una puerta y cerrada! gritó con desesperacion Angiolina.
--Y se escuchan cerca pisadas rápidas, pisadas de hombre, repuso Amina
con angustia.
--Si la llave con que he abierto la puerta de arriba sirviese para este
postigo... dijo la veneciana.
Y probó y lanzó un grito de alegría: cedió la cerradura y la puerta se
abrió.
Las dos jóvenes se encontraron en el repecho de una colina.
--¡Oh! ¡amanece! somos perdidas: y esta puerta no puede cerrarse por
fuera...
Y mientras Angiolina reconocia la puerta, abrióse esta impulsada por una
fuerza ruda, y apareció un hombre que la miró con ansia á la débil luz
del alba.
--¡Ah! no sois vos, gritó: es esta... esta, sí...
Y asió á Amina, y partió con ella á la carrera, llevándola sobre sus
hombros.
Angiolina los siguió algún tiempo sin perderlos de vista: pero el
esclavo era vigoroso, habia ganado una delantera inmensa á Angiolina, y
esta los perdió en la revuelta de un barranco.
Y sin embargo, siguió á la ventura, sin saber si acertaba ó no,
aterrada, herida en el corazon, porque lo que la habia arrebatado el
esclavo, era la vida del marqués.
Y el dia esclarecia mas y mas, y empezaban á verse sobre las colinas al
Oriente las primeras ráfagas rojas de la salida del sol.
De repente Angiolina, oyó un ronco estruendo de trompetas y atabales muy
cerca, y se volvió hácia donde sonaba aquel estruendo.
Al volver un repecho, se encontró de repente delante de una taifa de
monfíes que se ponia en movimiento obedeciendo el toque de llamada.
Al reparar en ellos Angiolina en vez de huir, se precipitó hácia los que
estaban mas cerca y que al ver una mujer hermosa y jóven, se detuvieron.
--¿Sois monfíes? preguntó con afan Angiolina.
--Sí, monfíes somos, la contestaron. ¿Y tú eres morisca?
--Sí. ¿Está con vosotros Harum-el-Geniz?
--Sí. ¿Es tu pariente?
--Sí. ¿Dónde está?
--En aquella loma, en la rambla.
Angiolina corrió, llegó y habló.
Ya lo hemos dicho.
Continuemos ahora el anterior capítulo que interrumpimos.
Corria el marqués á la ventura como sostenido por la mano de Dios; le
seguian Angiolina, Harum y algunos monfíes: los otros flanqueaban la
montaña.
--¡Guarda! ¡guarda! ¡allá va por Gebel-el-Rabah! ¡guarda! ¡á él! ¡á él!
¡á él!
En efecto, los monfíes delanteros habian descubierto á Alí, que al
verlos, se volvió, se detuvo un momento, y lanzó una mirada terrible á
los que le perseguian.
De repente el marqués de la Guardia torció un repecho, y Alí le vió, y
tras él nuevas gentes cuando menos lo esperaba.
El marqués lanzó un grito de triunfo y desnudó su espada.
Pero apenas la habia desnudado, cuando lanzó otro grito horrible de
dolor, y cayó en tierra.
Habia recibido en el pecho un ballestazo disparado por Alí, que asió
inmediatamente á Amina, y se dió á correr por una rambla abajo en
direccion á una roca tajada.
La intencion de Alí era manifiesta: no pudiendo salvarse, porque le
perseguian por derecho y le flanqueaban, concibió el terrible proyecto
de arrojarse con Amina, antes que entregarla, por aquella cortadura.
Al ver caer al marqués, al adivinar la terrible resolucion de Alí, Harum
se cubrió de un sudor frio, y arrancando á uno de los monfíes que
llevaba al lado su ballesta armada, exclamó deteniéndose:
--Es aventurado: es terrible: pero es preciso.
Y encarándose la ballesta, apuntó con lentitud y disparó.
El venablo partió silbando, y fué á clavarse en el cráneo de Alí, que
rodó por tierra con Amina.
Amina estaba desmayada. Harum, que ignoraba si el marqués habia sido
herido de muerte ó no cuando se alejaron, volvió al sitio donde estaba
el marqués.
Angiolina le miraba sentada en el suelo, con las manos cruzadas sobre
sus rodillas, y de tiempo en tiempo soltaba una carcajada.
¡Se habia vuelto loca!
Harum la hizo apartar de allí, recogió al marqués que solo estaba herido
levemente, y se alejó con sus monfíes, dejando abandonado á Alí, que
habia muerto mártir de su fidelidad á su señor.
* * * * *
Tres dias despues, repicaban todas las campanas de Granada.
Este repique general era en albricias de que se habia acabado la guerra
de las Alpujarras.
La prueba de que la guerra se habia acabado, adelantaba por el camino de
Armilla, cerca ya del puente de Genil, en direccion á la puerta del
Rastro.
Veamos en qué consistia esta prueba.
Gran multitud de gentes estaban á los lados del camino; hasta en los
árboles habia espectadores; detrás de una inmensa muchedumbre de gentes
de todas clases, edades y sexos, que servian, por decirlo asi, de
flanqueadores, venia Leonardo de Rotulo, alcaide del presidio de Cádiar,
con su medio arnés de ginete, su banda de capitan, y caballero en su
rocin. A la izquierda del alcaide iba Francisco de Barredo, vestido á la
castellana, con una gorra de belludo, una loba de camelote y unas calzas
de grana atacadas y botas altas, á caballo tambien y sin armas: á la
derecha, igualmente caballero en un magnífico caballo andaluz, rodado
con arneses de guerra, iba Harum-el-Geniz, con el ostentoso traje de
walí de los walíes de los monfíes, y llevando en las manos el alfange y
la escopeta de Aben-Aboo.
Detrás iba el cadáver de Aben-Aboo sobre un mulo, entablillado el
cuerpo bajo los vestidos, para que pudiese tenerse derecho como si
cabalgara vivo, y á los dos lados una taifa de monfíes con las ballestas
al hombro, y llevando ya, en señal de vasallaje, y como soldados del
rey, las armas reales de España sobre los pechos.
Luego seguian los moros que se habian acogido al perdon, á pié y á
caballo, con sus bagajes y sus mujeres y familias: los que llevaban
ballestas, quitadas las cuerdas: los que arcabuces y escopeta, las
llaves: á los lados, llevando á los moriscos entre filas, iba la
cuadrilla de infantería del capitan Luis de Arroyo, y en la retaguardia,
cerrando la marcha, con un estandarte de caballos, Gerónimo de Oviedo,
comisario de la gente de guerra de los presidios de las Alpujarras.
Entraron en el órden que hemos marcado por la puerta del Rastro de la
ciudad, haciendo salva los arcabuceros, contestando la artillería de la
Alhambra, y entre los repiques de campanas y la alegría de los de
Granada, que se consideraban salvos con haberse acabado la guerra.
Llegaron hasta el palacio de la Chancillería, donde los recibió el duque
de Arcos, el presidente don Pedro de Deza y los demás del consejo, y los
caballeros y vecinos principales de Granada.
Leonardo Rotulo, Harum-el-Geniz, y Francisco Barredo, subieron á la
cámara donde el consejo estaba, y Harum entregó al presidente el alfange
y la escopeta de Aben-Aboo, y besándole las manos en representación del
rey, le rindió justo homenaje á nombre de los moriscos de las
Alpujarras.
Dijéronle los del consejo muchas lisonjeras palabras, hiciéronle muchas
preguntas á que Harum contestó con dignidad, y luego, asegurando á los
moriscos perdonados el cumplimiento de lo que se les habia ofrecido,
mandaron arrastrar y hacer cuartos el cadáver de Aben-Aboo, y poner su
cabeza en una jaula de hierro sobre el arco de la puerta del Rastro, que
sale al camino de las Alpujarras.
* * * * *
--Oid, hermanos, decia poco despues escondido entre las breñas de las
Alpujarras Harum á sus monfíes: todo se ha perdido: alentar nuevas
esperanzas, seria una locura. Nos faltó nuestro emir, y nos faltó todo.
Le hemos vengado: las cabezas de los dos asesinos están la una junto á
la otra en dos jaulas de hierro, sobre una puerta del muro de Granada.
Los de Africa y los de Turquía no nos socorreran. Yo os aconsejaria que
mas bien que quedaros aquí, pasáseis á Africa, y sirviéseis al dey de
Argel ó al rey de Marruecos. Quédese aquí quien quiera, pero hará mal:
los buenos tiempos en que los monfíes podian hacerse respetar han
pasado, y lentamente irian dando en las manos de los cuadrilleros, y de
ellas en la horca. Dios lo ha querido asi, hijos mios. Voy á daros en
nombre de nuestro desgraciado señor el último oro: despues yo,
consagrándome á la sultana Amina, salgo de España. Esta es la última vez
que nos vemos, valientes, y al decíroslo se me escapan las lágrimas.
¡Dios lo ha querido! ¡Cúmplase su voluntad!
Los monfíes se arremolinaron y todos, unos despues de otros, vinieron á
rendir su último homenaje á su primer walí.
Harum dió á cada uno parte del oro que contenia un enorme cofre de
hierro, abrazó á los capitanes, les dió sus últimos consejos, y montó á
caballo y se separó de ellos.
Al trasmontar la cumbre de una loma, revolvió su caballo, y miró por
última vez á aquellos brabíos soldados con quienes habia pasado la mayor
parte de su vida: extendió los brazos hacia ellos y dijo, llorando como
un niño, aunque por la distancia no le podian oir.
--¡Ah! ¡no creia yo que habia de llegar un dia en que me separara de
vosotros para no volveros á ver, mis valientes monfíes, hermanos mios!
Y los monfíes, cuyos rostros estaban vueltos hácia él, como si le
hubieran comprendido, agitaron sus tocas en señal de despedida, y el eco
hizo retumbar un gemido inmenso, el gemido de diez mil bocas, en las
montañas circunvecinas.
En aquel momento se ponia el sol.
Harum revolvió desesperado su caballo y le lanzó á toda carrera por el
camino de Cádiar exclamando:
--¡Estaba escrito!