CAPITULO XLVII.

Reseña de la continuacion de la guerra de las Alpujarras hasta su

terminacion.

Puesto que ya hemos reseñado el principio de aquella guerra, nos parece

oportuno para redondear nuestro libro, acabarla de dar á conocer, aunque

sumariamente, á nuestros lectores.

Aben-Aboo, fue coronado según la usanza mora, y proclamado bajo el

nombre de Muley Abdalá Aben-Aboo.

Pero esta jura y coronacion fue condicional por tres meses mientras

venia la confirmacion del título de rey para él, del dey de Argel.

A este efecto envió á Africa Aben-Aboo á un morisco tintorero de

Granada, llamado Ben-Daud, con dinero y presentes para captarse la

voluntad del dey.

En poco tiempo envió Ben-Daud la aprobacion de Aluch-Alí, pero,

previendo los resultados de la guerra, el buen emisario, obrando

prudentemente, se quedó por allá.

Recibida la aprobacion del dey se procedió formalmente á la coronacion,

poniéndole en la mano derecha una espada desnuda, y en la izquierda un

estandarte, corona de oro en la cabeza y manto de púrpura sobre los

hombros, y en esto le levantaron en alto por tres veces delante del

pueblo y otras tantas gritaron: ¡_Dios ensalce al rey de la Andalucía y

de Granada, Abdalá Aben-Aboo_!

Reconociéronle por su señor todos los pueblos sublebados de las

Alpujarras, y todos los capitanes de moriscos, excepto Aben-Mequenum, y

Giron el Archidoni.

Nombró walí de los walies ó capitan general, á Gerónimo-el-Melek, y

nombró de su consejo, para tenerlos propicios, á los capitanes turcos

Carcax y Dalhy.

Otro capitan turco, el Caravaxí, pasó á Africa por gente para reforzar

el ejército morisco; y Huscen fue enviado con el mismo objeto de obtener

gente y armas, con un presente de cautivos, al dey de Argel.

Creó una guardia de cuatro mil arcabuceros, parte de los cuales debian

estar constantemente junto á su persona, y parte rodeando su casa en

línea avanzada, y el lugar en que residiese, y vigilar á los que

llegasen.

El miedo habia empezado á roer el corazon de Aben-Aboo, hasta el punto

de no creerse seguro sino rodeado de un pequeño ejército, escogido entre

las taifas de los capitanes que creia mas leales.

Uno de estos capitanes era Harum el Geniz, y la mayor parte de sus

arcabuceros monfíes.

De modo que Aben-Aboo, sin saberlo, estaba en medio de sus enemigos y se

creia asegurado por ellos.

El primer hecho de Aben-Aboo despues de su proclamacion, fue proveer á

Castil de ferro, de armas, artillería y municiones, y á seguida sitió la

villa de Orgiva, á cuyo socorro envió don Juan de Austria al duque de

Sesa.

Aben-Aboo entonces dividió en dos partes su gente, dejó la una

continuando el cerco de Orgiva, y con la otra parte dió sobre las gentes

del duque de Sesa, en un lugar que se llamaba entonces Calat-el-Hhajara,

(castillo de la peña) y hoy Acequia de las tres peñas, y despues de

muchas escaramuzas, las venció matando algunos capitanes y como hasta

cuatrocientos soldados, y obligando al duque á ampararse de la noche

para recoger su gente y retirarse.

Por otra parte, el capitan Francisco de Medina, abandonó la villa de

Orgiva á causa de faltarle municiones y víveres, y ensoberbecido con

estos triunfos Aben-Aboo, bajó por Guejar y el Puntal de la Vega, robó

ganados, saqueó é incendió la villa de Medina y llegó con su ejército

compuesto de monfíes, turcos y moriscos hasta media legua de Granada.

El duque de Sesa por desagravio, cargó sobre la Abuñuelas, las quemó,

quemó asimismo á Restaval, Belejy, Dúdar y otros lugares, y tornó á

Granada, donde don Juan de Austria se encontraba reformando la

infantería.

Era ya al mes de noviembre, y el invierno se presentaba recio.

Por aquel tiempo se alzó la villa de Galera á una legua de Huesca, en

tierras de Baza, lugar fuertísimo en el paso de Cartagena al reino de

Granada, y no distante del de Valencia.

Defendian á Galera por órden de Aben-Aboo, cien arcabuceros turcos y

berberiscos, á las órdenes del Maleh, alcaide de aquel distrito:

levantóse asimismo Orce, y todos los lugares del rio de Almanzora (de la

Victoria).

Crecia la insolencia de los rebeldes: Aben-Aboo, mostraba ser mas

diestro, mas inteligente, mas activo y mas afortunado que lo fue

Aben-Humeya; llegó hasta el punto de ponerse sobre la Silla del moro,

por la parte de los montes al Sur, amenazando la Alhambra y el barrio

del Realejo, aunque de allí no pasaron ni hicieron demostracion alguna,

y llegando solo de noche, y retirándose de dia.

Crecia el desasosiego de la ciudad, dábanse guardias y rondas en la

puerta de los Molinos, en la de la Antequeruela, en el cerro de los

Mártires; se enviaban descubiertas á los lugares de Pinillos y Cenes,

cercanos á Güejar donde tenia su campo Aben-Aboo, y todos los dias se

tenian noticias de personas y de recuas cogidas por los moriscos á las

mismas puertas de la ciudad.

Entre tanto el marqués de los Velez, sitiaba á Galera, con poca

artillería, con poca gente y por lo tanto con poco provecho.

Escribió don Juan de Austria á Felipe II quejándose de que le hiciese

estar ocioso en Granada cuando esta se encontraba amenazada de cerca por

el campo que tenia Aben-Aboo puesto en Güejar, y por otra parte por la

resistencia de Galera, que podia dar causa á que la rebelion se

extendiera al reino de Valencia; en vista de estas quejas, el rey mandó

formar dos campos; uno á cargo de don Juan, que asistido por el marqués

de los Velez, el comendador mayor de Castilla y Luis Quijada, hiciese la

guerra en el rio Almanzora; y otro bajo el mando del duque de Sesa que

debia quedar en las Alpujarras.

Don Juan de Austria marchó bien provisto y pertrechado contra Güejar á

23 de diciembre de 1569, con nueve mil hombres de infantería,

seiscientos caballos y ocho piezas de campo. Por la parte alta, esto es,

por el mas encumbrado de los dos caminos que hay de Granada á Güejar,

fue el mismo don Juan con cinco mil infantes y cuatrocientos caballos;

Luis Quijada iba en la vanguardia con dos mil infantes; don García

Manrique con el resto de la caballería, y en la retaguardia, con el

estandarte real, el resto de la infantería, la artillería y las

municiones, Pedro Lopez de Mendoza y don Francisco de Solís.

Pero cuando llegó la expedicion á Güejar hallaron que los moriscos

habian abandonado el pueblo, retirándose á las Alpujarras. Solo se

encontraron en la trinchera diez ó doce viejos que fueron degollados, ni

se vió de los enemigos mas que algunas mujeres y niños, y bagajes

cargados, que subian por la sierra resguardados por arcabuceros y

ballesteros como en número de ciento, que disparaban, retirándose de

breña en breña, estorbando que se les diese alcance. Hubo algunas

muertes de una y otra parte; tomáronse cautivos á los enemigos cuarenta

personas entre hombres y mujeres, matándoles otros tantos; de los

cristianos murieron cuarenta soldados y el capitan Quijada, á quien,

siguiendo el alcance dió una pedrada una morisca: entróse al lugar á

saco y degüello, y don Juan, reposando poco en victoria tan fácil, se

preparó á otra mas aventurada, marchando sobre Galera.

Corrido habia por toda España la fama de la fortaleza de aquella villa,

la dificultad de entrarla y lo bien proveida de defensa que se

encontraba, y multitud de caballeros de todo el reino, partieron para

aquella empresa, no sin disgusto del rey que comprendia claro que era

mas de estorbo que de provecho tanta gente allegadiza: enviaron las

ciudades nuevas gentes de á pié y de á caballo, y poblacion hubo en que

cada cinco vecinos pagaron un soldado que fuera contra Galera.

Esto significa harto claro, que, cuando tales sacrificios se hacian, se

daba gran importancia, se juzgaba como de gran consideracion la guerra

de las Alpujarras.

Acudieron mas de ciento y veinte banderas con capitanes naturales de los

mismos pueblos, y organizada toda esta gente, partió la mitad con el

duque de Sesa para las Alpujarras, y la otra mitad con don Juan de

Austria contra Galera.

Indignado Aben-Aboo con el desgraciado suceso de Güejar, quiso dar

alguna muestra de sí mismo, y envistió, aunque inútilmente, de noche, á

Almuñecar y á Salobreña; y viendo el poco efecto de sus esfuerzos y la

decision con que era acometido, envió de nuevo emisarios á Argel á pedir

socorro.

Entre tanto el marqués de los Velez, perdiendo mas que ganando,

continuaba su simulacro de sitio sobre Galera, viéndose con frecuencia

obligado á retirarse, y volviendo mas por honra, que por certeza de

mejores resultados.

En este lugar nos presenta la historia un diálogo notable que hemos de

mostrar, aunque no sea mas que porque da á conocer de lleno, el carácter

del marqués de los Velez.

Habiendo salido este á recibir á don Juan de Austria, el jóven príncipe

abrazó al viejo soldado y le dijo:

--Marqués ilustre: vuestra fama con mucha razon os engrandece, y

atribuyo á buena suerte, haberse ofrecido ocasion de conoceros. Estad

cierto que mi autoridad no acortará la vuestra, pues quiero que os

entretengais conmigo, y que seais obedecido de toda mi gente, haciéndolo

yo mismo como hijo vuestro, acatando vuestro valor y canas, y

amparándome en todas ocasiones en vuestros consejos.

A cuyas benévolas palabras contestó el marqués con las siguientes aunque

mesuradas, extrañas:

--Yo soy el que mas ha deseado conocer de mi rey un tal hermano, y quien

mas ganara de ser soldado de tan alto príncipe; mas si respondo á lo que

siempre profesé, irme quiero á mi casa, pues no conviene á mi edad

anciana haber de ser cabo de escuadra.

Por lo que se ve, en 1570 á cuyos principios sucedió esta conversacion,

los nobles castellanos aun no habian perdido los humos de la edad media;

aun se hombreaban con los reyes.

El marqués de los Velez lo hizo como lo dijo: dejó la guerra y se marchó

mohino á su casa donde nadie podia disputarle la primacía.

Entre tanto y mientras el duque de Sesa acometiendo la empresa de las

Alpujarras, marchaba sobre Orgiva, don Juan de Austria se encaminaba

sobre Galera, resuelto ya definitivamente el sitio.

Empezaron las operaciones por la alcazaba alta: se la habia minado y al

volar la mina cayó un lienzo de muralla con algunos moros que le

defendian; alborotáronse algunos soldados y sin órden para ello,

embistieron por entre el humo y el polvo, y fueron tan rudamente

rechazados por los enemigos y tal la confusion y el desórden, que el

mismo don Juan arremetió en persona y tan de veras, que recibió un

balazo en el peto, que aunque no le causó daño, causó sí una gran

impresion en cuantos de ello tuvieron noticia, especialmente en su ayo

Luis de Quijada, que no se separaba un momento de su persona, que le

amaba como un padre y que jamás olvidaba, ni aun cuando por don Juan

ponia en peligro su vida, el encarecimiento con que le habia encomendado

la guarda de su hijo el gran emperador don Carlos.

Con gran trabajo pudo don Juan recoger la gente, que no escarmentada por

el mal suceso, pidió al otro dia que se la llevase al asalto; pero don

Juan viendo lo dañoso que aquel asalto seria, mandó hacer dos minas mas

y cuando estas volaron, empezó á jugar la artillería y se renovó el

asalto, si bien con mas órden, no menos sangriento, y despues de

horribles estragos se entró el castillo, y al fin fue tomada Galera.

Don Juan fue rigorosísimo con ella; ya fuese por lo que habia resistido

y la gente que habia costado, ya por poner miedo á los otros pueblos

levantados: entróla á cuchillo, arrasóla, aróla y la mandó sembrar de

sal, como se acostumbraba en aquellos tiempos con las casas de los

traidores.

Solo quedó la peña, coronada de escombros humeantes, y la terrible

tradicion de las desdichas de Maleh y de su amante Maleka, de la cual

hizo Calderon su drama: el _Tuzani de las Alpujarras_.

En efecto, la toma de Galera, lugar fuertísimo y en el que tenian gran

confianza, aterró á los moriscos: Aben-Aboo desalentado no pudo arrojar

al duque de Sesa de las Alpujarras y este, sin que los moros osaran á

otra cosa que á escaramucear con su gente, llegó á Güejar y de allí pasó

á Válor, donde se alojó.

Don Juan, excitado por el duque de Sesa, se volvió sobre las Alpujarras

pretendiendo coger á Aben-Aboo, entre su gente y la del duque, y llegó á

vista de Seron, donde algunos soldados desvandados, se arrojaron á

combatir, sin que nadie pudiera impedirlo, á los moros que encontraron

puestos en defensa. Incitados por el ejemplo de estos pocos, fueron

uniéndoseles mas, hasta que al fin, contra la voluntad de don Juan, toda

la gente de su hueste se movió contra la villa: y aunque vinieron en

socorro de Seron los moros de Tíjola, la villa fue entrada al primer

embate, saqueada y pasados los que se encontraron dentro á cuchillo;

pero esta victoria costó muy cara, tanto por el gran número de

cristianos que perecieron en el asalto, como porque, herido malamente de

un balazo, murió entre los brazos de don Juan, su ayo Luis de Quijada.

Aben-Aboo, viendo que los cristianos se le habian metido en el corazon

de las Alpujarras, repartió su campo y la gente vecinal que llevaba

consigo; puso gente en el camino de Granada para evitar que llegasen

provisiones al duque de Sesa, y parte á la falda de la Sierra Nevada y

al Puntal de la vega para que amenazasen á Granada: quedando él contra

el duque, estorvándole los mantenimientos con los cuatro mil arcabuceros

de su guardia, y los soldados del duque se vieron obligados á mantenerse

con fruta seca, pescado y aceite, que recibian por las marinas, de

Málaga.

Llegó el mes de abril: los moriscos si encontraban alguna ventaja en las

escaramuzas ligeras, en las sorpresas de convoyes, ó de soldados que

pasaban desprevenidos por la montaña, no habia lance algo formal en que

no fuesen deshechos y rotos.

Cundia el desaliento.

Don Juan, venida la buena estacion, apretaba sin descanso y procuraba

por medio de tratos, la sumision de los moros y la ida á Africa de los

turcos.

Hablábase de condiciones pedidas por Aben-Aboo, aunque exorbitantes, y

la guerra seguia, aunque embarazada por estos tratos y empeños de

avenencia.

Castil de Ferro fue abandonado y ocupado por el marqués de la Fávara y

por don Juan de Mendoza: solo se encontraron dentro veinte hombres,

entre moriscos viejos, turcos y berberiscos, y diez y siete mujeres, en

ocasion que estaban para embarcarse; alguna sidra, veinte quintales de

vizcochos y la artillería que estaba en el castillo, mala y poca.

Seguíanse entre tanto tratos de reduccion con Fernando el Habaquí y

Felipe II, que se habia acercado á Sevilla y luego á Córdoba; para poder

proveer con mas oportunidad á la guerra, pasado el peligro y estando

apagado casi el incendio, se tornó á Madrid, remitiendo para allí, la

conclusion de las Córtes que poco antes habia convocado.

El mayor peligro quedaba en la Serranía de Ronda: partió para ella de

órden de don Juan de Austria, el 20 de mayo, don Antonio de Luna con

cuatro mil quinientos infantes y cien caballos que sacó de Ronda; en la

primera salida fue rechazado y obligado á volverse á la ciudad: los

moriscos de la Serranía, aconsejados por los que habian ido á ellos

huidos de las Alpujarras, se concentraron en Sierra Bermeja, y en la del

Iztan: tomaron el mar á las espaldas para facilitar los socorros de

Berbería, y bajaban hasta las puertas de Ronda, causaban continuas

alarmas, robaban los ganados y cautivaban y mataban á los labradores

cristianos, no como salteadores, sino como enemigos.

Esto empezó á acontecer cuando Felipe II estaba todavía en Sevilla, y

acudió de improviso al remedio, y envió á la Serranía á los duques de

Arcos y de Medina Sidonia.

El de Arcos, que tenia mucha parte de sus Estados en la Serranía de

Ronda, pretendió reducir á los moriscos; pero estos estaban irritados;

mas que irritados, desesperados, y fue necesario recurrir á la fuerza y

acometerlos en Sierra Bermeja, en el mismo lugar donde años antes murió

á manos del Ferih de Benastepar, don Alonso de Aguilar, uno de los mas

esclarecidos parientes del Gran Capitan Gonzalo Fernandez de Córdoba.

Encontraron allí, segun referia Mendoza, «Calaveras de hombres y huesos

de caballos amontonados, esparcidos, segun, como y donde habian parado;

pedazos de armas, frenos, despojos de jaeces: vieron mas adelante, el

fuerte de los enemigos, cuyas señales parecian pocas y bajas y

aportilladas; iban los prácticos de la tierra señalando donde habian

caido oficiales, capitanes y gente particular: referian donde y cómo se

salvaron los que quedaron vivos, y entre ellos el conde de Ureña y don

Pedro de Aguilar, hijo mayor de don Alonso de Aguilar: en qué lugar y

dónde se retrajo don Alonso y se defendia entre dos peñas; la herida que

el Ferih, cabeza de los moros, le dió primero en la cabeza y despues en

el pecho, con que cayó; las palabras que le dijo andando á brazos: _Yo

soy don Alonso de Aguilar_; las que el Ferih le respondió cuando le

heria: _Tú eres don Alonso_, mas _yo soy el Ferih de Benastepar_, y que

no fueron tan desdichadas las heridas que dió don Alonso, como las que

recibió.... Mandó el general hacer memoria por los muertos y rogaron los

soldados que estaban presentes que reposasen en paz, inciertos si

rogaban por deudos ó por extraños y esto les acrecentó la ira y el deseo

de hallar gente contra quien tomar venganza.»

Ocupó el duque de Arcos el antiguo fuerte reparándole. Vino en este

tiempo resolucion del rey don Felipe, que concedia perdon á los

moriscos: empezaron á presentarse algunos; pero sin armas y alegando que

los que quedaban alzados no se las dejaban traer.

Pero de improviso, un morisco que habia escapado de la Inquisicion y que

por temor al castigo no queria reducirse, empezó á excitarles de nuevo,

á decirles que se les engañaba, que cuando se hubiesen entregado serian

muertos, ó sentenciados por toda su vida á galeras, esclavas sus

mujeres, vendidos sus hijos.

Tanto dijo y tanto alborotó, que los de Sierra Bermeja se levantaron de

nuevo con mas furia que antes: mataron á los moriscos que trataban en el

avenimiento é impidieron por el terror que se sometiesen los que querian

hacerlo.

Redújoselos al fin, pero con varias alternativas, con mucha sangre y

terribles catástrofes: los restos dispersos de los moriscos se acogian

á las breñas, descalzos, hambrientos, miserables; las Alpujarras, el

marquesado del Zenete, el rio de Almanzora, y la Serranía de Ronda,

estaban ocupados por el ejército vencedor y don Juan de Austria escribia

á su hermano el rey don Felipe «que la salida de los moros de todo el

reino seria el postrero dia de octubre.»

Quedaban, sin embargo, acá y allá llamaradas del incendio: los

labradores cristianos que habian vuelto á sus haciendas, no se atrevian

á labrarlas; los caminantes eran robados y muertos, y todos los lugares

enteramente de moriscos que no habian dejado las Alpujarras, eran una

amenaza muda.

Aben-Aboo andaba de cerro en cerro, con un puñado de parciales

llamándose todavía rey.

¿Y qué habian hecho entre tanto los monfíes?

Cejar los primeros en el combate, abandonar los lugares que se les

confiaban, ser traidores á los moriscos.

Y Harum-el-Geniz era quien acompañaba siempre á Aben-Aboo.

¿Por qué hacian traicion los monfíes á sus hermanos?

[imagen:--¡Ahí teneis al miserable, al traidor, al asesino!]

Porque necesitan vengar la muerte de su emir.

Porque no habian muerto á Aben-Aboo, como habian muerto á Aben-Humeya.

Porque ignoraban donde tenia escondida á la sultana Amina, Aben-Aboo.

La guerra habia acabado, Aben-Aboo andaba fugitivo, y sin embargo, ni

Angiolina Visconti, ni Harum, que acompañaba siempre á Aben-Aboo, habian

logrado descubrir el paradero de la sultana.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 116 / 168 题