CAPITULO XLIV.

De cómo los capitanes turcos sirvieron á Aben-Aboo ó creyeron

servirse á sí mismos.

La muela del Aguila era una pequeña montaña en direccion á Andarax.

Por la parte media de su vertiente oriental corria un sendero que aunque

áspero atajaba el camino desde Andarax á Mecina de Bombaron.

Este sendero pasaba junto á la entrada de una enorme gruta.

En esta gruta, la noche en que marcha nuestra accion, ardia una hoguera

de ramas de olivo.

Sentados en piedras alrededor de la hoguera, habia tres hombres

atezados, de mirada ávida, armados hasta los dientes, y revelando en su

trage tanto á los turcos vasallos del sultan de Constantinopla, como al

pirata berberisco de los mares de Levante.

Estos tres hombres parecían estar impacientes é irritados.

--Por Allah, decia uno de ellos: en esta tierra es durísima la fatiga:

el combate es nada, comparado con los hielos y con este viento crudísimo

que vuela de cumbre en cumbre.

--Aluch-Alí, nuestro señor, dijo otro de ellos dirigiéndose al que habia

hablado, nos quiere mal cuando nos ha enviado á esta empresa, Carcax; en

esta tierra maldita solo se siembran ingratitudes y se cogen traiciones;

por el Dios Altísimo y Unico, que cuando me acuerdo de mi buena galeota,

se me abre el corazon: prefiero verme sobre ella, dando caza viento en

popa á los cruzados de Malta, que ser rey de esta tierra miserable.

--Miserable, porque son miserables los que en ella han levantado su

bandera, Alí; por lo demás, Granada es el jardin del Profeta; pero con

Aben-Humeya... hace algunos días que solo recibimos reveses: en Válor

hemos sido destrozados: en Cádiar hemos huido de breña en breña delante

de los cristianos, y si Aluch-Alí, nuestro señor, no nos saca de aquí

perecemos en la lucha.

--¡Por Alah, Huscen! ¿qué dirian de nosotros en Argel si dejásemos

abandonados á nuestros hermanos?

--No, no son estos mezquinos hermanos nuestros; nuestros hermanos no

arremeterian al peligro para huir despues aterrados: Aben-Humeya es un

insensato, que cuando ha menester de mas valor se entrega al desaliento

ó á los placeres, ó lucha mal, poco y tarde. Aben-Aboo aunque es

valiente, descontento ú ofendido, no hace lo que debia: y los moriscos

desvandados, desnudos, miserables, ó perecen por la espada, ó al rigor

del hambre.

--¡Aben-Aboo! exclamó Huscen; hace dos horas que le esperamos yertos de

frio, y aun no ha venido: tal vez tenga miedo... ó prefiera tal vez

dormir en Andarax á arrostrar para venir á buscarnos, los rigores de una

noche tan fria.

--¿Quién se atreve á dudar de Aben-Aboo, y á llamarle indolente y

cobarde? dijo una voz robusta á la entrada de la cueva.

[imagen: Don Juan de Austria.]

Volviéronse los capitanes turcos al sonido de aquella voz y vieron á un

moro que adelantaba en la cueva.

Era Aben-Aboo.

Los turcos se levantaron.

--¡Ah! ¡es Aben-Aboo, el alcaide de los alcaides! dijo Alí.

--¡Por Allah! exclamó con desprecio Aben-Aboo mirando con una profunda

fijeza á los turcos: ¿á quién parece tarde? ¿quién se atreve á blasonar

de valiente amancillando mi honra?

--¡Aben-Aboo! exclamó el feroz Huscen.

--¡Yertos de frio, y murmurando como mujeres! ¡nunca lo hubiera creido

de vosotros, capitanes!

--Perdona si te hemos ofendido Aben-Aboo, dijo Carcax; pero tenemos

razones para quejarnos; desde que llegamos á las Alpujarras no hemos

visto en torno de nosotros mas que traidores; si hemos empeñado alguna

empresa hemos sido vencidos ó abandonados. ¿Quién nos ha traido del

Africa á estas montañas para sufrir sonrojos y reveses? ¿quién humilla

nuestro esfuerzo y nos obliga á ser testigos de tanto oprobio? ¿Y

quieres que callemos como viles y cobardes, y no levantemos la voz

contra tanta vergüenza?

--No, vive Dios, dijo Aben-Aboo: como vosotros estoy irritado, como

vosotros veo que el insensato Aben-Humeya, ó es cobarde ó aprecia en

poco su vida y su honra.

--¿Y quién le ha aclamado rey? dijo Carcax: vosotros, vosotros que

creísteis que sacaría al reino del yugo del cristiano y estableceria el

estandarte del Profeta sobre los muros de la Alhambra. ¿Y qué ha hecho

ese miserable? entregarse al ócio, gastar su vida en fiestas y en

zambras, empobrecer á los suyos para alentar sus vicios; y despues de

algunos triunfos que no ha sabido aprovechar, al ver á don Juan de

Austria en las Alpujarras, acobardarse y huir de breña en breña como la

res acosada por los perros, cuando resuenan á sus espaldas las trompas

castellanas.

--Y bien, exclamó con arranque Alí; ¡qué nos importa que Granada sea

cristiana ó no! si esta guerra concluye mal, los moros solo verán un

pedazo de menos en sus dominios: mas ¡ay si un dia Africa se arroja

sobre Europa! ¡hay si clava en su vieja frente el estandarte del

Profeta!

[imagen: Deportacion de los moriscos de Granada.]

--¡Escrito está! exclamó con acento solemne Aben-Aboo: pero vencidos en

tanto los moriscos, habran visto desvanecerse su esperanza como humo que

arrebata el viento. Volvereis si: pero os aterra el nombre de don Juan

de Austria, y quereis abandonarnos. Pues bien: ¡idos! me causa rubor

vuestra cobardía ¡idos! impacientes os esperan los vuestros á la orilla

del mar en las galeras que han aprestado para la fuga.

--Si, nos iremos, gritó Alí, trémulo de cólera; mas no será sin herir

antes la cabeza de ese miserable que descansa entre débiles mujeres.

¡Que tememos á don Juan de Austria! ¡que huimos aterrados ante el

peligro! Pues bien, si valemos tan poco; si tú, Aben-Aboo, el mas bravo

de los moriscos nos desprecias y nos rechazas, volveremos humillados al

Africa, pero antes dejaremos en las riberas de la Alpujarra las señales

sangrientas de nuestros piés.

--Aden-Aboo, dijo Huscen, con acento amigable: ni creo tus palabras ni

me ofenden, porque son hijas del despecho con que ves las desdichas de

tu patria. No tienes razon para acusarnos; hemos venido á ayudaros y os

hemos ayudado, partiendo con vosotros el peligro, ensangrentando en los

cristianos nuestras armas.

--¿Y porqué retroceder ahora? exclamó Aben-Aboo.

--Mientras Aben-Humeya esté en el trono, respondió Carcax; mientras

haya una sola villa en las Alpujarras que le aclame rey, no entraran en

la pelea mis gentes: haced vosotros lo que querais.

--Ni yo expondré otra vez mi estandarte á la vergüenza, dijo Alí.

--¿Y no es mas conveniente, dijo Huscen, hacer pedazos la frente de

Aben-Humeya y dar la corona á quien valga mas que él; á un hombre como

Aben-Aboo, valiente, leal, emprendedor, buen musulman y buen caballero?

--¡Yo! ¡yo rey! exclamó Aben-Aboo, disimulando su alegría. ¿Qué dices

Huscen? ¿sobre mis débiles hombros quieres arrojar tan pesada carga?

¡No! ¡no! matad en buen hora á Aben-Humeya, y ocupe su trono otro que

yo: uno de vosotros por ejemplo.

--Aluch-Alí nuestro señor, dijo Carcax, nos ha enviado á ayudaros, no á

ser reyes... arreglad este asunto entre vosotros los moriscos... mas...

alguien se acerca... ¿has traido á alguno contigo Aben-Aboo?

--He venido solo.

En aquel momento apareció en la entrada de la cueva un hombre.

Era Diego Alguacil.

Al ver á Aben-Aboo y á los turcos, adelantó y les dirigió confiadamente

la palabra.

--Musulmanes, dijo: dadme ayuda; me he perdido en la montaña y necesito

un guia para cumplir un encargo en servicio del rey.

--¿De qué rey hablas? dijo Aben-Aboo afectando no conocer á Diego

Alguacil.

--¿De que rey he de hablar?, contestó el morisco, sino del alto el

grande Muley Aben-Humeya, á quien Dios ensalze...

--Cuadra muy mal tu comisión con tu torpeza, moro, dijo con recelo

Carcax.

--Tiene trazas de espía de los cristianos, dijo con acento de amenaza

Huscen.

--Esta carta responderá por mí, dijo Diego Alguacil sacando del seno la

que le habia dado en Andarax Aben-Aboo.

--De Aben-Humeya, sultan de Andalucía al alcaide de Mecina de Bombaron,

dijo Carcax leyendo el sobre escrito de la carta que habia tomado de

manos de Diego Alguacil.

Aben-Aboo, miró recatadamente á los turcos con una mirada enérgicamente

significativa, con la que parecia decirles:

--Necesitamos apoderarnos de esa carta.

Y luego añadió volviéndose á Diego Alguacil como si no le conociera:

--Ven conmigo: llevo el mismo camino que tú y antes del alba habremos

llegado á Mecina de Bombaron.

Alí adelantó receloso.

--Descuida, le dijo rápidamente Aben-Aboo: va conmigo, y yo ni vacilo ni

dudo: y luego añadió alto: sígueme moro: hermanos mios, adios.

--Que Allah te guarde, contestaron los turcos.

Aben-Aboo y Diego Alguacil salieron de la cueva.

--Sigámosles, dijo Huscen, y castiguemos á Aben-Aboo si nos hace

traicion.

--Deteneos, dijo Alí: el estrecho sendero por donde caminan está sobre

el tajo.

--¿Y qué? dijo Huscen.

--¿Y qué? ¡Dios ayude al mensajero de Aben-Humeya!

Como para confirmar las palabras de Alí se escuchó en aquel momento uno

de esos horribles gritos que exhala el que de repente siente la muerte

sobre sí.

--¿Habeis oido? dijo Huscen.

--Si, un grito de horror, de agonía: sin duda ha caido el mensajero: ¡es

la senda tan estrecha, y está tan resbaladiza con el hielo!...

En aquel momento Aben-Aboo apareció en la entrada de la cueva y adelantó

hacia los turcos.

Parecia horrorizado: su mirada erraba sin objeto.

--Por fortuna llevaba yo la carta, dijo con voz opaca.

--Ha resbalado...

--Sí...

--Ha caido...

--Sí; un salto horrible: ha rebotado en las rocas, y ha caido al fin al

torrente. Os juro que me ha causado horror.

--¿Y la carta? exclamó con afan Carcax.

--Aquí está, dijo Aben-Aboo, entregándola á Alí: llevadla, enviadla al

alcaide de Mecina de Bombaron: yo me vuelvo á Andarax: esa desgracia me

ha horrorizado.

--¿Que llevemos esta carta al alcaide de Mecina? dijo con asombro Alí.

--Sí; el rey lo manda, repuso Aben-Aboo: habeis venido á servirle y

debeis obedecerle.

--¡Ah! no hace mucho que nos hablabas de otra manera, Aben-Aboo, dijo

Carcax.

--La muerte enseña mucho y acabo de verla, contestó sentenciosamente

Aben-Aboo, y salió de la cueva y se alejó.

Los turcos quedaron asombrados.

--O nos hace traicion ó está loco, dijo Alí.

--Lo que nos importa es saber lo que dice esa carta, repuso Carcax.

--Sí, veamos, porque recelo una traición, añadió Huscen.

Alí se inclinó sobre la hoguera, abrió la carta y la leyó.

He aquí el contenido de aquella carta:

«En el nombre de Dios Altísimo y misericordioso: el ensalzado, el

favorecido de Dios, gobernador de los moros de España, Muley Aben-Humeya

al valiente alcaide de Mecina de Bombaron, desea salud y

prosperidades.--Sabrás alcaide, porque todo el mundo lo sabe, que los

turcos que nos ha enviado el dey de Argel, mas que de provecho y de

ayuda nos sirven de escándalo y perjuicio, haciendo insultos y

deshonestidades, forzando mujeres, y robando las haciendas á los moros

de la tierra. Hácenlo como corsarios y ladrones que son, gente

aventurera y mala, agenos á todo respeto, sin temor á los hombres ni á

Dios. Necesario es pues, evitar estos males, mas como son poderosos, te

los enviaré á Mecina de Bombaron mañana: cuando llegaren, haz muestra de

festejarlos: ordena una zambra, dáles de cenar y pon zumo de hagiz[30]

en los manjares; cuando estén aletargados, mátalos, que después yo me

disculparé con el dey de Argel, manifestándole las causas que he tenido

para obrar asi.--Prospérete Dios y te dé ventura.»

Por bajo se leia en mal carácter africano la frase siguiente con que

acostumbraba á firmar Aben-Humeya: _Esto es verdad_, como si dijera:

esta carta es legítima.

El furor, la ira, la venganza, todas las malas pasiones, se pintaron en

el semblante de los turcos apenas conocieron el contenido de la carta.

--¿Y dudaremos aun? exclamó el iracundo Carcax: ¿Dudaremos despues de lo

que hemos leido?

--¡Dudar! exclamó Alí: ¡necesito toda la sangre de ese perro infiel!

--¡Mil vidas que tuviera! exclamó Huscen. Si vosotros esperais, yo no

espero ni un momento. Yo voy á buscar á los mios...

--Y yo...

--Y yo... contestaron Alí y Carcax.

Y salieron de la cueva trémulos de corage, y en paso rápido se perdieron

entre las quebraduras.

Apenas habian desaparecido los turcos cuando de entre un matorral salió

una sombra informe, y se asomó al borde del abismo.

--¡Ah del muerto! exclamó.

--¿Quién va allá? contestó una voz desde abajo.

--Espérame, contestó el de arriba.

Y se deslizó por el borde de la cortadura.

Poco despues se detenia junto á otra sombra.

Eran Aben-Aboo y Diego Alguacil.

--Lo han creido, dijo Diego.

--¡Lo de tu muerte! ¿pues no han de haberla creido, si yo hubiera

dudado? ¡oh! ¡qué grito tan lastimero!

--¿Y los turcos?

--Allá van hácia Andarax; vamos tambien nosotros: los turcos y los

monfíes nos ayudan.

--¡Los monfíes! exclamó Diego Alguacil: Dios me perdone: pero desconfío

de ellos.

--¡Desconfiar! ¿y por qué?

--Huyen demasiado.

--Los tercios que ha traido don Juan de Austria...

--Son valientes es verdad: pero los monfíes nunca han sido tan cobardes:

parece que á la primera arremetida huyen de intento.

--¡Oh! ¡si eso fuera!

--Yo creo...

--¡Qué!

--Que la muerte del emir los ha irritado; que os atribuyen á vosotros

esa muerte.

--¿Y quienes somos nosotros?

--Tú y Aben-Humeya.

Se estremeció todo Aben-Aboo.

--Te engañas, te engañas, Diego, contestó el jóven procurando dominar lo

conmovido de su voz: los monfíes no tienen razon para sospechar... no

pueden sospechar.

--Allá lo veremos, replicó Diego Alguacil: ó mas bien lo veran los que

se queden.

--¿Y tú por qué no?

--Porque yo, en cuanto Aben-Humeya muera, que será esta noche, recobro á

María, á la prenda de mi alma, que ese infame me ha robado, y me voy con

ella á Africa. Te aconsejo que hagas lo mismo, Aben-Aboo.

--¿Que abandone yo la corona, cuando ya la siento sobre mi cabeza?

--Los monfíes te mataran como mataran á Aben-Humeya.

--¿Crees tú que no sea tan fácil matar á los monfíes como á los turcos?

--Dios es grande y vencedor, dijo Aben-Aboo.

--Pues bien haz lo que quieras: en cuanto á mí he tomado mi resolucion.

Ahora vamos á Andarax.

--Vamos, contestó Aben-Aboo.

Poco despues los dos moriscos habian desaparecido entre las quebraduras.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 113 / 168 题