De cómo los capitanes turcos sirvieron á Aben-Aboo ó creyeron
servirse á sí mismos.
La muela del Aguila era una pequeña montaña en direccion á Andarax.
Por la parte media de su vertiente oriental corria un sendero que aunque
áspero atajaba el camino desde Andarax á Mecina de Bombaron.
Este sendero pasaba junto á la entrada de una enorme gruta.
En esta gruta, la noche en que marcha nuestra accion, ardia una hoguera
de ramas de olivo.
Sentados en piedras alrededor de la hoguera, habia tres hombres
atezados, de mirada ávida, armados hasta los dientes, y revelando en su
trage tanto á los turcos vasallos del sultan de Constantinopla, como al
pirata berberisco de los mares de Levante.
Estos tres hombres parecían estar impacientes é irritados.
--Por Allah, decia uno de ellos: en esta tierra es durísima la fatiga:
el combate es nada, comparado con los hielos y con este viento crudísimo
que vuela de cumbre en cumbre.
--Aluch-Alí, nuestro señor, dijo otro de ellos dirigiéndose al que habia
hablado, nos quiere mal cuando nos ha enviado á esta empresa, Carcax; en
esta tierra maldita solo se siembran ingratitudes y se cogen traiciones;
por el Dios Altísimo y Unico, que cuando me acuerdo de mi buena galeota,
se me abre el corazon: prefiero verme sobre ella, dando caza viento en
popa á los cruzados de Malta, que ser rey de esta tierra miserable.
--Miserable, porque son miserables los que en ella han levantado su
bandera, Alí; por lo demás, Granada es el jardin del Profeta; pero con
Aben-Humeya... hace algunos días que solo recibimos reveses: en Válor
hemos sido destrozados: en Cádiar hemos huido de breña en breña delante
de los cristianos, y si Aluch-Alí, nuestro señor, no nos saca de aquí
perecemos en la lucha.
--¡Por Alah, Huscen! ¿qué dirian de nosotros en Argel si dejásemos
abandonados á nuestros hermanos?
--No, no son estos mezquinos hermanos nuestros; nuestros hermanos no
arremeterian al peligro para huir despues aterrados: Aben-Humeya es un
insensato, que cuando ha menester de mas valor se entrega al desaliento
ó á los placeres, ó lucha mal, poco y tarde. Aben-Aboo aunque es
valiente, descontento ú ofendido, no hace lo que debia: y los moriscos
desvandados, desnudos, miserables, ó perecen por la espada, ó al rigor
del hambre.
--¡Aben-Aboo! exclamó Huscen; hace dos horas que le esperamos yertos de
frio, y aun no ha venido: tal vez tenga miedo... ó prefiera tal vez
dormir en Andarax á arrostrar para venir á buscarnos, los rigores de una
noche tan fria.
--¿Quién se atreve á dudar de Aben-Aboo, y á llamarle indolente y
cobarde? dijo una voz robusta á la entrada de la cueva.
[imagen: Don Juan de Austria.]
Volviéronse los capitanes turcos al sonido de aquella voz y vieron á un
moro que adelantaba en la cueva.
Era Aben-Aboo.
Los turcos se levantaron.
--¡Ah! ¡es Aben-Aboo, el alcaide de los alcaides! dijo Alí.
--¡Por Allah! exclamó con desprecio Aben-Aboo mirando con una profunda
fijeza á los turcos: ¿á quién parece tarde? ¿quién se atreve á blasonar
de valiente amancillando mi honra?
--¡Aben-Aboo! exclamó el feroz Huscen.
--¡Yertos de frio, y murmurando como mujeres! ¡nunca lo hubiera creido
de vosotros, capitanes!
--Perdona si te hemos ofendido Aben-Aboo, dijo Carcax; pero tenemos
razones para quejarnos; desde que llegamos á las Alpujarras no hemos
visto en torno de nosotros mas que traidores; si hemos empeñado alguna
empresa hemos sido vencidos ó abandonados. ¿Quién nos ha traido del
Africa á estas montañas para sufrir sonrojos y reveses? ¿quién humilla
nuestro esfuerzo y nos obliga á ser testigos de tanto oprobio? ¿Y
quieres que callemos como viles y cobardes, y no levantemos la voz
contra tanta vergüenza?
--No, vive Dios, dijo Aben-Aboo: como vosotros estoy irritado, como
vosotros veo que el insensato Aben-Humeya, ó es cobarde ó aprecia en
poco su vida y su honra.
--¿Y quién le ha aclamado rey? dijo Carcax: vosotros, vosotros que
creísteis que sacaría al reino del yugo del cristiano y estableceria el
estandarte del Profeta sobre los muros de la Alhambra. ¿Y qué ha hecho
ese miserable? entregarse al ócio, gastar su vida en fiestas y en
zambras, empobrecer á los suyos para alentar sus vicios; y despues de
algunos triunfos que no ha sabido aprovechar, al ver á don Juan de
Austria en las Alpujarras, acobardarse y huir de breña en breña como la
res acosada por los perros, cuando resuenan á sus espaldas las trompas
castellanas.
--Y bien, exclamó con arranque Alí; ¡qué nos importa que Granada sea
cristiana ó no! si esta guerra concluye mal, los moros solo verán un
pedazo de menos en sus dominios: mas ¡ay si un dia Africa se arroja
sobre Europa! ¡hay si clava en su vieja frente el estandarte del
Profeta!
[imagen: Deportacion de los moriscos de Granada.]
--¡Escrito está! exclamó con acento solemne Aben-Aboo: pero vencidos en
tanto los moriscos, habran visto desvanecerse su esperanza como humo que
arrebata el viento. Volvereis si: pero os aterra el nombre de don Juan
de Austria, y quereis abandonarnos. Pues bien: ¡idos! me causa rubor
vuestra cobardía ¡idos! impacientes os esperan los vuestros á la orilla
del mar en las galeras que han aprestado para la fuga.
--Si, nos iremos, gritó Alí, trémulo de cólera; mas no será sin herir
antes la cabeza de ese miserable que descansa entre débiles mujeres.
¡Que tememos á don Juan de Austria! ¡que huimos aterrados ante el
peligro! Pues bien, si valemos tan poco; si tú, Aben-Aboo, el mas bravo
de los moriscos nos desprecias y nos rechazas, volveremos humillados al
Africa, pero antes dejaremos en las riberas de la Alpujarra las señales
sangrientas de nuestros piés.
--Aden-Aboo, dijo Huscen, con acento amigable: ni creo tus palabras ni
me ofenden, porque son hijas del despecho con que ves las desdichas de
tu patria. No tienes razon para acusarnos; hemos venido á ayudaros y os
hemos ayudado, partiendo con vosotros el peligro, ensangrentando en los
cristianos nuestras armas.
--¿Y porqué retroceder ahora? exclamó Aben-Aboo.
--Mientras Aben-Humeya esté en el trono, respondió Carcax; mientras
haya una sola villa en las Alpujarras que le aclame rey, no entraran en
la pelea mis gentes: haced vosotros lo que querais.
--Ni yo expondré otra vez mi estandarte á la vergüenza, dijo Alí.
--¿Y no es mas conveniente, dijo Huscen, hacer pedazos la frente de
Aben-Humeya y dar la corona á quien valga mas que él; á un hombre como
Aben-Aboo, valiente, leal, emprendedor, buen musulman y buen caballero?
--¡Yo! ¡yo rey! exclamó Aben-Aboo, disimulando su alegría. ¿Qué dices
Huscen? ¿sobre mis débiles hombros quieres arrojar tan pesada carga?
¡No! ¡no! matad en buen hora á Aben-Humeya, y ocupe su trono otro que
yo: uno de vosotros por ejemplo.
--Aluch-Alí nuestro señor, dijo Carcax, nos ha enviado á ayudaros, no á
ser reyes... arreglad este asunto entre vosotros los moriscos... mas...
alguien se acerca... ¿has traido á alguno contigo Aben-Aboo?
--He venido solo.
En aquel momento apareció en la entrada de la cueva un hombre.
Era Diego Alguacil.
Al ver á Aben-Aboo y á los turcos, adelantó y les dirigió confiadamente
la palabra.
--Musulmanes, dijo: dadme ayuda; me he perdido en la montaña y necesito
un guia para cumplir un encargo en servicio del rey.
--¿De qué rey hablas? dijo Aben-Aboo afectando no conocer á Diego
Alguacil.
--¿De que rey he de hablar?, contestó el morisco, sino del alto el
grande Muley Aben-Humeya, á quien Dios ensalze...
--Cuadra muy mal tu comisión con tu torpeza, moro, dijo con recelo
Carcax.
--Tiene trazas de espía de los cristianos, dijo con acento de amenaza
Huscen.
--Esta carta responderá por mí, dijo Diego Alguacil sacando del seno la
que le habia dado en Andarax Aben-Aboo.
--De Aben-Humeya, sultan de Andalucía al alcaide de Mecina de Bombaron,
dijo Carcax leyendo el sobre escrito de la carta que habia tomado de
manos de Diego Alguacil.
Aben-Aboo, miró recatadamente á los turcos con una mirada enérgicamente
significativa, con la que parecia decirles:
--Necesitamos apoderarnos de esa carta.
Y luego añadió volviéndose á Diego Alguacil como si no le conociera:
--Ven conmigo: llevo el mismo camino que tú y antes del alba habremos
llegado á Mecina de Bombaron.
Alí adelantó receloso.
--Descuida, le dijo rápidamente Aben-Aboo: va conmigo, y yo ni vacilo ni
dudo: y luego añadió alto: sígueme moro: hermanos mios, adios.
--Que Allah te guarde, contestaron los turcos.
Aben-Aboo y Diego Alguacil salieron de la cueva.
--Sigámosles, dijo Huscen, y castiguemos á Aben-Aboo si nos hace
traicion.
--Deteneos, dijo Alí: el estrecho sendero por donde caminan está sobre
el tajo.
--¿Y qué? dijo Huscen.
--¿Y qué? ¡Dios ayude al mensajero de Aben-Humeya!
Como para confirmar las palabras de Alí se escuchó en aquel momento uno
de esos horribles gritos que exhala el que de repente siente la muerte
sobre sí.
--¿Habeis oido? dijo Huscen.
--Si, un grito de horror, de agonía: sin duda ha caido el mensajero: ¡es
la senda tan estrecha, y está tan resbaladiza con el hielo!...
En aquel momento Aben-Aboo apareció en la entrada de la cueva y adelantó
hacia los turcos.
Parecia horrorizado: su mirada erraba sin objeto.
--Por fortuna llevaba yo la carta, dijo con voz opaca.
--Ha resbalado...
--Sí...
--Ha caido...
--Sí; un salto horrible: ha rebotado en las rocas, y ha caido al fin al
torrente. Os juro que me ha causado horror.
--¿Y la carta? exclamó con afan Carcax.
--Aquí está, dijo Aben-Aboo, entregándola á Alí: llevadla, enviadla al
alcaide de Mecina de Bombaron: yo me vuelvo á Andarax: esa desgracia me
ha horrorizado.
--¿Que llevemos esta carta al alcaide de Mecina? dijo con asombro Alí.
--Sí; el rey lo manda, repuso Aben-Aboo: habeis venido á servirle y
debeis obedecerle.
--¡Ah! no hace mucho que nos hablabas de otra manera, Aben-Aboo, dijo
Carcax.
--La muerte enseña mucho y acabo de verla, contestó sentenciosamente
Aben-Aboo, y salió de la cueva y se alejó.
Los turcos quedaron asombrados.
--O nos hace traicion ó está loco, dijo Alí.
--Lo que nos importa es saber lo que dice esa carta, repuso Carcax.
--Sí, veamos, porque recelo una traición, añadió Huscen.
Alí se inclinó sobre la hoguera, abrió la carta y la leyó.
He aquí el contenido de aquella carta:
«En el nombre de Dios Altísimo y misericordioso: el ensalzado, el
favorecido de Dios, gobernador de los moros de España, Muley Aben-Humeya
al valiente alcaide de Mecina de Bombaron, desea salud y
prosperidades.--Sabrás alcaide, porque todo el mundo lo sabe, que los
turcos que nos ha enviado el dey de Argel, mas que de provecho y de
ayuda nos sirven de escándalo y perjuicio, haciendo insultos y
deshonestidades, forzando mujeres, y robando las haciendas á los moros
de la tierra. Hácenlo como corsarios y ladrones que son, gente
aventurera y mala, agenos á todo respeto, sin temor á los hombres ni á
Dios. Necesario es pues, evitar estos males, mas como son poderosos, te
los enviaré á Mecina de Bombaron mañana: cuando llegaren, haz muestra de
festejarlos: ordena una zambra, dáles de cenar y pon zumo de hagiz[30]
en los manjares; cuando estén aletargados, mátalos, que después yo me
disculparé con el dey de Argel, manifestándole las causas que he tenido
para obrar asi.--Prospérete Dios y te dé ventura.»
Por bajo se leia en mal carácter africano la frase siguiente con que
acostumbraba á firmar Aben-Humeya: _Esto es verdad_, como si dijera:
esta carta es legítima.
El furor, la ira, la venganza, todas las malas pasiones, se pintaron en
el semblante de los turcos apenas conocieron el contenido de la carta.
--¿Y dudaremos aun? exclamó el iracundo Carcax: ¿Dudaremos despues de lo
que hemos leido?
--¡Dudar! exclamó Alí: ¡necesito toda la sangre de ese perro infiel!
--¡Mil vidas que tuviera! exclamó Huscen. Si vosotros esperais, yo no
espero ni un momento. Yo voy á buscar á los mios...
--Y yo...
--Y yo... contestaron Alí y Carcax.
Y salieron de la cueva trémulos de corage, y en paso rápido se perdieron
entre las quebraduras.
Apenas habian desaparecido los turcos cuando de entre un matorral salió
una sombra informe, y se asomó al borde del abismo.
--¡Ah del muerto! exclamó.
--¿Quién va allá? contestó una voz desde abajo.
--Espérame, contestó el de arriba.
Y se deslizó por el borde de la cortadura.
Poco despues se detenia junto á otra sombra.
Eran Aben-Aboo y Diego Alguacil.
--Lo han creido, dijo Diego.
--¡Lo de tu muerte! ¿pues no han de haberla creido, si yo hubiera
dudado? ¡oh! ¡qué grito tan lastimero!
--¿Y los turcos?
--Allá van hácia Andarax; vamos tambien nosotros: los turcos y los
monfíes nos ayudan.
--¡Los monfíes! exclamó Diego Alguacil: Dios me perdone: pero desconfío
de ellos.
--¡Desconfiar! ¿y por qué?
--Huyen demasiado.
--Los tercios que ha traido don Juan de Austria...
--Son valientes es verdad: pero los monfíes nunca han sido tan cobardes:
parece que á la primera arremetida huyen de intento.
--¡Oh! ¡si eso fuera!
--Yo creo...
--¡Qué!
--Que la muerte del emir los ha irritado; que os atribuyen á vosotros
esa muerte.
--¿Y quienes somos nosotros?
--Tú y Aben-Humeya.
Se estremeció todo Aben-Aboo.
--Te engañas, te engañas, Diego, contestó el jóven procurando dominar lo
conmovido de su voz: los monfíes no tienen razon para sospechar... no
pueden sospechar.
--Allá lo veremos, replicó Diego Alguacil: ó mas bien lo veran los que
se queden.
--¿Y tú por qué no?
--Porque yo, en cuanto Aben-Humeya muera, que será esta noche, recobro á
María, á la prenda de mi alma, que ese infame me ha robado, y me voy con
ella á Africa. Te aconsejo que hagas lo mismo, Aben-Aboo.
--¿Que abandone yo la corona, cuando ya la siento sobre mi cabeza?
--Los monfíes te mataran como mataran á Aben-Humeya.
--¿Crees tú que no sea tan fácil matar á los monfíes como á los turcos?
--Dios es grande y vencedor, dijo Aben-Aboo.
--Pues bien haz lo que quieras: en cuanto á mí he tomado mi resolucion.
Ahora vamos á Andarax.
--Vamos, contestó Aben-Aboo.
Poco despues los dos moriscos habian desaparecido entre las quebraduras.