CAPITULO XLIII.

De cómo la princesa Angiolina Visconti volvia á ser un instrumento

manejado por Harum.

Harum se detuvo junto á aquel postigo y escuchó con la mayor atencion.

Nada se oia.

Una gran casa situada en el fondo del huerto y á la cual pertenecia,

estaba envuelta en un silencio profundo y en una oscuridad lúgubre.

Solo en una ventana morisca se veia luz á través de su arco calado.

--¡Vela! dijo Harum: vela esperándome y Aben-Humeya no está en la casa:

esa luz que brilla en el aposento de la italiana me lo dice. ¡Miserable

mujer! su amor y su empeño por el marqués son acaso la causa de estas

desgracias. Acaso sin ella mi desventurado señor, hubiera podido dar el

golpe de muerte al rey don Felipe en su misma córte... pero aquella

funesta herida... aquella imprevista prision en el Santo Oficio...

¡Vamos, es necesario no pensar mas en lo pasado porque es cosa de

desesperarse! miremos adelante... á la venganza: ¡por el Dios Altísimo y

Unico, que será cumplida y que te alcanzará en ella tu parte y una parte

horrible, infame italiana!

Y tras estos pensamientos, buscó en el marco del postigo, halló el nudo

de una cuerda, tiró, y el postigo se abrió.

Harum adelantó por el huerto como sobre un terreno conocido: atravesóle

en pocos instantes, llegó á una galería, buscó en uno de les oscuros

extremos una puerta, encontró unas escaleras, las subió, y al fin de

ellas llamó con recato á una puerta.

Poco despues se oyeron apresurados pasos de mujer, la puerta se abrió y

apareció una dama que por su traje parecia mora y mora riquísima, pero

no lo era.

Era Angiolina.

--Entrad, entrad amigo mio, dijo á Harum-el-Geniz: os esperaba con

ansia.

--¿Y María de Rojas? dijo con interés Harum.

--Antes de que veais á María necesito hablaros, dijo con ansiedad

Angiolina.

--Hablemos, pues, pero invertamos en nuestra conversación el menos

tiempo posible.

--Sentaos, dijo Angiolina, acercándo unos almohadones á su lado.

Harum se sentó.

¡Oh! ¡y por cuan horrible causa nos hemos conocido! dijo Angiolina,

asiéndole una mano.

Harum miró fijamente á la veneciana.

--Horrible, si, muy horrible, señora: Dios no puede perdonar á los que

han sido la causa de la desastrada y terrible muerte de mi señor.

--Os juro, Harum, os lo juro por la salvacion de mi alma, que no he

tenido la menor parte en ella, que nada sabia, que si alguna noticia

hubiera tenido, habria evitado ese horroroso asesinato.

Harum se contuvo de una manera admirable hasta el punto de que, á pesar

de hervir la cólera en su corazon, su semblante permaneció impasible, y

ni el mas ligero extremecimiento agitó la mano que Angiolina tenia en

prenda de amistad entre las suyas.

--Todos hemos sido bien desgraciados: la sultana Amina ha perdido á su

hijo y á su esposo.

--¡Ah! ¡infeliz! dijo Angiolina, dominando su alegría por la desgracia

de Amina, como Harum habia devorado su odio.

--La misma sultana... ¿quién sabe lo que ha sido de la sultana?

--¿Qué no lo sabeis Harum? dijo insidiosamente Angiolina.

--No.

--Pues mirad, para eso os habia detenido, para preguntaros por ella.

--¿Y qué os importa ya la sultana Amina? ¿no ha muerto el hombre que os

hacia enemigas?

--Creo que no, dijo con fijeza Angiolina.

--Desengañaos, señora; cuando yo os busqué la primera vez para que me

ayudáseis en nuestra comun desgracia, os dije la verdad. El marqués

pereció en la voladura de un subterráneo cuando perseguia á Aben-Aboo

que se llevaba robada á su esposa.

--¿Y si yo os dijese que el marqués de la Guardia vive?

--¿Que vive el marqués de la Guardia? exclamó con la expresion de la

mayor extrañeza Harum. Seria necesario creer en un milagro.

--Ese milagro le ha efectuado Dios, compadecido sin duda de mí, que por

la muerte del marqués hubiera muerto de dolor.

--Pero eso es imposible: os aseguro, á fuer de buen creyente, que vi

perecer al marqués de la Guardia.

--Os engañásteis: yo sé que vive. Y vamos claros, Harum: vos sabeis

tambien como yo que vive.

--¡Yo!

--Si, es mas: vos me habeis traido el consuelo de la certeza de su

existencia.

--¡Yo!

--¡Si, vos! ¿os acordais de un dia en que vinisteis á ver al rey, que os

habia llamado?

Este rey que citaba Angiolina, era Aben-Humeya.

--Si, si, es verdad; hace seis meses.

--Cabalmente.

--Pues bien: con vos venia un moro encubierto.

--¡Ah! ¡el moravito[29] de Africa! exclamó con la mayor naturalidad

Harum: ese hombre ha prometido llevar el rostro cubierto y no dormir

bajo techado, hasta tanto que logre una venganza.

--¿Y quién mejor que el marqués pudiera haber hecho ese juramento?

--Insistís en vano, señora, os equivocais.

--¿Y si yo os diese una prueba?

--¿Cuál?

--Ese moro encubierto se quedó en el patio, entre vuestros monfíes.

--Es verdad.

--Yo le veia desde una celosía: sin saber por qué aquel moro me habia

llamado la atencion: su estatura, su actitud, sus ojos negros, que se

veian por cima de la toca con que llevaba cubierto el semblante...

--Pudisteis equivocaros, señora.

--Dudé un momento; pero mi corazon me decia que era él y quise salir de

dudas: entonces le llamé en voz alta desde la celosía.

--¿Que le llamásteis?

--Si: le llamé por su nombre: ¡Don Juan! exclamé: y entonces el moro

hizo un movimiento marcado: dió algunos pasos hácia delante y miró con

interés al lugar donde habia reconocido mi voz.

--Esa es una prueba muy vaga.

--Es que tengo otras.

--¿Cuales?

--Una carta de Don Juan á su esposa.

--¡Ah! exclamó Harum.

--¿Sabeis acaso que don Juan recibió una carta en la que se le

participaba que Amina estaba en una cueva en Mecina de Bombaron?

--Yo, señora... no recuerdo.

--Esperad: voy á ayudaros á recordar, dijo Angiolina sacando de su seno

dos papeles doblados.

Desdobló el uno y leyó lo siguiente:

«Señor marqués de la Guardia: soy un cautivo cristiano, que para

librarme de la muerte he renegado en la apariencia y estoy como soldado

entre las gentes de Aben-Aboo. A fuerza de fingir y de disimular, he

logrado la confianza de este moro, hasta el punto de que con mucha

frecuencia me confió la guarda de una mujer que tiene presa en una cueva

en el barranco de la fuente de la Zorra. Esta dama que es jóven y

hermosa, se ha atrevido hoy á confiarse á mí, me ha contado su historia

y me ha pedido que la ayude. Yo no he podido negarme á ello, porque esa

dama es vuestra esposa doña Esperanza de Cárdenas, duquesa de la

Jarilla. Escribidla para que se tranquilice acerca de vos, porque

Aben-Aboo la afirma que habeis muerto: no sabiendo yo vuestro paradero,

y habiéndome dicho doña Esperanza que el wazir Harum-el-Geniz os

buscaria si no sabia vuestro paradero, dirijo esta carta al dicho Harum,

y le suplico que os busque y os la entregue: doña Esperanza no escribe,

porque me es imposible procurarla los medios; espera vuestra esposa una

contestacion pronta: dádsela por Dios, porque si tarda creerá que habeis

muerto: vuestro servidor que os besa las manos.--Juan de Carreño.»

--Vos debisteis recibir esta carta, Harum, añadió la italiana, y dársela

al marqués, porque á los ocho dias recibí esta otra escrita del puño y

letra de don Juan: llena de ternezas á su esposa, avisándola de que

corria á salvarla...?

--¿Estais segura, señora, de que esta carta está escrita por el

marqués...

--¿Quereis que no conozca su letra cuando aun tengo en mi poder las

cartas de amor que me escribia hace dos años, cuando pretendia ser mi

amante y yo le desdeñaba?

--De modo que...

--Si, Harum, si, os he tendido un lazo porque amo.

--¿Amais al marqués á pesar de haberse casado con otra?

--Cabalmente por eso le amo mas.

--¿Ignorais que despues de muerto el emir de los monfíes, yo soy el

padre de la sultana Amina?

--Padre que no sabe donde está su hija.

--Lo sabré, puesto que está en poder de Aben-Aboo.

--Vos no sabreis nada, ni hareis nada si yo no quiero que lo hagais.

--¡Ah! os creis con poder...

--Puedo en vez de entregaros la persona de Aben-Humeya avisarle; Aben

Humeya me ama como ama á una mujer todo aquel que no ha logrado de ella

favor alguno...

--Todos os creen la amante favorecida del rey.

--Pues todos se engañan. Solo he sido de un hombre, y solo de él seré;

porque prefiero la muerte á ser de otro; pero concluyamos que el tiempo

se pasa. Habladme con verdad porque os voy á imponer condiciones.

--Veamos, dijo Harum.

--¿Qué gente habeis traido?

--Dos mil hombres.

--¿Cercan esos dos mil hombres la villa?

--Sí.

--¿Y creis que no puede escaparse Aben-Humeya? dijo con intencion

Angiolina.

--Yo creo que sin vuestra ayuda y sin la de María de Rojas nos seria

imposible apoderarnos de él.

--Si le avisamos; su huida es segura; ademas de que podria intentar la

resistencia porque tiene la villa ochocientos escopeteros.

--Bien, bien, señora; vuestras condiciones.

--¿Viene con vuestra gente el marqués de la Guardia?

--Sí.

--Haced que yo le vea al momento.

--¡Que vos le veais! ¿y para qué?

--¿Sabeis acaso hasta qué punto llega mi amor? ¿sabeis si por acaso

desesperada quiero obligarle á que me ame á costa de un nuevo

sacrificio?

--¿Y sé yo si pretendeis hacer una traicion?

--Señaladme un lugar donde yo pueda verle á solas rodeada de vuestras

gentes: es mas, entre vosotros vienen mujeres: me someto á ser

registrada por una de esas mujeres para que os convenzais de que no

llevo puñal ni nada que pueda dañar al marqués.

--Y bien, ¿si os concedo esa entrevista con el marqués, me entregareis á

Aben-Humeya?

--Sí: yo y María os entregaremos á ese hombre.

--¿Dónde?

--Aquí mismo: en su casa.

--Pues bien, llamad á María de Rojas.

--Pero me jurais...

--Os juro que inmediatamente vereis al marqués.

--Os creo Harum, os creo, como creo que llegará un dia en que me hareis

probar vuestra venganza. Pero vea yo por la última vez á don Juan, y

todo me importa poco: ¿para qué quiero yo vivir? pero no hablemos de

esto. Voy á llamar á María de Rojas.

Y Angiolina se levantó y desapareció tras una puerta.

--¡Oh! ¡esta mujer! ¡esta mujer! exclamó Harum: ¡su maldita pasion por

el marqués, nos ha sido funesta, funestísima! ¡y sin embargo, al

herirnos se ha herido ella misma: hay en sus ojos algo de insensato,

algo que me causa compasion! compasion á pesar de mi odio hácia ella.

¡Dios mio! ¡Dios mio!

Harum compuso su semblante porque sintió los pasos de dos mujeres que se

acercaban.

Levantóse el tapiz y apareció Angiolina seguida de otra mujer.

Aquella mujer era muy joven: de frente altiva, blanca y pálida; los

cabellos, las cejas, las pestañas y los ojos negros, los labios rojos;

el cuello y el talle largos, redondos, esbeltos; el andar indolente; la

mirada lánguida, la boca anhelante, el seno conmovido.

Se detuvo delante de Harum y le dijo con el acento ardiente de la mujer

que ama.

--¿Y Diego Alguacil?

--Ha ido en busca de quien atacará á Aben-Humeya.

--¿Con qué ha llegado la hora?

--Si; si vosotras me ayudais.

--Te ayudaremos, dijo María de Rojas: es necesario concluir de una vez;

ese infame se ha convertido en lobo: me causa horror, y cuando me veo

obligada á sonreirle se me parte el corazon: cuando le abro mis brazos

creo morir. Y... ¿será esta noche?.

--Si, esta noche.

--Pero para ello es necesario que yo salga con Harum, y que detengas á

Aben-Humeya para que no repare en mi falta.

--Aben-Humeya está en una zambra y vendrá tarde, dijo María de Rojas. Yo

le entretendré si cuando vuelva no has vuelto tú. Ademas, escucha,

Harum: ni tú ni tus gentes entreis á matarle sino cuando veais una luz

detrás de la celosía que está sobre la puerta que da á la plaza. Ahora,

idos, aprovechad el tiempo. Yo me quedo aquí esperando con impaciencia.

Angiolina se envolvió en un albornoz y salió con Harum, bajaron al

huerto, le atravesaron y salieron por el postigo.

Llovía á mares y relampagueaba.

Muy pronto Harum y Angiolina salieron de la villa y se perdieron entre

los barrancos.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 112 / 168 题