CAPITULO XLV.

En que volvemos á encontrar al perdido marqués de la Guardia, y se

sabe cómo escapó del subterráneo de la princesa encantada, y la

escena que tuvo con su antigua amante.

Entre tanto, á pesar de la lluvia y del frio, y á través de breñas y

despeñaderos, habia seguido Angiolina á Harum-el-Geniz.

El monfí se detuvo un momento, habló algunas palabras con otros monfíes,

y él y Angiolina pasaron.

Anduvieron aun algun tiempo.

Al fin la italiana vió una luz entre la oscuridad.

--¿Está el marqués de la Guardia donde brilla aquella luz? dijo:

--Si; contestó secamente Harum.

Llegaron á poco á una especie de venta situada al lado de uno de los

estrechos caminos de herradura que cruzan las Alpujarras.

Al llegar á la puerta, Harum previno á Angiolina que se cubriese con su

velo, y asiéndola de la mano, la condujo á un pequeño aposento alto, á

través de unas escaleras.

Al abrir su puerta, Harum desasió la mano de Angiolina.

--Dentro encontrareis al marqués de la Guardia, la dijo: fuera os

espero.

Angiolina entró con el corazon comprimido.

Sentado en un lecho mezquino, verdadero tormento de la hospitalidad de

una venta, habia un hombre meditabundo é inmóvil.

Al sentir el ruido de la puerta que se abria, el hombre que estaba

sentado en el lecho levantó la cabeza, y miró á Angiolina.

Al verle la veneciana lanzó un grito de horror, palideció, sus ojos se

llenaron de lágrimas y corrió á aquel hombre, le abrazó, y le miró con

ansiedad.

--¡Oh! ¡Dios mio! exclamó: ¡me le vuelven muerto!

El marqués contestó con una triste sonrisa.

Estaba pálido, con la palidez impura de la enfermedad, de una enfermedad

lenta: estaba demacrado, y sus ojos, sus antes hermosos ojos, casi

hundidos en los alveólos: la barba larga, el aspecto macilento: la

actitud como de hombre cansado, y de tiempo en tiempo desgarraba su

pecho una tos seca, aguda, terrible.

La mirada de Angiolina se extravió.

--¿Quién sois, señora? dijo con voz ronca el marqués de la Guardia.

--¡Qué! ¿tan desdichada soy que ha llegado el caso de que no me

reconozcas, don Juan? dijo la veneciana.

--Yo he escuchado vuestra voz, señora; la he escuchado no recuerdo

cuándo ni dónde, dijo el marqués; pero recuerdo que ha sido en otros

dias mas felices.

Y el marqués la miraba con esa expresion de deseo del que quiere

reconocer á una persona.

--¿Pero que es esto? exclamó Angiolina: ¿qué te sucede don Juan? ¿habrás

perdido acaso la razon?

--No, la razon no; pero la memoria, la vista, el oido... ¡oh! ¡oh! ha

sido una cosa horrible.

--Pero... ¿qué horrible cosa ha sido esa? dímela, dímela, y yo te

vengaré.

--¡Vengarme! ¿y por qué? Seria necesario que me vengárais en mí mismo:

yo he sido la causa de todo: ella no tiene la culpa: me ama y ha tenido

zelos.

--Y... ¿quién es esa mujer que te ama y está zelosa? exclamó con ansia

la jóven.

--¡Ah! ¿y qué te importa?... ¿tú no conoces á la princesa Angiolina

Visconti? una hermosa mujer que me sirvió para hacerme amar de otra.

--¡Ah! exclamó Angiolina.

Y su exclamacion fue semejante á un rugido.

--¿Y dices tú que esa mujer, que esa Angiolina, se ha vengado de tí?

--Si; se ha vengado de una manera horrible.

--¿Pero no me conoces? ¿no reconoces en mí á esa Angiolina que solo ha

amado por tí, que solo ha vivido por tí, que solo por tí ha odiado, que

solo por tí ha teñido sus manos en sangre, y ha llenado de

remordimientos su conciencia?

--No, tú no eres Angiolina; si lo fueras mi odio me lo diria. ¡Oh!

¡funesta mujer!

Un nuevo acceso de tos cortó la palabra al marqués, y al retirar el

pañuelo de su boca, Angiolina le vió manchado de sangre.

Hubo un momento de terrible silencio.

Don Juan contemplaba á Angiolina con una curiosidad cada vez mas

creciente.

Angiolina contemplaba á don Juan con una ansiedad cada vez mas terrible.

--¿Pero quién te ha puesto en ese horrible estado? exclamó Angiolina.

--Ella, esa mujer, exclamó el marqués.

--¿Pero qué mujer es esa?

--¿No os he dicho que se llama la princesa Angiolina Visconti?

--No, no; ella no hubiera atentado á tu vida... ella hubiera muerto mil

veces antes que tocar á uno solo de tus cabellos:... ella, porque tú

vivieses seria capaz de buscar á tu adorada Amina, de entregártela, y de

morir después.

--¡Amina! ¡Amina! esa infame mujer la ha perseguido; ella ha causado la

desgracia de su padre; ella la ha entregado á Aben-Aboo; ella me ha

asesinado.

--¡Oh! ¡no! exclamó con angustia Angiolina.

--Vos debéis conocer á esa mujer, cuando de tal modo la disculpais, dijo

el marqués.

--¡Que si la conozco! Pluguiera á Dios que de tal modo me conocieses tú,

exclamó llorando Angiolina.

--¡Llorais! ¡me compadeceis! teneis razon en llorar y en compadecerme

señora, y puesto que conoceis á esa malvada, puesto que ella me ama con

ese amor de Satanás. ¡Oid, oid, y contadla lo que vais á oir para que se

estremezca y tema la justicia de Dios!

El marqués se sentó en el lecho, se reclinó sobre las almohadas é

inclino la cabeza; Angiolina se arrodilló á sus pies, y continuó

llorando en silencio.

--Oid: hubo un dia el mas feliz de mi vida, en que un sacerdote me unió

á la única mujer que he amado. Yo juzgaba el mundo estrecho para mí; yo

creí que Dios me habia anticipado su gloria dándomela sobre la tierra,

representada por una mujer.

Tosió el marqués, y apareció en su pañuelo una nueva mancha de sangre.

Angiolina anonadada, ocultó su semblante sobre las rodillas del marqués.

Este continuó.

--Era de noche; caminábamos hácia la costa: de repente nos sorprendieron

la tempestad y los hombres: mi esposa me fue robada, y yo arrebatado por

la corriente, milagrosamente salvado, viví para buscar á mi Esperanza...

y la encontré... pero robada por un infame.--Su caballo corria; veloz

como el viento seguíale mi caballo... rendidos entrambos animales por la

fatiga, el miserable que me robaba mi Esperanza, continuó su fuga á pié

llevándola á ella sobre sus hombros.--Yo le seguia... le seguia...

entróse en una caverna, y yo me entré tras él.--Sentí sus pisadas á

través de un oscuro laberinto, y le seguí en las tinieblas.--De

repente... no sé lo que aconteció.--Parecia que el mundo entero habia

caido sobre mí, y luego no sentí nada... nada...--Despues de no sé

cuanto tiempo volví á la vida, pero á una vida horrible: parecíame

sentir despedazadas mis entrañas; ardia mi cabeza; mis miembros estaban

como descoyuntados, y me rodeaban las mas lóbregas tinieblas.--Me creí

en la region de los muertos.--Y sin embargo hice un esfuerzo, y logré

arrastrarme sobre mis manos; impulsado por la desesperacion y por el

terror, redoblé mis esfuerzos, y no sé en cuánto tiempo, pero largo,

lento, débil, estenuado, sin cesar de arrastrarme, logré al fin volver á

ver la luz del dia.--Estaba en una cueva.--Cuando me acerqué á su

entrada, me ví en la parte media de la vertiente de una montaña al borde

de una roca: abajo, mi vista debilitada, turbia, veia como á través de

una niebla sangrienta un pequeño valle.--El vértigo zumbaba en mi

cabeza.--De improviso, y como en medio de un sueño, oí un lejano ladrido

que se acercaba, se acercaba, hasta resonar junto á mí.--Era un perro

guardian del ganado que pastaba en el valle.--Junto al perro habia un

pastor anciano.--Los buenos pastores me recogieron, cuidaron de mí, y

ellos avisaron á mi amigo Harum.--¿Y sabeis lo que me dijo Harum cuando

estuve en estado de escucharle?--Seguiais de cerca á Aben-Aboo, cuando

os perdimos de vista: poco después, y cuando nos acercábamos á la

caverna por donde habiais desaparecido, sonó una detonacion terrible; la

roca voló rota en mil pedazos y... os dimos por muerto.

--¡Oh! ¡qué horror!

--Y todo esto es obra de esa mujer maldita: porque ella ha sido el

primer eslabon de la cadena de desgracias que á todos, inclusa ella

misma, nos han acontecido.--De ella es la obra de mi asesinato, porque

yo, por resultado de aquella explosion estoy enfermo de muerte, y

pluguiese á Dios viviese lo bastante para volver á ver á mi Esperanza y

á mi pobre hija.--Puesto que conoceis á Angiolina, puesto que acaso ella

os envia, contadla, señora, cómo me habeis encontrado: enfermo, loco...

si, loco, transformado enteramente en cuerpo y en alma, desesperado,

desalentado, inutilizado, muerto; decidle que todo esto es obra suya, y

que yo la maldigo.

--¡Oh! no, no la maldigas, don Juan, perdónala, perdónala, y extermínala

despues: ¡pero maldecirla porque te ha amado...! ¡porque te ama con toda

su alma..! ¡esto es horrible, esto no puede ser!

--¿Quién sois vos que os interesais tanto por esa mujer, que llorais,

que os retorceis las manos desesperada? dijo el marqués mirando

fijamente á la joven.

--¡Oh! ¡no me conoce, no conoce á la mujer que por él lo ha perdido

todo; su honra, su conciencia, su alma! Y ¡es verdad! estas ropas

moriscas me desfiguran; este albornoz que me envuelve, esta toca que

rodea mi cabeza, y mi terror, y mi dolor...

Y Angiolina arrojó el albornoz, se arrancó la toca dejó flotar sus

hermosos cabellos, y asió las manos del marqués, infiltró en sus ojos

una mirada lúcida, intensa, impregnada de amor, y acercando su boca seca

y árida á la contraida boca del marqués, estampó en ella un beso

candente, supremo, satánico.

El marqués dió un grito, y como obedeciendo á la poderosa magia de

aquella mirada y de aquel beso, reconoció á Angiolina.

--¡Oh! ¡si! ¡tú! ¡eres tú! exclamó: pues bien miserable; has venido á

tiempo porque aun me queda fuerza para exterminarte.

Y con un movimiento rápido é imprevisto, verdadero arranque de loco,

asió con sus dos manos la garganta de Angiolina, que dió un grito

ahogado y cayó de espaldas, mas por la dolorosa impresión de las

intenciones del marqués respecto á ella, que por la fuerza de sus manos,

demasiado débiles para que Angiolina no pudiese desprenderse de ellas.

En aquel momento se abrió la puerta, y apareció Harum.

--Un caballero, dijo con voz severa, nunca tiene razon bastante para

convertirse en verdugo.

Y apartó al marqués, que fué á sentarse en su lecho en la actitud de un

tigre replegado en sí mismo; levantó á Angiolina, la dió su toca y su

albornoz en que ella se envolvió en silencio, y asiéndola de la mano la

sacó de la habitacion.

--¡Oh! ¿por qué no me habeis dejado morir á sus manos? dijo llorando

Angiolina.

--Porque le amo demasiado para permitir que tiña sus manos en sangre, y

porque vos debeis vivir.

--¡Ah! vuestra venganza es cruel, muy cruel; pero os aseguro que no

viviré mucho. ¿Y él? hablemos de él: yo no importo nada. ¿Y él? ¿creeis

que podrá vivir, Harum?

--Solo Dios sabe lo oculto: solo Dios, que es fuerte y misericordioso,

puede hacer milagros, contestó sentenciosamente.

--¡Oh! no me habiais engañado al decirme que el marqués habia muerto,

¡Muerto!.. lo que es lo mismo... loco... agonizando lentamente... si el

amor de la sultana Amina pudiese salvarle...

--¡Qué decís, señora!.. exclamó con extrañeza Harum.

--¡Qué! ¿no creeis que yo sea capaz de sacrificarlo todo por él?.. mi

vida, mis zelos... vos no habeis amado nunca... si yo pudiese salvarle

sentenciándome á tormentos continuos, inauditos, insoportables, le

salvaria. ¿Qué me importan Amina, ni vos, ni el mundo entero, ni el

cielo, ni el infierno, cuando se trata de salvarle á él?

--¡Ah! ¡funesto amor! exclamó aterrado Harum.

--Decidme, decidme lo que yo puedo hacer: exclamó con afan Angiolina.

--¿Sois capaz de sacrificaros?

--¿No os he dicho que soy capaz de todo por él?

--Creo haber oido decir que Aben-Aboo os ama.

--Aunque no me amara, yo le obligaria á amarme.

--Obligad á Aben-Aboo, enamoradle, sed suya, embriagadle.

--Lo haré, contestó sin vacilar Angiolina.

--Y averiguad, descubrid, dónde para la sultana... salvadle... salvad

acaso á ese pobre loco...

--Lo haré... ¡pero los medios!... los medios, dádmelos vos.

--Esta noche irá Aben-Aboo á matar á Aben-Humeya.

--¡Ah! me pondré á su paso... él estaba enamorado de mí... salvaré á

vuestra señora, Harum, si está en poder de Aben-Aboo, y si el amor de

doña Esperanza vuelve la razon y la salud al marqués, si son felices,

despues que yo muera, decidles: su amor la hizo cometer crímenes: su

amor os fue fatal, pero tambien su amor os ha salvado: perdonadla y

rogad á Dios por ella.

--¡Vamos! ¡vamos! no sois tan malvada como yo creia. Asios bien á mi

brazo, y volvámonos á Andarax. Se acerca la hora.

Poco tiempo despues Angiolina volvia á entrar en casa de Aben-Humeya, y

en la habitacion que habia abandonado á la llegada de Harum.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 114 / 168 题