En que volvemos á encontrar al perdido marqués de la Guardia, y se
sabe cómo escapó del subterráneo de la princesa encantada, y la
escena que tuvo con su antigua amante.
Entre tanto, á pesar de la lluvia y del frio, y á través de breñas y
despeñaderos, habia seguido Angiolina á Harum-el-Geniz.
El monfí se detuvo un momento, habló algunas palabras con otros monfíes,
y él y Angiolina pasaron.
Anduvieron aun algun tiempo.
Al fin la italiana vió una luz entre la oscuridad.
--¿Está el marqués de la Guardia donde brilla aquella luz? dijo:
--Si; contestó secamente Harum.
Llegaron á poco á una especie de venta situada al lado de uno de los
estrechos caminos de herradura que cruzan las Alpujarras.
Al llegar á la puerta, Harum previno á Angiolina que se cubriese con su
velo, y asiéndola de la mano, la condujo á un pequeño aposento alto, á
través de unas escaleras.
Al abrir su puerta, Harum desasió la mano de Angiolina.
--Dentro encontrareis al marqués de la Guardia, la dijo: fuera os
espero.
Angiolina entró con el corazon comprimido.
Sentado en un lecho mezquino, verdadero tormento de la hospitalidad de
una venta, habia un hombre meditabundo é inmóvil.
Al sentir el ruido de la puerta que se abria, el hombre que estaba
sentado en el lecho levantó la cabeza, y miró á Angiolina.
Al verle la veneciana lanzó un grito de horror, palideció, sus ojos se
llenaron de lágrimas y corrió á aquel hombre, le abrazó, y le miró con
ansiedad.
--¡Oh! ¡Dios mio! exclamó: ¡me le vuelven muerto!
El marqués contestó con una triste sonrisa.
Estaba pálido, con la palidez impura de la enfermedad, de una enfermedad
lenta: estaba demacrado, y sus ojos, sus antes hermosos ojos, casi
hundidos en los alveólos: la barba larga, el aspecto macilento: la
actitud como de hombre cansado, y de tiempo en tiempo desgarraba su
pecho una tos seca, aguda, terrible.
La mirada de Angiolina se extravió.
--¿Quién sois, señora? dijo con voz ronca el marqués de la Guardia.
--¡Qué! ¿tan desdichada soy que ha llegado el caso de que no me
reconozcas, don Juan? dijo la veneciana.
--Yo he escuchado vuestra voz, señora; la he escuchado no recuerdo
cuándo ni dónde, dijo el marqués; pero recuerdo que ha sido en otros
dias mas felices.
Y el marqués la miraba con esa expresion de deseo del que quiere
reconocer á una persona.
--¿Pero que es esto? exclamó Angiolina: ¿qué te sucede don Juan? ¿habrás
perdido acaso la razon?
--No, la razon no; pero la memoria, la vista, el oido... ¡oh! ¡oh! ha
sido una cosa horrible.
--Pero... ¿qué horrible cosa ha sido esa? dímela, dímela, y yo te
vengaré.
--¡Vengarme! ¿y por qué? Seria necesario que me vengárais en mí mismo:
yo he sido la causa de todo: ella no tiene la culpa: me ama y ha tenido
zelos.
--Y... ¿quién es esa mujer que te ama y está zelosa? exclamó con ansia
la jóven.
--¡Ah! ¿y qué te importa?... ¿tú no conoces á la princesa Angiolina
Visconti? una hermosa mujer que me sirvió para hacerme amar de otra.
--¡Ah! exclamó Angiolina.
Y su exclamacion fue semejante á un rugido.
--¿Y dices tú que esa mujer, que esa Angiolina, se ha vengado de tí?
--Si; se ha vengado de una manera horrible.
--¿Pero no me conoces? ¿no reconoces en mí á esa Angiolina que solo ha
amado por tí, que solo ha vivido por tí, que solo por tí ha odiado, que
solo por tí ha teñido sus manos en sangre, y ha llenado de
remordimientos su conciencia?
--No, tú no eres Angiolina; si lo fueras mi odio me lo diria. ¡Oh!
¡funesta mujer!
Un nuevo acceso de tos cortó la palabra al marqués, y al retirar el
pañuelo de su boca, Angiolina le vió manchado de sangre.
Hubo un momento de terrible silencio.
Don Juan contemplaba á Angiolina con una curiosidad cada vez mas
creciente.
Angiolina contemplaba á don Juan con una ansiedad cada vez mas terrible.
--¿Pero quién te ha puesto en ese horrible estado? exclamó Angiolina.
--Ella, esa mujer, exclamó el marqués.
--¿Pero qué mujer es esa?
--¿No os he dicho que se llama la princesa Angiolina Visconti?
--No, no; ella no hubiera atentado á tu vida... ella hubiera muerto mil
veces antes que tocar á uno solo de tus cabellos:... ella, porque tú
vivieses seria capaz de buscar á tu adorada Amina, de entregártela, y de
morir después.
--¡Amina! ¡Amina! esa infame mujer la ha perseguido; ella ha causado la
desgracia de su padre; ella la ha entregado á Aben-Aboo; ella me ha
asesinado.
--¡Oh! ¡no! exclamó con angustia Angiolina.
--Vos debéis conocer á esa mujer, cuando de tal modo la disculpais, dijo
el marqués.
--¡Que si la conozco! Pluguiera á Dios que de tal modo me conocieses tú,
exclamó llorando Angiolina.
--¡Llorais! ¡me compadeceis! teneis razon en llorar y en compadecerme
señora, y puesto que conoceis á esa malvada, puesto que ella me ama con
ese amor de Satanás. ¡Oid, oid, y contadla lo que vais á oir para que se
estremezca y tema la justicia de Dios!
El marqués se sentó en el lecho, se reclinó sobre las almohadas é
inclino la cabeza; Angiolina se arrodilló á sus pies, y continuó
llorando en silencio.
--Oid: hubo un dia el mas feliz de mi vida, en que un sacerdote me unió
á la única mujer que he amado. Yo juzgaba el mundo estrecho para mí; yo
creí que Dios me habia anticipado su gloria dándomela sobre la tierra,
representada por una mujer.
Tosió el marqués, y apareció en su pañuelo una nueva mancha de sangre.
Angiolina anonadada, ocultó su semblante sobre las rodillas del marqués.
Este continuó.
--Era de noche; caminábamos hácia la costa: de repente nos sorprendieron
la tempestad y los hombres: mi esposa me fue robada, y yo arrebatado por
la corriente, milagrosamente salvado, viví para buscar á mi Esperanza...
y la encontré... pero robada por un infame.--Su caballo corria; veloz
como el viento seguíale mi caballo... rendidos entrambos animales por la
fatiga, el miserable que me robaba mi Esperanza, continuó su fuga á pié
llevándola á ella sobre sus hombros.--Yo le seguia... le seguia...
entróse en una caverna, y yo me entré tras él.--Sentí sus pisadas á
través de un oscuro laberinto, y le seguí en las tinieblas.--De
repente... no sé lo que aconteció.--Parecia que el mundo entero habia
caido sobre mí, y luego no sentí nada... nada...--Despues de no sé
cuanto tiempo volví á la vida, pero á una vida horrible: parecíame
sentir despedazadas mis entrañas; ardia mi cabeza; mis miembros estaban
como descoyuntados, y me rodeaban las mas lóbregas tinieblas.--Me creí
en la region de los muertos.--Y sin embargo hice un esfuerzo, y logré
arrastrarme sobre mis manos; impulsado por la desesperacion y por el
terror, redoblé mis esfuerzos, y no sé en cuánto tiempo, pero largo,
lento, débil, estenuado, sin cesar de arrastrarme, logré al fin volver á
ver la luz del dia.--Estaba en una cueva.--Cuando me acerqué á su
entrada, me ví en la parte media de la vertiente de una montaña al borde
de una roca: abajo, mi vista debilitada, turbia, veia como á través de
una niebla sangrienta un pequeño valle.--El vértigo zumbaba en mi
cabeza.--De improviso, y como en medio de un sueño, oí un lejano ladrido
que se acercaba, se acercaba, hasta resonar junto á mí.--Era un perro
guardian del ganado que pastaba en el valle.--Junto al perro habia un
pastor anciano.--Los buenos pastores me recogieron, cuidaron de mí, y
ellos avisaron á mi amigo Harum.--¿Y sabeis lo que me dijo Harum cuando
estuve en estado de escucharle?--Seguiais de cerca á Aben-Aboo, cuando
os perdimos de vista: poco después, y cuando nos acercábamos á la
caverna por donde habiais desaparecido, sonó una detonacion terrible; la
roca voló rota en mil pedazos y... os dimos por muerto.
--¡Oh! ¡qué horror!
--Y todo esto es obra de esa mujer maldita: porque ella ha sido el
primer eslabon de la cadena de desgracias que á todos, inclusa ella
misma, nos han acontecido.--De ella es la obra de mi asesinato, porque
yo, por resultado de aquella explosion estoy enfermo de muerte, y
pluguiese á Dios viviese lo bastante para volver á ver á mi Esperanza y
á mi pobre hija.--Puesto que conoceis á Angiolina, puesto que acaso ella
os envia, contadla, señora, cómo me habeis encontrado: enfermo, loco...
si, loco, transformado enteramente en cuerpo y en alma, desesperado,
desalentado, inutilizado, muerto; decidle que todo esto es obra suya, y
que yo la maldigo.
--¡Oh! no, no la maldigas, don Juan, perdónala, perdónala, y extermínala
despues: ¡pero maldecirla porque te ha amado...! ¡porque te ama con toda
su alma..! ¡esto es horrible, esto no puede ser!
--¿Quién sois vos que os interesais tanto por esa mujer, que llorais,
que os retorceis las manos desesperada? dijo el marqués mirando
fijamente á la joven.
--¡Oh! ¡no me conoce, no conoce á la mujer que por él lo ha perdido
todo; su honra, su conciencia, su alma! Y ¡es verdad! estas ropas
moriscas me desfiguran; este albornoz que me envuelve, esta toca que
rodea mi cabeza, y mi terror, y mi dolor...
Y Angiolina arrojó el albornoz, se arrancó la toca dejó flotar sus
hermosos cabellos, y asió las manos del marqués, infiltró en sus ojos
una mirada lúcida, intensa, impregnada de amor, y acercando su boca seca
y árida á la contraida boca del marqués, estampó en ella un beso
candente, supremo, satánico.
El marqués dió un grito, y como obedeciendo á la poderosa magia de
aquella mirada y de aquel beso, reconoció á Angiolina.
--¡Oh! ¡si! ¡tú! ¡eres tú! exclamó: pues bien miserable; has venido á
tiempo porque aun me queda fuerza para exterminarte.
Y con un movimiento rápido é imprevisto, verdadero arranque de loco,
asió con sus dos manos la garganta de Angiolina, que dió un grito
ahogado y cayó de espaldas, mas por la dolorosa impresión de las
intenciones del marqués respecto á ella, que por la fuerza de sus manos,
demasiado débiles para que Angiolina no pudiese desprenderse de ellas.
En aquel momento se abrió la puerta, y apareció Harum.
--Un caballero, dijo con voz severa, nunca tiene razon bastante para
convertirse en verdugo.
Y apartó al marqués, que fué á sentarse en su lecho en la actitud de un
tigre replegado en sí mismo; levantó á Angiolina, la dió su toca y su
albornoz en que ella se envolvió en silencio, y asiéndola de la mano la
sacó de la habitacion.
--¡Oh! ¿por qué no me habeis dejado morir á sus manos? dijo llorando
Angiolina.
--Porque le amo demasiado para permitir que tiña sus manos en sangre, y
porque vos debeis vivir.
--¡Ah! vuestra venganza es cruel, muy cruel; pero os aseguro que no
viviré mucho. ¿Y él? hablemos de él: yo no importo nada. ¿Y él? ¿creeis
que podrá vivir, Harum?
--Solo Dios sabe lo oculto: solo Dios, que es fuerte y misericordioso,
puede hacer milagros, contestó sentenciosamente.
--¡Oh! no me habiais engañado al decirme que el marqués habia muerto,
¡Muerto!.. lo que es lo mismo... loco... agonizando lentamente... si el
amor de la sultana Amina pudiese salvarle...
--¡Qué decís, señora!.. exclamó con extrañeza Harum.
--¡Qué! ¿no creeis que yo sea capaz de sacrificarlo todo por él?.. mi
vida, mis zelos... vos no habeis amado nunca... si yo pudiese salvarle
sentenciándome á tormentos continuos, inauditos, insoportables, le
salvaria. ¿Qué me importan Amina, ni vos, ni el mundo entero, ni el
cielo, ni el infierno, cuando se trata de salvarle á él?
--¡Ah! ¡funesto amor! exclamó aterrado Harum.
--Decidme, decidme lo que yo puedo hacer: exclamó con afan Angiolina.
--¿Sois capaz de sacrificaros?
--¿No os he dicho que soy capaz de todo por él?
--Creo haber oido decir que Aben-Aboo os ama.
--Aunque no me amara, yo le obligaria á amarme.
--Obligad á Aben-Aboo, enamoradle, sed suya, embriagadle.
--Lo haré, contestó sin vacilar Angiolina.
--Y averiguad, descubrid, dónde para la sultana... salvadle... salvad
acaso á ese pobre loco...
--Lo haré... ¡pero los medios!... los medios, dádmelos vos.
--Esta noche irá Aben-Aboo á matar á Aben-Humeya.
--¡Ah! me pondré á su paso... él estaba enamorado de mí... salvaré á
vuestra señora, Harum, si está en poder de Aben-Aboo, y si el amor de
doña Esperanza vuelve la razon y la salud al marqués, si son felices,
despues que yo muera, decidles: su amor la hizo cometer crímenes: su
amor os fue fatal, pero tambien su amor os ha salvado: perdonadla y
rogad á Dios por ella.
--¡Vamos! ¡vamos! no sois tan malvada como yo creia. Asios bien á mi
brazo, y volvámonos á Andarax. Se acerca la hora.
Poco tiempo despues Angiolina volvia á entrar en casa de Aben-Humeya, y
en la habitacion que habia abandonado á la llegada de Harum.