De cómo empezaba Harum á vengar al emir.
Era una de esas terribles noches de tormenta que tan frecuentes son en
el otoño en las Alpujarras.
Llovia, relampagueaba, tronaba, zumbaba el viento entre las breñas.
Las calles de Andarax estaban completamente desiertas.
En Andarax estaba Aben-Humeya con trescientos escopeteros de su guardia,
y mas descuidado de lo que debiera estarlo, acompañado siempre de dos
mujeres y entretenido en zambras y diversiones.
Una de estas mujeres era Angiolina Visconti.
Irritábale esta con su hermosura, le enloquecia, le entretenia con
promesas y entre tanto le vendia.
La otra mujer se llamaba María de Rojas, y era morisca.
Esta María de Rojas, prima de Diego Alguacil, uno de los moriscos mas
influyentes en las Alpujarras y en Granada, era sobrina de aquel Miguel
Rojas, padre de Isabel de Rojas, con quien ante la Iglesia Católica se
habia casado Aben-Humeya.
Este, voluntarioso y tirano antes de haber asegurado á su cabeza la
corona, habia repudiado á su mujer, dejándola abandonada en Granada,
habia matado con extremada crueldad á los parientes de su esposa que se
atrevieron á pedirle cuenta de aquel abandono, y enamorándose de María
de Rojas, que era hermosísima, se la arrebató á Diego Alguacil de quien
era amante, y se casó con ella á la usanza mora.
Aben-Humeya no comprendió que debia ser natural y precisamente su
enemigo una mujer á cuyo padre y hermanos habia muerto, á quien habia
arrebatado sus amores, y que aquella mujer debia pensar en vengarse;
creyó que todo lo olvidaria una vez sultana de las Alpujarras, y la
arrastró á su tálamo: mató su alma como habia matado á sus parientes, y
se embriagó con sus amores fingidos, porque María de Rojas no habia
olvidado nada, ni su padre extrangulado, ni sus hermanos degollados, ni
á Diego Alguacil, de cuyos brazos casi habia sido arrancada.
Fuese que el remordimiento de haber matado á su padre, fuese que la
confianza de su fortuna hubiesen embriagado á Aben-Humeya, nada temia, y
lo que era peor aun, se rodeaba de enemigos y provocaba el peligro.
María de Rojas, al ver un dia en la casa de Aben-Humeya á Angiolina
Visconti, apareciendo como un nuevo sol, al cual se volvian los
inconstantes amores de Aben-Humeya, no tuvo zelos, porque no puede
tenerlos quien no ama, pero alentó esperanzas: comprendió que Angiolina
era tan desgraciada como ella, y que como ella ardia en sed de venganza
contra Aben-Humeya: no tardaron en comprenderse las dos mujeres, y al
comprenderse, hicieron de su venganza una causa comun, y se ayudaron
mutuamente, y se encubrieron la una á la otra.
Cuando María de Rojas necesitaba algunos momentos de libertad, Angiolina
entretenia á Aben-Humeya escuchando sus protestas de amor, alentándole,
dándole esperanzas. Cuando Angiolina necesitaba disponer de algun
tiempo, quien le entretenía, no ya con esperanzas, sino con fingidos
zelos, era María de Rojas.
¿En qué invertian el tiempo que se procuraban la una á la otra estas dos
mujeres?
Al lado de Aben-Humeya, sirviéndole con la mayor lealtad en las
apariencias, acompañándole á todas partes, poniéndose delante de él en
todos los peligros, habia tres personajes terribles: Aben-Aboo su
hermano, que á pesar de serlo, ambicionaba su corona, y tendia
asechanzas á su vida. Diego Alguacil, el primer amante de María de
Rojas, que se fingia el súbdito mas sumiso y mas leal del mundo, y
Harum-el-Geniz, el valiente caudillo de los monfíes despues de la muerte
del infortunado Yaye, que afectaba ayudar á Aben-Humeya con todas sus
fuerzas.
El insensato jóven nada sospechaba: ensoberbecido con algunas ventajas
obtenidas sobre los castellanos, con la ayuda decidida del dey de Argel
que le habia enviado algunos centenares de turcos, bajo las órdenes de
los capitanes Alí, Huscen y Carcax, piratas levantinos, que solo al olor
del oro y de la sangre habian dejado los puertos del sultan de
Constantinopla Selim II, se creia ya decididamente sultan de Andalucia
en el momento en que le acechaba de cerca la muerte.
Era, como dijimos al principio de este capítulo, una fria, nublada y
tempestuosa noche de otoño.
Acababan de dar las doce en el reló de la villa.
A aquella hora, entraron en un casaron medio derruido en la parte baja
del pueblo dos hombres.
El uno llevaba el ostentoso traje de walí de los walíes ó capitan
general de los monfíes.
Era Harum-el-Geniz.
El otro llevaba un bello traje berberisco.
Era Aben-Aboo.
La estancia en que habian penetrado, estaba alumbrada únicamente por la
fuerte luz de un monton de ramas de olivo que ardian en un ancho hogar.
Sentado junto al hogar habia un hombre como de treinta años, con traje
morisco.
Este hombre era Diego Alguacil.
Al oir á los recien llegados se levantó.
--¡Cuánto habeis tardado! dijo.
--Los barrancos estan invadeables, respondió Harum-el-Geniz, y trayendo
tanta gente nos ha sido preciso rodear mucho.
--¿Cuánta gente traeis?
--Dos mil monfíes.
--¡Ah! pues si traeis dos mil monfíes ¿á qué esperar? ¿acaso no teneis
confianza en ellos?
--Si, si ciertamente. Pero es necesario justificar la muerte de
Aben-Humeya para que el dey de Argel y el sultan no puedan acusarnos de
ella, dijo Aben-Aboo.
--¿Y habeis encontrado un medio?
--Excelente.
--¿Y qué medio es ese?
--Que le maten los turcos que le ha enviado Aluch-Alí.
--¡Ah! pero los turcos aunque estan disgustados con él, no se atreveran
á tanto.
Sonrió sesgadamente Aben-Aboo, y miró con una expresion de horrible
inteligencia á Harum.
--Los turcos, dijo, mataran á Aben-Humeya, cuando sepan que Aben-Humeya
quiere matarlos á ellos.
--Pero eso no es verdad, dijo Diego Alguacil.
--Poco importa que no lo sea con tal de que lo crean los turcos.
--Si, bien: yo aborrezco á Aben-Humeya, yo deseo su muerte: me ha herido
en el corazon, me ha afrentado, dijo Diego Alguacil. Pero el deseo que
tengo de esterminarle me hace desconfiar de que podamos herirle.
--¡Bah! dijo Aben-Aboo: tú serás quien cause la muerte de mi buen primo.
--¡Cómo!
--Toma, contestó Aben-Aboo dando una carta cerrada á Diego Alguacil.
--Esta carta, dijo el morisco mirando el sobrescrito, es para el alcaide
de Mecina de Bombaron, y la letra parece de Aben-Humeya.
--Tan de Aben-Humeya es como mia, dijo sonriendo de una manera sesgada
Aben-Aboo. Esa carta la ha escrito Diego de Arcos que, como sabes, ha
sido secretario de Aben-Humeya. Y esta carta es tal, que yo te juro que
nadie nos culpará de la muerte de Aben-Humeya.
--Quiera Dios que esta carta nos libre de ese malvado, dijo Diego
Alguacil, devolviendo la carta á Aben-Aboo.
--Se necesita un hombre de confianza para llevar esa carta, dijo con
acento breve Harum-el-Geniz.
--Diego Alguacil la llevará, repuso Aben-Aboo.
--¿Y para qué he de llevarla yo?
--¿No quieres vengarte de la afrenta que te ha hecho Aben-Humeya?
--¡Oh! ¡si! ¡vengarme! ¡vengarme de una manera terrible!
--Pues para eso es necesario que esta carta dé en manos de él.
--¡Recelaran!
--Concluyamos, Diego Alguacil: ¿podemos contar contigo, ó no? dijo
Harum-el-Geniz.
--Quiero saber la parte que tomo en mi venganza, y para ello os estoy
esperando.
--En esa carta llevas la muerte de Aben Humeya, de ese miserable
traidor, repuso Harum-el-Geniz. Lo que necesitas hacer es muy sencillo:
como los barrancos van crecidos, tendras que tomar la falda de la
sierra: en la muela de las Aguilas estan los capitanes turcos esperando
á Aben-Aboo; procura pasar por el sendero que cruza delante de la cueva,
y cuando llegues á ella, como sorprendiéndote de encontrar allí gente,
pides un guia para llegar á Mecina de Bombaron con la carta de
Aben-Humeya á pretexto de haberte extraviado.
--¿Y nada mas?
--Nada mas.
--¿Es decir que en esta carta va la muerte de Aben-Humeya?
--Si. Ahora bien; dicen que Aben-Humeya está tan descuidado que todas
las noches se anda en zambras y fiestas.
--Es verdad; ese maldito está abandonado de la mano de Dios.
--Dios abandona siempre á los traidores y á los desleales; pero estamos
ya perdiendo tiempo. Vamos, Diego Alguacil; yo te acompañaré por el
camino, y luego tomaré por los atajos para llegar antes que tú á la
muela de las Aguilas y con distinta direccion, al pasar por la cueva
donde me esperan los capitanes turcos.
Aben-Aboo se levantó y se puso en marcha: Harum-el-Geniz y Diego
Alguacil le siguieron dejando la casa abandonada.
--¡Que Dios os dé buena ventura! dijo Harum-el-Geniz cuando estuvieron
fuera de la casa volviéndose hácia la parte alta del pueblo.
--¡Cómo! ¿te quedas tú? dijo Diego Alguacil.
--Importa que yo me quede en Andarax, dijo Harum: y ademas ¿quién se ha
de quedar al frente de los dos mil monfíes que cercan la villa para que
no pueda escapar Aben-Humeya?
--Dices bien. Adios.
--Adios, dijo Aben-Aboo.
--Adios, contestó Harum-el-Geniz tomando para la parte alta del pueblo.
Aben-Aboo y Diego Alguacil salieron al campo mientras Harum se
encaminaba á la plaza murmurando:
--¡Ah, mi noble y desgraciado señor! me he visto obligado á esperar
mucho tiempo la venganza de tu sangre: pero al fin esos dos miserables
van á hacerse pedazos. ¡Tus hijos! ¡no podian ser tus hijos, no:
aquellas cartas mentían! ¡si hubieran sido tus hijos la sangre hubiera
hablado á esos corazones de tigre! ¡y si eran tus hijos!... ¡oh Dios
poderoso!... si eran tus hijos... el hijo que tiñe las manos en la
sangre de su padre merece ser muerto por su hermano.
Y entrando á punto en la plaza Harum, se encaminó hacia la iglesia
transformada entonces en mezquita, y torciendo por una estrecha calleja,
llegó á un postigo oscuro de la tapia de un huerto.