CAPITULO XLI.

De lo que aconteció á los moriscos de Granada la víspera de San

Juan de 1559.

Al amanecer, los tambores y los pífanos de las compañías de infantería

tocaron llamada á las gentes de guerra.

Las principales plazas de la ciudad se vieron llenas de soldados.

Luego se pregonó solemnemente un bando, por el cual se mandaba á todos

los moriscos y mudejares que habitaban en la ciudad, en el Albaicin y en

la Alcazaba, asi vecinos como forasteros, se reuniesen en sus

respectivas iglesias parroquiales.

No pudiendo resistir obedecieron.

Pero aterrados, porque lo temian todo, porque no sabian qué iba á

hacerse con ellos.

Cuando estuvieron reunidos en las iglesias, fueron encerrados en ellas.

Preguntaron aterrados qué suerte iba á ser la suya y el presidente Deza

les ofreció cédulas de seguros de sus vidas, y lo que mas los

tranquilizó fue la palabra que don Juan de Austria les empeñó en nombre

del rey, de que los tomaba bajo el seguro y amparo real, que no se les

haria daño, y de que se les sacaba de Granada para apartarlos del

peligro en que se encontraban entre la gente de guerra.

Los desdichados hubieron de satisfacerse con esto: permanecieron aquella

noche presos en las iglesias guardados por algunas compañías de

infantería, y al dia siguiente escuadronada y apercibida la gente de

guerra en el campo del Triunfo, que está situado entre la puerta de

Elvira y el Hospital Real, campo que aun no llevaba aquel nombre,

salieron los moriscos de las iglesias entre arcabuceros, yendo entre

ellos para protegerlos con su autoridad, don Juan de Austria, el duque

de Sesa, el marqués de Mondéjar, don Luis Quijada, ayo de don Juan, y el

licenciado Briviesca de Muñatones, y fueron encerrados en el Hospital

Real, donde Francisco Gutierrez de Cuellar, caballero del hábito de

Santiago, y teniente de contador mayor, venido por órden del rey á

Granada, y con él algunos otros contadores y escribanos, hizo lista de

ellos con sus nombres, estado y profesiones, encontrándose despues de

hecha la lista, pasar de diez mil los moriscos arrancados de sus

hogares.

No se hizo esta prision en mano sin que aconteciese algo terrible.

A pesar de cuanto se procuró por don Juan de Austria y los del consejo,

que nada siniestro aconteciese al tiempo de trasladar á los moríscos de

las iglesias al hospital Real, sobrevino un hecho, que puso en peligro

de ser muertos á manos de la soldadesca todos los moriscos.

Don Alonso de Orellana, uno de los capitanes de la infantería de

Sevilla, queriendo señalar su compañía de las otras, ató en el asta de

una lanza un crucifijo cubierto con un velo negro, y puso al soldado que

le llevaba á la cabeza de la compañía: al sacar aquella compañía los

moriscos de las iglesias, los infelices, al ver la cruz enlutada,

creyeron que los llevaban á morir, y creyendo lo mismo las moriscas que

iban llorando tras ellos, empezaron á dar alaridos y á mesarse los

cabellos y á exclamar:

--¡Oh desventurados de vosotros, que os llevan como corderos al

degolladero! ¡cuánto mejor os fuera morir en las casas donde nacísteis!

En estos momentos, un soldado dió un palo á un morisco jóven, que

llevaba medio ladrillo debajo del brazo, y que, al sentir el golpe se lo

tiró al soldado partiéndole una oreja; esto aconteció cerca de don Juan

de Austria: arrojáronse los alabarderos de la Guardia sobre el morisco,

y allí mismo le hicieron pedazos.

Revolviéronse los soldados y los moriscos, empezaron á correr voces

entre los primeros de que el herido era don Juan de Austria, entre los

segundos de que los iban á matar á todos, y fue necesaria la autoridad

de don Juan de Austria, del presidente Deza y del marqués de Mondéjar,

para que no aconteciese una gran desdicha.

Apaciguóse, pues, á los moriscos, se sosegó á los soldados, se apartó al

muerto, se retiró al herido, y para que no se alborotase la ciudad y

matasen á los moriscos que iban por las calles, don Juan de Austria

mandó á don Francisco de Solís y á Luis de Mármol Carvajal, que mas

adelante historió la rebelion de los moriscos de Granada, se pusiesen á

las puertas de la ciudad y no dejasen entrar á nadie dentro.

Al fin los moriscos fueron encerrados en el Hospital Real, edificio

gótico de fines del siglo XV ó principios del XVI, fundado por doña

Isabel la Católica, para la curacion de toda clase de enfermedades y

expecialmente para recoger locos.

Aquellos pobres moriscos, solo por el delito de serlo, y por haber

inspirado temor, fueron deportados al interior de Castilla: todos fueron

tratados cruelmente, y muchos de ellos muertos, vendidos otros por

esclavos y repartidas entre la soldadesca las moriscas mas hermosas.

A pesar de esta deportacion, no quedó Granada enteramente limpia, como

se decia entonces, de moriscos: habian quedado en la ciudad y en las

alquerías de la Vega los niños menores de siete años, y los viejos

mayores de cuarenta, como gente que no podian causar recelo; y á mas de

esto, muchos oficiales de artes y oficios, que eran necesarios en la

ciudad, y los mudejares, porque alegaron que no debian ser tratados de

igual manera que los moriscos, porque decian descender de cristianos,

que habian vivido como en vasallaje entre los moros, y que sus

antepasados habian servido buena y fielmente á los príncipes cristianos

contra los reyes moros.

Hecha esta limpia de seguridad, por decirlo asi, los ciudadanos de

Granada se creyeron salvos; pero sin embargo, empezó á notarse la falta

de los moriscos deportados; resintióse el comercio, se enflaqueció la

industria, las casas y jardines de los moriscos tan bellos poco antes,

empezaron á verse asolados, destruidos y tan mal parados, que parecia,

segun el dicho de los contemporáneos, que habia caido una maldicion

sobre Granada.

Los moriscos viejos, llorando sus desventuras, decian haberse cumplido

un pronóstico hecho en otro tiempo á los de Granada: este pronóstico les

habia anunciado que vendria un tiempo en que bajaria por la cuesta de

Alacaba un arroyo de sangre morisca que cubriria una gran piedra puesta

en la desembocadura de aquella cuesta al campo del Triunfo, en una

esquina del convento de la Merced: y ciertamente que pudieron dar por

cumplido el pronóstico, porque el dia de la deportacion bajaron por

aquella cuesta tantos moriscos, que bien pudo considerárseles como

sangre que cubrió la cuesta y la piedra.

Hubo otra circunstancia, sin duda casual, pero que podria tenerse por

peor resultado de un fatalismo: la batalla de las Navas de Tolosa, fue

la mas funesta de cuantas ganaron los cristianos á los moros: en las

crónicas árabes, se encuentra aquel hecho señalado con el nombre de

batalla de Hins al-Acab[28]: Hins al-Acab, se llamaba y se llama hoy en

Granada, la cuesta por donde bajaron del Albaicin los moriscos para ser

deportados.

Dado este terrible paso de precaucion, á costa de la libertad, de la

vida y de las haciendas de diez mil infelices, se pensó en llevar

adelante la guerra de las Alpujarras á todo rigor.

Aben-Humeya y Aben-Aboo, rey el uno, alcaide de los alcaides el otro,

entre los moriscos, se robustecian y organizaban sus fuerzas: el marqués

de Mondéjar no inspiraba gran confianza por su blandura, y don Luis

Fajardo se averiguaba muy mal con los moriscos del Almanzora y del

Marquesado. Aben-Humeya se habia apoderado de las fortalezas del rio

Almanzora, y puesto por general de aquel distrito al Malek, tristemente

célebre por sus desgracias, y que mas tarde debia morir desastradamente,

con su amante Maleka en Galera, y ensoberbecido con los socorros que le

habia enviado el dey de Argel, no dejaba reposar un punto á los

cristianos, y aunque no alcanzase grandes ventajas, la confianza de los

moriscos de la Alpujarra crecia hasta el punto de que labraban

tranquilamente sus tierras y se entregaban al artefacto de la seda, como

si fuesen las gentes mejor defendidas y seguras del mundo.

En vista de esto, y de que Aben-Humeya seguia levantando la tierra, y

extendiendo la rebelion, temiéndose que esta cundiese á los reinos de

Valencia y Murcia donde habia un considerable número de moriscos, el rey

determinó que se hiciesen dos campos contra los rebeldes, uno bajo las

órdenes de don Juan de Austria, y otro bajo las del marqués de los

Velez.

En cuanto al marqués de Mondéjar, para evitar entorpecimientos y

competencias, se le apartó de Granada con el pretexto de que fuese á la

córte á informar en persona al rey acerca de los asuntos del reino de

Granada, y de la manera que se habia de tener para sujetar á los

moriscos, como quien habiendo sido tantos años capitan general de

Granada, debia conocer bien á aquellas gentes.

Al saber que el marqués de Mondéjar era llamado á la córte, el

licenciado Briviesca de Muñatones, como práctico que era en cosas de

estado, dijo (era tuerto de un ojo): _que me saquen el otro si el

marqués torna de allá mientras dure la guerra_.

En tal estado se encontraba la rebelion del reino de Granada á

principios del mes de octubre de 1569.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 110 / 168 题