De lo que aconteció á los moriscos de Granada la víspera de San
Juan de 1559.
Al amanecer, los tambores y los pífanos de las compañías de infantería
tocaron llamada á las gentes de guerra.
Las principales plazas de la ciudad se vieron llenas de soldados.
Luego se pregonó solemnemente un bando, por el cual se mandaba á todos
los moriscos y mudejares que habitaban en la ciudad, en el Albaicin y en
la Alcazaba, asi vecinos como forasteros, se reuniesen en sus
respectivas iglesias parroquiales.
No pudiendo resistir obedecieron.
Pero aterrados, porque lo temian todo, porque no sabian qué iba á
hacerse con ellos.
Cuando estuvieron reunidos en las iglesias, fueron encerrados en ellas.
Preguntaron aterrados qué suerte iba á ser la suya y el presidente Deza
les ofreció cédulas de seguros de sus vidas, y lo que mas los
tranquilizó fue la palabra que don Juan de Austria les empeñó en nombre
del rey, de que los tomaba bajo el seguro y amparo real, que no se les
haria daño, y de que se les sacaba de Granada para apartarlos del
peligro en que se encontraban entre la gente de guerra.
Los desdichados hubieron de satisfacerse con esto: permanecieron aquella
noche presos en las iglesias guardados por algunas compañías de
infantería, y al dia siguiente escuadronada y apercibida la gente de
guerra en el campo del Triunfo, que está situado entre la puerta de
Elvira y el Hospital Real, campo que aun no llevaba aquel nombre,
salieron los moriscos de las iglesias entre arcabuceros, yendo entre
ellos para protegerlos con su autoridad, don Juan de Austria, el duque
de Sesa, el marqués de Mondéjar, don Luis Quijada, ayo de don Juan, y el
licenciado Briviesca de Muñatones, y fueron encerrados en el Hospital
Real, donde Francisco Gutierrez de Cuellar, caballero del hábito de
Santiago, y teniente de contador mayor, venido por órden del rey á
Granada, y con él algunos otros contadores y escribanos, hizo lista de
ellos con sus nombres, estado y profesiones, encontrándose despues de
hecha la lista, pasar de diez mil los moriscos arrancados de sus
hogares.
No se hizo esta prision en mano sin que aconteciese algo terrible.
A pesar de cuanto se procuró por don Juan de Austria y los del consejo,
que nada siniestro aconteciese al tiempo de trasladar á los moríscos de
las iglesias al hospital Real, sobrevino un hecho, que puso en peligro
de ser muertos á manos de la soldadesca todos los moriscos.
Don Alonso de Orellana, uno de los capitanes de la infantería de
Sevilla, queriendo señalar su compañía de las otras, ató en el asta de
una lanza un crucifijo cubierto con un velo negro, y puso al soldado que
le llevaba á la cabeza de la compañía: al sacar aquella compañía los
moriscos de las iglesias, los infelices, al ver la cruz enlutada,
creyeron que los llevaban á morir, y creyendo lo mismo las moriscas que
iban llorando tras ellos, empezaron á dar alaridos y á mesarse los
cabellos y á exclamar:
--¡Oh desventurados de vosotros, que os llevan como corderos al
degolladero! ¡cuánto mejor os fuera morir en las casas donde nacísteis!
En estos momentos, un soldado dió un palo á un morisco jóven, que
llevaba medio ladrillo debajo del brazo, y que, al sentir el golpe se lo
tiró al soldado partiéndole una oreja; esto aconteció cerca de don Juan
de Austria: arrojáronse los alabarderos de la Guardia sobre el morisco,
y allí mismo le hicieron pedazos.
Revolviéronse los soldados y los moriscos, empezaron á correr voces
entre los primeros de que el herido era don Juan de Austria, entre los
segundos de que los iban á matar á todos, y fue necesaria la autoridad
de don Juan de Austria, del presidente Deza y del marqués de Mondéjar,
para que no aconteciese una gran desdicha.
Apaciguóse, pues, á los moriscos, se sosegó á los soldados, se apartó al
muerto, se retiró al herido, y para que no se alborotase la ciudad y
matasen á los moriscos que iban por las calles, don Juan de Austria
mandó á don Francisco de Solís y á Luis de Mármol Carvajal, que mas
adelante historió la rebelion de los moriscos de Granada, se pusiesen á
las puertas de la ciudad y no dejasen entrar á nadie dentro.
Al fin los moriscos fueron encerrados en el Hospital Real, edificio
gótico de fines del siglo XV ó principios del XVI, fundado por doña
Isabel la Católica, para la curacion de toda clase de enfermedades y
expecialmente para recoger locos.
Aquellos pobres moriscos, solo por el delito de serlo, y por haber
inspirado temor, fueron deportados al interior de Castilla: todos fueron
tratados cruelmente, y muchos de ellos muertos, vendidos otros por
esclavos y repartidas entre la soldadesca las moriscas mas hermosas.
A pesar de esta deportacion, no quedó Granada enteramente limpia, como
se decia entonces, de moriscos: habian quedado en la ciudad y en las
alquerías de la Vega los niños menores de siete años, y los viejos
mayores de cuarenta, como gente que no podian causar recelo; y á mas de
esto, muchos oficiales de artes y oficios, que eran necesarios en la
ciudad, y los mudejares, porque alegaron que no debian ser tratados de
igual manera que los moriscos, porque decian descender de cristianos,
que habian vivido como en vasallaje entre los moros, y que sus
antepasados habian servido buena y fielmente á los príncipes cristianos
contra los reyes moros.
Hecha esta limpia de seguridad, por decirlo asi, los ciudadanos de
Granada se creyeron salvos; pero sin embargo, empezó á notarse la falta
de los moriscos deportados; resintióse el comercio, se enflaqueció la
industria, las casas y jardines de los moriscos tan bellos poco antes,
empezaron á verse asolados, destruidos y tan mal parados, que parecia,
segun el dicho de los contemporáneos, que habia caido una maldicion
sobre Granada.
Los moriscos viejos, llorando sus desventuras, decian haberse cumplido
un pronóstico hecho en otro tiempo á los de Granada: este pronóstico les
habia anunciado que vendria un tiempo en que bajaria por la cuesta de
Alacaba un arroyo de sangre morisca que cubriria una gran piedra puesta
en la desembocadura de aquella cuesta al campo del Triunfo, en una
esquina del convento de la Merced: y ciertamente que pudieron dar por
cumplido el pronóstico, porque el dia de la deportacion bajaron por
aquella cuesta tantos moriscos, que bien pudo considerárseles como
sangre que cubrió la cuesta y la piedra.
Hubo otra circunstancia, sin duda casual, pero que podria tenerse por
peor resultado de un fatalismo: la batalla de las Navas de Tolosa, fue
la mas funesta de cuantas ganaron los cristianos á los moros: en las
crónicas árabes, se encuentra aquel hecho señalado con el nombre de
batalla de Hins al-Acab[28]: Hins al-Acab, se llamaba y se llama hoy en
Granada, la cuesta por donde bajaron del Albaicin los moriscos para ser
deportados.
Dado este terrible paso de precaucion, á costa de la libertad, de la
vida y de las haciendas de diez mil infelices, se pensó en llevar
adelante la guerra de las Alpujarras á todo rigor.
Aben-Humeya y Aben-Aboo, rey el uno, alcaide de los alcaides el otro,
entre los moriscos, se robustecian y organizaban sus fuerzas: el marqués
de Mondéjar no inspiraba gran confianza por su blandura, y don Luis
Fajardo se averiguaba muy mal con los moriscos del Almanzora y del
Marquesado. Aben-Humeya se habia apoderado de las fortalezas del rio
Almanzora, y puesto por general de aquel distrito al Malek, tristemente
célebre por sus desgracias, y que mas tarde debia morir desastradamente,
con su amante Maleka en Galera, y ensoberbecido con los socorros que le
habia enviado el dey de Argel, no dejaba reposar un punto á los
cristianos, y aunque no alcanzase grandes ventajas, la confianza de los
moriscos de la Alpujarra crecia hasta el punto de que labraban
tranquilamente sus tierras y se entregaban al artefacto de la seda, como
si fuesen las gentes mejor defendidas y seguras del mundo.
En vista de esto, y de que Aben-Humeya seguia levantando la tierra, y
extendiendo la rebelion, temiéndose que esta cundiese á los reinos de
Valencia y Murcia donde habia un considerable número de moriscos, el rey
determinó que se hiciesen dos campos contra los rebeldes, uno bajo las
órdenes de don Juan de Austria, y otro bajo las del marqués de los
Velez.
En cuanto al marqués de Mondéjar, para evitar entorpecimientos y
competencias, se le apartó de Granada con el pretexto de que fuese á la
córte á informar en persona al rey acerca de los asuntos del reino de
Granada, y de la manera que se habia de tener para sujetar á los
moriscos, como quien habiendo sido tantos años capitan general de
Granada, debia conocer bien á aquellas gentes.
Al saber que el marqués de Mondéjar era llamado á la córte, el
licenciado Briviesca de Muñatones, como práctico que era en cosas de
estado, dijo (era tuerto de un ojo): _que me saquen el otro si el
marqués torna de allá mientras dure la guerra_.
En tal estado se encontraba la rebelion del reino de Granada á
principios del mes de octubre de 1569.