En qué estado se encontraba la guerra de las Alpujarras algunos
meses despues de los sucesos anteriores.
La guerra de las Alpujarras se hacia cada vez mas difícil y de resultado
mas dudoso.
El marqués de Mondéjar no tenia medios para reprimir la insurreccion.
Le faltaban hombres y dinero.
Ademas, entre él y el presidente de la Chancillería, se cruzaban
competencias de autoridad.
Las prudentes medidas que el marqués de Mondéjar tomaba para mantener en
paz á los moriscos del Albaicin y de la Vega, eran inutilizadas por las
severas é imprudentes represiones que el presidente don Pedro de Deza
ejecutaba sobre los moriscos.
Los alguaciles y las guardas de la Chancillería, se permitian con ellos
toda clase de excesos, y por la mas leve causa, con los mas absurdos
pretextos, eran encarcelados.
La mayor parte huian á las Alpujarras.
La rebelion crecia.
Un dia y otro llegaban noticias terribles.
Ya era la de que en Guecija, los monfíes, despues de haber acorralado en
la torre de su iglesia á una comunidad entera de frailes agustinos la
habian matado, echándoles aceite hirviendo por un agujero abierto en el
techo de la habitacion en que se encontraban; ya de que habian enchido ó
rodeado de pólvora al cura de Mairena, y le habian puesto fuego, y de
que habian enterrado hasta la cintura al vicario de la misma villa, y le
habian asaeteado; enterrando á otros eclesiásticos hasta el cuello, y
dejándolos morir de frio y de hambre; ya de que á otros cristianos
habian mutilado los miembros y entregádolos á las mujeres para que con
almaradas los acabasen de matar; ya que á este ó al otro corregidor,
alguacil, corchete, ó miembro de justicia habian acañabereado,
apedreado, desollado ó despeñado; ya que á los hijos del alcaide de la
Poza llamado Arze, habian dado cruel muerte degollando al uno; azotando,
crucificando, é hiriendo en el costado al otro, como en escarnio y
reproduccion de la muerte de Jesucristo; ya que un convento entero de
monjas habia sido entrado, y repartidas las monjas jóvenes entre ellos y
hechas sus mancebas, y destinadas á la mas dura servidumbre las monjas
viejas: ya, en fin, de horrores repugnantes, inconcebibles, de todo
punto infames, practicados por los monfíes.
Los que escapaban, maltratados algunos y heridos, llevaban el terror á
Granada, y las peticiones de represion y de venganza de los ciudadanos
atemorizados, hacian mas precaria la situacion de los moriscos de la
ciudad, y enconaban las diferencias entre el presidente don Pedro de
Deza, y el capitan general, marqués de Mondéjar.
Este opinaba que nada debia hacerse contra los que en nada habian
delinquido, y protegia abiertamente á los moriscos de la ciudad, porque
decia:
--Si ellos tuviesen pensamiento de alzarse, y de faltar á la lealtad al
rey, hubieran aprovechado la entrada de los monfíes en el Albaicin la
noche de Navidad: manteniéndoles en su lealtad por medio de la blandura;
se conseguirá que muchos de los moriscos de las Alpujarras que ven la
guerra dudosa y la temen, se vengan á Granada á ponerse bajo el amparo
del rey, cuando si á los de la ciudad se les trata con rigor, huiran á
las Alpujarras y aumentaran desesperados la fuerza de la rebelion.
Pero en contra de las razones del marqués, el presidente decia.
--Los de la ciudad y los de las Alpujarras son unos mismos: si los de
acá no se han levantado, es porque no han visto seguro el suceso, pero
el dia en que por recibir ayuda de Berbería los rebeldes, ó por otra
circunstancia, crean llegada la hora del triunfo, se sublevaran y nos
encontraremos con los enemigos en casa. Deben, pues, ser considerados
como enemigos ocultos y tratados con rigor.
No se sabia á cuál de estos dos opuestos pareceres conceder el acierto;
pero el resultado era que el presidente conspiraba contra el marqués de
Mondéjar; y que el marqués de Mondéjar andaba contrario y enemistado con
el presidente; que la ciudad, dependiente de la Chancillería en gran
manera, andaba rehacia en ayudar en lo que podia al marqués, y que los
habitantes castellanos, acusaban públicamente de blandura y de
parcialidad por los moriscos al capitan general, y pedian le sustituyese
el marqués de los Velez don Luis Fajardo, adelantado de Murcia, en quien
decian tener mas confianza.
Del mismo modo los caballeros y gentes que habian venido á ayudar en la
empresa al marqués de Mondejar, estaban divididos, ayudando los unos al
capitan general, poniéndose los otros de parte del presidente y del
marqués de los Velez.
Aben-Humeya entre tanto habia acabado de levantar todas las Alpujarras;
habia dado ocasion á que el fuego cundiese á la tierra de Almería, á la
Axarquia de Málaga y á la serranía de Ronda; habia enviado embajadores
al rey de Argel avisándole del buen punto en que se encontraba la
guerra, y pidiéndole socorro, y habia enviado á Africa á Hernando el
Habaquí á tomar turcos á sueldo, de los que andaban pirateando en el
Mediterráneo.
Entre tanto las gentes del rey de España llevaban en las Alpujarras la
peor parte; el capitan Avila habia sido vencido y encerrado en Adia;
Castil de Ferro fue tomado por los monfíes; Orgiva habia sido entrada y
ocupada; y el mismo Aben-Humeya, cargando con seis mil hombres sobre el
puente de Tablate donde estaban las avanzadas de la gente del marqués de
Mondejar, las hizo retroceder, venciéndolas y obligando al capitan Diego
de Quesada que las mandaba á retirarse á Durcal.
Por esta victoria de Aben-Humeya, Granada estaba amenazada.
El marqués de Mondejar se vió obligado, pues, á salir contra el enemigo,
dejando encomendado el gobierno de la ciudad á el presidente don Pedro
de Deza, y llevando por todo ejército ochocientos infantes, doscientos
caballos y algunos caballeros particulares.
Cuando llegaron encontraron cortado el puente.
Al otro lado estaba Aben-Humeya con un estandarte y tres mil y
quinientos hombres entre monfíes y moriscos, armados parte con arcabuces
y ballestas, parte con hondas y armas enhastadas.
Parecian dispuestos á defender á todo trance aquella puerta de las
Alpujarras.
Aben-Humeya, ginete en un caballo negro, con corona en la cabeza y
vestiduras reales, seguido de su estandarte, recorria sus apiñados
escuadrones que ocupaban el repecho; alentaba á los unos, excitaba á los
otros, ofrecia recompensas, se multiplicaba, acudia á todas partes, y
obraba, en fin, como un valiente capitan.
El marqués de Mondejar por su parte, mandó á la infantería forzar el
paso del puente; pero la infantería que acompañaba al marqués, reunida
de improviso pocos dias antes, mal regida y poco disciplinada, fue
rechazada por los monfíes, que repasaron el puente cargando en tropel y
con recio alarido sobre las gentes del marqués.
Entonces Mondejar mandó cargar á la caballería, pero á la primera
envestida empezaron á arremolinar algunas picas de su escuadron, y el
marqués, resuelto á todo, se vió obligado á envestir en persona, seguido
de su guardia, de sus escuderos y de los caballeros particulares que le
acompañaban.
Aconteció que, como el paso era estrecho, entre dos cerros, y los
monfíes se embarazaban unos á otros por el poco espacio, y presentaban
un frente de ocho hombres, no pudieron resistir los primeros la
acometida del marqués y de sus gentes, fueron arroyados y arrojados á
los barrancos laterales los primeros en que se encarnizó la embestida, y
revueltos los de detrás, y siendo muy estrecho el paso del puente,
cayeron la mayor parte despeñados al fondo del tajo, se retiraron los
demás, y alentada la gente del marqués, pasó á la carrera y á la
deshilada por las tablas, apretando á los monfíes y haciéndoles
retirarse á la montaña, donde no podian perseguirlos los caballos.
El marqués pasó adelante, puso alguna arcabucería en el castillo de
Lanjaron, que encontró abandonado, y acampó en una cumbre delante de los
enemigos.
Pero esta victoria, señalada é importantísima, porque quebraba el primer
ímpetu de los monfíes, debida al arrojo y á la sangre fría de Mondejar,
no fue bastante para darle autoridad como capitan y acallar las
rencillas y las competencias del presidente de la Chancillería y la
rivalidad del marqués de los Velez.
De nada le sirvió tampoco el haber libertado á Orgiva, el haber
conseguido notables ventajas sobre el enemigo, obligándole á
concentrarse, y todo esto con poca gente, sin ningun dinero, sin
bastimentos ni provisiones.
Culpábasele por el presidente Deza de haber causado con sus
contemporizaciones la rebelion de los moriscos; se desestimaban sus
triunfos, se atribuian al acaso mas que á la pericia, todo esto en
cartas al rey en que por el contrario se elogiaba al marqués de los
Velez, que, requerido por el presidenta Deza, habia entrado con sus
deudos, amigos y allegados en el reino de Almeria; se ponderaban su
valor y su pericia: se referia enfáticamente cómo habia combatido una
gruesa taifa de moros que atravesaban desvandados por Illar; cómo habia
tomado á Flix, villa de moriscos y saqueádola y llevádola á sangre y
fuego, y matando mas mujeres que hombres, y cómo por falta de vituallas,
se habia visto obligado á recogerse á Casar de Canjayar, á quien por
otro nombre llamaban y aun llaman hoy, barranco de la Hambre, en memoria
de que en él se recogieron los moriscos cuando don Fernando el Católico
fué sobre Andarax, en la primera rebelion de las Alpujarras, barranco en
el cual murieron de hambre casi todos los moriscos que en él se
refugiaron.
Felipe II recibia estas cartas; las leia detenidamente, conocia la
parcialidad que en ellas se encerraba, y no proveia socorros ni para
Mondejar ni para el marqués de los Velez, ni se decidia por el uno ni
por el otro.
Política incomprensible, que dejaba crecer una rebelion respetable, que
dilataba la guerra y empequeñecia la influencia del rey en las
Alpujarras.
Sin embargo, puso algun temor á los moriscos la toma de Poqueira,
Jubiles y Paterna, lugares que por su aspereza creian inexpugnables,
tomas tanto mas dolorosas para ellos, cuanto por la reputacion de
fuertes de aquellas villas, habia recogido en ellas todos sus caudales
que fueron tomados por los cristianos.
Con estas ventajas creyó el marqués de Mondejar tener ya vencida y á
punto de terminar la rebelion; pero esta, que parecia sosegada en el
centro de las Alpujarras, saltó por otras partes á las Guajaras, que son
tres lugares pequeños al Poniente de las Alpujarras, situados entre
Almuñecar y el valle de Lecrin, en la rambla que va á parar al puerto de
la Herradura.
Los monfíes ocuparon los dos peñones que se llaman las Guajaras, uno
alto, de subida áspera y dificil, y otro mas bajo y accesible.
Fortificáronlos como pudieron, con piedra seca y mantas y enjalmas, á
falta de tierra y ramas, y aumentado su número por tres mil moriscos de
los lugares vecinos, esperaron al marqués, que dejando con sobrada
impremeditacion á sus espaldas lugares sospechosos y mal reducidos como
Ohañez y Válor, cargó sobre las Guajaras donde de nuevo aparecia la
rebelion audaz y provocadora.
Desastrada pudo ser para los castellanos esta empresa por la imprevision
del marqués de dejar á sus espaldas y á sus flancos lugares enemigos.
Acometidas las Guajaras, los monfíes y los moriscos se defendieron con
el valor de la desesperacion; el ardor del capitan de infantería don
Juan de Villaroel empeñó á una bandera de arcabuceros en el asalto
imprudente del peñon mas difícil; cundió la imprudencia, y ya pasaban de
ochocientos infantes los que subian por lo mas áspero del peñon, sin que
el marqués de Mondéjar pudiese contenerlos; alentado el capitan
Villaroel con aquel aumento de gente, creyendo tener asegurado para sí
el honor de la jornada, desoyendo las órdenes del marqués, prosiguió en
el asalto de una manera desvandada, dando ocasion á los monfíes de que
le rechazasen con sus arcabuces y ballestas, y con una lluvia de piedras
derrumbadas desde el alto del peñon.
De los moros, todos eran á arrojar: hombres, mujeres, viejos y niños.
Los cristianos fueron rotos, muertos de una manera desastrada la mayor
parte de ellos; cargados por los moros que, al ver el desórden, saltaron
del peñon abajo, y mataron entre otros muchos hidalgos al imprudente
capitan Villaroel, que cayó desalentado con la espada en la cinta,
acuchillado en la cabeza, y mutiladas las manos con que pretendia parar
los golpes de los alfanjes y yataganes.
Murió allí tambien don Luís Ponce de Leon, que estando herido de muerte
y por tierra, le despeñó un criado suyo por salvarle; y asimismo
murieron el veedor de las compañías de Granada Juan de Ronquillo, y el
único hijo del maestre de campo Hernando de Oruña, que cayó
ensangrentado á los piés de su mismo padre.
El marqués, á la vista de aquel estrago y de los enemigos que
embravecidos por el triunfo cargaban, prolongándose por la cumbre para
tomarle las espaldas, guiados por los terribles walies Gironcillo y el
Zamar, envió á don Alonso de Cárdenas con una manga de arcabucería á que
contuviese su ímpetu.
Logróse, conteniéndose el impetu de los enemigos; llegó la noche, y el
marqués con su gente recogida y en ordenanza permaneció acampado delante
de los moros.
Al amanecer llegó al campo del marqués su retaguardia, compuesta de
cinco mil quinientos hombres y cuatrocientos caballos.
Renovóse de nuevo el asalto del peñon por todas partes, y siendo el
combate encarnizado todo el dia, con gran mortandad de los cristianos,
que eran heridos por los moros desde sus reparos y asperezas á mansalva.
Visto por los monfíes y los moriscos que se encontraban cercados, que el
campo del marqués habia vencido, que les faltaban municiones y víveres,
y que al dia siguiente podrian resistir mal un nuevo asalto, rompieron
durante la noche por el lugar que encontraron mas flacamente cercado,
salvándose los monfíes con sus capitanes Gironcillo y el Zamar, y
sacando las mujeres y niños que pudieron, pero quedando otro gran número
de los naturales en las Guajaras defendiendo el peñon.
El marqués puso parte de su gente en demanda de los que huian, y el wali
Zamar, embarazado por el peso de una hija doncella, á quien habia tomado
en sus brazos, porque no podia seguir de cansada, fue herido en un muslo
por un arcabucero preso, cautivada y deshonrada aquella hija por cuya
salvacion se habia perdido, y enviado él mismo á Granada, donde le mandó
atenacear el conde de Tendilla, hijo del marqués de Mondéjar.
Los horrores crecian.
Los desdichados que habian quedado cercados en el peñon, gente floja,
mujeres, niños y viejos la mayor parte, fueron acometidos, tomada la
cumbre del peñon despues de un ligero combate, y pasados todos los que
allí se encontraron á cuchillo, sin distincion de persona, edad, ni
sexo.
Cuando hoy se pasa por entre los peñones de las Guajaras, los naturales
señalan algunas anchas ráfagas de tierra roja, y pretenden que aquella
es la señal de la sangre vertida en aquella jornada.
Esta jornada fue de poco honor para Mondéjar; habia triunfado si, pero
perdiendo la mitad de su gente, sin un gran resultado decisivo, puesto
que aquella matanza de moriscos irritó mas que aterró á los
insurreccionados.
Aquella victoria habia sido tan costosa, que se tenia por una derrota, é
hizo pensar que si de esta suerte seguia triunfando con frecuencia el
marqués, se necesitarian para la guerra de las Alpujarras los ejércitos
de Jerjes y los tesoros de Creso.
Apretaban, pues, el presidente Deza y los vecinos mas calificados de
Granada en que se encomendase la empresa de la pacificacion de las
Alpujarras al marqués de los Velez, quitando este cargo al de Mondéjar.
Este último, por su parte, daba por concluida la guerra; pero para
desmentirle se levantaban Ohañez y el marquesado del Zenete con nuevo
empeño y temeridad increible; apenas castigados estos lugares, se
alzaban otros, y los vencidos volvian á levantarse cuando el ejército
cristiano, yendo de acá para allá, los desalojaba para ir á sujetar
nuevas insurrecciones.
Perseguíase, buscábase á Aben-Aboo y Aben-Humeya, y no se les
encontraba; pero los soldados no se volvian sin haber saqueado y
cometido todo género de excesos en los lugares á donde habian ido á
buscarlos.
Válor, Narila, Orgiva, sufrieron sucesivamente cuantas calamidades
pueden llevar la guerra y el bandidaje á una poblacion; las mujeres y
los niños eran cautivados y vendidos, y muertos los hombres y los
viejos.
Veíase con frecuencia una larga caravana de moriscas descalzas,
desgreñadas, aterradas, llevando sus hijos en los brazos unas, y otras
de la mano, atravesando las montañas, escoltadas por algunos monfíes, en
fuga de los cristianos que se habian acercado á su poblacion.
Acontecia muchas veces que estas pobres caravanas de fugitivos
encontraban con un cuerpo de cristianos, que los acometian, se
ensangrentaban en ellos, los cautivaban, y no perdonaban género de
ferocidad.
Otras veces, por el contrario, los monfíes encontraban al revolver de un
desfiladero una inmensa turba desvandada de soldados españoles, cargados
con la presa de una poblacion que acababan de saquear, y llevando
consigo mujeres cautivas; entonces los cristianos, embarazados por el
botin, eran degollados, sin que los monfíes tomasen uno solo preso, y á
veces sin que perdiesen los degolladores un solo hombre.
Era, en fin, una guerra de exterminio y de bandidaje, cuyo fin no se
veia, y que amenazaba siempre con el peligro de que el turco tomase
parte en ella, enviando á las Alpujarras un formidable ejército.
Por resultado de un terrible descalabro sufrido en Válor por las gentes
del marqués, el rey mandó á este que recogiese su gente á los lugares
fuertes y suspendiese todo género de hostilidades hasta recibir nuevas
órdenes.
Algo mas adelante el rey conoció que se necesitaba mas capitan para
aquella empresa, que el marqués de los Velez y el de Mondéjar, y encargó
de ella á su hermano don Juan de Austria, á quien, á pesar de su
mocedad, daba aliento y autorizaba la generosa sangre de su padre, el
poder y respeto de su hermano, y bajo cuyas órdenes estarian mas
obedientes los capitanes y mas sujetos los soldados.
Por otra parte, alentados los monfíes y los moriscos por las ventajas
que recientemente habian alcanzado tras los pasados desastres, habian
crecido en brios; Aben-Humeya mas ayudado por los suyos entró con mayor
autoridad en el gobierno; imitó la manera de ordenar la gente y de
combatir de los cristianos, dividió su ejército en tercios, compañías y
escuadras; nombró para estos cuerpos, maestres de campo, coroneles,
capitanes, alféreces y cabos; dió á cada compañía una bandera, y como
estandarte suyo levantó un guion rojo con las armas de Granada.
Dividió las Alpujarras en partidos, y estos partidos en taas, poniendo
en cada taa para su gobierno un alcaide que atendiese á la defensa y al
mando de su demarcacion, y por último, para su decoro y seguridad
personal, creó una guardia de cuatrocientos arcabuceros.
Tranquilos entre tanto y sosegados los moriscos de Granada, y los de la
Vega, estaban muy lejos de temer la inmensa desgracia que se les
preparaba con la venida de don Juan de Austria.
El primer augurio de estas desdichas, fue la matanza que hicieron
algunas gentes de Granada, de moriscos que estaban presos en la cárcel
de la Chancillería por mandado del presidente Deza.
Culpábaseles, con razon ó sin ella, de estar en tratos con los de las
Alpujarras, para alzarse con la ciudad, y entregarla al saqueo, al
incendio y al degüello.
Aumentó el temor y el odio de los cristianos el haber corrido la voz el
dia 17 de marzo de 1569, de que en la ladera de la Sierra Nevada mas
próxima á la ciudad, se habian visto de noche fuegos que parecian
señales, y que de algunas ventanas y terrados del Albaicin habian
contestado con otras lumbres.
El presidente habia tomado precauciones en consecuencia, y habia mandado
á don Gerónimo de Padilla, capitan de la gente de guerra que aseguraba
al Albaicin, y al cuadrillero Bartolomé de Santa María, que mandaba las
rondas, estuviesen atentos y prevenidos, y al alcaide de la cárcel que
tuviese gran cuidado con algunos moriscos principales que tenia presos.
El alcaide reunió á algunos parientes y amigos suyos armados para que
custodiasen á los presos, y todo parecia estar prevenido, cuando una
casualidad vino á producir una catástrofe.
Desde muy antiguo, la campana de la torre de la Vela del castillo de la
Alhambra, al dar las once de la noche, toca treinta y tres campanadas; á
este toque se llamaba en aquellos tiempos el cuarto de la modorra.
La noche del 18 de marzo, como el encargado de la campana tocase este
cuarto mas tarde que de costumbre, y de una manera mas apresurada,
creyóse en la ciudad que tocaba á rebato y se alborotó Granada.
Alborotáronse asimismo los presos de la cárcel, tanto cristianos como
moros, y llegaron á tal punto que vinieron á las manos.
Los moriscos se valian para acometer y defenderse, de muebles, ladrillos
y palos que sacaban de los calabozos, y los cristianos y la guardia,
unos con los travesaños de los grillos, otros con sus espadas y
arcabuces acometian á los moriscos.
El corregidor Juan Rodriguez de Villafuerte, que dormia en una sala del
palacio de la Audiencia, oyó entre sueños el ruido del combate de la
cárcel, se levantó y mandó á un soldado que fuera á ver qué era aquello.
El soldado volvió diciendo que los moriscos presos se habian rebelado, y
que estaban peleando con la guardia y con los otros presos cristianos;
que los unos decian «¡viva Mahoma!» y los otros, «¡viva la fe de
Jesucristo!»
Avisado de lo que sucedia el presidente don Pedro de Deza, mandó que la
compañía de infantería que estaba de guardia en la Plaza Nueva, cercase
la cárcel, pero á este tiempo ya grandes turbas de gente de la ciudad,
creyendo que se tocaba á arrebato, habian acudido armadas y entrado en
la cárcel.
Los moriscos desesperados, habian juntado las esteras, los muebles, las
camas, y les habian puesto fuego, y los cristianos á un tiempo apagaban
el fuego y pasaban á cuchillo á los moriscos entre torbellinos de humo.
Diez horas duró esta escena de sangre, y fueron muertos á hierro y fuego
ciento diez moriscos que estaban presos, y cinco cristianos, resultando
ademas diez y siete heridos.
Muchas casas del Albaicin fueron saqueadas y robadas, y gran número de
moriscos, aterrados, pasaron á las Alpujarras á aumentar la rebelion.
En estas circunstancias el 6 de abril de 1569 partió don Juan de Austria
para Granada, desde Aranjuez, á donde habia ido á recibir instrucciones
del rey.
Acompañábale su ayo don Luis Quijada, y el 12 del mismo mes llegó á la
villa de Iznalloz, á cinco leguas de Granada, en la que entró al
siguiente dia con gran solemnidad, como quien era hijo del famoso
emperador don Carlos, y hermano del rey de España.
Acompañábale en la entrada el marqués de Mondejar que habia venido para
esto solo de las Alpujarras.
Salióle á recibir el conde de Tendilla con doscientos ginetes, vestidos
y armados á la morisca, y adelantó al lugar de Albolote.
Fuera de las puertas de la ciudad, le recibió el presidente Deza con
cuatro oidores, y los alcaldes del crímen, y el corregidor con cuatro
veinticuatros y sus tenientes y el arzobispo con cuatro dignidades del
cabildo, y muchos caballeros particulares.
Todas estas gentes llegaron hasta el rio Beiro, próximo á la ciudad por
la parte de la puerta Elvira, y allí encontraron á don Juan de Austria.
En el llano del rio estaba formada la infantería en número de diez mil
hombres, que al pasar don Juan, hicieron salva con sus arcabuces.
Por industria del presidente Deza, y para predisponer al rigor la jóven
alma de don Juan de Austria, se habia preparado una farsa.
Al llegar á la puerta de Elvira, le salieron al encuentro mas de
cuatrocientas mujeres, desarrapadas, desmelenadas, enlutadas, dando
alaridos, y arrojándose á los pies de su caballo.
--Justicia, señor, justicia, gritaban en coro.
--Nosotras somos las viudas y las huérfanas de los que han matado
cruelmente los viles moriscos de las Alpujarras.
--Venganza contra los asesinos de nuestros padres, de nuestros esposos,
de nuestros hijos, de nuestros parientes.
--Justicia, señor, y que no tengamos el dolor de ver á nuestros enemigos
perdonados.
Y siguieron con sus alaridos, con sus lágrimas y con sus aclamaciones de
venganza, hasta el punto de que don Juan de Austria se enterneció, las
consoló y las prometió cumplida venganza, todo con gran consentimiento
del presidente Deza, autor de aquella pantomima, y con no pequeño
fruncimiento de cejas del marqués de Mondéjar, que veia claro á donde
iba encaminado todo aquello.
Entrado don Juan en la ciudad, no tardó en presentársele una diputacion
de los moriscos del Albaicin y de la Vega, compuesta de cuatro de los
mas rícos y principales de ellos y un procurador general, el cual le
espetó el siguiente discurso que tomamos á la letra del historiador
Mármol:
«Grande es el contento que aquestas gentes tienen de ver á vuestra
excelencia en esta ciudad para el remedio de tantos males como hay en
ella, que cierto es, representan su destruicion. Temen que algunos
habran desatado las lenguas y dado falsas nuevas de su fidelidad,
diciendo ser autores del mal, ó favorecedores de los malos; mas confian
en Dios, y en la bondad y clemencia de Su Magestad, que los que hubieren
sido leales, seran favorecidos y bien tratados, como es justo sean
rigorosamente castigados los que pareciere haber sido culpados en el
levantamiento. Quéjanse que son molestados por los ministros de las
cosas de justicia y de guerra con cohechos; que los soldados les roban
sus haciendas y les deshonran sus casas; y que hasta agora los
superiores no han puesto remedio en ello. Y suplican á vuestra
excelencia lo mande remediar de manera, que desagraviados de lo pasado,
proviniendo á lo porvenir, cese el alojamiento de las gentes de guerra
en las casas, y tengan libertad de poder ir seguros á sus labores. Bien
sabe que en esta ciudad cada uno da fuerza á la ruin opinion, ó la
acrecienta de manera, que muchos temen lo que ellos mesmos inventaren;
mas asegúralos la prudencia de vuestra excelencia, en cuya proteccion y
amparo ponen sus vidas, honras y haciendas.»
A lo que don Juan de Austria, con sumo agrado, contestó con las palabras
siguientes:
«El Rey, mi Señor, me mandó venir á este reyno, por la quietud y
pacificacion de él; sed ciertos que todos los que hubiéredes sido leales
al servicio de Dios, Nuestro Señor, y de Su Magestad, como decís, sereis
mirados, favorecidos y honrados, y se os guardarán vuestras libertades y
franquezas; pero tambien quiero que sepais, que juntamente con usar de
equidad y clemencia, con los que lo merecieren, los que no hubieran sido
tales, serán castigados con grandísimo rigor. Y en cuanto á los agravios
que vuestro procurador general dice que habeis recibido, darme habeis
vuestros memoriales, que yo lo mandaré ver y remediar luego, y quiéroos
advertir, que lo que dixeredes sea con verdad, porque de otra manera
habriades hecho daño á vosotros mesmos.»
Pero al salir los moriscos consolados con las nobles palabras de don
Juan de Austria, estaban lejos de sospechar la tormenta que amenazaba á
sus cabezas.
Pocos dias despues de la llegada de don Juan de Austria, llegó el duque
de Sesa, y con su presencia empezó á tratarse del asunto de la
pacificacion en consejo.
Componíase este consejo, bajo la presidencia de don Juan de Austria, del
arzobispo, del duque de Sesa, del marqués de Mondéjar, de Luis Quijada,
y del presidente Deza, al cual se añadió algunos dias el licenciado
Bribiesca de Muñatones, del consejo y cámara de Felipe II, al cual habia
enviado este exprofeso á Granada.
El marqués de Mondéjar fue de opinion, á la que se adhirieron el
arzobispo y Luis Quijada, de que se remediase el daño poniendo
guarniciones bastantes en los lugares de las Alpujarras, concentrando á
los moriscos que querian la paz en la parte llana de las taas de Verja y
Dalias, y tomar las sierras con la gente de guerra: que sino bastase
esto, se le diesen al mismo marqués mil infantes y doscientos caballos,
con los cuales, y con la gente que habia dejado en Orgiva, destruiria
los sembrados y quemaria á los moriscos todos los bastimentos que
tenian, reduciéndolos por hambre.
Pero el presidente Deza, enemigo declarado del marqués de Mondéjar,
creyó insuficiente lo que aquel habia opinado, y dijo que lo que se
debia hacer antes que todo, era quitar de Granada y de la Vega á los
moriscos y deportarlos tierra adentro de España, para que no pudiesen
ayudar á los moriscos rebelados con avisos, armas y gentes. Aconsejó
ademas, que para aplacar á Dios, ofendido por tanto sacrilegio y tanto
delito, se ejecutase un rigurosísimo castigo en los alzados empezando
por las Albunuelas y siguiendo á las otras taas de las Alpujarras.
Pidió, en fin, como buen clérigo de aquellos tiempos, la deportacion, el
hierro y el fuego para los moriscos, y declaró que solo de este modo
podria llegarse á la pacificacion absoluta y duradera del reino.
El marqués de Mondéjar, apoyado por el arzobispo y el duque de Sesa, se
opuso con energía á tan violentas y sanguinarias medidas, como quien
sabia bien por haber sido muchos años capitan general de Granada, que no
era de los moriscos toda la culpa del alzamiento, sino del rigor y de la
injusticía con que hacia tantos años se les venia tratando.
Dijo: que no podia ni debia despoblarse un reino como el de Granada, de
gente útil y rica, exponiéndose á perder el fruto las de ricas
industrias que solo los moriscos conocian; que no era el rigor lo mas á
propósito para reducir á gentes que excitadas por añejos y cada dia mas
duros rigores, se habian levantado, y que solo servirian para despoblar
y empobrecer el reino por una parte, y por otra para hacer mas
encarnizada y duradera la guerra.
Durante esta controversia, sobrevino el licenciado Muñatones, con la
autoridad de enviado especial del rey, y aunque al principio repugnó la
deportacion, instigado al fin por Deza y por el licenciado Bohorques,
gente de su mismo oficio, convino en ella y en extremar el rigor; tuvo
esta opinion mayoría, se aprobó, y no le quedó al marqués otro recurso
que representar al rey, y enviar con la representacion á la córte á su
hijo el conde de Tendilla.
Esta lucha del consejo producia dilaciones, se perdia tiempo y de él se
aprovechaba Aben-Humeya para rehacerse, para organizar á sus gentes, en
una palabra.
Conoció el consejo lo que en tiempo se perdia, y se dió órden de seguir
la guerra mientras llegaba la resolucion del rey acerca de las medidas
que debian tomarse respecto á los moriscos.
Llamóse de nuevo gentes de las ciudades, se atendió á la provision de
víveres y municiones, enviáronse banderas de infantería de guarnicion á
las principales villas de las Alpujarras, y se recomendó á sus capitanes
que tuviesen gran cuidado con la costa, porque se habian recibido
noticias de la llegada de galeotas de Berbería con gente, armas y
municiones para los moriscos.
En efecto, Aben-Humeya enviaba mensages y presentes á los alcaides y
faquís que privaban con el Xerife y con el dey de Argel para que
inclinasen y decidiesen á sus amos á socorrerle. De Tetuan habian venido
á las Alpujarras algunos soldados y mercaderes con provisiones; el dey
de Argel, Aluch-Alí, prometia venir en socorro de las Alpujarras en el
momento que llegasen cuarenta galeras que Selim II le enviaba para
aquella empresa; por último, el Xerife habia enviado á Aben-Humeya
algunas fuerzas, y muchos turcos aventureros habian venido á ponerse
bajo sus banderas.
Alentados los moriscos al ver que les acudian tantas gentes, no solo
dieron por logrado el triunfo, sino que volvieron á las poblaciones, y
se dedicaron á sus industrias y á las labranzas de sus campos.
Este aumento de fuerza de los rebelados, y la confianza de los moriscos
eran demasiado amenazadores para que el receloso Felipe II no se
decidiere por las medidas terribles.
Entre tanto seguia completándose el alzamiento de las Alpujarras, y
empezaba el de los lugares del rio Almanzora.
Al fin llegó la resolucion de Felipe II acerca de la suerte de los
moriscos.
La deportacion de los de Granada y del Albaicin habia sido decretada.