En que empieza á desenlazarse nuestra historia, con la salida pera
la eternidad de dos de sus principales personajes.
Entre tanto doña Isabel esperaba impaciente.
Suponia que debia ser larga la entrevista de Yaye y de Aben-Aboo y no se
habia atrevido á escucharla.
Durante algun tiempo permaneció anonadada en un sillon junto á la
chimenea. Luego, no pudiendo dominar su ansiedad se levantó, fué á su
aposento, abrió una puerta, entró en un pequeño retrete, se arrodilló
delante de un reclinatorio en que habia un cristo crucificado y se puso
á rezar.
Para doña Isabel aquella era una situacion suprema.
Su pudor de madre iba á verse herido por la horrible revelacion que Yaye
en aquellos momentos hacia sin duda á su hijo.
Un terror misterioso se habia apoderado de doña Isabel.
Se sentía mal, con el alma comprimida y no sabia darse razon de la
causa.
Estaba bajo la influencia de esa intuicion inexplicable que nos anuncia
una desgracia; intuicion ó augurio del cual no podemos darnos cuenta,
sino cuando la desgracia ha acontecido.
Dominaba en torno suyo un silencio profundísimo y aquel silencio la
asustaba.
Se distraia y solo rezaban sus labios.
Su corazon no estaba en Dios, sino en aquel apartado aposento donde se
habian encerrado Yaye y Aben-Aboo.
Pasó asi algun tiempo, sin que nada turbase aquel denso silencio,
aquella calma glacial.
De repente se oyeron fuertes ladridos de los perros de la alquería,
luego ruido de voces, y al cabo pasos precipitados en la cámara de doña
Isabel.
Esta se levantó del reclinatorio y corrió á su cámara.
En ella encontró á Harum-el-Geniz, en cuyo semblante se notaba algo
extraordinario.
--¿Qué sucede? dijo doña Isabel.
--Debe amenazarnos una gran desgracia, señora, dijo el leal monfí.
--¡Una gran desgracia!
--Si, porque Aben-Jahuar el Zaguer, vuestro hermano y vuestra cuñada
doña Elvira de Céspedes, acaban de llegar á la alquería y preguntan
anhelantes por el emir, por vos, por vuestro hijo, por Aben-Humeya.
--Hacedles, hacedles entrar al momento, dijo doña Isabel.
Aben-Jahuar y doña Elvira fueron introducidos.
Doña Elvira se avalanzó pálida á doña Isabel.
Hacia veinte y dos años que aquellas dos mujeres no se veian: es mas,
que se aborrecian.
Doña Isabel miró con una expresion de gran extrañeza á su cuñada.
--¿Qué quereis en mi casa, señora? la dijo.
--¡Qué quiero! salvar á Yaye, á quien vos habeis perdido, contestó doña
Elvira.
--¿Qué decis? exclamó con un supremo desprecio doña Isabel.
--¿Dónde está Yaye? exclamó con afan doña Elvira.
--Si, ¿dónde está el emir? repitio Aben-Jahuar.
--¿Pero por qué me preguntais por él de ese modo?
--Urge aprovechar los momentos, hermana, dijo Aben-Jahuar, imponiendo
silencio con un ademan á doña Elvira.
--Está aquí, en su casa, dijo cada vez mas admirada doña Isabel.
--¡Ah! ¡loado sea Dios! dijo Aben-Jahuar.
--Está hablando de negocios de familia con mi hijo, añadió doña Isabel.
--¿Que está encerrado con tu hijo, hermana? exclamó Aben-Jahuar,
palideciendo de nuevo: ¿y hace mucho tiempo que han quedado solos?
--Cerca de una hora; pero no comprendo....
--¡Una hora! exclamó aterrada doña Elvira.
--Ha tenido tiempo bastante para asesinarle.
--¡Para asesinarle! exclamó doña Isabel: ¿qué decis?
--Tu hijo cree á tu esposo asesino de su padre.
Doña Isabel no escuchó mas: se precipitó hacia la habitacion donde habia
dejado á Yaye y á su hijo, y Aben-Jahuar y doña Elvira la siguieron.
La puerta de aquella habitacion estaba cerrada por dentro, y no se
escuchaba hablar á nadie en aquella habitacion.
--¡Harum! ¡Harum! gritó fuera de sí doña Isabel: echad esta puerta
abajo, echadla.
Acudieron Harum y algunos monfíes y la puerta cayó por tierra.
Un grito de horror se exhaló de todas las bocas al ver el espectáculo
que se presentó de repente á los ojos de todos.
Yaye estaba boca abajo sobre un lecho de sangre.
Todos quedaron inmóvibles, aterrados; doña Isabel con el semblante
desencajado, con la mirada extraviada, dió algunos pasos hácia el
cadáver, luego se detuvo, vaciló, lanzó uno de esos horribles gritos que
solo lanzan las mujeres, y que solo expresan en toda su tremenda
extension, el horror, el dolor, la desesperacion: extendió los brazos y
cayó de boca sobre el cadáver, como un árbol á quien el hacha hiere por
el pié.
Doña Elvira habia quedado muda, inmóvil, con la mirada terriblemente
fija en aquel grupo horrible de la esposa desmayada, sobre el cadáver
del esposo asesinado.
Aben-Jahuar, horrorizado de sí mismo, miraba tambien, como petrificado,
aquel grupo, abrumado por el peso de su conciencia.
Harum blasfemaba, levantando el cadáver de su señor, llorando, rugiendo,
amenazando á los cielos y á la tierra.
Los otros monfíes habian levantando á doña Isabel que parecia muerta, y
la habian llevado á un divan.
De repente Harum, cierto ya, de que su señor no existia, le dejó de
nuevo sobre la alfombra, y se volvió con la cólera reconcentrada del
tigre á doña Elvira y á Aben-Jahuar.
--Vosotros habeis venido, dijo lanzando llamas por los ojos, vosotros
habeis venido á esta casa anunciando una desgracia, preguntando por
Aben-Aboo y por Aben-Humeya.
--¡Ellos! ¡ellos! ¡los malditos! ¡ellos han sido! gritó doña Elvira:
¡sus hijos! ¡el hijo mio y el hijo de esa mujer!
Y doña Elvira, con los ojos inflamados, pero sin verter una lágrima,
adelantó hácia el cadáver:
--¡Yaye! exclamó: ¡tú has sacrificado todo cuanto has tenido á tu
alrededor! tu aliento ha sido maldito para todo lo que ha tocado, y te
has despedazado á tí propio, porque has caido bajo el puñal de tus
hijos: ¡has vivido de la desgracia agena, y te has labrado tu propia
desgracia! ¡Que te perdone Dios!
Y aquella mujer cayo de rodillas, levantó las manos al cielo, y luego se
cubrió con ellas el rostro, y rompió á llorar.
--¡Idos! exclamó Harum-el-Geniz, dirigiéndose á Aben-Jahuar: ¡idos antes
que mi razon se extravie y no pueda responder de mí mismo! ¡idos y
llevaos á esa mujer!
--Una palabra, dijo Aben-Jahuar que apenas podia hablar: el emir tenia
una hija.
--¿Sabeis vos lo que ha sido de la sultana Amina?
--La sultana Amina está en poder de Aben-Aboo.
--¿Pero dónde, dónde?
--En el mismo subterráneo donde murió de hambre Miguel Lopez.
--¡Es decir que vos, cuando tanto sabeis, sois cómplice en el robo de la
sultana, y acaso en el asesinato del emir! dijo Harum, desnudando su
puñal y adelantando demudado hácia Aben-Jahuar.
Una mano vigorosa detuvo el brazo de Harum.
Volvióse, y vió tras sí, pálido como un cadáver, á Calpuc, al rey del
desierto mejicano.
--¡Idos! ¡idos! exclamó Calpuc con voz conmovida.
--Si, me voy, dijo con acento sentido Aben-Jahuar y pluguiera á Dios que
nunca hubiera venido: pero recordad, Calpuc: Amina está en el
subterráneo donde vos tuvísteis á Miguel Lopez.
Y arrojando una última é indescribible mirada á Yaye, y asiendo de la
mano á su cuñada, salió.
Quedaron solos Calpuc, Harum y algunos monfíes junto al cadáver de Yaye
y doña Isabel desmayada.
--Aquí hay una escala, dijo uno de los monfíes.
--Por aquí han huido los infames, gritó Harum.
--Y en el suelo hay dos cartas, dijo otro monfí.
Tomólas Calpuc, y las leyó extremeciéndose; despues las quemó á la luz
de la lámpara.
Calpuc parecia sereno, pero en lo pálido de su semblante, y en lo
concentrado de su mirada, revelaba todo lo intenso de su padecimiento
interno.
--¡Todo! ¡todo cuanto he amado! exclamó mirando á Yaye.
Harum no podia creer aquello, no queria creerlo, y continuaba rugiendo y
blasfemando.
--¡Juro al Dios Altísimo y Unico, desgraciado señor, no reposar hasta
vengarte! ¡juro al Dios Altísimo y Unico, vengarte de tus asesinos! ¡no
reposaré hasta verter la sangre de Aben-Aboo y de Aben-Humeya!
--Si, pero es necesario salvar á la esposa y á la hija de tu señor: la
esposa está allí, entre la vida y la muerte... la hija... yo iré delante
de vosotros á salvar á mi nieta.
* * * * *
Yaye fue puesto en un lecho por los monfíes que acompañaban á Harum, y
doña Isabel conducida á su aposento y entregada al cuidado de sus
doncellas.
Poco despues, armados y á gran paso, atravesaban la montaña cincuenta
monfíes mandados por Harum y guiados por Calpuc.
* * * * *
Entre tanto Aben-Jahuar y doña Elvira marchaban por un estrecho camino.
Doña Elvira lloraba.
Aben-Jahuar iba profundamente pensativo.
Al llegar cerca de una venta, Aben-Jahuar se detuvo, y dijo á doña
Elvira:
--No podemos permanecer en las Alpujarras; aquí todo es terrible para
nosotros.
--¡Oh! ¡terrible, muy terrible! exclamó doña Elvira.
--Debemos pasar á Africa: la guerra, muerto Yaye, enemistados
Aben-Humeya y Aben-Aboo, empeñados los monfíes en la venganza del emir,
fracasará: ¿no podremos olvidar lejos de esta tierra tantos horrores?
--Haced de mí lo que os plazca, porque ya todo me importa poco, contestó
doña Elvira.
Y se dirigió á la venta en la que entró con Aben-Jahuar.
* * * * *
Al mismo tiempo Laurenti se encaminaba acompañado de Cisneros á la cueva
donde habia dejado Aben-Jahuar á Angiolina.
--¿Con que hemos concluido ya, señor Godinez? dijo el comediante.
--Si; si por cierto. Yo os daré tales papeles, que cuando os presenteis
con ellos al arzobispo de Toledo, basten para que podais sin miedo
volver á vuestro oficio, por toda España, y permanecer cuanto querais en
la córte.
--¿Y esa mujer?
--¿La amais todavia?
--Os lo confieso.
--Pues renunciad á ella, porque soy mas fuerte que vos, y tambien la
amo.
Llegaban en aquel punto á la cueva: en el barranco un hombre tenia dos
caballos del diestro.
--Esperad aquí, dijo Laurenti.
Y entró en la cueva.
Al sentir sus pasos en la escalera, Angiolina, que habia esperado llena
de ansiedad algunas horas hacia, se levantó anhelante creyendo que era
Aben-Aboo.
--¿Me habeis vengado ya? exclamó.
--Si, dijo Laurenti: Aben-Aboo ha matado á su padre.
Angiolina dió un grito al reconocer á Laurenti.
--Y como nada tenemos que hacer aquí ya, dijo el bandido, nos volvemos á
Roma, mi adorada Angiolina. El destino ha querido que no salgas de mis
manos, hermosa; primero he sido para tí en los tiempos mas felices de mi
vida, un hombre misterioso, que gozaba, sino tus amores, tu hermosura;
despues tu salvador Bempo; luego á veces tu esposo el príncipe Lorenzini
Maffei, á veces Bempo tu esclavo: después he sido Salvador Godinez,
autor de comediantes, y al cabo vengo á ser Laurenti el bandido,
Laurenti tu señor. Prepárate para acompañarme mientras escribo una carta
para que ese pobre enamorado tuyo Andrés Cisneros pueda volver á la
córte.
Laurenti sacó de su bolsillo un tintero de asta, le destornilló, sacó de
una cartera papel, y escribió una carta al arzobispo de Toledo,
recomendándole á Cisneros, que era merecedor de la gracia del rey,
decia, contribuyendo á la muerte del emir de los monfíes, el enemigo mas
respetable que tenia España en las Alpujarras.
Laurenti firmaba aquella carta con el nombre de Lope de Arias.
Mientras Laurenti escribia, Angiolina, considerándose perdida, habia
meditado un atrevido proyecto: resuelta ya á lo que pensaba hacer,
compuso su semblante, se dominó, y cuando Laurenti la mandó que le
siguiese, se apoyó sonriendo de su brazo.
--Sin duda meditas alguna traicion, dijo el bandido, cuando tan
tranquila te muestras.
--¡Una traicion! dijo Angiolina: te engañas Laurenti... ¿acaso no eres
tu mi esposo? ¿acaso no me he vengado ya de ese aborrecido emir? ¿pues
qué causa puede haber para que yo me entristezca?
--Asi cantan las sirenas, pensó para sus adentros Laurenti.
Y siguió hácia afuera llevando consigo á Angiolina.
Cuando llegaron al barranco, Laurenti dijo acercándose á Cisneros.
--Tomad la carta que os habia prometido para el arzobispo de Toledo, y
una bolsa con que podais hacer el viaje. Montad á caballo y adios.
--¿Y no nos volveremos á ver?
--¿Quien sabe? contestó Laurenti.
--Adios, señora, adios, dijo Cisneros montando á caballo.
Angiolina no contestó, y Cisneros se alejó despechado.
Laurenti puso sobre un cogin, en el arzon delantero, á Angiolina, y
montó á caballo; dió algunas monedas á quien habia tenido aquellos
caballos, y siguió el barranco adelante.
Por algún tiempo caminaron en silencio.
La noche era nebulosa, fria, áspero el terreno y el caballo, aunque era
fuerte y ágil, tropezaba con frecuencia.
--¿Nada tienes que decirme, Angiolina? dijo Laurenti.
--Nada, absolutamente nada, contestó Angiolina con la voz perfectamente
sonora.
--¿No te aterra estar en mi poder?
--No.
--¿No temes que yo sea para tí un amante excesivamente despótico?
--No, Laurenti, no: si yo hubiera sabido que Bempo, el hombre que me ha
acompañado durante diez años, eras tú, tú el primer hombre de mi amor...
--¡De tu amor...!
--Si tú hubieras observado otra conducta conmigo... sino me hubieras
sentenciado á aquella oscuridad misteriosa, á aquella prision, á aquella
violencia contínua...
--¡Me hubieras amado...!
--Yo te amaba y te aborrecia á un tiempo.
--No te comprendo.
--Miraba en tí á un tiempo el amante y el verdugo: hui del verdugo, pero
he recordado siempre al amante.
--Para ultrajarle.
--No.
--Has sido querida del marqués de la Guardia.
--Me arrojó en sus brazos un empeño de mujer.
--Has sentido zelos de muerte contra la hija del emir.
--Siempre mi empeño y mi vanidad de mujer: pero me he vengado y estoy
tranquila: he vuelto á tu poder, y no tiemblo, porque sé que me amas
Laurenti, que enloqueces por mí, que por mí eres capaz de todo: porque
sé que no seré tu esclava, sino tu señora.
--¡Ah!
--Si; mis miradas te embriagan, mis palabras te fascinan: mi amor te
hace esclavo mio.
--Es verdad, dijo con voz ronca Laurenti: por tu amor he cometido mis
mas repugnantes crímenes; mis crímenes mas horribles: esa hermana en
poder de su hermano... ese padre asesinado por sus hijos...
Laurenti se estremeció: Angiolina se estremeció tambien.
A entrambos los habian llevado el amor y los zelos á crímenes
monstruosos; en entrambos la conciencia se sublevaba contra sus hechos,
implacable, severa: eran dos espíritus condenados.
Pero en entrambos quedaba arraigado el gérmen que los habia llevado á
aquellos crímenes.
Laurenti amaba con toda su alma á Angiolina, y por un fenómeno singular,
á aquel amor se unia un odio implacable, porque Laurenti se sentia
aborrecido por ella.
Lo mismo acontecia á Angiolina; amaba, codiciaba al marqués, pero el
marqués habia herido su corazon y su vanidad, abandonándola,
despreciándola por Amina.
Angiolina creia muerto al marqués; le creia muerto por consecuencia de
los manejos vengativos de Laurenti, y sentia contra él una insaciable
sed de venganza.
--¡Oh! ¡yo te mataré! dijo en su pensamiento Angiolina, cuando conoció
que Laurenti estaba, mas que nunca lo habia estado, enamorado de ella.
--Angiolina, dijo Laurenti, despues de algunos momentos de silencio: si
tú me amases, aun podria ser feliz.
--¿Y por qué no he de amarte? ¿no has hecho por mi inmensos sacrificios?
¿no lo has sufrido todo? ¿no me has visto acompañada por el marqués,
apoyada en su brazo, sonriéndole enamorada?
--¡Ah! exclamó Laurenti.
--Sin embargo, yo no amaba al marqués: estaba únicamente ofendida en mi
orgullo, y creia amor lo que solo eran zelos de vanidad, empeño. Pero
cuando he sabido que el marqués ha muerto, no he llorado...
--¿Quién te ha dicho que ha muerto el marqués? exclamó Laurenti,
disimulando su extrañeza, porque sabia bien que el marqués vivia.
--¡Aben-Aboo! contestó Angiolina.
--¿Has sabido que el marqués ha muerto, y no has vertido todo tu corazon
en lágrimas? ¡si tu hubieras muerto, yo no hubiera podido sobrevivirte!
--Eso debe probarte que no le amaba.
--¡Ah! yo te lo perdonaria todo Angiolina si pudiera creerte.
--¿Y qué pruebas puedo darte para que me creas?
Laurenti se estremeció de conmocion, estrechó convulsivamente la cintura
de la jóven y la besó en el cuello.
Angiolina suspiró, se volvió, y rodeó sus brazos al cuello de Laurenti.
--¡Yo te amo! le dijo suspirando.
Y le besó en la boca.
--¡Oh! ¡tu amor! ¡tu amor Angiolina! exclamó el bandido ¿no me engañas?
--No; yo te amaré toda tu vida y aun despues de tu muerte.
--¡Oh! ¡amado por tí, mi vida será muy corta, porque la felicidad me
matará!
--No, no te matará la felicidad, dijo Angiolina, apoderándose
rápidamente de la daga de Laurenti, y estrechándole con fuerza contra su
seno: te mato yo.
Laurenti dió un grito: habia sentido una punzada agudísima en su costado
izquierdo, un cuerpo agudo que penetraba lentamente en su carne.
--Si, te mato yo; miserable asesino; raptor y deshonrador de mujeres;
ladron infame.
Y Angiolina apretaba con fuerza la daga sobre el costado de Laurenti; y
la estrecha daga penetraba con lentitud.
De repente Laurenti abrió los brazos, cayó sobre la grupa del caballo, y
desde allí al suelo.
Angiolina saltó del caballo, y fué al sitio donde estaba Laurenti.
--¡Muerto! exclamó reconociéndole: ¡le he atravesado el corazon!
¡miserable, que has sido la causa de todas mis desgracias! ¡al fin me
veo libre de tí! ¡líbre y sola! Ya me he vengado de tí, pero aun me
queda que vengarme de otro hombre: don Juan ha muerto... es necesario
que Aben-Aboo muera tambien: y le mataré; sí, le mataré, no sé cómo,
pero el infierno le arrojará en mis manos.
Y temerosa de que Laurenti no estuviese bien muerto, con la crueldad del
odio y del miedo, le atravesó las sienes con la daga, sirviéndose para
hacer penetrar el arma, de una piedra á manera de martillo.
La daga quedó atravesada en el cráneo de Laurenti.
Angiolina registró los bolsillos del cadáver, se apoderó del dinero que
llevaba y de sus pistoletes, y montando de nuevo á caballo, se alejó,
exclamando con un gozo horrible.
--¡Oh! ¡de esta vez estoy segura de no volverte á encontrar!
Y resuelta á todo, llevando en la mano un pistolete amartillado, dejó al
caballo en libertad de marchar por donde mejor quisiera.
Poco le importaba lo que pudíera acontecerla; si encontraba cristianos,
les diria que era una cautiva escapada del poder de los monfíes, y si
eran monfíes se declararia cautiva de Aben-Aboo.
El caballo caminaba á la ventura.
De repente, al atravesar una rambla, se escucharon pasos y voces de
hombres, y se vieron relumbrando algunas antorchas.
Al sentir las pisadas del caballo, todos aquellos hombres avanzaron y
rodearon á Angiolina.
--Es una dama, exclamaron con asombro.
--Sí, una dama que huye de sus enemigos, exclamó Angiolina.
--¡Ah! dijo un jóven que acababa de sobrevenir: vos sois la princesa
Angiolina Visconti.
--Y vos sois don Fernando de Válor.
--Sí, yo soy Aben-Humeya.
--Pues me doy por dichosa, dijo Angiolina, porque he huido de mis
verdugos, y os buscaba para que me amparáseis, señor.
--¡Ah! hermosa princesa, en mala hora venis á ampararos de mí: pero no
importa: asid del diestro el caballo de esa dama, y adelante. No podemos
detenernos un momento hasta que estemos en medio de mi ejército. Hasta
entonces, perdonadme si para salvaros y para salvarme, no me detengo un
punto. Adelante, adelante y aprisa: es necesario que antes del amanecer
lleguemos al Laujar.
Aben-Humeya siguió á gran paso al frente de sus moriscos entre los
cuales siguió marchando el caballo de Angiolina, ó mas bien del difunto
Laurenti.