En que se cuentan sucesos horribles.
Aquella misma noche, el emir estaba sentado junto á una chimenea en su
alquería de Cádiar.
Doña Isabel sentada frente á él, indolente, magnífica, pero preocupada,
fijaba su vista distraida á través de los cristales de una ventana, en
la luna que acababa de parecer sobre una montaña inmediata.
Yaye estaba tambien profundamente pensativo.
--Será necesario al fin romper por todo, dijo Yaye dirigiéndose á doña
Isabel.
--¿Romper por todo? exclamó esta.
--Si, es necesario... necesario de todo punto, buscar á nuestro hijo:
necesito hablarle... despues de hablarle, espero que todo se arreglará:
es un sacrificio, un sacrificio enorme: ¿pero qué hacer?
--¿No hemos resuelto ya que nuestro hijo sepa la verdad de su
nacimiento?
--Si, es cierto: pero yo lo dilataba; yo esperaba; el momento es
llegado: despues de esto...
--Despues de esto, y para evitar nuevas y mayores desgracias, será
necesario que hagas otra revelacion á otro hijo tuyo.
Yaye se puso pálido: hasta entonces doña Isabel ni una sola palabra le
habia dicho que indicase que conocia el misterio del nacimiento de
Aben-Humeya: las últimas palabras de doña Isabel, aunque tranquilas y
afectuosas, le aterraron.
--¡De otro hijo mio! exclamó: ¿acaso sabes?... ¿acaso esa funesta mujer
te ha revelado?....
--No; mi cuñada nada me ha dicho: ¿pero no sabia yo que hace veinte y
dos años, doña Elvira te tuvo en su poder? ¿Acaso pudieron engañarse mis
ojos? como no pudo engañarse mi corazon, no pudieron engañarse mis
zelos; yo sabia que doña Elvira te amaba, que te amaba con toda su alma,
con toda la vehemencia de un empeño contrariado. Mi hermano, despues de
haber quedado tú en poder de doña Elvira por aquella sucesion terrible
de fatalidades, solo volvió para estar un momento al lado de su esposa y
ser preso por el Capitan general. Cuando nació Aben-Humeya, no pude
dudar de que era tu hijo: lo que habia visto, el tiempo trascurrido
desde la prision de mi hermano, hasta el nacimiento de Aben-Humeya, todo
me confirmó en que era tu hijo. He guardado este terrible secreto de
familia, pero en el estado á que han llegado las cosas, es necesario que
Aben-Aboo y Aben-Humeya sepan que son hermanos: preciso de todo punto.
--¿Y crees que yo fui culpable, que yo acepté por mi voluntad los amores
con doña Elvira? dijo Yaye cuya voz temblaba.
--¡Doña Elvira era muy hermosa! contestó tristemente doña Isabel.
--Doña Elvira abusó de mi situacion: cuando doña Elvira me perteneció,
yo no vivia, propiamente dicho: estaba dominado por un marasmo
profundo... y es mas Isabel, y puedes creerme como si leyeses en mi
conciencia: en medio de aquella fascinacion fatal, yo creia poseerte
cuando poseia á doña Elvira. ¡Oh! ¡cuán terrible, cuán funesta es mi
historia!
--No hablemos mas de eso: ha sido lo que Dios, sin duda para probarte,
ha permitido que sea. Pero en el punto en que nos encontramos, es
necesario obrar, y obrar pronto: romper esa cadena funesta con que nos
estrecha el destino y nos ahoga; remediar como se pueda el mal causado,
y empezar otra nueva vida, una vida enteramente distinta. Me has
prometido arrojar esa sangrienta corona; quiero mejor vivir en una
choza, al lado del mar, alimentándome de la pesca, tranquila,
descuidada, feliz, con el amor de mi familia, que los alcázares dorados,
la servidumbre de los esclavos, las vestiduras regias, la grandeza del
imperio, en medio de los remordimientos de horribles crímenes y bajo el
peso de insoportables cuidados.
--¡Oh! ¡si quisiera Dios!
--¡Ojalá que Dios no esté irritado contra nosotros!
Y doña Isabel se puso de pié.
--¿A dónde vas? la dijo Yaye.
--Ha salido la luna, contestó doña Isabel.
--No te comprendo.
--Dentro de un momento me comprenderás.
--Pero...
--Silencio... déjame hacer.
--Te confieso que me espanta ese misterio.
--Ese misterio se esclarecerá pronto; pero no me detengas, dentro de un
momento volveré.
Doña Isabel salió, y Yaye quedó entregado á una ansiedad indescribible,
á una curiosidad punzante y gravísima.
Doña Isabel entre tanto habia ido á una retirada habitacion de la
alquería, cuyas ventanas daban sobre un barranco.
Pero antes de decir lo que encontró doña Isabel en aquel aposento,
debemos poner en antecedentes á nuestros lectores.
Algunos dias antes, doña Isabel habia recibido por medio de un gitano,
mientras paseaba en el valle próximo á la alquería, una carta de su hijo
concebida en estos términos:
«Necesito hablaros, madre mia: si quereis concederme esta merced,
esperadme esta noche cuando salga la luna en una de las ventanas de
vuestra casa que dan sobre el barranco. Yo llevaré una escala que vos
podreis recoger con un cordon. Nada de esto digais á vuestro
esposo.--Vuestro hijo que bien os quiere, Diego Lopez Aben-Aboo.»
Esta carta maravilló á doña Isabel, porque no podia comprenderla: ella
creia que su hijo estaba al frente de los monfíes avanzado contra
Granada.
Pero eran tan graves las circunstancias en que se encontraba Yaye, en
que ella misma se encontraba, que guardó un profundo silencio acerca de
la carta de su hijo, y aquella noche, en el momento que salió la luna,
fué á la ventana indicada por Aben-Aboo, la abrió é hizo una ligera
señal; la contestaron con otra señal desde abajo, y doña Isabel echó el
cordon de que se habia provisto, sintió que abajo tiraban de él, tiró á
su vez doña Isabel y trajo consigo una escala: la aseguró al alfeizar,
se atirantó, y poco despues entró por la ventana un hombre.
Aquel hombre era Aben-Aboo.
--¿Qué significa esto, Diego? le dijo con ansiedad doña Isabel.
--¿Estamos solos, madre mia? dijo el jóven mirando con recelo á su
alrededor.
--Si, solos estamos: el emir está en la montaña y no vendrá hasta la
media noche.
--Tenemos entonces tiempo sobrado.
--Pero yo te creia lejos de aquí.
--¿No os ha dicho nada vuestro esposo, madre?
--¿Y qué habia de decirme?
--¿Nada os ha dicho de mí?
--No; solamente que te encontrabas mandando los monfíes hácia el puente
de Tablate.
--¡Ah! ¿no os ha dicho que yo le hago traicion?
--No... no... ¿pero eso es verdad?
--No, madre, no, pero hay traidores que pretenden desunirnos á todo
trance.
--Mi esposo está satisfecho de tí.
--Vuestro esposo sabe que me amais madre, y os engaña.
--¡Engañarme!
--Si: desde la noche del levantamiento de las Alpujarras ando huyendo,
madre mia, y desde entonces el emir me anda buscando.
--Pero ¿por qué huyes?
--Porque sé que el emir me cree traidor, y me castigará. Vos sola, vos
sola podreis, madre, hacer que el emir se contenga y consienta en
escucharme. Si me escucha, yo me justificaré: os lo aseguro, porque soy
inocente: pero quiero que me escuche aquí, aquí y á solas.
Doña Isabel, que amaba con delirio á su hijo, se afligió, lloró, y le
prometió que el emir le escucharia y que el que se hubiera propuesto
dividirlos y enemistarlos, seria castigado.
Doña Isabel y Aben-Aboo quedaron en verse tres noches despues.
Doña Isabel iba á cumplir su promesa.
Abrió una ventana, arrojó una piedrecilla al barranco, y se oyó abajo
una palmada.
Doña Isabel echó un cordon, le retiró, trayendo una escala, la aseguró,
y á poco apareció un hombre en la ventana y saltó dentro.
Era Aben-Aboo.
--¿Habeis hablado al emir, madre mia? la dijo con ansiedad.
--No; pero le he preparado; ahora le hablaré; él tambien desea hablarte:
pero, qué pálido estás Diego, qué desencajado: ¿te ha sucedido alguna
desgracia, hijo mío?
--Es que tengo miedo, madre.
--¡Miedo! ¿y de qué?
--¡Miedo del emir!
--¡Miedo de mi esposo! ¿crees tú que aunque fueses culpable, el emir
podría castigarte?
--¡Oh! ¡madre mia! un demonio se ha puesto en medio de nosotros.
--¿Quién?
--Mi tio don Fernando el Zaguer.
--¡Oh! ¡siempre fue mi hermano traidor y miserable! pero nada temas,
Diego, nada: ¿no sabes que el emir me ama con toda su alma? que te
ama... á tí... porque... porque eres mi hijo?
--¡Madre, madre! ¡decís eso de una manera!
--El emir tiene que revelarte grandes secretos: secretos que tocan á tu
madre, que te tocan á tí: por terrible que te parezca lo que te revele
mi esposo... créelo, hijo mio, créelo: tu madre te dice que lo creas.
--¡Pero explicadme!
--No; no: seria para mi demasiado sacrificio: el emir te lo explicará.
--Una palabra: ¿ese secreto pertenece á vos?
--Si.
--¿Y por qué no me lo revelais?
--¿No te digo que seria para mí un horrible sacrificio?
--Me poneis en confusion, madre.
--Mi esposo te sacará de ella. Adios.
--¿Tardará mucho en venir, madre?
--Tardará un tanto, porque necesito prevenirle. Adios.
Y doña Isabel, conmovida y trémula escapó.
Aben-Aboo se quedó solo.
--Si, si, dijo: sin duda pretenden revelarme, que mi padre murió á manos
de mi tio don Diego de Córdoba y de Válor: pero es ya tarde; ya sé á lo
que debo atenerme: ¿se referirá esa revelacion á Amina? ¿Quién sube?
pero es preciso no perder el tiempo; ¡ola! ¡eh! ¡primo! ¡subid, y subid
pronto! dijo Aben-Aboo en voz breve asomándose á la ventana.
Poco despues otro hombre entró en la habitacion.
Era Aben-Humeya.
--¿Está el emir en la alquería?
--Si, contestó Aben-Aboo.
--¿Y has hablado á tu madre?
--Si.
--¿Y nada sospecha?
--Nada.
--¿De modo que podemos dar el golpe?
--Si, podremos vengar á nuestros padres.
--¡Oh! ¡y qué horribles misterios, primo!
--Pero le tenemos en nuestras manos. La justicia de Dios caerá sobre los
infames: él muerto: mi madre... no la mataré, porque al fin me llevó en
sus entrañas; pero castigaré en ella á la infame que se ha unido con el
asesino de su esposo, con el padre de su hijo.
--Si, si; con el asesino de mi padre.
--Despues, tú, rey de Granada, yo, emir de los monfíes...
--Una palabra, primo: ¿sabes tú del paradero de Amina?
--Yo no: ¿la amas?...
--Te juro que si quise casarme con ella, solo fue por atraerme la
amistad del emir.
--Y yo lo mismo.
--Muerto el emir...
--Amina nada importa...
--Si la encontramos...
--Si la encontramos la jugaremos á los dados.
--La jugaremos...
--Y quien la gane....
--La encerrará en su haren.
--Convenido.
--Me parece que suenan pasos.
--¡Oh! ¡si! debe ser el emir; escóndete y está pronto: cuando yo me
abrace á él, hiérele tú por detrás.
--Esconderme ¿y dónde?
--Aquí, tras de este tapiz. Pronto; ocúltate.
Aben-Humeya se escondió.
En aquel momento se abrió la puerta y apareció Yaye.
Se detuvo á alguna distancia de Aben-Aboo y le miró profundamente: el
jóven temblaba.
--Tu madre me ha dicho que deseabas hablarme, dijo el emir.
--Si, si señor, deseaba hablaros, porque me han calumniado, porque han
suscitado vuestra cólera contra mí.
--Creo que aquí no hay calumnia, sino error, dijo conteniéndose Yaye.
Pero necesito que me hables con verdad: ¿me has injuriado de una manera
irreparable?
--No señor.
--¡Desdichado de tí si no has respetado á Amina!
--Señor, dijo Aben-Aboo, poniéndose letalmente pálido.
--Si, desdichado de tí... porque es necesario decírtelo de una vez...
Amina es tu hermana.
--¡Que Amina as mi hermana! exclamó aturdido por aquel golpe imprevisto
Aben-Aboo.
--Si, tu hermana, dijo profundamente conmovido Yaye, porque tú eres...
porque tú eres mi hijo...
--¡Vuestro hijo! ¡que yo soy vuestro hijo! exclamó Aben-Aboo... pero
esto no puede ser, no... mi padre se llamaba Miguel Lopez.
--Tu padre soy yo: tú naciste diez meses despues de la muerte de Miguel
Lopez.
--¡La prueba! ¡la prueba! gritó Aben-Aboo.
--¿No te ha dicho tu madre que creas cuanto yo te digo?
--Pero mi madre es vuestra esposa, exclamó Aben-Aboo: mi madre tiene
interés... en hacerme pasar por vuestro hijo...
--Aben-Aboo, gritó Yaye: ¿te atreverás á dudar de mí?
Mí padre murió asesinado y le asesinásteis vos.
--¿Yo?...
--Si, vos, emir de los monfíes... y por vengar á mi padre yo he venido á
mataros...
--¡A matarme! exclamó Yaye, cuya frente se cubrió de sudor frío.
--Si, á mataros y os mato, exclamó Aben-Aboo, y por un movimiento
rápido, que Yaye aturdido no pudo evitar, se abrazó á él.
Y en aquel momento Aben-Humeya, saltó como un tigre del lugar en donde
estaba escondido, y antes de que Yaye pudiese desprenderse de Aben-Aboo,
le clavó un puñal por tres veces en un costado, gritando:
--¡Muere, asesino de mi padre! ¡su hijo le venga en tí!
--¡Misericordia de Dios! exclamó cayendo Yaye: ¡asesinado, y asesinado
por mis hijos!
Aquella exclamacion en la boca de un hombre herido de muerte, aterró á
los dos jóvenes que se miraron pálidos de espanto.
--¡Ah! ¡que os perdone Dios! exclamó Yaye cayendo; ¡que os perdone Dios,
porque no habeis sabido lo que habeis hecho!
--Pero... exclamó Aben-Aboo, inclinándose sobre el emir; ¿sostendreis
aun á punto de muerte esta impostura?
--¡Que os perdone Dios! dijo con desesperacion Yaye.
--¿Será cierta esa horrible revelacion?...
--Corred, corred: buscad socorro; dijo el emir: yo quiero salvarme, no
por mí, sino por vosotros: quiero salvarme para que no tengais el
remordimiento de un parricidio.
En este momento un hombre apareció en la ventana y saltó á la estancia.
Aquel hombre era Laurenti.
--¿Es decir que todo se ha consumado? dijo viendo á Yaye por tierra
sobre un lago de sangre: ¿es decir que los hijos han matado á su
padre?...
--Laurenti, exclamó Yaye... tú...
--Si: yo el bandido que se venga.
--¿Has dicho que el emir es nuestro padre? exclamaron los jóvenes.
--Si, y os traigo la prueba. Lee tú esta carta de tu madre, Aben-Humeya;
la escribió hace veinte y dos años; toma tú esotra, Ahen-Aboo; tambien
hace veinte y dos años que la escribió tu madre doña Isabel.
--¡Ah! ¡las cartas! ¡las terribles cartas que me robaron! exclamó
espirando Yaye, mientras los jóvenes devoraban las cartas en que sus
madres habian anunciado su nacimiento á Yaye.
--Si, si, te las robé yo, dijo Laurenti, rompiendo los sellos de la
Inquisicion: me he vengado y nada tengo ya que hacer aquí. Adios.
Y antes de que los dos jóvenes pudieran detenerle, se precipitó á la
ventana y se deslizó por la escala.
--¡Oh! ¡no hay duda, no hay duda, exclamó con desesperacion Aben-Aboo,
es mi padre! ¡Estoy maldito de Dios!
Y sin atreverse á mirar á Yaye huyó, ganando la ventana y la escala.
Aben-Humeya quedó inmóvil, aterrado, como herido por un rayo, despues de
leer la carta de doña Elvira.
Luego tieso, ríjido, terrible, como impulsado por un poder superior, se
acercó á Yaye, se inclinó sobre él y le miró.
Yaye estaba muerto.
--¡Mi padre! dijo con voz ronca: ¡mi padre! añadió, y se apretó las
sienes con las dos manos, y luego con los cabellos erizados, vacilante,
como un ebrio, se acercó á la ventana, ganó la escala y se deslizó por
ella.
El cadáver de Yaye quedó sobre un lecho de sangre en la estancia, y á
los piés de la mesa donde estaba la luz, las dos cartas que el horror
habia dejado caer de las manos de Aben-Humeya y de Aben-Aboo.