De cómo se perdieron de nuevo Amina y el marqués.
Entre tanto Calpuc, Harum, y un cuerpo como de quinientos monfíes,
marchaban á gran paso atravesando las Alpujarras en direccion á Orgiva.
Iba ademas con ellos otra persona muy conocida nuestra.
El marqués de la Guardia que habia sido sacado por Harum del alcázar
subterráneo del emir.
El marqués caminaba entre Calpuc y Harum.
De tiempo en tiempo Calpuc exhalaba un profundo suspiro, al que
contestaba una imprecacion del marqués y una blasfemia de Harum.
--¡Por los siete cielos, y por el infierno! exclamaba Harum: ¡muerto mi
señor, y muerto villanamente á traicion! ¡muerto por esos dos
miserables!
[imagen: ¡Muere, asesino de mi padre!]
El marqués juraba y votaba, y ofrecia su alma al diablo por matar á
Aben-Aboo que le habia robado á su esposa y á su hija; pero el marqués
no sabia, que Aben-Aboo y Aben-Humeya eran hijos del emir, y que por lo
tanto Amina era hermana de ellos.
Calpuc guardaba tambien dentro de su alma aquel terrible secreto.
Los tres aguijaban sus caballos, hasta el punto de dejar atrás á los
monfíes, que aunque iban á la carrera, no podian seguirlos.
De tiempo en tiempo Harum se volvia y gritaba á los monfíes:
--¿Os habeis convertido en bueyes cansados, de cabras sueltas que érais?
¿no sabeis que vamos en busca del asesino del emir, que vamos á libertar
á la sultana?
Los monfíes lanzaban un alarido de furor y forzaban su carrera.
Pero por mucho que apresuraban su marcha, y aunque eran fuertes é
incansables, no podian seguir á los caballos.
Estos les tomaron gran delantera.
A punto de amanecer, el caballo del marqués, mas fuerte, ó mejor llevado
por su ginete, habia adelantado á los de Calpuc y Harum, y entraba en la
rambla de los Gamos, en aquella rambla donde existia aun la encina
muerta, de cuyas deshojadas ramas habia mandado colgar veinte y dos años
antes Yuzuf, padre de Yaye, á los monfíes asesinos de Miguel Lopez.
Pasaba el marqués á la carrera junto á aquella viegísima encina, cuando
de repente se oyó el galope de otro caballo, y apareció al fin, trayendo
sobre su lomo un hombre y una mujer.
Este caballo, conduciendo aquel grupo, pasó como una exhalacion por
delante del marqués cortando la carrera á su caballo.
A la luz de la mañana, el marqués creyó reconocer en aquella mujer á
Amina, en aquel hombre á Aben-Aboo, y no pudo quedarle duda, porque
reconocido por Amina, la oyó gritar:
--¡Sálvame! ¡sálvame de este infame!
El marqués revolvió violentamente su caballo, exponiéndole á dar de
través, y destrozándole en esta vuelta violenta; y se puso en
seguimiento de Aben-Aboo.
Pero fuese que el caballo de este fuese mas fuerte que el del marqués ó
que estuviera mas descansado, á pesar de la desventaja de llevar sobre
sí dos personas, siguió sosteniendo la ventaja que habia ganado, y sin
que el marqués pudiera por mas que castigaba y excitaba á su caballo,
hacerle disminuir aquella ventaja.
Hubo un momento en que Aben-Aboo revolvió su caballo con la intencion
manifiesta de venir sobre el marqués y empeñar un combate.
Pero vió tras el marqués á otros dos ginetes á lo lejos, aunque no pudo
reconocerlos, y allá, mas lejos aun, los monfíes que entraban á la
carrera en la rambla, y se puso de nuevo en fuga.
--¡Flanquead! ¡flanquead y cortadle la huida! gritó Harum á los monfíes:
¡flanquead, mientras nosotros le seguimos por derecho!
Y los monfíes, al escuchar aquella voz de mando, se dividieron en dos
bandas, y tomaron los atajos y los desfiladeros de la sierra.
El marqués continuaba clavando sus espuelas en los flancos de su caballo
que lanzaba gemidos de dolor, y corria cubierto de espuma, pero sin
alcanzar ventaja.
El caballo de Aben-Aboo no podia adelantar tampoco, por el aumento de su
carga.
De repente el caballo del marqués, se paró jadeante: se extendió, tosió
fatigosamente, arrojó un vómito de sangre y cayó muerto.
Don Juan lanzó una blasfemia, se desembarazó de los estribos, y siguió
corriendo tras Aben-Aboo, pero desesperado.
De improviso lanzó un grito de alegría.
El caballo de Aben-Aboo habia caido rebentado tambien.
Calpuc y Harum continuaban montados, pero sus caballos se resistian á
las espuelas y se negaban á correr.
Los monfíes empezaban á aparecer sobre los flancos de la montaña y se
oian sus gritos de amenaza á Aben-Aboo.
Este se desembarazó tambien de los estribos, asió á Amina; cargó con
ella y se embreñó.
Parecia inevitable la captura de Aben-Aboo, ó que á lo menos se veria
obligado á abandonar su presa.
De tiempo en tiempo, Amina lanzaba un grito de socorro, y Harum, que
habia logrado incorporarse al marqués, gritaba á los monfíes, algunos de
los cuales preparaban sus arcabuces y sus ballestas:
--¡No tireis! ¡no tireis! ¿no veis que podeis herir á la sultana?
Aben-Aboo, como si le hubiera prestado fuerzas un poder sobrenatural,
seguia corriendo.
Oyóse de improviso un grito de triunfo de Aben-Aboo.
Acababa de entrar en la jurisdiccion maldita, por decirlo asi, de la
Princesa encantada; en aquel escondrijo que habia encontrado por
casualidad Laurenti.
Ya hemos dicho que aquel lugar era terriblemente respetado por la
credulidad supersticiosa de los monfíes: al llegar á cierto punto, Harum
se detuvo aterrado, como si hubiera tratado de penetrar en el infierno,
y los monfíes que flanqueaban la montaña, se detuvieron tambien y
retrocedieron cuando reconocieron la hoya.
Solo el marqués, con la espada desnuda en una mano, y un pistolete
amartillado en la otra, seguia tras Aben-Aboo y Amina, que se acercaban
ya á la roca á la que se habia dado el nombre de Princesa encantada.
Aben-Aboo dió la vuelta á la roca y penetró por la grieta, recorrió los
primeros senos, y al llegar á un paraje se detuvo, dejó en el suelo á
Amina que se habia desmayado por la emocion y la fatiga, se inclinó
sobre el suelo, levantó una piedra, y descubrió una mecha de yesca seca
y perfectamente preparada.
Aben-Aboo cogió aquella mecha entre la cazoleta del pedreñal, y dió
fuego: la mecha empezó á arder; Aben-Aboo cargó de nuevo con Amina y
continuó descendiendo á la carrera, internándose rápidamente en el
subterráneo.
El marqués de la Guardia, aunque muy retrasado, penetró tambien en la
gruta espada en mano, siguiendo á Aben-Aboo.
Entre tanto los monfíes detenidos por su terror supersticioso en la
frontera, por decirlo asi, de aquel terreno maldito, no daban un paso:
el mismo Harum vacilaba, solo Calpuc atravesó á la carrera aquella
demarcacion fatal.
Excitado al fin Harum por su lealtad á sus señores, la pasó tambien.
Pero ni un solo monfí adelantó.
Limitáronse á rodear aquella demarcacion.
Calpuc adelantaba, Harum le seguia.
De improviso una detonacion horrorosa hizo temblar la tierra; la roca
que representaba la Princesa encantada, voló lanzando á gran altura
enormes fragmentos, y solo quedó en el lugar que ocupaba un monton de
escombros calcáreos.
Calpuc y Harum se detuvieron pálidos de espanto; y los monfíes lanzaron
un alarido de terror.
Era imposible ya penetrar en el subterráneo: Aben-Aboo, Amina y el
marqués de la Guardia, habian quedado sin duda sepultados.
Calpuc y Harum, pasado el primer momento de terror, corrieron al lugar
de la catástrofe, y al contemplar aquel hacinamiento de rocas rotas,
impidiéndoles el paso, separándolos de Amina y del marqués, cayeron de
rodillas y oraron por ellos.
Pero de repente Harum se alzó.
En su semblante pálido se veia una expresion terrible de venganza, de
una venganza ansiosa; sus ojos destellaban sombríos relámpagos de
muerte.
Como él, Calpuc se habia alzado rígido y terrible.
--De seguro, dijo volviéndose á Harum, en esta terrible voladura, solo
ha perecido el marqués de la Guardia. Aben-Aboo se ha dirigido aquí sin
vacilar: debia conocer este escondrijo: debia tenerlo preparado á todo
evento. Las voladuras se efectúan siempre para arriba: esto lo sé yo muy
bien, como que he hecho volar muchas masas de pedernal, en el desierto
mejicano para buscar el diamante: esa caverna debe tener una salida por
la cual se habrá sin duda salvado ó se salvará con Amina Aben-Aboo...
pero el pobre marqués...
--Acaso se haya salvado tambien, murmuró con acento ronco Harum; seguia
ya de cerca á Aben-Aboo.
--Pero lo que nos queda que salvar es mi viznieta; sin duda ha sido
abandonada por Aben-Aboo en el lugar donde ha tenido oculta á mi nieta.
Corramos, Harum, corramos: salvemos al menos á la última de nuestra
familia.
--Y á los que no podamos salvar, los vengaremos, exclamó Harum
roncamente.
Y alejándose de la sima que habia abierto la explosion llegó con paso
lento y tardo al lugar de donde no se habian atrevido á pasar los
monfíes.
Calpuc le seguia.
Harum hizo sonar su corneta.
Poco despues los quinientos monfíes, con sus dos banderas, estaban
agrupados á su alrededor:
--¡Valientes! gritó Harum: ya sabeis que el emir ha sido asesinado por
Aben-Aboo y Aben-Humeya.
--¡Venganza! gritaron á una voz todos los monfíes como impulsados por un
mismo pensamiento.
--¡Si, venganza, y venganza terrible! vosotros sois los valientes que
componiais la guardia del emir, los que ibais tras su bandera: á
vosotros toca vengarle y le vengareis. ¿Hay alguno entre vosotros que no
quiera jurar enemistad á muerte á Aben-Aboo y Aben-Humeya?
Todos callaron.
--Mirad que vuestro silencio es un juramento de venganza contra esos dos
infames: que el que no quiera ser de los nuestros hable, y quedará
libre.
Continuó aquel elocuente silencio.
--¿Es decir que desde hoy todos somos hermanos? gritó Harum.
--Si.
--¿Que todos nos obligamos á ayudarnos, defendernos y avisarnos?
--Si.
--¿Que en cualquier tiempo y ocasion puedo contar con vosotros cuando os
llame?
--Si.
--¡En el nombre de Dios Altísimo y Unico! ¡que ninguno de vosotros
olvide lo que ha jurado, sino quiere ser tenido por infame y traidor!
--¡No! ¡no! gritaron en coro los monfíes.
--Pues bien: que ninguno de vosotros diga ni aun á su padre el nombre de
los asesinos del emir.
--¡No! ¡no!
--Ahora, valientes, separémonos: yo haré de modo que todos, cualquiera
que sea en el lugar donde nos encontremos, sepamos los unos de los
otros: quedaos conmigo los de mi taifa: los demás á vuestros
apostaderos.
Harum extendió el brazo en un ademan de imperio, y los monfíes se
disolvieron, encaminándose á distintos puntos.
Solo quedaron con Harum cien hombres con una bandera.
--Ahora, dijo Calpuc, á mi antiguo subterráneo.
* * * * *
Al oscurecer de aquel mismo dia, Calpuc y Harum penetraron en el
subterráneo.
Antes de llegar á la habitacion donde habia muerto Miguel Lopez, oyeron
el llanto desesperado de una criatura.
Cuando llegaron á aquella habitacion, encontraron á la pequeña hija de
Amina abandonada sobre el lecho.
Tomóla Calpuc en sus brazos, la besó en la frente, y exclamó llorando:
--¡Lo último, lo último acaso que me queda de todo cuanto he amado!