CAPITULO XXXIX.

De cómo se perdieron de nuevo Amina y el marqués.

Entre tanto Calpuc, Harum, y un cuerpo como de quinientos monfíes,

marchaban á gran paso atravesando las Alpujarras en direccion á Orgiva.

Iba ademas con ellos otra persona muy conocida nuestra.

El marqués de la Guardia que habia sido sacado por Harum del alcázar

subterráneo del emir.

El marqués caminaba entre Calpuc y Harum.

De tiempo en tiempo Calpuc exhalaba un profundo suspiro, al que

contestaba una imprecacion del marqués y una blasfemia de Harum.

--¡Por los siete cielos, y por el infierno! exclamaba Harum: ¡muerto mi

señor, y muerto villanamente á traicion! ¡muerto por esos dos

miserables!

[imagen: ¡Muere, asesino de mi padre!]

El marqués juraba y votaba, y ofrecia su alma al diablo por matar á

Aben-Aboo que le habia robado á su esposa y á su hija; pero el marqués

no sabia, que Aben-Aboo y Aben-Humeya eran hijos del emir, y que por lo

tanto Amina era hermana de ellos.

Calpuc guardaba tambien dentro de su alma aquel terrible secreto.

Los tres aguijaban sus caballos, hasta el punto de dejar atrás á los

monfíes, que aunque iban á la carrera, no podian seguirlos.

De tiempo en tiempo Harum se volvia y gritaba á los monfíes:

--¿Os habeis convertido en bueyes cansados, de cabras sueltas que érais?

¿no sabeis que vamos en busca del asesino del emir, que vamos á libertar

á la sultana?

Los monfíes lanzaban un alarido de furor y forzaban su carrera.

Pero por mucho que apresuraban su marcha, y aunque eran fuertes é

incansables, no podian seguir á los caballos.

Estos les tomaron gran delantera.

A punto de amanecer, el caballo del marqués, mas fuerte, ó mejor llevado

por su ginete, habia adelantado á los de Calpuc y Harum, y entraba en la

rambla de los Gamos, en aquella rambla donde existia aun la encina

muerta, de cuyas deshojadas ramas habia mandado colgar veinte y dos años

antes Yuzuf, padre de Yaye, á los monfíes asesinos de Miguel Lopez.

Pasaba el marqués á la carrera junto á aquella viegísima encina, cuando

de repente se oyó el galope de otro caballo, y apareció al fin, trayendo

sobre su lomo un hombre y una mujer.

Este caballo, conduciendo aquel grupo, pasó como una exhalacion por

delante del marqués cortando la carrera á su caballo.

A la luz de la mañana, el marqués creyó reconocer en aquella mujer á

Amina, en aquel hombre á Aben-Aboo, y no pudo quedarle duda, porque

reconocido por Amina, la oyó gritar:

--¡Sálvame! ¡sálvame de este infame!

El marqués revolvió violentamente su caballo, exponiéndole á dar de

través, y destrozándole en esta vuelta violenta; y se puso en

seguimiento de Aben-Aboo.

Pero fuese que el caballo de este fuese mas fuerte que el del marqués ó

que estuviera mas descansado, á pesar de la desventaja de llevar sobre

sí dos personas, siguió sosteniendo la ventaja que habia ganado, y sin

que el marqués pudiera por mas que castigaba y excitaba á su caballo,

hacerle disminuir aquella ventaja.

Hubo un momento en que Aben-Aboo revolvió su caballo con la intencion

manifiesta de venir sobre el marqués y empeñar un combate.

Pero vió tras el marqués á otros dos ginetes á lo lejos, aunque no pudo

reconocerlos, y allá, mas lejos aun, los monfíes que entraban á la

carrera en la rambla, y se puso de nuevo en fuga.

--¡Flanquead! ¡flanquead y cortadle la huida! gritó Harum á los monfíes:

¡flanquead, mientras nosotros le seguimos por derecho!

Y los monfíes, al escuchar aquella voz de mando, se dividieron en dos

bandas, y tomaron los atajos y los desfiladeros de la sierra.

El marqués continuaba clavando sus espuelas en los flancos de su caballo

que lanzaba gemidos de dolor, y corria cubierto de espuma, pero sin

alcanzar ventaja.

El caballo de Aben-Aboo no podia adelantar tampoco, por el aumento de su

carga.

De repente el caballo del marqués, se paró jadeante: se extendió, tosió

fatigosamente, arrojó un vómito de sangre y cayó muerto.

Don Juan lanzó una blasfemia, se desembarazó de los estribos, y siguió

corriendo tras Aben-Aboo, pero desesperado.

De improviso lanzó un grito de alegría.

El caballo de Aben-Aboo habia caido rebentado tambien.

Calpuc y Harum continuaban montados, pero sus caballos se resistian á

las espuelas y se negaban á correr.

Los monfíes empezaban á aparecer sobre los flancos de la montaña y se

oian sus gritos de amenaza á Aben-Aboo.

Este se desembarazó tambien de los estribos, asió á Amina; cargó con

ella y se embreñó.

Parecia inevitable la captura de Aben-Aboo, ó que á lo menos se veria

obligado á abandonar su presa.

De tiempo en tiempo, Amina lanzaba un grito de socorro, y Harum, que

habia logrado incorporarse al marqués, gritaba á los monfíes, algunos de

los cuales preparaban sus arcabuces y sus ballestas:

--¡No tireis! ¡no tireis! ¿no veis que podeis herir á la sultana?

Aben-Aboo, como si le hubiera prestado fuerzas un poder sobrenatural,

seguia corriendo.

Oyóse de improviso un grito de triunfo de Aben-Aboo.

Acababa de entrar en la jurisdiccion maldita, por decirlo asi, de la

Princesa encantada; en aquel escondrijo que habia encontrado por

casualidad Laurenti.

Ya hemos dicho que aquel lugar era terriblemente respetado por la

credulidad supersticiosa de los monfíes: al llegar á cierto punto, Harum

se detuvo aterrado, como si hubiera tratado de penetrar en el infierno,

y los monfíes que flanqueaban la montaña, se detuvieron tambien y

retrocedieron cuando reconocieron la hoya.

Solo el marqués, con la espada desnuda en una mano, y un pistolete

amartillado en la otra, seguia tras Aben-Aboo y Amina, que se acercaban

ya á la roca á la que se habia dado el nombre de Princesa encantada.

Aben-Aboo dió la vuelta á la roca y penetró por la grieta, recorrió los

primeros senos, y al llegar á un paraje se detuvo, dejó en el suelo á

Amina que se habia desmayado por la emocion y la fatiga, se inclinó

sobre el suelo, levantó una piedra, y descubrió una mecha de yesca seca

y perfectamente preparada.

Aben-Aboo cogió aquella mecha entre la cazoleta del pedreñal, y dió

fuego: la mecha empezó á arder; Aben-Aboo cargó de nuevo con Amina y

continuó descendiendo á la carrera, internándose rápidamente en el

subterráneo.

El marqués de la Guardia, aunque muy retrasado, penetró tambien en la

gruta espada en mano, siguiendo á Aben-Aboo.

Entre tanto los monfíes detenidos por su terror supersticioso en la

frontera, por decirlo asi, de aquel terreno maldito, no daban un paso:

el mismo Harum vacilaba, solo Calpuc atravesó á la carrera aquella

demarcacion fatal.

Excitado al fin Harum por su lealtad á sus señores, la pasó tambien.

Pero ni un solo monfí adelantó.

Limitáronse á rodear aquella demarcacion.

Calpuc adelantaba, Harum le seguia.

De improviso una detonacion horrorosa hizo temblar la tierra; la roca

que representaba la Princesa encantada, voló lanzando á gran altura

enormes fragmentos, y solo quedó en el lugar que ocupaba un monton de

escombros calcáreos.

Calpuc y Harum se detuvieron pálidos de espanto; y los monfíes lanzaron

un alarido de terror.

Era imposible ya penetrar en el subterráneo: Aben-Aboo, Amina y el

marqués de la Guardia, habian quedado sin duda sepultados.

Calpuc y Harum, pasado el primer momento de terror, corrieron al lugar

de la catástrofe, y al contemplar aquel hacinamiento de rocas rotas,

impidiéndoles el paso, separándolos de Amina y del marqués, cayeron de

rodillas y oraron por ellos.

Pero de repente Harum se alzó.

En su semblante pálido se veia una expresion terrible de venganza, de

una venganza ansiosa; sus ojos destellaban sombríos relámpagos de

muerte.

Como él, Calpuc se habia alzado rígido y terrible.

--De seguro, dijo volviéndose á Harum, en esta terrible voladura, solo

ha perecido el marqués de la Guardia. Aben-Aboo se ha dirigido aquí sin

vacilar: debia conocer este escondrijo: debia tenerlo preparado á todo

evento. Las voladuras se efectúan siempre para arriba: esto lo sé yo muy

bien, como que he hecho volar muchas masas de pedernal, en el desierto

mejicano para buscar el diamante: esa caverna debe tener una salida por

la cual se habrá sin duda salvado ó se salvará con Amina Aben-Aboo...

pero el pobre marqués...

--Acaso se haya salvado tambien, murmuró con acento ronco Harum; seguia

ya de cerca á Aben-Aboo.

--Pero lo que nos queda que salvar es mi viznieta; sin duda ha sido

abandonada por Aben-Aboo en el lugar donde ha tenido oculta á mi nieta.

Corramos, Harum, corramos: salvemos al menos á la última de nuestra

familia.

--Y á los que no podamos salvar, los vengaremos, exclamó Harum

roncamente.

Y alejándose de la sima que habia abierto la explosion llegó con paso

lento y tardo al lugar de donde no se habian atrevido á pasar los

monfíes.

Calpuc le seguia.

Harum hizo sonar su corneta.

Poco despues los quinientos monfíes, con sus dos banderas, estaban

agrupados á su alrededor:

--¡Valientes! gritó Harum: ya sabeis que el emir ha sido asesinado por

Aben-Aboo y Aben-Humeya.

--¡Venganza! gritaron á una voz todos los monfíes como impulsados por un

mismo pensamiento.

--¡Si, venganza, y venganza terrible! vosotros sois los valientes que

componiais la guardia del emir, los que ibais tras su bandera: á

vosotros toca vengarle y le vengareis. ¿Hay alguno entre vosotros que no

quiera jurar enemistad á muerte á Aben-Aboo y Aben-Humeya?

Todos callaron.

--Mirad que vuestro silencio es un juramento de venganza contra esos dos

infames: que el que no quiera ser de los nuestros hable, y quedará

libre.

Continuó aquel elocuente silencio.

--¿Es decir que desde hoy todos somos hermanos? gritó Harum.

--Si.

--¿Que todos nos obligamos á ayudarnos, defendernos y avisarnos?

--Si.

--¿Que en cualquier tiempo y ocasion puedo contar con vosotros cuando os

llame?

--Si.

--¡En el nombre de Dios Altísimo y Unico! ¡que ninguno de vosotros

olvide lo que ha jurado, sino quiere ser tenido por infame y traidor!

--¡No! ¡no! gritaron en coro los monfíes.

--Pues bien: que ninguno de vosotros diga ni aun á su padre el nombre de

los asesinos del emir.

--¡No! ¡no!

--Ahora, valientes, separémonos: yo haré de modo que todos, cualquiera

que sea en el lugar donde nos encontremos, sepamos los unos de los

otros: quedaos conmigo los de mi taifa: los demás á vuestros

apostaderos.

Harum extendió el brazo en un ademan de imperio, y los monfíes se

disolvieron, encaminándose á distintos puntos.

Solo quedaron con Harum cien hombres con una bandera.

--Ahora, dijo Calpuc, á mi antiguo subterráneo.

* * * * *

Al oscurecer de aquel mismo dia, Calpuc y Harum penetraron en el

subterráneo.

Antes de llegar á la habitacion donde habia muerto Miguel Lopez, oyeron

el llanto desesperado de una criatura.

Cuando llegaron á aquella habitacion, encontraron á la pequeña hija de

Amina abandonada sobre el lecho.

Tomóla Calpuc en sus brazos, la besó en la frente, y exclamó llorando:

--¡Lo último, lo último acaso que me queda de todo cuanto he amado!

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 106 / 168 题