CAPITULO XXXVI.

En que el autor descubre donde estaban los que se habian perdido.

Necesitamos dividir nuestra atencion entre tres lugares distintos.

Dos de ellos los conocemos.

El otro nos es enteramente desconocido.

Si penetramos en el uno, en el subterráneo donde vivió en otro tiempo

Calpuc, á donde este tuvo herido á Miguel Lopez, y donde Miguel Lopez

murió por último de hambre, encontraremos á uno de nuestros perdidos

personajes.

A Amina.

La veremos sentada sobre un lecho, inmóvil, teniendo sobre su regazo á

su pequeña hija, á quien amamanta; y para besar la cual de una manera

delirante, sale de tiempo en tiempo de su inaccion.

Nada falta en el subterráneo que pueda hacer soportar la permanencia en

él de una persona: nada mas que aire y dìa.

Por lo demás se ha procurado embellecer y hacer habitable, cuanto ha

sido posible, aquel antro.

¿Quién habia revelado á Aben-Aboo la existencia de aquel antro?

Nuestros lectores adivinan su nombre sin duda. Habia sido Laurenti.

Nuestros lectores saben que Laurenti habia encontrado en un proceso en

la Chancillería de Granada, la historia entera en que se contenia la

muerte de Miguel Lopez, la del capitan Sedeño, el orígen de dona

Estrella de Cárdenas, y demás sucesos que dejamos relatados en la

primera parte.

La justicia habia bajado al subterráneo, guiada por el mismo Calpuc;

pero despues aquel subterráneo habia quedado abandonado.

Un dia en que Aben-Aboo vagaba fugitivo por la montaña, y se habia

entrado á dormir en una cueva, encontró junto á sí, al despertar, una

carta.

Aquella carta contenia las siguientes palabras:

«Hace ya muchos dias que vagais á pié, acompañado de algunos hombres de

vuestra confianza, llevando con vos una dama y una niña, y evitando,

siempre con peligro, el encuentro de los monfíes que os buscan. Esa

señora, demasiado delicada para andar con lluvia y con nïeve por breñas

y vericuetos, será causa de que una vez deis en las manos del emir, que

no seria en tal caso muy humano con vos. Yo, como vos, soy enemigo del

emir, y quiero ayudaros, indicándoos un lugar muy escondido, donde

podreis guardar á vuestra prisionera y quedar libre para vuestros

negocios y para evitar la persecucion de que sois objeto. (A seguida el

autor del anónimo daba á Aben-Aboo las señas indudables, por las cuales

podia dar con el subterráneo). No desconfieis de quien os escribe,

concluia, porque si fuese vuestro enemigo, podria haberos muerto ó preso

mientras dormiais, en vez de haber dejado junto á vos y sobre vuestra

ballesta, esta carta.»

Temeroso Aben-Aboo de que embarazado por Amina y por su hija, diesen con

él los monfíes que le buscaban, como ya habia estado á punto de suceder

alguna vez, buscó el subterráneo por las señas que tan misteriosamente

le habian dado, y encerró en él á Amina y á su hija.

Aben-Aboo se encontraba, como Yaye, sin poder ir ni atrás ni adelante.

Su tio Aben-Jahuar le habia metido de una manera insidiosa en aquel

laberinto, del cual el jóven no encontraba la salida.

Sabia, á no dudarlo, que el emir no tenia duda alguna de que él habia

sido el raptor de Amina: sabia que del mismo modo que Yaye le habia

colmado de beneficios, se ensangrentaria con él, si le habia á las

manos, porque sabia demasiado hasta donde llegaba la tremenda justicia

del emir. Habia conocido al fin claramente, que su tio Aben-Jahuar le

habia envuelto con una intencion refinadamente traidora en aquel

compromiso, y en vez de presentarse lealmente á Yaye, para manifestarle

la verdad de los hechos é implorar su perdon, le aconsejó su miedo

deshacerse á todo trance y cuando pudiese del hombre que se lo

inspiraba.

La muerte del emir estaba decretada en el pensamiento de Aben-Aboo como

un medio de seguridad; la de Aben-Jahuar como la satisfaccion de la

venganza de una parte, y por otra como una medida prudente que debia

librarle de un rival peligroso, porque Aben-Aboo habia comprendido de

una manera clara que el objeto de Aben-Jahuar era destruir cuantos

obstáculos se oponian á su ambicion, y quedar solo, como señor soberano,

al frente de la rebelion de los moriscos.

Para esto necesitaba Aben-Aboo una alianza, y la buseó, ó mejor dicho,

aplazó el buscarla en Aben-Humeya.

Aben-Aboo entraba de lleno impulsado por su ambicion y por su miedo en

la senda del crimen.

Sin embargo, y como á mujer, habia tratado y trataba con un profundo

respeto á Amina.

Consistía esto, primero: en que Aben-Aboo no amaba á Amina, porque

estaba enamorado de la princesa: segundo, en que habiendo resuelto

deshacerse por medio del asesinato de Yaye, el resto de conciencia que

le quedaba le separaba de la jóven: y tercero, en que, prescindiendo de

estos dos antecedentes, sabia que Amina jamás podria ser para él mas que

una esclava violentada.

Aben-Aboo tenia en Amina una carga que conservaba por temor, y que en

todo caso podia servirle para dictar condiciones al emir.

Asi es que cuando Aben-Aboo bajaba todos los dias al subterráneo á

cuidar de Amina, no la hablaba una sola palabra.

Unicamente un dia la dijo:

--Parto para una empresa aventurada, en la cual podré perecer: os dejo

provisiones para muchos dias. Si falto tres, rogad á Dios que os ampare,

porque podreis morir aquí sepultada.

Amina lanzó un grito de terror, estrechando contra su corazon á su hija.

¿Cuál podria ser la empresa aventurada que acometia Aben-Aboo?

Antes necesitamos revelar á nuestros lectores los otros dos lugares

donde encontraremos el resto de nuestros perdidos personajes.

El segundo lugar que hemos dicho que conocemos, era el subterráneo de la

princesa encantada.

Si entramos en él una noche, encontraremos á dos personas muy conocidas

nuestras: á doña Elvira de Céspedes, viuda de don Diego de Córdoba y de

Válor y á Aben-Jahuar, su cuñado.

El lugar en que se encontraban no era aquel salon árabe en que ya hemos

entrado una vez con Laurenti y Cisneros, sino un pequeño retrete, á que

se entraba por una de las puertas que, como dijimos, daban al corredor

por donde era necesario pasar para llegar á la gran cámara.

Doña Elvira estaba recostada en un colchon doblado que la servia de

divan: Aben-Jahuar estaba sentado junto á ella en un escabel ó banquillo

de pino; una candileja clavada en la pared, alumbraba aquel espacio de

una manera siniestra, y por último, algunas astillas de madera en el

centro del pavimento roto, servian de calorífero.

Doña Elvira se conservaba sumamente hermosa; pero su hermosura habia

tomado un aspecto terrible: conocíase que el disgusto contínuo, la ira

reprimida, el deseo contrariado, el orgullo ofendido, habian ido fijando

lentamente su marca en aquel semblante, hasta darle el aspecto del de un

hermosísimo demonio; su sencillo y severo traje estaba en armonía con la

terrible expresion de su semblante, y sin embargo, sonreia á su cuñado,

y le sonreia con tal intencion, de una manera tal, que Aben-Jahuar

estaba fascinado: porque en la mirada de doña Elvira hácia él habia

amor, mas que amor, pasion: Aben-Jahuar se creia soñando.

--¿Sabes Elvira, la dijo, que apenas puedo creer á lo que mis oidos han

escuchado, á lo que ven mis ojos? ¿Que tú me amas y que me amas hace

mucho tiempo?

--Si, dijo doña Elvira, te amo, te amo porque lentamente tu amor y tus

sacrificios me han obligado. ¿Y sabes por qué te he ocultado mi amor?

--Yo creia que era imposible que me amases, dijo con recelo Aben-Jahuar.

--¡Imposible! ¿y por qué?

--Porque... creia que amabas á otro.

--¿A Yaye? dijo con la mayor naturalidad doña Elvira.

--Si, á Yaye, contestó con acento reconcentrado Aben-Jahuar.

--¡Qué poco conoces el corazon de las mujeres!

--Sin embargo, has rechazado constantemente mis deseos.

--Porque no queria comprometerte... porque esperaba á concluir para

siempre de una manera desembarazada.

--¿Concluir, qué?

--Concluir mi venganza.

--¿Contra Yaye?

--Contra Yaye.

--¿Venganza de amor?

--Venganza de odio.

--¡Tú has amado á Yaye!

--Yo no podia amar al asesino de mi marido.

--¡Ah!

--Yo no podia ni puedo amar al que es un obstáculo para el

engrandecimiento de mi hijo.

--¿Consistirá tu odio en que Yaye se haya casado con Isabel?

--No, de ningun modo: ¡Isabel y Yaye! ¡digno consorcio! la mujer

adúltera unida al asesino de su marido!

--Dame una prueba indudable de que me amas.

--¿Y qué prueba? dijo doña Elvira infiltrando una candente mirada en los

ojos de Aben-Jahuar.

--Sé mi esposa.

--Juro serlo en el momento en que me vengue de Yaye.

--¿Y cómo piensas vengarte? preguntó Aben-Jahuar.

--No lo sé: hace mucho tiempo que Dios ó el diablo protegen á ese

hombre: he gastado á manos llenas el oro para lograr que se apoderan de

él, y no he podido conseguirlo.

--En otro tiempo le tuviste en tu poder.

--¡Enfermo! ¡hé ahi como me muestra su agradecimiento Yaye! casa á su

hija con ese marqués de la Guardia, hace su compañero en el gobierno de

los monfíes al hijo de su amante, y todo viene á asegurarme su intencion

de que piensa robar á mi hijo la corona de Granada.

--Una sola palabra, Elvira.

--¿Cuál?

--¿No has sido tu tambien adúltera?

--¡Yo!

--¿No has sido amante de Yaye?

--¡Yo amante de ese miserable!

--Pronto me darás una prueba de si le amas ó le aborreces.

--¡Una prueba!

--Si, porque si es cierta tu sed de venganza muy pronto vas á ser

vengada.

--¡Vengada! exclamó doña Elvira, y palideció y se extremeció.

--¡Paréceme que te espanta mi venganza, Elvira! dijo con acento terrible

Aben-Jahuar.

--¡Porque tiemblo! tiemblo de impaciencia.

--Pues creo que esta noche quedarás vengada.

--¡Esta noche! ¿pero cómo?

--¿Qué te importa como sea, si esta noche ves ante tus plantas al emir?

--¡Pero explícame!...

--¡Oh! ¡oh! cualquiera diria Elvira que le amas y que temes por su vida.

--¡Su vida! exclamó doña Elvira no pudiendo contenerse en el fingimiento

que se habia propuesto: ¿pues qué le vais á matar?

--Verdaderamente Elvira, dijo Aben-Jahuar con acento siniestro, ¿qué

estás muy ansiosa de su sangre?

--¡Si! ¡pero!... ¡pero quién le va á matar! exclamó doña Elvira

descubriendo cada vez mas su amor hácia Yaye.

--No ha faltado quien diga á tu hijo, quien se lo pruebe, que Yaye fue

la causa de la prision y de la muerte de mi hermano.

--¿Y mi hijo lo ha creido?...

--Acaso en estos momentos, tu hijo se encamina al lugar donde sabe que

debe encontrar al emir solo y desarmado.

--¡Para matarle!

--Cree que el emir ha sido la causa de la muerte de su padre.

--Pero eso no es verdad: Yaye no ha tenido culpa alguna...

--¿Pues no le acusabas poco hace tú misma?...

--¡Mentira! ¡mentira! y escucha hermano: yo te creo violento, zeloso,

irritado, pero no miserable: escúchame por Dios hermano... porque es

necesario evitar un horrible crímen.

--¿Es decir, que amas á Yaye?

--¡Oh! ¡Dios mio! ¡si! exclamó doña Elvira cubriéndose el rostro con las

manos: le amo desesperadamente hace veintidos años.

--¿Y por qué me engañabas? dijo Aben-Jahuar, dominando su odio y dando á

sus palabras un acento tristemente melancólico: ¿por qué me decias que

querias vengarte de Yaye?

--¡Oh! ¡yo no sé! ¡yo no sé! ¡yo estoy loca! Yaye me ha despreciado: le

he escrito arrojando en mis cartas todo mi corazon, y no ha contestado á

mis cartas: he querido apoderarme de él, y no he podido: ¡al fin se ha

casado!... ¡se ha casado con Isabel! yo queria vengarme... quiero

vengarme... pero ya te lo he dicho: no sé como: porque yo no quiero

matarle...

--Le matará tu hijo.

Doña Elvira al escuchar esta terrible profecía lanzó un grito de horror.

--¡Mi hijo! exclamó: ¡mi hijo! ¡un parricidio!

--¡Un parricidio! exclamó Aben-Jahuar levantándose: ¡un parricidio has

dicho!

--Si, si: ¡porque... mi hijo es hijo de Yaye!

Destelló de los ojos de Aben-Jahuar una mirada salvaje indescribible.

--¡Oh! exclamó: ¡oh! pues entonces es necesario... necesario de todo

punto evitar... yo no sabia... yo estaba engañado... y ese hombre... ese

hombre extraño que nos ha procurado este asilo... ese hombre á quien yo

esperaba...

--Pero yo quiero ir, volar junto á mi hijo: decirle: el hombre que

quieres asesinar es tu padre... es necesario salir al momento de aquí...

¡Dios mio! ¡ Dios mio! ¿no oyes que es necesario que salgamos de

aquí?...

--Pero yo no sé las salidas, dijo afectando desesperación Aben-Jahuar.

--¡Llévame, llévame á detener á mi hijo! exclamó doña Elvira arrojándose

á sus piés: logre yo impedir ese horroroso crímen... y te amaré,

Fernando, te amaré con toda mi alma... y seré tuya, y seré tu esclava.

¿No oyes que mi hijo es hijo de Yaye?

--Alzate, y silencio; suenan pasos; acaso sea ese hombre: si es él, aun

tenemos tiempo... si, si, él es... pero enjuga tus lágrimas,

tranquilízate... se acerca.

--¡Ya es hora! dijo acercándose á la puerta Laurenti.

* * * * *

Debemos trasladarnos á otro lugar, al lugar que hemos dicho que no

conociamos, y donde encontraremos á Angiolina.

Todos los que hayan estado en Granada ó en las Alpujarras, habran tenido

ocasion de ver que hay una clase de gente pobre, que vive en muy pobres

habitaciones.

Son estas, cuevas naturales, á las que se ha puesto una puerta, abierto

una chimenea, dilatado y blanqueado el interior. En Granada y en las

Alpujarras, hay barrios enteros de estas viviendas, barrios cuyas calles

son barrancos, y á los que sirve de terrado el repecho de la montaña,

cubierta de higueras de Túnez y de pitas, entre las cuales se levanta el

humo de las chimeneas.

Por lo general las gentes que viven en estos miserables albergues son

gitanos.

En una de estas negras viviendas, entró Aben-Aboo, la misma noche en que

tuvo lugar la escena anterior.

El jóven iba solo, vestido á la berberisca y armado con un arcabuz.

Dentro de la cueva estaba una vieja calentándose junto á un fuego medio

extinguido, y asando castañas.

Cuando entró, el jóven se dirigió á la vieja.

--¿Ha pasado alguien? dijo Aben-Aboo.

--¡Nadie! dijo la vieja: hoy como todos los dias el barranco ha estado

solitario; solo he visto á lo lejos por la loma de la fuente pasar un

pastor de cabras.

--¿Y no se acercó?

--No.

--¿Qué hizo?

--¿Qué hizo? estar parado algun tiempo apoyado en su báculo.

--¿Y nada mas? ya te he dicho que observes bien cuanto hagan los que

pasen cerca ó lejos de la cueva.

--¿Qué hizo? no me acuerdo de que haya hecho nada.

--¡Nada! exclamó con impaciencia Aben-Aboo.

--Nada hizo, solamente puso un lazo en un madroño.

--¡Ah! ¿un lazo para coger gorriones?

--Eso es.

--¿Y no volvió?

--No por cierto; aunque á poco de irse, cayó un gorrion en el lazo: yo

esperé algún tiempo á ver si volvia, y como no volvia, atravesé el

barranco, llegué al madroño, cogí el gorrión, me le traje, le asé y me

le comi.

--¡Un lazo para coger gorriones! murmuró Aben-Aboo.

Y luego sacando de su bolsillo unas monedas de plata, dijo á la vieja:

--Vete.

--¡Que me vaya! ¿y á dónde?

--Ya no haces falta aquí.

--¿Y quién cuidará de esa señora?

--Te digo que no haces ya falta, tu cueva está cerca: vete con tus

hijas.

--¿Y ya no me dareis mas dinero?

--¡Toma, toma, sanguijuela insaciable! dijo Aben-Aboo, dando á la vieja

dos ducados mas.

--Todos los dias el hambre pide pan: antes cuando mi marido y mis hijos

vivian, trabajaban y mi casa estaba alegre, porque siempre habia una

olla al fuego y pan en la cesta; pero los cristianos mataron á mi marido

y á mis hijos: mi casa ha quedado triste, y mis hijas buscan á los

pastores y á los monfíes para que les den un pedazo de pan, porque

tienen hambre.

--Yo mandaré que te den cuatro ducados todos los meses.

--¡Cuatro ducados! ¡Dios es grande y misericordioso, y os recompensará,

señor!

--Bien, pero vete: necesito quedarme solo.

Aben-Aboo franqueó la puerta.

--¡Qué oscura y qué callada está la noche! dijo la vieja, asomando á la

puerta la cabeza: pero á bien que dentro de dos horas saldrá la luna.

Que Dios os guarde, hermoso señor.

Y la vieja se rebujó la cabeza en un andrajo, salió de la cueva, y

pronto se perdió entre la oscuridad.

Aben-Aboo cerró entonces fuertemente la puerta.

--¡Un lazo para coger gorriones! repitió Aben-Aboo, tomando de un hueco

de la cueva una linterna, y encendiéndola con una astilla del fuego: esa

es la señal convenida: ¡esta noche! ¡esta noche al fin!

Aben-Aboo se estremeció, y permaneció inmóvil con la linterna en la

mano.

--¡Esta noche...! ese hombre, ese castellano es terrible: me ha probado

casi que el emir es el asesino de mi padre: me ha probado que mi madre

es una infame; ella amaba al emir antes de casarse con mi padre: recien

casado con ella, don Diego de Válor y mi tio Aben-Jahuar se llevaron

consigo á mi padre, y la justicia le encontró despues muerto de hambre y

herido en el mismo lugar donde tengo escondida á la sultana Amina: ¡Dios

es justo y misericordioso! Pero aun no estoy satisfecho: ese Godinez ó

ese demonio en quien parece confiar tanto doña Elvira, la madre de

Aben-Humeya, no me ha presentado ninguna prueba concluyente: es cierto

que me ha hecho reparar en muchas circunstancias que casi me

convencen... pero me ha dicho que la prueba indudable la tiene la

princesa, que por su rivalidad con Amina, se la procuró: la princesa

está en mi poder... puedo tocar la verdad, y sin embargo esa verdad me

estremece.

Aben-Aboo dió un paso hácia una oscura gruta de la cueva que conducia al

interior, y se detuvo otra vez irresoluto.

--¿Seré yo acaso el instrumento de una venganza infame? se dijo: pero

no: la princesa... la princesa me embriaga... parece amarme... ¿pero

estaré yo ciego? sin embargo la princesa me domina, sabe que soy su

esclavo... sabe cuánto la amo, que mi amor puede arrastrarme á una

violencia, y sin embargo, se encuentra conmigo alegre, satisfecha,

tranquila: solo me opone que mientras viva el marqués de la Guardia...

indudablemente el amor que ha tenido al marqués se ha convertido en

odio... y yo... yo la amo mas cada dia. Es necesario resolverse.

Y Aben-Aboo penetró en aquel antro.

Llegó á un ángulo, arrolló con el pié un monton de tascos de estopa,

removió despues el suelo terrizo que la estopa habia dejado descubierto,

y apareció una trampa de madera.

Levantó aquella trampa, bajó unas escaleras abiertas á pico, y se

encontró en un pequeño espacio, donde habia una cama, una silla y una

mesa con una lámpara encendida.

Salióle al encuentro una mujer vestida de negro.

Aquella mujer le abrazó y le besó en la frente.

Aben-Aboo se estremeció porque aquella mujer era Angiolina Visconti.

--¡Oh!; ¿cuándo sereis mi esposa? exclamó el jóven.

--Cuando sea viuda, contestó tranquilamente Angiolina.

--¡Viuda!

--Ya sabeis que yo no he pertenecido mas que á un hombre, que le he

considerado mi esposo, y que mientras viva...

--El marqués ha muerto, dijo Aben-Aboo.

--¡Que ha muerto el marqués! dijo Angiolina con un acento reconcentrado,

comprimiendo y dominando la angustia que se apoderó de su alma.

Aben-Aboo que la observaba profundamente, engañado por el violento

esfuerzo con que Angiolina habia dominado su alma, dijo para sí:

--Indudablemente la princesa, no ama ya al marqués: si le amara se

hubiera estremecido, se hubiera entregado á alguna demostracion de dolor

al saber su muerte.

Angiolina leyó sin duda el pensamiento de Aben-Aboo en su mirada, porque

dijo con interés, con conmocion, pero sin terror, sin sentimiento:

--¿Y dónde ha muerto el marqués?

--En Cádiar: la noche de Navidad; la compañía entera á cuyo frente se

encontraba ha sido exterminada.

--¡Ah! ¿y le habeis matado vos?

--Afortunadamente no.

--¿Por qué decís afortunadamente?

--Porque no quisiera unirme á vos trayendo las manos manchadas con la

sangre de ese nombre á quien habia considerado como vuestro esposo.

--¿De modo que, dijo Angiolina, anduve acertada en vestirme de negro

para huir con vos de Cádiar?

--¿Llevais por él luto?

--¿No habeis dicho vos mismo que yo le consideraba mi esposo?

--¿Y esa muerte no os causa pesar?

--Ya lo veis, hablo de ello tranquilamente con vos como si se tratara de

la de cualquier otro.

--Pero no os mostrais alegre.

--Yo no tengo mal corazon.

Era que Angiolina no tenia sobre sí misma dominio bastante para llevar

su fingimiento hasta el punto de mostrarse alegre por la muerte del

marqués, cuando estaba transida de dolor, anhelante, haciendo poderosos

esfuerzos para que no saliesen á sus ojos las lágrimas, á sus labios los

gritos desesperados.

--¿Será acaso que no creais que el marqués haya muerto? dijo el receloso

jóven.

--Sí lo creo: porque según lo que ha pasado en las Alpujarras, el

marqués que era muy noble y muy valiente ha debido morir.

--¡Ah! ¡le elogiais!

--El que haya sido conmigo un infame, el que yo me haya visto obligada

primero á desear vengarme de él, después á despreciarle, no prueba que

cuando se trataba del servicio del rey fuese cobarde ni villano: para

probaros que os creo, voy á deciros una sola palabra: soy vuestra.

--¡Que sois mia! exclamó Aben-Aboo, levantándose de la silla.

--¡Si, si, dijo Angiolina conteniéndole con un movimiento: después de

algunos dias...

--¡Ah! dijo Aben-Aboo. ¡Otro plazo!

--¿No despreciaríais algun dia á una mujer que os abriese sus brazos,

caliente aun el cadáver de su esposo?

--¡Esa extraña manía de llamar vuestro esposo al marqués...!

--Yo le he considerado como tal. Sin embargo, podeis abreviar ese plazo.

--¿Cómo?

--Sabeis que soy enemiga del emir, porque de él vienen mis desgracias.

Si él hubiera guardado mas á su hija, no me hubiera visto ultrajada por

el marqués. Si mi esposo...

--¿De qué esposo hablais ahora...?

--Del príncipe Lorencini Maffei.

--¡Ah!

--Si, mi esposo no sé por qué malhirió al emir en Madrid, y huyó: desde

entonces quedé abandonada, y me ví obligada á ampararme de Cisneros.

Solo por una sucesion de tristes casualidades he podido venir á vuestras

manos. Aborrezco al emir y á su hija, el odio que siento hácia ellos me

abrasa el corazon. Si exterminais al emir y á la sultana Amina... el dia

en que me digais: no existen, podéis pisar su sepultura, aquel dia... me

arrojo en vuestros brazos.

Angiolina se estremeció horrorizada de sí misma: sabia que Aben-Aboo era

hijo del emir, hermano de Amina, y sin embargo le pedia la sangre de su

padre y de su hermana: y era que aunque comprimia su dolor, dolor

causado por la noticia de la muerte del marqués, que Aben-Aboo la habia

dado con la mayor seguridad, aunque sabia que el marqués no habia

muerto, la enloquecia, la hacia sentir una horrible sed de exterminio,

la arrastraba á todo.

Una fatalidad mas que se levantaba contra Yaye.

Porque Angiolina, que, como hemos dicho, solo era infame cuando se

tocaba á su corazon, á sus zelos, á su desesperacion por el marqués, se

habia reservado de dar á Aben-Aboo la prueba aparentemente terrible de

que Yaye habia tenido parte en el asesinato de Miguel Lopez.

Si Aben-Aboo no se hubiera enamorado de Angiolina hasta el punto de

inventar una mentira para procurarse su posesion, acaso Angiolina no se

hubiera atrevido á afrontar el horroroso crímen de levantar el puñal de

un hijo contra su padre.

Pero al escuchar la noticia de la muerte del marqués, noticia dada con

tal maestría, que Angiolina creyó en ella, enloqueció y lo arrostró

todo: en aquellos momentos, si hubiera podido, hubiera incendiado la

creacion.

--¡Otra condicion mas! exclamó Aben-Aboo.

--Pero condicion que podeis satisfacer fácilmente.

--¡Matando al emir!

--¿Acaso no fue él la causa, y el cómplice de la muerte de vuestro

padre?

--Me lo habeis repetido mil veces, pero no me habeis dado la prueba,

dijo Aben-Aboo.

--¡La prueba! ¿queréis la prueba? exclamó Angiolina levantándose de

donde estaba sentada, y sacando de debajo el cofre de sus alhajas que

habia traido de Granada: os voy á dar la prueba, añadió abriendo con

mano temblorosa el cofrecillo, y sacando de él unos papeles doblados que

entregó á Aben-Aboo.

Aquellos papeles eran parte del testimonio que Laurenti habia traido de

Granada: en él constaban las informaciones hechas acerca de la muerte de

Miguel Lopez, la acusacion y la sentencia contra don Diego de Córdoba y

de Válor, y las inculpaciones que este habia hecho, descargándose,

contra el emir de los monfíes, puesto que monfíes habian sido los

asesinos visibles de Miguel Lopez.

Si Aben-Aboo hubiera meditado un poco, hubiera aplazado hasta informarse

mejor, la ejecucion de su venganza: hubiera podido saber por Aben-Jahuar

que ninguna parte habian tenido Yaye ni su padre Yuzuf en aquella

muerte; pero solo leyó esta terrible frase: los monfíes fueron los

asesinos de Miguel Lopez, y el emir de los monfíes estaba enamorado de

doña Isabel de Córdoba y de Válor.

Aben-Aboo, con los ojos desencajados se volvió á Angiolina despues de

haber cogido aquellos papeles, que por desgracia para Aben-Aboo estaban

autorizados en forma.

--Me habeis dicho que sereis mia, el dia en que podais pisar las

sepulturas de Yaye y de Amina. Os aseguro que si cumplis vuestra promesa

sereis mia mañana.

Y sin decir una palabra mas, salió desencajado, frenético.

Cuando se quedó sola Angiolina, lanzó un largo grito de angustia, se

arrojó de costado sobre el lecho y rompió á llorar por el marqués.

Aben-Aboo entre tanto corria frenético á través de las breñas, en medio

de las tinieblas de la noche.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 103 / 168 题