El reverso de la medalla.
Era verdaderamente lástima que la fortuna no ayudase á Yaye.
Mientras él se embriagaba al lado de doña Isabel, el destino implacable,
seguia su terrible camino y le preparaba nuevas desgracias.
Yaye se habia arrepentido tarde.
Las pasiones, los odios, los intereses que se habian cruzado en su
camino habian llegado á tal extremo que solo un milagro de Dios podia
deshacer sus fatales consecuencias.
Como si la justicia divina le castigase, no habia llegado á la posesion
completa del amor de doña Isabel, de su eterno sueño, de su pasion viva,
sino cuando otras terribles desgracias amargaban su felicidad y la
ennegrecian.
Y deciamos mal cuando llamamos felicidad al estado en que se encontraba
Yaye; es verdad que habia momentos en que la hermosura, la magia y el
amor de doña Isabel le hacian olvidarse de todo y no vivir mas que para
ella: pero ya lo hemos dicho: aquellos solo eran momentos que pasaban
con una rapidez fatal para traerle de nuevo á la memoria á su hijo,
apoderado de su hermana en una situacion misteriosa, tras cuyas
tinieblas podia suponerse todo lo mas horrible: veia á su pueblo
ensangrentado de una manera criminal, horrorosa en una guerra feroz: lo
veia todo perdido, sin esperanza de recobro, desde la felicidad de su
hija hasta la libertad de su patria.
Porque dado caso que Amina le fuese devuelta, ¿en qué estado se la
devolverian? Suponiendo lo que no era probable que Aben-Aboo la hubiese
respetado, ¿cómo hacer creer al marqués de la Guardia en aquel respeto?
¿Cómo arrancar de en medio de los dos esposos el terrible espectro de la
desconfianza, y la amargura de la suposicion, matando sus placeres, su
paz, su felicidad? ¿Cómo evitar que el marqués vertiese ó procurase
verter la sangre de Aben-Aboo ni cómo podía su mismo padre dispensarse
de castigarle?
Y viniendo á los moriscos ¿cómo volver atrás despues de las horrorosas
desvastaciones, de los asesinatos, de los horribles crímenes cometidos
en las Alpujarras? ¿Cómo seguir adelante, solos, abandonados de todos,
encerrados en las breñas de las Alpujarras, rodeados por los ejércitos
de España, y combatidos por los grandes capitanes de Felipe II?
[imagen: Venis pocos, y venis tarde.]
Desesperado, loco y calenturiento, pero con la locura del leon, Yaye,
habia corrido al remedio de aquellos males con una energía imponderable:
habia aterrado á los monfíes, ahorcando á algunos de aquellos que se
habian mostrado mas infames en el degüello de las Alpujarras: se puso á
su frente, los reorganizó, se dejó ver de todos ellos indómito,
soberano, prepotente, con la espada desnuda y la cólera y la amenaza en
los ojos. Les afeó sus excesos, y promulgó una ley por la cual se
prohibia terminantemente so pena de muerte, asesinar á los niños menores
de siete años, á las mujeres fuese cualquiera su edad, y aun á los
hombres que no hubiesen tomado las armas ó que tomándolas no hubiesen
hecho resistencia, ó que después de hecha se hubieren entregado: en una
palabra, regularizó la guerra; la matanza y el incendio cesaron, pero
cuando ya habian sucumbido doce mil víctimas; cuando el horror de
aquella catástrofe zumbaba por España, pidiendo venganza, y por Europa,
llamando gravemente la atencion de las córtes extranjeras: en cuanto á
sus asuntos de familia nada habia conseguido: parecia que la tierra se
habia tragado á Amina, á su hija y á Aben-Aboo: solo se habian
encontrado en unos barrancos cercanos al lugar del robo, los monfíes que
conducían las literas y los que las precedian, muertos á hierro, y las
dos doncellas que acompañaban á Amina en aquella ocasion, degolladas:
vestigios que no eran los mas á propósito para tranquilizar á Yaye
acerca de las intenciones de Aben-Aboo; respecto á su hijo,
Aben-Jahuar, Angiolina Visconti y doña Elvira de Céspedes habian
asimismo desaparecido, y solo quedaba delante de Yaye, con la corona en
la cabeza y la espada desnuda, avanzado á las posiciones del ejército de
España, Aben-Humeya, pero triste, desalentado, sombrío, y receloso.
Harum-el-Geniz, Suleiman y algunos de los mas leales walíes de Yaye,
acompañados de cuadrillas compuestas de los monfíes mas astutos y mas
prácticos y conocedores de los escondrijos y senos de la montaña,
buscaban por todas partes á los que se habian perdido, pero de una
manera inútil.
Todos los dias recibia Yaye un desesperante aviso de que nada se habia
descubierto, y mas desesperado cada dia después de este aviso, iba á
buscar consuelo en el frenesí de su amor por doña Isabel: de aquel amor
que le embriagaba.
[imagen: Rogad á Dios que os ampare, porque podreis morir aqui
sepultada.]
Antes de presentarse á ella, Yaye hacia una violenta reaccion sobre sí
mismo, concentraba en su corazon todos sus dolores, y entraba sonriendo,
como el hombre mas feliz del mundo, y se arrojaba en los brazos de su
esposa.
Doña Isabel le preguntaba por su hijo.
Yaye le contestaba que Aben-Aboo estaba al frente del ejército, que se
obtenian triunfos y que pronto podría, sin manchar su honra, dejando
encomendada la prosecucion de la guerra á buenos caudillos, abandonar á
España é ir á gozar de su felicidad al extranjero.
Doña Isabel creia á Yaye, era feliz, le inundaba con todo el poderío de
su magnifica hermosura, con toda la poesía de su alma, con toda su
pureza de niña, con todo su ardiente amor, y le fascinaba, le hacia
soñar y le daba algunas horas de olvido de todo lo que no era ella;
algunas horas de felicidad suprema.
Pero cuando la fascinacion pasaba, cuando Yaye se separaba de doña
Isabel, caia de repente de aquel cielo soñado, al infierno de la
terrible verdad: en vano hacia esfuerzos desesperados: el terrible
circulo que le rodeaba se estrechaba cada vez mas, amenazando ahogarle.
Los sucesos ayudaban á la venganza de sus enemigos.
Venganzas algunas de ellas injustificadas, absurdas, pero ciertas,
porque en el corazon humano dominan, por desgracia, la injusticia y el
absurdo.
A tal especie pertenecia el odio que profesaban á Yaye Laurenti y
Angiolina, porque este odio se fundaba en que Yaye era padre de una
mujer cuya hermosura, cuyos amores con el marqués de la Guardia, habian
herido el corazon y exasperado las pasiones de aquellos dos funestos
personajes.
Pero este odio era resultado de la ambicion de Yaye: si Yaye no hubiera
llevado á la córte con una intencion terrible á Amina, Amina no hubiera
excitado las pasiones de nadie.
Es cierto que sin la venganza de Laurenti y de Angiolina, Yaye se
hubiera encontrado combatido por la ambicion de Aben-Jahuar, por las
rivalidades de sus hijos, por el amor desesperado de doña Elvira: Yaye
meditaba todo esto, y veia con dolor que su culpa estaba en su
nacimiento, primero, y despues en la educacion que se le habia dado; por
último en la ignorancia en que habia vivido durante su primera juventud
acerca de su orígen, de su posicion y de los proyectos de su padre.
Ninguna historia como la de Yaye tan á propósito para probar la
influencia de la fatalidad en la existencia de los seres. Todo lo que
Yaye habia hecho, era lógico, necesario, y sin embargo todo lo que Yaye
habia hecho se habia vuelto contra él amenazador y terrible.
Jóven aun, como que solo contaba cuarenta y cinco años, no se atrevia á
volver la vista atrás, porque el pasado le obligaba á cerrar los ojos,
pretendia huir de su presente, y no se atrevia á mirar al porvenir.
Ni aun podia salvarse, huyendo con doña Isabel, la única felicidad de su
vida, á continuar aquella felicidad en medio de una vida oscura: la
situacion en que se encontraban sus hijos, le detenia en el peligro.
¿Y qué peligro podia ser este?
Yaye no le veia claro y distinto, pero lo temia todo: temia horribles
desgracias; conocia que aquellas desgracias eran fatales, precisas; la
expiacion necesaria de sus errores, y aun lo diremos: de sus crímenes.
La desaparicion de tantas personas de quien con fundado motivo
desconfiaba, era ya una terrible amenaza.
¿Por qué se ocultaban Aben-Jahuar y Aben-Aboo? ¿Por qué Aben-Humeya se
mostraba con él taciturno, reservado, sombrío?
Yaye veia agolparse sobre su frente la tempestad, y habia perdido el
valor que tan necesario le era para conjurarla: mejor dicho: Yaye no
podia conjurar aquella tempestad y se aterraba.
Por eso iba á buscar la felicidad del olvido y de la embriaguez, todas
las noches, al lado de su esposa.
Por eso doña Isabel habia sorprendido alguna vez su sueño fatigoso, su
suerte horrible.
Yaye no podia expiar de una manera mas horrorosa sus errores, ó sus
crímenes.