CAPITULO XXXV.

El reverso de la medalla.

Era verdaderamente lástima que la fortuna no ayudase á Yaye.

Mientras él se embriagaba al lado de doña Isabel, el destino implacable,

seguia su terrible camino y le preparaba nuevas desgracias.

Yaye se habia arrepentido tarde.

Las pasiones, los odios, los intereses que se habian cruzado en su

camino habian llegado á tal extremo que solo un milagro de Dios podia

deshacer sus fatales consecuencias.

Como si la justicia divina le castigase, no habia llegado á la posesion

completa del amor de doña Isabel, de su eterno sueño, de su pasion viva,

sino cuando otras terribles desgracias amargaban su felicidad y la

ennegrecian.

Y deciamos mal cuando llamamos felicidad al estado en que se encontraba

Yaye; es verdad que habia momentos en que la hermosura, la magia y el

amor de doña Isabel le hacian olvidarse de todo y no vivir mas que para

ella: pero ya lo hemos dicho: aquellos solo eran momentos que pasaban

con una rapidez fatal para traerle de nuevo á la memoria á su hijo,

apoderado de su hermana en una situacion misteriosa, tras cuyas

tinieblas podia suponerse todo lo mas horrible: veia á su pueblo

ensangrentado de una manera criminal, horrorosa en una guerra feroz: lo

veia todo perdido, sin esperanza de recobro, desde la felicidad de su

hija hasta la libertad de su patria.

Porque dado caso que Amina le fuese devuelta, ¿en qué estado se la

devolverian? Suponiendo lo que no era probable que Aben-Aboo la hubiese

respetado, ¿cómo hacer creer al marqués de la Guardia en aquel respeto?

¿Cómo arrancar de en medio de los dos esposos el terrible espectro de la

desconfianza, y la amargura de la suposicion, matando sus placeres, su

paz, su felicidad? ¿Cómo evitar que el marqués vertiese ó procurase

verter la sangre de Aben-Aboo ni cómo podía su mismo padre dispensarse

de castigarle?

Y viniendo á los moriscos ¿cómo volver atrás despues de las horrorosas

desvastaciones, de los asesinatos, de los horribles crímenes cometidos

en las Alpujarras? ¿Cómo seguir adelante, solos, abandonados de todos,

encerrados en las breñas de las Alpujarras, rodeados por los ejércitos

de España, y combatidos por los grandes capitanes de Felipe II?

[imagen: Venis pocos, y venis tarde.]

Desesperado, loco y calenturiento, pero con la locura del leon, Yaye,

habia corrido al remedio de aquellos males con una energía imponderable:

habia aterrado á los monfíes, ahorcando á algunos de aquellos que se

habian mostrado mas infames en el degüello de las Alpujarras: se puso á

su frente, los reorganizó, se dejó ver de todos ellos indómito,

soberano, prepotente, con la espada desnuda y la cólera y la amenaza en

los ojos. Les afeó sus excesos, y promulgó una ley por la cual se

prohibia terminantemente so pena de muerte, asesinar á los niños menores

de siete años, á las mujeres fuese cualquiera su edad, y aun á los

hombres que no hubiesen tomado las armas ó que tomándolas no hubiesen

hecho resistencia, ó que después de hecha se hubieren entregado: en una

palabra, regularizó la guerra; la matanza y el incendio cesaron, pero

cuando ya habian sucumbido doce mil víctimas; cuando el horror de

aquella catástrofe zumbaba por España, pidiendo venganza, y por Europa,

llamando gravemente la atencion de las córtes extranjeras: en cuanto á

sus asuntos de familia nada habia conseguido: parecia que la tierra se

habia tragado á Amina, á su hija y á Aben-Aboo: solo se habian

encontrado en unos barrancos cercanos al lugar del robo, los monfíes que

conducían las literas y los que las precedian, muertos á hierro, y las

dos doncellas que acompañaban á Amina en aquella ocasion, degolladas:

vestigios que no eran los mas á propósito para tranquilizar á Yaye

acerca de las intenciones de Aben-Aboo; respecto á su hijo,

Aben-Jahuar, Angiolina Visconti y doña Elvira de Céspedes habian

asimismo desaparecido, y solo quedaba delante de Yaye, con la corona en

la cabeza y la espada desnuda, avanzado á las posiciones del ejército de

España, Aben-Humeya, pero triste, desalentado, sombrío, y receloso.

Harum-el-Geniz, Suleiman y algunos de los mas leales walíes de Yaye,

acompañados de cuadrillas compuestas de los monfíes mas astutos y mas

prácticos y conocedores de los escondrijos y senos de la montaña,

buscaban por todas partes á los que se habian perdido, pero de una

manera inútil.

Todos los dias recibia Yaye un desesperante aviso de que nada se habia

descubierto, y mas desesperado cada dia después de este aviso, iba á

buscar consuelo en el frenesí de su amor por doña Isabel: de aquel amor

que le embriagaba.

[imagen: Rogad á Dios que os ampare, porque podreis morir aqui

sepultada.]

Antes de presentarse á ella, Yaye hacia una violenta reaccion sobre sí

mismo, concentraba en su corazon todos sus dolores, y entraba sonriendo,

como el hombre mas feliz del mundo, y se arrojaba en los brazos de su

esposa.

Doña Isabel le preguntaba por su hijo.

Yaye le contestaba que Aben-Aboo estaba al frente del ejército, que se

obtenian triunfos y que pronto podría, sin manchar su honra, dejando

encomendada la prosecucion de la guerra á buenos caudillos, abandonar á

España é ir á gozar de su felicidad al extranjero.

Doña Isabel creia á Yaye, era feliz, le inundaba con todo el poderío de

su magnifica hermosura, con toda la poesía de su alma, con toda su

pureza de niña, con todo su ardiente amor, y le fascinaba, le hacia

soñar y le daba algunas horas de olvido de todo lo que no era ella;

algunas horas de felicidad suprema.

Pero cuando la fascinacion pasaba, cuando Yaye se separaba de doña

Isabel, caia de repente de aquel cielo soñado, al infierno de la

terrible verdad: en vano hacia esfuerzos desesperados: el terrible

circulo que le rodeaba se estrechaba cada vez mas, amenazando ahogarle.

Los sucesos ayudaban á la venganza de sus enemigos.

Venganzas algunas de ellas injustificadas, absurdas, pero ciertas,

porque en el corazon humano dominan, por desgracia, la injusticia y el

absurdo.

A tal especie pertenecia el odio que profesaban á Yaye Laurenti y

Angiolina, porque este odio se fundaba en que Yaye era padre de una

mujer cuya hermosura, cuyos amores con el marqués de la Guardia, habian

herido el corazon y exasperado las pasiones de aquellos dos funestos

personajes.

Pero este odio era resultado de la ambicion de Yaye: si Yaye no hubiera

llevado á la córte con una intencion terrible á Amina, Amina no hubiera

excitado las pasiones de nadie.

Es cierto que sin la venganza de Laurenti y de Angiolina, Yaye se

hubiera encontrado combatido por la ambicion de Aben-Jahuar, por las

rivalidades de sus hijos, por el amor desesperado de doña Elvira: Yaye

meditaba todo esto, y veia con dolor que su culpa estaba en su

nacimiento, primero, y despues en la educacion que se le habia dado; por

último en la ignorancia en que habia vivido durante su primera juventud

acerca de su orígen, de su posicion y de los proyectos de su padre.

Ninguna historia como la de Yaye tan á propósito para probar la

influencia de la fatalidad en la existencia de los seres. Todo lo que

Yaye habia hecho, era lógico, necesario, y sin embargo todo lo que Yaye

habia hecho se habia vuelto contra él amenazador y terrible.

Jóven aun, como que solo contaba cuarenta y cinco años, no se atrevia á

volver la vista atrás, porque el pasado le obligaba á cerrar los ojos,

pretendia huir de su presente, y no se atrevia á mirar al porvenir.

Ni aun podia salvarse, huyendo con doña Isabel, la única felicidad de su

vida, á continuar aquella felicidad en medio de una vida oscura: la

situacion en que se encontraban sus hijos, le detenia en el peligro.

¿Y qué peligro podia ser este?

Yaye no le veia claro y distinto, pero lo temia todo: temia horribles

desgracias; conocia que aquellas desgracias eran fatales, precisas; la

expiacion necesaria de sus errores, y aun lo diremos: de sus crímenes.

La desaparicion de tantas personas de quien con fundado motivo

desconfiaba, era ya una terrible amenaza.

¿Por qué se ocultaban Aben-Jahuar y Aben-Aboo? ¿Por qué Aben-Humeya se

mostraba con él taciturno, reservado, sombrío?

Yaye veia agolparse sobre su frente la tempestad, y habia perdido el

valor que tan necesario le era para conjurarla: mejor dicho: Yaye no

podia conjurar aquella tempestad y se aterraba.

Por eso iba á buscar la felicidad del olvido y de la embriaguez, todas

las noches, al lado de su esposa.

Por eso doña Isabel habia sorprendido alguna vez su sueño fatigoso, su

suerte horrible.

Yaye no podia expiar de una manera mas horrorosa sus errores, ó sus

crímenes.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 102 / 168 题