De cómo puede parecer feliz y aun serlo á medias un desgraciado.
En vano, como sabemos, habia pretendido Yaye apoderarse de Aben-Aboo.
Aben-Aboo no parecia.
Del mismo modo Angiolina Visconti, doña Elvira de Céspedes y Aben-Jahuar
habian desaparecido.
En vano Yaye apuró cuantos recursos tenia en su mano para descubrir su
paradero.
Los monfíes no pudieron dar con ellos.
Entonces Yaye desesperado se volvió á buscar consuelo á la única persona
que podia dárselo: á doña Isabel de Córdoba y de Válor.
Pero para que esta pudiera darle aquel consuelo, era preciso que fuese
feliz.
Para esto era preciso engañarla hasta cierto punto.
Y decimos hasta cierto punto, porque una de las cosas que Yaye
necesitaba hacer para que la felicidad de doña Isabel fuese una verdad,
era bautizarse y casarse legitimamente ante la Iglesia Católica con
ella.
Y la conversion de Yaye no era una mentira.
Fuese que la desgracia continuada y terrible hubiese creado en su
corazon una ardiente necesidad de consuelo; que hubiese llegado á ese
caso extremo en que el corazon humano se levanta al cielo, buscando en
Dios la resignacion y la fuerza, y que el Dios del islamismo no
pareciese á Yaye tan grande, tan misericordioso, tan inagotable de
consuelos, como el Dios que, todo caridad, se humanizó, y lavó con su
sangre las culpas de los hombres; fuese que su amor hácia doña Isabel
influyese en él bajo el punto de vista religioso, Yaye se habia
convertido; Yaye habia dejado hacia mucho tiempo de rogar al dios de
Mahoma, para levantar su espíritu á Jesús crucificado: Yaye era
cristiano de corazon.
Acaso tambien consistió en que del islamismo al cristianismo no hay mas
que un solo paso; creer en un misterio altamente poético: en la
maternidad de una vírgen.
Acaso tambien, perdida la ambicion y el odio que ciegan, habia
comprendido Yaye lo que antes habia comprendido Amina: que la religion
cristiana es una religion eminentemente grande, racional, conveniente,
como por su esencia divina lo es, y no puede dejar de serlo: acaso
influyó en él el pensamiento de que habia atribuido injustamente á la
religion mas dulce, mas caritativa, mas pacífica, las crueldades, la
intolerancia y el fanatismo que solo pertenecian á los vicios y á los
errores de los hombres.
Yaye, como todo hombre dotado de un gran espíritu y de una alta
inteligencia, habia discutido y combatido mucho en su pensamiento, y no
se convirtió al cristianismo, sino cuando su razon le dijo que debia
convertirse.
Si Yaye hubiese pensado del mismo modo veintidos años antes, acaso
hubiese sido feliz; y lo que es indudable, no hubiera llenado su
conciencia de remordimientos.
Perdido todo, familia, patria, porque Yaye desde el momento en que
empezó la guerra, la vió vencida; desesperado hasta el último punto,
buscó su consuelo en la embriaguez: porque lo único que podia ya
embriagarle era el amor de doña Isabel.
Yaye la habia llevado la misma noche de la sangrienta catástrofe de
Cádiar á su heredad de Yátor.
Un respetable número de monfíes aseguraba de todo peligro al último
tesoro de Yaye.
El emir no habia dejado de verla un solo dia, ni de tranquilizarla
acerca de su hijo: Yaye habia guardado un profundísimo secreto acerca de
la terrible posicion en que se encontraba colocado respecto á Aben-Aboo.
Porque si Yaye hubiera revelado á doña Isabel que su hijo se habia
apoderado de su hermana; que probablemente habria cometido, sin saberlo,
uno de estos dos horribles crímenes: el fratricidio ó el incesto,
hubiese desgarrado el corazon de aquella pobre mujer que tanto habia
sufrido, que habia olvidado todas sus penas desde el momento en que
habia visto á Yaye en la senda de la salvacion y del honor, profesando
el cristianismo y desenvainando su espada en defensa de un pueblo
oprimido, y que se habia quitado su luto, llevado veintidos años, cuando
habia desaparecido el luto de su corazon.
Yaye, pues, guardó un profundo secreto acerca de aquellas horribles
desgracias: del mismo modo doña Isabel, sacada á tiempo de Cádiar, no
habia podido ser testigo de la ferocidad con que habian manchado la
justicia de su causa los monfíes: doña Isabel creía que se habia
empezado una guerra justa, noble y leal: la guerra entre el oprimido que
rompe sus cadenas y el tirano que lucha por ponérselas de nuevo: doña
Isabel, creyente de corazon, confiaba en que Dios, que es misericordioso
y ayuda al débil y al desventurado, sea cualquiera su religion, ayudaria
á los moriscos, y completando el milagro, los convertiria despues: doña
Isabel lo veia todo de color de rosa, y era porque todo lo veia á través
de su virtud, de su caridad y de su amor.
Una noche entró Yaye en su heredad de Yátor.
Doña Isabel estaba impaciente porque tardaba mas que otras noches: al
sentirle cerca doña Isabel, se levantó de junto á la chimenea donde
estaba sentada, se arrojó en sus brazos, le estrechó palpitante de
pasion entre ellos, y le besó en la boca.
No extrañen esto nuestros lectores, porque Yaye y doña Isabel eran
esposos.
El dia anterior un sacerdote, salvado por Yaye del furor de los monfíes,
habia venido con él á la heredad.
El buen anciano, porque anciano era, demostraba ardientemente su
gratitud á Yaye. Cuando Yaye le dijo que queria bautizarse, lloró de
alegría: sin embargo, se informó minuciosamente de si Yaye conocia el
espíritu del Evangelio, si era cristiano por su voluntad; y cuando
estuvo seguro de ello, le bautizó: despues, cuando pidió que le casase
con doña Isabel, se informó asimismo de la cristiandad de ella, y al
fin, de una manera misteriosa, sin testigos, arrodillados á los piés del
anciano sacerdote, Yaye y doña Isabel recibieron la bendicion de Dios, y
se levantaron asidos de las manos, convertidos en uno por su sagrada
alianza.
Inútil es creer que Yaye cuidó de que el anciano sacerdote fuese puesto
fuera de peligro en Granada por los mas leales de sus monfíes.
Pero ninguno de estos supo, incluso Harum-el-Geniz, que Yaye se habia
bautizado, ni mucho menos casado con doña Isabel.
Sabian si que al hacer su compañero en el mando á Aben-Aboo, debia
casarse con su madre en un breve plazo.
La noche en que dijimos que Yaye habia entrado en la habitacion donde se
encontraba doña Isabel, y se habia arrojado entre sus brazos, iba
deslumbrantemente vestido.
Doña Isabel por el momento no reparó en ello, pero cuando se separó de
él y le miró, lanzó un grito de niña, un grito de alegría y exclamó:
--¡Oh! ¡y qué hermoso y qué resplandeciente estás, rey mio!
--¡Oh! ¡no estás tú menos hermosa y resplandeciente mi sultana! contestó
sonriendo de una manera melancólica Yaye.
En efecto, Yaye y doña Isabel estaban vestidos de una manera maravillosa
por lo bello y al mismo tiempo por lo sencillo de sus vestiduras.
Doña Isabel llevaba por la primera vez de su vida un traje árabe: aquel
traje se lo habia enviado aquel mismo dia Yaye en una caja de sándalo, y
dentro de aquella caja, sobre aquel traje, habia encontrado doña Isabel
un cofrecillo de ágata, y dentro de este cofrecillo una riquísima
diadema de oro, perlas, rubíes, amatistas y diamantes y un collar de
gruesas perlas, todas iguales, como vaciadas en un mismo molde, con un
broche en que campeaba un gruesísimo brillante, rodeado de rubíes:
aquellas perlas se parecian de tal modo á las que Calpuc habia vendido
en otro tiempo al aleman Franz, que era de sospechar que hubiesen
provenído del Nuevo Mundo: era tan rico este collar, que podia dar tres
vueltas al magnífico cuello de doña Isabel, lo que significa que el
collar valia un tesoro: habia asimismo en el cofrecillo dos arracadas
tan grandes, que podian descansar sobre los hombros y tan cuajadas de
pedrería que relumbraban como soles; últimamente, dos ajorcas ó
brazaletes formados por tres filas de perlas compañeras de las del
collar, y con enormes y bellos broches de pedrería; una flor de gran
tamaño de diamantes, perlas y esmeraldas, destinada á servir de herrete
sobre el pecho, á la túnica interior de brocado blanco y encajes que
venia entre las ropas, y un ceñidor maravilloso, en el que formando
arabescos, se veian todas las piedras preciosas conocidas formaban el
riquísimo aderezo destinado por Yaye á su esposa.
Las ropas eran una túnica de brocado de seda y plata, formando
arabescos, delicada, feble, como la tela mas sutil, ancha, flotante, que
la caia hasta los piés, determinando por detrás una pequeña cola
redonda: y esta túnica cerrada en la parte superior sobre el pecho por
el herrete de que hemos hablado, dejando ver en su abertura, hasta el
ceñidor, riquísimos encajes de Flandes; sobre esta túnica un caftan de
brocado verde mar con grandes arabescos negros de terciopelo
sobrepuesto; con anchas mangas perdidas; con falda hasta la rodilla, y
sobre este caftan, descendiendo de la diadema, un largo veto de gasa de
plata salpicada de pequeñísimas violetas de oro.
No podia ser esta traje mas sencillo á pesar de su riqueza, ni una mujer
cuya hermosura, cuya expresion, cuya poesia pudiesen estar mas en
relacion con la hermosura y con la riqueza del traje.
Doña Isabel, durante su juventud, es decir, antes de su desastrado
casamiento con Miguel Lopez, habia sido la doncella, que por su
hermosura y por la riqueza de sus trajes y joyas, se habia hecho mas
reparable en el Albaicin. Su hermano don Diego la habia amado con
delirio, acaso porque era la única mujer de la familia, acaso porque
doña Isabel se hacia amar de todo el mundo: á pesar de sus ruinosos
dispendios, don Diego, no solo no habia tocado á las ricas joyas de
familia que habia heredado de su madre, como su madre de la suya, y asi
sucesivamente desde la primera abuela de su raza la sultana Howara,
esposa de Abd-el-Rahman-Aben-Moavia, primer califa onmiade de Occidente,
sino que habia aumentado cuanto habia podido el número de aquellas joyas
puramente árabes, con otras puramente del renacimiento, y sostenido una
magnífica coleccion de costosísimos trajes á su hermana. Doña Isabel
estaba, pues, acostumbrada á las galas y á las joyas; es mas, la
agradaba porque la agradaba todo lo bello, pero habia usado de unos y
otras sin afectacion y sin orgullo, y habia dejado de usarlas sin pena,
desde el momento en que por sus desgraciados amores con Yaye, por su
casamiento con Miguel Lopez, y por la extraña fatalidad que la habia
arrojado casada y vírgen entre los brazos del hombre de su amor, habia
perdido la alegría de su alma: desde entonces, y durante veinte y dos
años, solo habia vestido un sencillo traje negro de lana, y una toca
blanca, y lo que es mas, por amor á su hijo, y para que nada le faltase,
habia vendido una á una y sin pena las admirables joyas de las sultanas
y damas sus abuelas, como las que debia á su hermano, y los ricos trajes
con que se habia engalanado en su tranquila juventud: doña Isabel habia
vivido apartada del mundo, replegada en si misma, viviendo solo para su
hijo y para su amor, que era el recuerdo de Yaye; llorando á solas con
su lecho; inflamando su corazon en el candente recuerdo de la terrible
felicidad que habia producido como una consecuencia maldita á Aben-Aboo,
rogando á Dios con toda la pasion de su alma, porque reducido Yaye al
cristianismo, pudiera abrirle sus brazos.
Aquel dia habia llegado: Yaye era cristiano: Yaye era su esposo: doña
Isabel habia arrojado lejos de sí con su traje de luto el luto de su
alma: como su alma se habia engalanado con todas las flores, con todos
los perfumes de la felicidad, cuando recibió el rico canastillo de bodas
de Yaye, al que acompañaban dos esclavas para servirla de doncellas,
Doña Isabel, que habia vuelto á ser la niña, habia visto aquellas joyas
y aquel traje con placer, se habia perfumado, se habia puesto aquellas
galas, y se habia contemplado al espejo: entonces su alma habia
sonreido, y su conciencia íntima la habia dicho:
--Eres mas hermosa que hace veinte y dos años: eres la alegría y la vida
de Yaye.
Y doña Isabel habia llorado de felicidad, y habia esperado impaciente á
su esposo, con lo mas hermoso que la naturaleza produce, sobre su
hermosura, con la magnífica y pura frente ceñida por la diadema de las
sultanas.
Si no alcanzais á soñar en cuerpo y en alma, una mujer tal como la que
el autor ve en su pensamiento, viva, palpitante, irresistíble, al
describiros á doña Isabel, debeis sentirlo porque perdeis un bellísimo
sueño: y como la vida es sueño....
Pero esto es muy vulgar. Os describiremos á Yaye.
Su traje era mas sencillo que el de doña Isabel, y pertenecia á la moda
de los tiempos medios de la dominacion árabe en España: una pequeña
corona de oro macizo de puntas, lisa y sencilla: alrededor de la corona,
una toca blanca, cuyo extremo, cayendo del lado ízquierdo de la cabeza,
ondulaba sobre el pecho y venia á caer á su espalda pasando sobre el
hombro derecho: una túnica ceñida de brocado verde con arabescos negros,
grandes y sobrepuestos, larga hasta las rodillas, cerrada en el cuello
sobre una camisa blanca y plegada, y abrochada por delante con una sola
fila de botones de piedras preciosas: una faja de seda y oro ceñida á la
cintura: una espada árabe con empuñadura de oro cincelada en arabescos
con inscripciones cúficas esmaltadas, y un grueso brillante en el pomo:
unas calzas de seda ceñidas, á grandes listas rojas y negras: unos
borceguíes de tafilete verde bordados con hilo de plata, y sobre este
traje una especie de toga talar negra, abierta por delante, con mangas
perdidas y forrada de armiños.
Doña Isabel llevaba asido de la mano á Yaye hácia la chimenea.
--¡Oh! ¡y como tiemblas! le dijo: hace mucho frio, ¿no es verdad?
Yaye no temblaba por el frio, sino por la poderosa conmocion que le
dominaba, cuando quería, acobardado por su destino, olvidarlo todo y
embriagarse con el amor, con la hermosura, con el irresistible encanto
de doña Isabel.
--Sí, sí, el invierno es crudo, dijo Yaye asiendo por la redonda cintura
á doña Isabel, que llena de solicitud, con todas sus galas, se habia
inclinado sobre la chimenea para avivar su fuego.
--Siéntate, luz de mi vida, la dijo Yaye; tengo que hablarte.
--Me dices eso de una manera demasiado séria, dijo palideciendo doña
Isabel.
--Nada temas, la dijo sonriendo melancólicamente Yaye.
Y asiendo un sillon, le unió al de doña Isabel; se sentó en él y asió
las manos de su esposa que le miraba con ansiedad.
--¿Por qué esa palidez, Isabel? la dijo Yaye que empezaba á embriagarse
y á olvidarlo todo delante de ella. ¿Acaso no tienes una gran confianza
en mí?
--Despues de Dios en nadie confio tanto como en tí, Yaye: pero desde que
puedo llamarme legítimamente tuya: desde que puedo levantar mi frente
tranquila y feliz, porque mi felicidad no puede avergonzarme... ¡oh! un
vago cuidado se ha apoderado de mí: un recelo misterioso, que me he
apresurado á arrojar de mi alma: si, si, yo te amo; no sé cómo hacerte
comprender cuánto te amo: mira: lo que voy á decirte, es terrible, no
debiera ser.... pero.... te amo mas... infinitamente mas, sin
comparacion, ya lo creo.... te amo mas... ¡que á mi hijo! ¡que al hijo
de mis entrañas!... es mas: cuando al fin Dios ha tenido compasion de
mí, y te me ha dado, he comprendido que amaba á mi hijo, porque era hijo
tuyo... he comprendido y me he sonrojado al comprenderlo.... que cuando
durante mi viudez y mi luto, pasaba no sé cuánto tiempo bebiendo la
mirada de nuestro hijo, fijos mis ojos en los suyos... era porque en la
mirada de nuestro hijo hay algo de la tuya... ¡oh! no sabes cuánto me he
desesperado, cuánto he vacilado cuando he recibido tus cartas; cuánto he
deseado llorando estrecharte contra mi corazon: ¡oh! yo te he amado
siempre asi; desde el dia en que te ví... desde el tiempo en que
pasábamos tan dulces mañanas cada cual en su mirador no he olvidado
nada... nada... y cuando veia que el tiempo no me hacia vieja; que á
pesar de los años, porque ya estamos cerca de las puertas de la vejez,
mi corazon era siempre el corazon de una niña: cuando por un privilegio
sin duda, veia,--yo puedo y debo decírtelo todo, todo lo que pienso,
todo lo que siento,--veia, que mis ojos eran cada vez mas brillantes, y
que me hacia mas hermosa... ¡oh! ¡y cómo la modesta viuda, la que
siempre tenia fijos los ojos en el suelo delante de las gentes, la que
siempre estaba pálida, oh y cómo se contemplaba al espejo! ¡y cómo se
coloraban sus mejillas, y cómo decia su corazon: gracias Dios mio,
porque me conservas hermosa para mi Yaye! ¡haz Dios mio, que crea en tí
para que yo pueda unirme á él! ¡para que pueda mirarme en sus ojos como
me miro en este espejo!
Y al decir estas palabras doña Isabel, atrajo á sus labios las manos de
Yaye y las besó suspirando.
Yaye estaba al fin embriagado: lo habia olvidado todo: no veia mas que á
doña Isabel, y no la veia en la tierra, se creia con ella en el cielo.
Y esta embriaguez de Yaye, que era hermoso, daba tal expresion á su
semblante, tal lucidez á sus ojos, que doña Isabel abria toda su alma
para que la fecundase aquel amor.
--Y mira, añadió doña Isabel: si nos hubiéramos casado entonces, yo
nunca te hubiera dicho esto, aunque pensaba del mismo modo; y no hubiera
sido tan feliz, porque no hubiera conocido la desgracia.
Estaba tan dominado Yaye, que no contestó.
--Escucha, dijo doña Isabel inclinándose sobre su semblante, colorada de
un leve rubor y con el acento ligeramente trémulo: anoche, ya tarde,
dormias: yo no: la felicidad, lo inmenso de mi felicidad, no me dejaba
dormir: la lámpara iluminaba blandamente tu semblante: tu sueño parecia
fatigoso, tu aliento ronco: yo velé tu sueño; yo hubiera querido leer á
través de tu hermosa frente tus pensamientos: yo te contemplaba
enamorada y cuidadosa, me parecia que el ensueño que se habia apoderado
de tí te hacia sufrir; de repente tu entrecejo se plegó de una manera
terrible, tu semblante todo tomó un aspecto de amenaza, tu boca una
expresion cruel, feroz, y con una voz ronca, con palabras apenas
articuladas, murmuraste: ¡Amina! ¡Aben-Aboo! yo me incliné sobre tí, uní
casi mis oidos á tus labios, y sentí tu aliento que abrasaba, pero no oi
ni una palabra mas.
--¡Oh! dijo Yaye sonriendo, acabo de separarme de mi hija; mi hijo vela
en la montaña frente al cristiano, ¡mientras yo duermo entre los brazos
de su madre!
--Porque yo lo soy todo para tí, como tú lo eres para mí, exclamó con
acento opaco y ardiente doña Isabel: porque olvidas entre mis brazos
como yo olvido entre los tuyos... pero esos son breves momentos: algunas
horas robadas á la realidad; despues nuestro mismo amor vuelve sobre
nuestros hijos: ¿no es verdad?... ¿no es verdad que nos engañamos cuando
creemos que los amamos menos que á nosotros mismos?... ¿cómo hemos de
amarlos menos? ¿acaso no son ellos tu sangre? ¿acaso mi hijo no es un
pedazo de mis entrañas? ¡Yaye! ¡Yaye de mi alma! tú, y tus hijos y yo...
no somos mas que un solo corazon...! ¡no los olvidamos anegándonos en
nuestro amor, porque ellos son hijos de nuestro amor!
--Es necesario romper á todo trance la situacion en que nos encontramos:
yo era valiente cuando era desgraciado, cuando nada tenia que perder...
ahora que te tengo á tí, me encuentro cobarde: el combate me estremece:
se me figura que el primer arcabuz disparado por el enemigo ha de
matarme: ¡Isabel! añadió gravemente Yaye: es necesario que sepas lo que
eres para mí: desde anoche, luz de mis ojos, desde que he empezado á
satisfacer la sed de mi corazon, nada hay ya en el mundo para mí mas que
tú: he vivido soñando: he buscado lejos de tí la vida, y solo he
encontrado la muerte: y cuando al fin vuelvo á vivir, la inflexible
fatalidad me cierra el camino. Pues bien, estoy resuelto á todo: nada
puedo hacer por mi patria, porque la patria ha muerto: la ha borrado del
libro de los pueblos y de las generaciones la mano de Dios. He resuelto
revelarlo todo á nuestro hijo...
--¡Ah! dijo doña Isabel cubriéndose el rostro con las manos.
--Es preciso, preciso de todo punto, dijo Yaye: y quiera Dios que mi
revelacion no llegue tarde, nuestro hijo está enamorado de su hermana.
Dona Isabel se puso de pié pálida como un difunto.
--¿Y acaso tu hija le ama tambien?
--No, es peor que eso: le aborrece.
--Estamos malditos de Dios Yaye, exclamó anonadada doña Isabel.
--No, no; nuestro hijo, cuando sepa que Amina es su hermana, se
horrorizará de su amor y le olvidará, le sustituirá con otro... ademas,
yo no estoy seguro... necesito averiguar... probar... en esto pasará
algun tiempo... y en ese tiempo te obligo á hacer un pequeño sacrificio.
--Ante todo júrame que estás seguro de que podemos salvar á nuestros
hijos.
--Lo estoy, contestó Yaye.
--Pues bien, sepa Diego en buen hora que soy su madre.
--El sacrificio que acabo de indicarte, es mas sencillo. Se trataba de
mi casamiento ante mi pueblo, de un casamiento aparente...
--¿Con quién?...
--Con la sultana Howara, dijo Yaye sonriendo.
--¡Casarte tú!... segun las costumbres de los moros, ese matrimonio debe
consumarse, debe presentarse un testimonio á la córte... y yo... yo no
puedo permitir eso... tú me has engañado de una manera infame.
Y doña Isabel se levantó con la cólera de una leona.
--Es que ese matrimonio está consumado, dijo Yaye sonriendo.
Los hermosos ojos de doña Isabel irradiaron en una expresion de agonía,
de tal modo, que Yaye asustado se apresuró á decir:
--¡Isabel! ¡Isabel de mi alma! ¡la sultana Howara eres tú!
--¡Dios mio! y ¡que horrible juego! exclamó doña Isabel dejándose caer
sobre el sillon.
--Toca la corona que rodea tu frente; mira la corona que ciño: ¿á qué
habia yo de ceñírmela sino porque el momento de mi union contigo delante
de los mios se aproxima?
--¡Pero yo no comprendo esto! ese nombre árabe...
--Es el de tu ilustre Abuela la sultana de Córdoba, la esposa del califa
Abd-el-Rahman, el de la gran mujer á quien debió Abd-el-Rahman el trono
que le hizo grande.
--Pero yo no quiero dejar de llamarme Isabel ni renegar de Dios.
--Ya te he dicho que es solo un casamiento aparente.
--¿Me obligaran á confesar el islamismo?
--Todos te creen morisca.
--¿No tendré que pronunciar una palabra sola contra Dios?
--No: es muy sencillo... se supone que ya está todo hecho: entregadas
las arras concluido el contrato... todo se reducirá á tu presentacion; y
á una fiesta de bodas.
--¡Ah! ¿es decir que solo engañamos á los hombres?
--Y los engañamos por necesidad: Dios lo sabe. Si yo no tuviese que
esperar por nuestro hijo...
--¡Por nuestro hijo!...
--Si... necesito reducirle... convencerle á que nos siga. Los moriscos y
los monfíes han empezado la guerra de una manera infame: como verdaderos
bandidos.
--¡Oh! ¡Dios mio!
--Han incendiado, robado, degollado, exterminado: un caballero no puede
desnudar con honra su espada al frente de ellos... he vivido soñando;
pero no he despertado tarde... durante algunos dias los engañaremos:
después nosotros, con nuestro hijo, nos acercaremos á la costa,
embarcaremos nuestros tesoros y nos trasladaremos á Francia ó á Venecia,
para vivir solo por nosotros mismos.
--¿Y tu ambicion?
--Mi ambicion ha sido anegada por un torrente de sangre.
--¡Oh! ¡Dios mio!
--Te juro que antes de un mes habremos arrojado esta corona que abrasa
la frente, y estas vestiduras reales que oprimen el pecho. Pero es
necesario dar el último paso hácia nuestra libertad.
Y Yaye se levantó y asió á doña Isabel de la mano.
--¿Es decir que es esta noche?
--Si, dijo Yaye.
--¡Que nos esperan!
--Si.
--Yo me habia puesto estas joyas y estas vestiduras por darte gusto;
pero no creia...
--Si, ha llegado la hora de que los moros vean por un momento levantarse
ante ellos una sultana tan hermosa y tan llena de magestad como la
esposa de Abd-el-Rahman: es necesario que te aclamen, que los fascines y
que contribuyas á que no desconfien de nosotros.
--Pero este terrible convenio durará poco.
--¡Oh! te juro que antes de que pase un mes habremos fijado nuestro
destino.
Yaye llamó á las esclavas, y las mandó que trajesen un haike. Envolvióse
en él doña Isabel á la usanza mora, y enteramente encubierta, sin que se
la viesen mas que sus magníficos ojos negros, y sin mostrar de su
hermosura mas que la gallardia de su cuerpo y lo magestuoso de su paso,
salió de la cámara.
Aquella cámara estuvo desierta durante cuatro horas: al cabo de ellas
oyóse en el exterior ruido de caballos y de gente armada, y los alegres
acordes de la zambra.
Poco despues se oyeron abrir puertas en el interior, y al fin
aparecieron Yaye y doña Isabel de vuelta, como á su salida, en el haike,
que arrojó de sí doña Isabel.
--¡Oh! ¡cuanta magnificencia y cuanta grandeza! dijo: no sabia yo que
eras tan poderoso, Yaye mio.
--Si, pero tras esa grandeza hay sangre y lágrimas dijo Yaye. Feliz
aquel que en vez de nacer sobre un trono nace en una cabaña.
--Ha habido un momento, dijo doña Isabel quitándose por sí misma su
diadema y sus ropas, en que aquellos ancianos de barbas blancas que
llegaban uno tras otro á inclinarse delante de mi; en que aquellos
fuertes soldados que de igual modo me saludaban; en que aquella música
heredada de nuestros abuelos; aquellas lámparas que brillaban tan
numerosas como estrellas sobre aquellas paredes de oro; aquellas
esclavas que bailaban al compás de la zambra; aquel trono que tenia bajo
mis piés, me fascinaron, me lucieron sentir no se qué vanidad, no sé qué
sentimiento de que aquello fuera un sueño. Porque eso ha sido un sueño,
¿no es verdad? Ya no volveré á ponerme mas esa diadema: la venderé y
daré su precio á los pobres: ya no volveré á ponerme mas esta túnica
dorada y negra, emblema de la dignidad real: ¿no es verdad Yaye? ¿No es
verdad que tu me amas del mismo modo con estas sencillas ropas
castellanas?
Doña Isabel se habia puesto un trage de terciopelo negro, y se habia
colocado de una manera hechicera sus trenzas; pero como era
excesivamente blanca, como habia conservado las arracadas, el collar de
perlas y los brazaletes, con el ancho y largo vestido negro de
terciopelo, indolentemente reclinada en el divan, asomando un precioso
pié calzado aun con el borceguí morisco recamado de perlas, sobre el
dintel de la chimenea; apoyando en el sillon un magnífico brazo desnudo,
la cabeza en la mano, y fijando en Yaye una mirada intensa y enamorada,
estaba infinitamente mas hermosa que con el deslumbrante trage, con el
trage de relumbron de que se habia despojado.
Yaye se levantó, se quitó la corona, la arrojó con desden sobre un
sillon, se desciñó la espada, arrojó el ropon negro, se puso una loba de
terciopelo que cruzó sobre su pecho, y se acercó á doña Isabel.
--¡Oh! ¡vida de mi vida! la dijo: ¡tú eres toda la felicidad que existe
para mí!