CAPITULO XXXIII.

En que el autor deja la historia para tomar otra vez la novela.

Aben-Jahuar y Aben-Aboo, habian abandonado, no sin razon la escena

pública, por decirlo asi.

La noche del 24 de diciembre del año anterior, esto es, aquella terrible

noche en que la esterminadora venganza de los monfíes habia caido sobre

Cádiar: en el momento en que el marqués de la Guardia al frente de sus

soldados, cargaba sobre los enemigos y llamaba á Aben-Aboo ansioso de

matarle: cuando el emir al ver en peligro al marido de su hija mandó

retirar á los monfíes, Aben-Jahuar al parar junto á la embocadura de una

oscura calleja habia asido á su sobrino de un brazo y le habia

arrastrado consigo.

--¿A dónde me lleváis? dijo el jóven.

--Sigue, sigue aprisa, dijo Aben-Jahuar: es preciso huir del peligro.

--¿Pero qué peligro nos amenaza? esta es una retirada falsa, sin duda,

para sacar á esos perros de la plaza.

--Los cristianos no son en estos momentos nuestro peligro. El peligro

está entre nosotros. Nuestro peligro es el emir de los monfíes.

--¿Nos hará acaso traicion?

--No me entiendes. El emir no puede hacer traicion á los moros. El emir

matará hasta el último de esos cristianos, pero será cuando no esté

entre ellos su hijo, el duque de la Jarilla.

--¡Ah!

--El emir llamará al duque, le robará, si es necesario, para salvarle, y

cuando el duque de la Jarilla, esto es, el esposo de Amina hable con el

emir, eres hombre perdido.

--¡Ah!

--Fuiste muy imprudente cuando nos apoderamos de Amina, te olvidaste de

ponerte el antifaz. El resplandor aunque momentáneo de los disparos de

las escopetas de nuestros hombres, bastó para que el marqués, que estaba

cerca de ti en el barranco, te reconociera.

--Acaso os equivoqueis: con la turbacion del lance, con una noche tan

oscura...

--El duque...

--Me martirizais con llamar duque á ese hombre.

--Pues bien: el marqués de la Guardia, es valiente y sereno, y no hay en

él, por grande que sea el peligro, turbacion que le impida ver pronto, y

bien; tú eras el que estabas turbado...

--Yo no soy cobarde.

--Pero tenias ansiedad por apoderarte de Amina: por lo mismo no pudiste

oir lo que yo oi; el marqués te llamó por tu nombre y te apellidó

infame, ladron y asesino. Poco despues la avenida del barranco le

arrastró; yo di la cosa por concluida... porque ¿quién habia de pensar

que el marqués se salvase? Sin embargo, se ha salvado: el emir le ha

visto entre los soldados que combatian en Cádiar, y no ha mandado

retirar al verle sino para salvarle. Le salvará, lo sabrá todo. ¿Qué

piensas tú responder al emir cuando te pregunte por Amina? ¿puedes

entregarle su hija?

--¡Ah! exclamó Aben-Aboo.

--Anda, pues, mas de prisa, sobrino; es necesario que nos perdamos: que

no puedan dar con nosotros.

--¿Pero no considerais que perdernos ahora, es perdernos para siempre?

--Es que estaremos poco tiempo perdidos.

--No os entiendo; ¿creeis que mañana no me preguntará Yaye por su hija?

--Dentro de algun tiempo no podrás temerle.

--Explicaos, explicaos, tio, porque no os entiendo.

--Hablemos, pues, sin rodeos. Es necesario que muera el emir.

--¡Que muera! pero no es tan fácil matarle.

--Tú le matarás.

--¡Ah! sois mas sanguinario y mas cruel que yo.

--Conozco la necesidad. Y entre matar y morir, prefiero matar.

--Pero mi pobre madre... mi pobre madre que le ama.

--Tu madre le amaba antes de casarse con tu padre.

--¡Tio! ¡tio! ved lo que decís.

--Yaye debió casarse con tu madre; el casarse con ella costó la vida á

tu padre.

--Harto lo sé, dijo roncamente Aben-Aboo: me lo ha dicho Angiolina, que

no sé por qué, aborrece al emir.

--Le aborrece porque el emir es padre de Amina, y Amina ha robado á

Angiolina Visconti, que este es su verdadero nombre, el hombre á quien

amaba, porque la princesa ama con toda su alma al marqués de la Guardia.

--Parece que Satanás habla por vuestra boca. ¿No sabeis que estoy

enamorado de esa mujer?

--Por lo mismo mata al emir, para poder matar despues al marqués de la

Guardia.

--¿Olvidais que el emir me ha proclamado su sucesor, y su compañero en

el mando? ¿que los monfíes me miran ya como su señor?

--Pues mejor, mucho mejor; los monfíes no tienen necesidad ninguna de

saber que tú has matado al emir, y cuando él haya muerto, tú serás el

rey único y absoluto de esos valientes. Con ellos, y alguna habilidad,

puedes dar de través con Aben-Humeya, y quedar único rey de Granada.

--Me aconsejais que atraviese un lago de sangre.

--Cuando se buscan coronas, los cadáveres se pisan.

--Si al menos el emir hubiera tenido una parte directa en el asesinato

de mi padre... pero quien le mató fue vuestro difunto hermano... por mas

que ha hecho Angiolina no ha podido hacerme ver claro que el emir tomase

parte alguna en aquel crímen. Vos, que en aquella ocasion acompañábais

al verdadero asesino...

--¿Quién te ha dicho que mi hermano fue el autor de esa muerto? Monfíes

fueron los que la mataron.

--Probadme que asesinó á mi padre...

--¡Le matarás, sobrino, le matarás!... y para ello te ayudará tu madre.

--¡Mi madre! ¡mi madre que tanto le ama!

--Te ayudará sin saberlo: pero adelante sobrino, adelante, que ya viene

el dia.

--¿Pero dónde nos ocultaremos?

--¿Dónde? en el lugar donde murió tu padre.

--¡Ah! exclamó Aben-Aboo.

En efecto, el dia se entraba por el Oriente á buen andar, y á buen andar

tambien Aben-Jahuar y Aben-Aboo, se perdieron entre las quebraduras de

la montaña.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 100 / 168 题