En que se ve que se estrechan las distancias entre nuestros
personajes.
¿Qué habia sido de Angiolina Visconti y de doña Elvira de Céspedes?
Vamos á decirlo sin rodeos á nuestros lectores.
Aben-Aboo habia llevado á Angiolina á un caserío de sus parientes en la
montaña donde no podia correr el menor peligro.
Doña Elvira habia sido conducida por Laurenti, medio robada, engañada,
al subterráneo de la Princesa encantada.
Es tal la multitud de sucesos que se agolpan en esta parte, que se
embrollan, en las viejas memorias que nos sirven de guia, que nos vemos
obligados á desenredarlos y darles claridad, á dejar en suspenso la
explicacion de la causa de algunos; de este número, es la razon que tuvo
Laurenti para apoderarse de doña Elvira, y el por qué del consentimiento
de doña Elvira á seguirle.
En cuanto á doña Isabel de Córdoba y de Válor ya hemos apuntado
anteriormente que Yaye la habia puesto en seguridad en la montaña.
El marqués de la Guardia habia sido conducido por Suleiman, de órden de
Yaye, al alcázar subterráneo de los emires de los monfíes.
En cuanto á Amina y su hija nada podemos decir por ahora á nuestros
lectores.
Digamos algo á cerca de la rebelion, puesto que su historia nos llevará
como por la mano al desenlace de los sucesos complicadísimos que vamos
relatando.
Lo que habia acontecido en la villa de Cádiar la noche del 24 de
diciembre de 1568 habia acontecido en todas las villas de las
Alpujarras.
Los moriscos se habian rebelado enteramente apoyados en los monfíes,
habian acometido á los cristianos, matado á los que no pudieron escapar,
cautivando á las mujeres jóvenes, incendiando, robando, martirizando con
una crueldad infinita: tan cierto es que cuanto mas dura y ferozmente ha
sido tiranizado un pueblo, mas terrible, mas cruel, mas abominable es su
venganza.
Ni es nuestro objeto entrar en los detalles de aquellas inhumanas
carnicerías, ni nuestro carácter se presta á ello: en el relato de los
acontecimientos de Cádiar de que no hemos podido dispensarnos, no hemos
tenido afortunadamente necesidad de presentar niños crucificados, y
acañavereados, sacerdotes á quienes se arrancaba vivos el corazon;
hombres quemados á fuego lento; horrores inauditos, venganzas
monstruosas, que se llevaron á cabo en casi todos los lugares de la
Alpujarra, y que empañaron la causa defendida por los monfíes, haciendo
de ellos innobles ladrones y repugnantes asesinos.
Yaye veia desvanecerse sus sueños: comprendia al fin que solo habia sido
rey de una numerosa banda de malhechores, contenida por su espada,
mientras no se habia llegado á un rompimiento decisivo, pero desbordada
y alentada y puesta en insubordinacion por fatales elementos el dia del
rompimiento. Alrededor de Yaye habia muchos caballeros entre ellos
Harum, que conservaban la tradicional y generosa hidalguía de los
antiguos árabes, pero que eran impotentes para contener el mal.
Yaye conoció que en todo se habia engañado: pero cada uno de sus engaños
habia sido para él de una trascendencia terrible.
Yaye estaba desesperado.
A mas de sus desgracias domésticas, que eran bastantes para desgarrarle
el corazon, veia con espanto que la guerra se habia empezado con los
peores auspicios posibles.
La justicia, la opinion pública, la conciencia debian protestar y
protestaban contra aquellas gentes que no cesaban de incendiar, de
violar, de matar, de robar.
Los horrores se sucedian sin intermision[27].
Inmediatamente despues del alzamiento de Cádiar se alzó la taa de
Poqueira; á continuacion los quince lugares ó alquerias de la taa de
Orgiva; los once lugares de la de Ferreria; los veinte de la de Jubiles;
los veinte de las taas de los dos Cebeles; los diez y nueve de la de
Ujijar, todas estas villas y lugares, los primeros del alzamiento, lo
verificaron, como Cádiar, el dia 24 de diciembre; despues y hasta el 1.º
de enero del siguiente año de 1569, esto es: en el espacio de seis días
se rebelaron los lugares de la tierra de Adra, las taas de Veria,
Andarax, Dalias, Lucha, Marchena, Rio Boluduy, las tierras de Salobrena
y Almería y el marquesado del Zenete: es decir: todas las Alpujarras y
parte de la Axarquía de Málaga y de la provincia de Almería.
Un número considerable de cristianos asesinados, cuyo número no seria
exagerado determinándolo en diez mil, habian sido el terrible reto,
lanzado por los moriscos al rostro de Felipe II; una oleada de sangre
que estremeció á España, y que hizo se fijasen en ella las miradas de
Europa; sombrío relámpago de una insurreccion comprimida hacia mucho
tiempo, y que al fin estallaba salvaje en todo el esplendor de su
horrorosa venganza.
Encontró esta rebelion al marqués de Mondéjar sin gente y sin
pertrechos: afortunadamente la tentativa de los monfíes sobre Granada
habia fracasado: si por un acaso, por una combinacion mejor meditada, el
estandarte de Mahoma llega á tremolar sobre las torres de la Alhambra,
España se hubiera encontrado de repente acometida por un enemigo
formidable: Africa entera se hubiera lanzado á los puertos españoles
ocupados por los turcos y el ambicioso sultan de Constantinopla, el
guerreador y terrible Selín II hubiera encontrado en España su campo de
batalla contra la cristiandad.
¿Quién sabe lo que pudo haber sido de Europa, por la imprevision de
Felipe II, por lo antipolítico de su opresor fanatismo, por su ciega
confianza en las fuerzas del clero y de las gentes de justicia? En el
reino de Granada, como en todo país recien conquistado, se necesitaba un
gobierno justo y benévolo para atraer, un ejército respetable para
reprimir. Nada de esto habia; se azotaba al vencido, se le provocaba, se
le excitaba á la rebelion, y no se tenia ningun medio represivo.
Asi es que el marqués de Mondéjar no supo que hacer en los primeros
momentos; urgia ir á apagar el terrible incendio de las Alpujarras y no
contaba con fuerzas para ello: temia una acometida sobre la ciudad y no
encontraba los medios de defensa: tenia los enemigos dentro de la casa,
esto es: los moriscos del Albaicin, porque, aunque reprimidos y al
parecer leales, porque no veian aun en los monfíes bastante apoyo para
rebelarse, se rebelarian en el momento en que supiesen que un ejército
turco venia en su ayuda; todo esto era inminente: urgia guarnecer la
ciudad, y atravesando á todo trance por medio de las rebeladas
Alpujarras, cubrir las costas.
En este conflicto el marqués de Mondéjar apeló á la antigua usanza de
Castilla, apellidó guerra: hizo llamamiento de gente á las ciudades y
señores de Andalucia, con arreglo á la antigua obligacion de los
concejos: puso banderas para el enganche de soldados aventureros, buscó
cuantas armas, pertrechos y provisiones pudo, gran parte con su propio
caudal y parte con la ayuda de los mas principales señores del reino de
Granada, y como todos estos esfuerzos no bastasen para tanta empresa,
escribió á Felipe II, manifestándole lo grave del suceso, y pidiéndole
con urgencia capitanes, hombres y dinero.
Entre tanto la ciudad estaba profundamente desasosegada: las noticias
que se sabian cada dia de las Alpujarras, y los que venian de ellas
aterrados y acaso maltratados y heridos, exagerando aun lo terrible de
la rebelion, eran una continua ocasion de alarmas falsas: veíanse de
repente correr los vecinos sin saber á donde con los arcabuces
afianzados y las espadas desnudas; y volver á su casa despavoridos, solo
por el pensamiento del peligro que no existia: todo era turbacion y
miedo: desconfiaban los unos de los otros: las mujeres corrian á los
templos á rogar á Dios, y las principales señoras se acogieron á la
Alhambra, como lugar mas fuerte, siendo infinito el número de las
familias que abandonaron á Granada: no se veian por todas partes mas que
casas vacias y tiendas cerradas: los clérigos y los frailes en
rogativas, y todos ansiosos por la venida de gentes de guerra.
Las primeras que llegaron fueron las de Alcalá y Loja: una compañía fué
por órden del marqués á Restabal, pueblo inmediato á las Alpujarras,
para poner en salvo á los cristianos viejos, sus familias y haciendas;
otras dos compañías se estacionaron en Durcal para impedir á los
enemigos el paso á la ciudad, y el capitan don Diego de Quesada con una
bandera de infantería y una corneta de caballos fué á ponerse sobre el
puente de Tablate, lugar estrecho á la entrada de las Alpujarras.
El presidente Deza por su parte, queriendo emular con el marqués de
Mondéjar, escribió á don Luis Fajardo, marqués de los Velez, adelantado
en el reino de Murcia y capitan general de la provincia de Cartagena,
excitándole á que con sus gentes, y las de sus parientes y amigos,
acometiese á los rebelados de las Alpujarras por la parte del rio de
Almería: á lo que se prestó hidalgamente el marqués de los Velez,
levantando banderas y empezando á reunir gente.
La misma incertidumbre, la misma perplejidad de que estaban poseidos el
capitan general, el presidente de la Chancillería y el corregidor de
Granada, se habia apoderado de las cabezas de la rebelion.
Yaye estaba aturdido; Aben-Aboo, oculto; Aben-Jahuar, receloso;
Aben-Humeya, desalentado; al ver el poco efecto que habia hecho en los
moriscos de la ciudad y de la Vega el alzamiento, no sabia qué partido
tomar: y entre tanto la turba multa, esto es: los monfíes, los moros
_gandules_ (entre monfí y morisco) y los moriscos rebelados, se
entregaban á la matanza, al saqueo, al incendio y á toda clase de
licencias, haciendo de la guerra una empresa de bandidos,
desprestigiándola, haciéndola odiosa. El mismo aspecto repugnante y
brutal que habia tomado la rebelion, la reconcentró en la montaña, sin
poder pasar mas adelante; hizo que Selin II mirase con poco calor la
ayuda de aquella empresa, que el dey de Argel, Aluch-Ali, mas ocupado de
presas y piraterías que de este asunto, y mas siendo tan dudoso el de
los moriscos, contestase á sus peticiones de socorro de una manera vaga,
y que solo el rey de Fez, descendiente de los Xerifes, que por su
religiosidad veia en la sublevacion de las Alpujarras una guerra santa,
fuese con ellos mas esplícito.
Pero lo que sobraba al Xerife de buenos deseos, le faltaba de fuerzas:
temia exponer sus naves en el mar contra las galeras de España, y aplazó
su socorro; limitóse solo, á formar una alianza con el dey de Argel, y á
ayudar indirectamente á los moriscos, distrayendo las fuerzas marítimas
de España en una empresa contra Túnez y Biserta.
Si estaban divididos y empeñados en una vieja rivalidad, el presidente
don Pedro de Deza y el capitan general don Iñigo Lopez de Mendoza, no
estaban menos divididos los gefes de los moriscos.
Aben-Humeya desalentado andaba errante de villa en villa; el emir de los
monfíes se ocupaba mas de sus asuntos particulares que de la guerra;
Aben-Aboo, conspiraba contra el emir, y contra Aben-Humeya, y
Aben-Jahuar le alentaba, previendo el dia en que, quedándose solo
Aben-Aboo pudiese vencerle haciéndole á su vez traicion y apoderándose
de todo.
De parte de los cristianos faltaban fuerzas: de parte de los moriscos
conciencia: la lucha se habia reducido desde el principio
empequeñeciéndose á una guerra de montaña que podia durar mas ó menos,
pero sin otro horizonte por el momento, sin otros augurios que los de
una sucesion de sangrientas escaramuzas sin resultado de una parte ni de
la otra.
España tenia su poder y sus ejércitos: los moriscos sus breñas
inaccesibles, y su brabío y feroz espíritu su independencia; pero España
podia, como lo hizo mas adelante, aislar el incendio é impedir que por
la agregacion de nuevos elementos se extendiese.
La balanza, pues, estaba igual al empezarse la guerra: entrambas partes
se temian: entrambas estaban recelosas: entrambas contaban con temor las
fuerzas probables que podria poner en accion la parte contraria.
Porque ni los moriscos apreciaban bien las dificultades casi
insuperables que tenia que vencer España, distraida en otras empresas
para levantar enormes ejércitos, ni los cristianos sabian las tambien
insuperables dificultades con que contaban los moriscos para procurarse
una eficaz ayuda de sus correligionarios de Africa.
Desalentado Aben-Humeya, se salió un dia solo de Lanjaron, resuelto á
pasar á Africa abandonando la empresa, y no atreviéndose ya en razon al
estado de las cosas á demandar perdon del rey de España.
Encontráronle unos monfíes atravesando un barranco, á pié triste,
cabizbajo, llevando el caballo del diestro.
Aquel encuentro fue para él decisivo; fue, puede decirse, una prision:
desde entonces Aben-Humeya, á pretexto de lealtad estuvo vigilado,
pusiéronle casa real á usanza de los antiguos reyes de Granada: le
casaron con tres moriscas principales, una del Albaicin, otra del rio
Almanzora, y otra de Tabernas: procuráronle un pequeño harem con las mas
bellas de las cristianas que habian robado en las villas y lugares
entrados á sangre y fuego, y le obligaron á desnudar la espada y á
dirigir la guerra.
Dividió los moriscos y los monfíes en dos ejércitos: el uno ocupó el
camino de Orgiva, entre Granada y la entrada de las Alpujarras al
Levante de Almería, al Poniente de Salobreña y Almuñecar, y al Norte de
Granada. El otro ejército adelantó sobre Granada, poniéndose sobre
Durcal, pero habiendo sido rechazado despues de una noche de combate
dudoso (4 de enero de 1569) por las gentes de las compañías de Lorenzo
de Avila y de Gonzalo de Alcántara, que fueron socorridas por el marqués
de Mondéjar, que con dos mil infantes y cuatrocientos caballos se habia
puesto sobre la villa del Padul, se retiraron del centro de las
Alpujarras al Laujar, barrio inmediato á Válor el Alto, y allí se
hicieron fuertes y sentaron sus reales.
En tal estado se encontraba la guerra de Granada al empezar el año de
1569.