CAPITULO XXXII.

En que se ve que se estrechan las distancias entre nuestros

personajes.

¿Qué habia sido de Angiolina Visconti y de doña Elvira de Céspedes?

Vamos á decirlo sin rodeos á nuestros lectores.

Aben-Aboo habia llevado á Angiolina á un caserío de sus parientes en la

montaña donde no podia correr el menor peligro.

Doña Elvira habia sido conducida por Laurenti, medio robada, engañada,

al subterráneo de la Princesa encantada.

Es tal la multitud de sucesos que se agolpan en esta parte, que se

embrollan, en las viejas memorias que nos sirven de guia, que nos vemos

obligados á desenredarlos y darles claridad, á dejar en suspenso la

explicacion de la causa de algunos; de este número, es la razon que tuvo

Laurenti para apoderarse de doña Elvira, y el por qué del consentimiento

de doña Elvira á seguirle.

En cuanto á doña Isabel de Córdoba y de Válor ya hemos apuntado

anteriormente que Yaye la habia puesto en seguridad en la montaña.

El marqués de la Guardia habia sido conducido por Suleiman, de órden de

Yaye, al alcázar subterráneo de los emires de los monfíes.

En cuanto á Amina y su hija nada podemos decir por ahora á nuestros

lectores.

Digamos algo á cerca de la rebelion, puesto que su historia nos llevará

como por la mano al desenlace de los sucesos complicadísimos que vamos

relatando.

Lo que habia acontecido en la villa de Cádiar la noche del 24 de

diciembre de 1568 habia acontecido en todas las villas de las

Alpujarras.

Los moriscos se habian rebelado enteramente apoyados en los monfíes,

habian acometido á los cristianos, matado á los que no pudieron escapar,

cautivando á las mujeres jóvenes, incendiando, robando, martirizando con

una crueldad infinita: tan cierto es que cuanto mas dura y ferozmente ha

sido tiranizado un pueblo, mas terrible, mas cruel, mas abominable es su

venganza.

Ni es nuestro objeto entrar en los detalles de aquellas inhumanas

carnicerías, ni nuestro carácter se presta á ello: en el relato de los

acontecimientos de Cádiar de que no hemos podido dispensarnos, no hemos

tenido afortunadamente necesidad de presentar niños crucificados, y

acañavereados, sacerdotes á quienes se arrancaba vivos el corazon;

hombres quemados á fuego lento; horrores inauditos, venganzas

monstruosas, que se llevaron á cabo en casi todos los lugares de la

Alpujarra, y que empañaron la causa defendida por los monfíes, haciendo

de ellos innobles ladrones y repugnantes asesinos.

Yaye veia desvanecerse sus sueños: comprendia al fin que solo habia sido

rey de una numerosa banda de malhechores, contenida por su espada,

mientras no se habia llegado á un rompimiento decisivo, pero desbordada

y alentada y puesta en insubordinacion por fatales elementos el dia del

rompimiento. Alrededor de Yaye habia muchos caballeros entre ellos

Harum, que conservaban la tradicional y generosa hidalguía de los

antiguos árabes, pero que eran impotentes para contener el mal.

Yaye conoció que en todo se habia engañado: pero cada uno de sus engaños

habia sido para él de una trascendencia terrible.

Yaye estaba desesperado.

A mas de sus desgracias domésticas, que eran bastantes para desgarrarle

el corazon, veia con espanto que la guerra se habia empezado con los

peores auspicios posibles.

La justicia, la opinion pública, la conciencia debian protestar y

protestaban contra aquellas gentes que no cesaban de incendiar, de

violar, de matar, de robar.

Los horrores se sucedian sin intermision[27].

Inmediatamente despues del alzamiento de Cádiar se alzó la taa de

Poqueira; á continuacion los quince lugares ó alquerias de la taa de

Orgiva; los once lugares de la de Ferreria; los veinte de la de Jubiles;

los veinte de las taas de los dos Cebeles; los diez y nueve de la de

Ujijar, todas estas villas y lugares, los primeros del alzamiento, lo

verificaron, como Cádiar, el dia 24 de diciembre; despues y hasta el 1.º

de enero del siguiente año de 1569, esto es: en el espacio de seis días

se rebelaron los lugares de la tierra de Adra, las taas de Veria,

Andarax, Dalias, Lucha, Marchena, Rio Boluduy, las tierras de Salobrena

y Almería y el marquesado del Zenete: es decir: todas las Alpujarras y

parte de la Axarquía de Málaga y de la provincia de Almería.

Un número considerable de cristianos asesinados, cuyo número no seria

exagerado determinándolo en diez mil, habian sido el terrible reto,

lanzado por los moriscos al rostro de Felipe II; una oleada de sangre

que estremeció á España, y que hizo se fijasen en ella las miradas de

Europa; sombrío relámpago de una insurreccion comprimida hacia mucho

tiempo, y que al fin estallaba salvaje en todo el esplendor de su

horrorosa venganza.

Encontró esta rebelion al marqués de Mondéjar sin gente y sin

pertrechos: afortunadamente la tentativa de los monfíes sobre Granada

habia fracasado: si por un acaso, por una combinacion mejor meditada, el

estandarte de Mahoma llega á tremolar sobre las torres de la Alhambra,

España se hubiera encontrado de repente acometida por un enemigo

formidable: Africa entera se hubiera lanzado á los puertos españoles

ocupados por los turcos y el ambicioso sultan de Constantinopla, el

guerreador y terrible Selín II hubiera encontrado en España su campo de

batalla contra la cristiandad.

¿Quién sabe lo que pudo haber sido de Europa, por la imprevision de

Felipe II, por lo antipolítico de su opresor fanatismo, por su ciega

confianza en las fuerzas del clero y de las gentes de justicia? En el

reino de Granada, como en todo país recien conquistado, se necesitaba un

gobierno justo y benévolo para atraer, un ejército respetable para

reprimir. Nada de esto habia; se azotaba al vencido, se le provocaba, se

le excitaba á la rebelion, y no se tenia ningun medio represivo.

Asi es que el marqués de Mondéjar no supo que hacer en los primeros

momentos; urgia ir á apagar el terrible incendio de las Alpujarras y no

contaba con fuerzas para ello: temia una acometida sobre la ciudad y no

encontraba los medios de defensa: tenia los enemigos dentro de la casa,

esto es: los moriscos del Albaicin, porque, aunque reprimidos y al

parecer leales, porque no veian aun en los monfíes bastante apoyo para

rebelarse, se rebelarian en el momento en que supiesen que un ejército

turco venia en su ayuda; todo esto era inminente: urgia guarnecer la

ciudad, y atravesando á todo trance por medio de las rebeladas

Alpujarras, cubrir las costas.

En este conflicto el marqués de Mondéjar apeló á la antigua usanza de

Castilla, apellidó guerra: hizo llamamiento de gente á las ciudades y

señores de Andalucia, con arreglo á la antigua obligacion de los

concejos: puso banderas para el enganche de soldados aventureros, buscó

cuantas armas, pertrechos y provisiones pudo, gran parte con su propio

caudal y parte con la ayuda de los mas principales señores del reino de

Granada, y como todos estos esfuerzos no bastasen para tanta empresa,

escribió á Felipe II, manifestándole lo grave del suceso, y pidiéndole

con urgencia capitanes, hombres y dinero.

Entre tanto la ciudad estaba profundamente desasosegada: las noticias

que se sabian cada dia de las Alpujarras, y los que venian de ellas

aterrados y acaso maltratados y heridos, exagerando aun lo terrible de

la rebelion, eran una continua ocasion de alarmas falsas: veíanse de

repente correr los vecinos sin saber á donde con los arcabuces

afianzados y las espadas desnudas; y volver á su casa despavoridos, solo

por el pensamiento del peligro que no existia: todo era turbacion y

miedo: desconfiaban los unos de los otros: las mujeres corrian á los

templos á rogar á Dios, y las principales señoras se acogieron á la

Alhambra, como lugar mas fuerte, siendo infinito el número de las

familias que abandonaron á Granada: no se veian por todas partes mas que

casas vacias y tiendas cerradas: los clérigos y los frailes en

rogativas, y todos ansiosos por la venida de gentes de guerra.

Las primeras que llegaron fueron las de Alcalá y Loja: una compañía fué

por órden del marqués á Restabal, pueblo inmediato á las Alpujarras,

para poner en salvo á los cristianos viejos, sus familias y haciendas;

otras dos compañías se estacionaron en Durcal para impedir á los

enemigos el paso á la ciudad, y el capitan don Diego de Quesada con una

bandera de infantería y una corneta de caballos fué á ponerse sobre el

puente de Tablate, lugar estrecho á la entrada de las Alpujarras.

El presidente Deza por su parte, queriendo emular con el marqués de

Mondéjar, escribió á don Luis Fajardo, marqués de los Velez, adelantado

en el reino de Murcia y capitan general de la provincia de Cartagena,

excitándole á que con sus gentes, y las de sus parientes y amigos,

acometiese á los rebelados de las Alpujarras por la parte del rio de

Almería: á lo que se prestó hidalgamente el marqués de los Velez,

levantando banderas y empezando á reunir gente.

La misma incertidumbre, la misma perplejidad de que estaban poseidos el

capitan general, el presidente de la Chancillería y el corregidor de

Granada, se habia apoderado de las cabezas de la rebelion.

Yaye estaba aturdido; Aben-Aboo, oculto; Aben-Jahuar, receloso;

Aben-Humeya, desalentado; al ver el poco efecto que habia hecho en los

moriscos de la ciudad y de la Vega el alzamiento, no sabia qué partido

tomar: y entre tanto la turba multa, esto es: los monfíes, los moros

_gandules_ (entre monfí y morisco) y los moriscos rebelados, se

entregaban á la matanza, al saqueo, al incendio y á toda clase de

licencias, haciendo de la guerra una empresa de bandidos,

desprestigiándola, haciéndola odiosa. El mismo aspecto repugnante y

brutal que habia tomado la rebelion, la reconcentró en la montaña, sin

poder pasar mas adelante; hizo que Selin II mirase con poco calor la

ayuda de aquella empresa, que el dey de Argel, Aluch-Ali, mas ocupado de

presas y piraterías que de este asunto, y mas siendo tan dudoso el de

los moriscos, contestase á sus peticiones de socorro de una manera vaga,

y que solo el rey de Fez, descendiente de los Xerifes, que por su

religiosidad veia en la sublevacion de las Alpujarras una guerra santa,

fuese con ellos mas esplícito.

Pero lo que sobraba al Xerife de buenos deseos, le faltaba de fuerzas:

temia exponer sus naves en el mar contra las galeras de España, y aplazó

su socorro; limitóse solo, á formar una alianza con el dey de Argel, y á

ayudar indirectamente á los moriscos, distrayendo las fuerzas marítimas

de España en una empresa contra Túnez y Biserta.

Si estaban divididos y empeñados en una vieja rivalidad, el presidente

don Pedro de Deza y el capitan general don Iñigo Lopez de Mendoza, no

estaban menos divididos los gefes de los moriscos.

Aben-Humeya desalentado andaba errante de villa en villa; el emir de los

monfíes se ocupaba mas de sus asuntos particulares que de la guerra;

Aben-Aboo, conspiraba contra el emir, y contra Aben-Humeya, y

Aben-Jahuar le alentaba, previendo el dia en que, quedándose solo

Aben-Aboo pudiese vencerle haciéndole á su vez traicion y apoderándose

de todo.

De parte de los cristianos faltaban fuerzas: de parte de los moriscos

conciencia: la lucha se habia reducido desde el principio

empequeñeciéndose á una guerra de montaña que podia durar mas ó menos,

pero sin otro horizonte por el momento, sin otros augurios que los de

una sucesion de sangrientas escaramuzas sin resultado de una parte ni de

la otra.

España tenia su poder y sus ejércitos: los moriscos sus breñas

inaccesibles, y su brabío y feroz espíritu su independencia; pero España

podia, como lo hizo mas adelante, aislar el incendio é impedir que por

la agregacion de nuevos elementos se extendiese.

La balanza, pues, estaba igual al empezarse la guerra: entrambas partes

se temian: entrambas estaban recelosas: entrambas contaban con temor las

fuerzas probables que podria poner en accion la parte contraria.

Porque ni los moriscos apreciaban bien las dificultades casi

insuperables que tenia que vencer España, distraida en otras empresas

para levantar enormes ejércitos, ni los cristianos sabian las tambien

insuperables dificultades con que contaban los moriscos para procurarse

una eficaz ayuda de sus correligionarios de Africa.

Desalentado Aben-Humeya, se salió un dia solo de Lanjaron, resuelto á

pasar á Africa abandonando la empresa, y no atreviéndose ya en razon al

estado de las cosas á demandar perdon del rey de España.

Encontráronle unos monfíes atravesando un barranco, á pié triste,

cabizbajo, llevando el caballo del diestro.

Aquel encuentro fue para él decisivo; fue, puede decirse, una prision:

desde entonces Aben-Humeya, á pretexto de lealtad estuvo vigilado,

pusiéronle casa real á usanza de los antiguos reyes de Granada: le

casaron con tres moriscas principales, una del Albaicin, otra del rio

Almanzora, y otra de Tabernas: procuráronle un pequeño harem con las mas

bellas de las cristianas que habian robado en las villas y lugares

entrados á sangre y fuego, y le obligaron á desnudar la espada y á

dirigir la guerra.

Dividió los moriscos y los monfíes en dos ejércitos: el uno ocupó el

camino de Orgiva, entre Granada y la entrada de las Alpujarras al

Levante de Almería, al Poniente de Salobreña y Almuñecar, y al Norte de

Granada. El otro ejército adelantó sobre Granada, poniéndose sobre

Durcal, pero habiendo sido rechazado despues de una noche de combate

dudoso (4 de enero de 1569) por las gentes de las compañías de Lorenzo

de Avila y de Gonzalo de Alcántara, que fueron socorridas por el marqués

de Mondéjar, que con dos mil infantes y cuatrocientos caballos se habia

puesto sobre la villa del Padul, se retiraron del centro de las

Alpujarras al Laujar, barrio inmediato á Válor el Alto, y allí se

hicieron fuertes y sentaron sus reales.

En tal estado se encontraba la guerra de Granada al empezar el año de

1569.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 99 / 168 题