De cómo supo Yaye que su mala estrella se le hacia cada vez mas
enemiga.
Volvamos al marqués de la Guardia en el punto en que despues de haber
escrito su carta para el capitan general se habia quedado solo.
Era poco despues del amanecer.
El marqués estaba en un estado de exaltacion terrible.
Estaba loco.
Solo se le oia murmurar.
--¡Esperanza! ¡Mi Esperanza! ¡Mi hija!
Y despues de murmurar estas palabras revolvia en torno suyo su mirada
ensangrentada y furiosa.
Abrióse la puerta del aposento, y un soldado le entregó una carta.
Aquella carta decia:
--«Caballero: ignoro por qué razon os he encontrado al frente de vuestra
compañía en Cádiar, cuando es creia al lado de mi hija. Tengo derecho á
que me satisfagais, y os mando que vengais á encontrarme, siguiendo al
hombre que os llevará esta carta.--El emir de los monfíes.»
--¿Dónde está el hombre que ha traido esta carta? dijo el marqués,
guardándosela en el bolsillo.
--Espera en el zaguan, señor, contestó el soldado.
--Hacedle entrar.
Entró un hombre de aspecto al parecer humilde, y miserable y pobremente
vestido.
El marqués se quedó solo con él.
--¿Sabes quién te envia? dijo el marqués.
Irguióse el mendigo.
--Soy wali del poderoso emir de los monfíes, contestó: y me llamo
Suleiman.
--¿Y te atreves á decírmelo?
--Si: tú eres tambien monfí.
--¡Yo!
--Si, tú: tú eres monfí, eres traidor.
El marqués echó mano á su espada.
--Sí, dijo Suleiman, sin inmutarse por el movimiento amenazador del
marqués: eres monfí, porque eres esposo de la sultana Amina; y eres
traidor, porque ayudas á los cristianos.
--¡La sultana Amina! exclamó con acento rugiente el marqués: ¡sabes tú
lo que ha sido de la sultana Amina! ¡sabes si está muerta ó viva... ó
tal vez peor que muerta!
Palideció profundamente Suleiman, y asió con furor un brazo del marqués.
--¿Te habrás atrevido, perro cristiano?... exclamó.
--Me la han robado, gritó el marqués, lanzando de sí á Suleiman, y con
ella me han robado á mi hija.
--¡Que te han robado á la sultana Amina! ¿y quién, quién? gritó
Suleiman, sin temor de ser oido: ¿sabes tú lo que hará contigo el emir,
sino le das cuenta de su hija, aunque te ocultes en medio de los
escuadrones del rey de España?
--¿Dónde está Aben-Aboo?
--¡Aben-Aboo! ¡el compañero en el mando del emir! exclamó con extrañeza
Suleiman, porque no sabia á dónde el marqués iba á parar.
--¡Llévame, llévame á donde esté el emir! dijo el marqués: á él solo
daré cuenta de lo que ha sucedido; llévame á donde esté el emir, y nada
temas.
--Yo nada temo, replicó Suleiman, pero puesto que obedeces á nuestro
comun señor, sígueme.
Calóse el marqués su morrion de hierro, envolvióse en una capa que le
habian prestado, y siguió á Suleiman.
En cuanto este estuvo fuera de la casa, tomó todo el aspecto de un
mendigo anciano y enfermo.
Bajaron torciendo por algunas callejas y salieron al campo: esto es, á
la montaña.
En cuanto estuvieron en ella, Suleiman se irguió de nuevo, y siguió
adelante á gran paso.
El marqués iba tras él.
Pasaron algunos barrancos, en los cuales quedaba el fango del pasado
aluvíon, y al fin Suleiman empezó á trepar por un sendero escarpado, á
cuyo fin se veia la entrada de una cueva.
Cuando llegaron á ella, el marqués vió que dentro se paseaba un hombre
enteramente vestido á la usanza mora.
Aquel hombre era el emir.
Al sentir á Suleiman, se volvió: al ver tras él al marqués, se puso
totalmente pálido, y con un ademan imperioso mandó á Suleiman que se
retirase.
El monfí descendió á la carrera por el sendero.
Yaye y don Juan quedaron solos.
--¡Cómo te encuentro aquí, mi buen hijo! exclamó el emir con un acento
doloroso y reconcentrado, conteniendo mal su cólera.
--Teneis razon, señor, dijo el marqués. Teneis razon en extrañar que me
encuentre á vuestro lado porque debia estar muerto.
Pronunció de tal modo el marqués estas palabras, que la irritacion del
emir pasó para dejar su lugar al espanto.
--¡Muerto! ¡y por qué! ¿y mi hija y tu esposa?
--No sé qué ha sido de ellas, exclamó con desesperacion el marqués.
--¡Habla! ¡habla! ¡acaba! no sé por qué veo en tus palabras, en tus
miradas, los indicios de una gran desgracia.
--¡Me la han robado! exclamó con acento rugiente el jóven.
--¡Robado! ¡pero quién! ¡cómo!
--¡Quién! Diego Lopez Aben-Aboo, exclamó el marqués: sí, le reconocí, y
eso que solo le ví á la luz del fuego de un arcabuzazo; pero tenia fijos
en mí los ojos con una expresion infernal... y luego oí su voz ronca que
gritaba: ¡embreñaos! ¡embreñaos con ella!... despues nos separó la mano
de Dios: una maldita avenida por el barranco donde nos encontrabamos.
Yaye estaba aterrado, contraido, mudo, sin poder pronunciar una sola
palabra.
El marqués le refirió de qué manera habian sido sorprendidos, y cómo
desesperado se arrojó con su caballo á la corriente.
Despues continuó:
--Yo debí perecer: la violencia de la avenida arrastraba á mi caballo:
veia pasar rápidamente á ambos costados mios las sombras informes de las
rocas: encontréme de repente fuera del caballo que se habia sumergido, y
me sentí sumergir: pero tambien de repente me sentí alzado y me encontré
sobre el tronco de un árbol que arrastraba la avenida. Por una
casualidad aquel tronco se detuvo en una roca: yo tendí los brazos á
aquella roca, y encontré por casualidad las raices de un árbol: trepé...
y me encontré salvo, pero me encontré solo... solo... ¿qué habia sido
entre tanto de mi Esperanza?
El marqués inclinó la cabeza desesperado.
--¡Mi hija...! ¡robada por Aben-Aboo! murmuraba entre tanto sordamente
el emir.
Y luego cerrando los puños, y levantando los ojos al cielo exclamó:
--¡Oh! ¡es mucho, mucho castigo! ¡es demasiado! ¡es horrible, señor!
Y luego volviéndose al marqués, continuó:
--¿Pero estas seguro?... seguro de todo punto?
--¡Oh! tan seguro estoy de ello, que donde quiera que le encuentre, he
de beber la sangre de ese infame.
--Pero, exclamó desconfiando aun en el emir, tú te encontraste solo en
una roca en la montaña... en un terreno que no conoces, de noche... y
despues te he encontrado con tu compañía en Cádiar: tu compañía estaba
en Yátor.
--La avenida me habia echado cerca de Yátor.
--¿Pero cómo pudiste conocerlo, no siendo práctico en la tierra?
--Se escuchaba á lo lejos el ladrido de algunos perros, y se veian
algunas luces inmóviles entre la oscuridad; yo me dirigí adonde se
escuchaban aquellos ladridos, adonde brillaban aquellas luces, y me
encontré en Yátor. Entonces busqué á mi teniente Cristóval de Belorado,
y le mandé reunir la gente, con la cual me encaminé á Cádiar, adonde
llegué despues de la media noche. Yo sabia que Aben-Aboo era vecino de
Cádiar, que tenia allí á su madre, y no sé por qué, estaba seguro de
encontrar en Cádiar á Aben-Aboo. Y no me engañé. ¿Por qué huyeron los
monfíes?
--¡Huyeron!... porque yo no queria que tú murieses; porque yo los mandé
retirar: pero en estos momentos, en el punto en que tú has salido de
Cádiar, en el momento en que no puedes correr peligro, mis monfíes
habrán envestido de nuevo la villa, y no dejarán ni uno solo de tus
soldados vivos.
--¿Y para qué quiero yo vivir?
--¿Para qué? si es cierto lo que dices, ¿por qué quieres morir y no
vengarte?
--¿Y no me habeis impedido vos mi venganza?
Yaye se estremeció: el hombre que habia robado á su hija, era su
hermano; el hombre de quien con tanta justa causa queria vengarse el
marqués de la Guardia, era su hijo.
La fatalidad ó la justicia de Dios eran con él inexorables: él habia
matado al padre del marqués de la Guardia creyéndole corruptor de su
esposa, y el hijo del difunto marqués habia seducido á su hija: su hija
habia enloquecido al príncipe don Carlos, le habia hecho traidor á su
padre, y Felipe II se habia visto obligado á prenderle, á procesarle y
acaso á matarle: Amina habia enloquecido tambien á Aben-Aboo, y le habia
hecho traidor á su padre, rebelde, inobediente, feroz. Acaso Yaye, como
Felipe II, se veria obligado á matar á su hijo por el bien de su pueblo.
Acaso en medio de todo aquello podia haber horrorosos crímenes: el
incesto, el fratricidio acaso: Amina, Aben-Aboo y Aben-Humeya ignoraban
que eran hermanos, y los dos hermanos amaban á su hermana y estaban
zelosos entre sí.
El emir estaba consternado: la mas terrible desesperacion le torturaba
el alma, la vida se le habia hecho de todo punto insoportable, y un
remordimiento voraz le roia las entrañas.
--¿Dónde te robaron tu esposa? dijo al fin dirigiéndose al marqués.
--En un barranco, cuando caminábamos bien de prisa, porque segun decian,
teniamos que atravesar una rambla peligrosa.
--¿Y estábais ya cerca de esa rambla?
--Si señor.
--¡Ah de abajo! gritó el emir asomándose á la boca de la cueva.
Poco despues subió Suleiman.
--Que se reunan al momento cuarenta monfíes, y mi caballo.
Poco despues el emir cabalgaba en el fondo del barranco y Suleiman, á
quien habia hablado algunas palabras Yaye, dijo al marqués.
--Sígueme, señor.
El marqués miró á Yaye.
--Síguele, síguele, hijo mio, dijo el emir: él te llevará á lugar
seguro.
El marqués siguió á Suleiman y Yaye siguió adelante con su gente, á gran
paso, salvando todo género de obstáculos, por lo mas áspero de la
montaña.
De repente los monfíes que iban de descubierta, se detuvieron y se
encararon las ballestas que llevaban armadas.
--¿Quién va? gritó el que iba mas adelante.
--¡Allah le ille Allah! gritó una voz muy conocida del emir.
--¡Harum! exclamó Yaye haciendo saltar hácia adelante su caballo, al
escuchar aquella voz.
--¡Ah, poderoso señor! exclamó desesperado el wazir.
--Nuestra hija nos ha sido arrebatada, gritó Calpuc.
--Y mi sobrino ha perecido, dijo todo desencajado don César de Arévalo.
--Y sobre todo, dijo para su capote Peralvillo, que estaba entre los
recien encontrados; hemos pasado una muy mala Noche-buena con el agua á
la rodilla y dando diente con diente.
El emir desmontó y se apartó á un lado con Calpuc, Harum y don César.
--¿Con qué es verdad? dijo.
--Si, si, verdad es, dijo Calpuc: una horrible verdad. ¿Pero quién te lo
ha dicho?
--Basta que yo lo sepa, dijo el emir.
--¿Y sabeis tambien, poderoso señor, quiénes han sido los ladrones?
¿Sabeis quién puede haberlos pagado?
--¡Qué! ¿no habeis podido vosotros conocer á los robadores?
--Eran piratas berberiscos, dijo Harum.
--Corsarios berberiscos eran, repitió Calpuc.
--Si, si, unos horribles berberiscos, con bonetes encarnados, añadió don
César de Arévalo.
--¿Pero no sabeis que los monfíes que han ido á Granada con
Farax-Aben-Farax, llevaban muchos vestidos berberiscos y bonetes
colorados para hacer creer á los de Granada que habian venido á
ayudarnos los africanos?
--¡Ah! exclamó como quien encuentra una difícil solucion Harum. Ya decia
yo. Farax-Aben-Farax debia ya de estar en marcha para Granada cuando
sucedió la desgracia.
--¿Y qué importa? ¿No pudiste conocer á ninguno de los robadores?
--No señor.
--¿Y por qué no los perseguísteis?
--Nos lo impidió la tempestad, nos vimos encerrados entre de tres
torrentes, dijo Harum.
--Y tan verdad es esto, dijo entristecido don César, que mi sobrino, que
se arrojó á la corriente para perseguir á los infames, fue arrastrado
por las aguas sin que se sepa qué ha sido de él. Es necesario que
averigueis lo que ha sido de mi sobrino, poderoso emir.
--¿Qué me hablais de vuestro sobrino, cuándo he perdido á mi hija?
exclamó Yaye; y luego volviéndose á Harum dijo: es necesario batir en
derredor la montaña: los ladrones no deben estar lejos: deben haberles
cortado el paso otros barrancos. Conmigo, caballeros, conmigo, y que nos
proteja Dios.
En vano el emir registró por aquella parte todos los barrancos,
quebraduras y escondrijos de la montaña: nada se encontró.
Yaye se volvió desesperado.
No le quedaba otro recurso que ir á encontrar frente á frente á
Aben-Aboo.
Cuando volvió á Cádiar encontró á los monfíes al mando del Ferih
enteramente apoderados de la villa.
Su pronostico al marqués de la Guardia se habia cumplido.
Cercada por todas partes y abrumada por el número la valiente compañía
de arcabuceros, habia sucumbido toda, á excepcion del marqués de la
Guardia de quien estaba apoderado Yaye, y del soldado que el marqués
habia enviado al capitan general de Granada.
La poblacion presentaba un aspecto horrible.
No se veia en las calles mas que sangre y cadáveres; en la plaza estaba
amontonado un botin sangriento, y algunas casas que habian sido
incendiadas ardian aun.
La atalaya y la huerta que habian servido de habitacion á Aben-Aboo,
estaban desiertas: doña Isabel de Válor y Angiolina Visconti habian
desaparecido.
Cuando Yaye hizo buscar á doña Elvira de Céspedes no pudo darse con
ella, y solo quedaban en la villa algunos moriscos aterrados y los
monfíes triunfantes.
Cuando Yaye preguntó por Aben-Aboo y por Aben-Jahuar el Zaquer, le
dijeron que habian marchado á la taha de Jubiles.
Aben-Humeya habia marchado tambien á la taa de Válor.
Yaye envió dos de sus walíes con órden terminante de que se presentaran
Aben-Humeya y Aben-Aboo.
Pero Aben-Humeya contestó con altivez que era rey de Granada y que no
obedecia á nadie, y Aben-Aboo no pudo ser encontrado.
Yaye conoció que era llegada para él la hora de la expiacion.
Entre tanto don César de Arévalo esperó en vano á que pareciese su
sobrino, y cuando, no teniendo que hacer en las Alpujarras, se despidió
del emir y se fué con Peralvillo á Granada, supo con horror que el
capitan general habia recibido una carta del marqués de la Guardia,
fechada en la madrugada del primer dia de Pascua, en que le participaba
que con su compañia habia batído los monfíes y ocupado la villa de
Cádiar.
Todo el mundo, incluso don César de Arévalo, dió por cosa cierta, cuando
se supo el degüello de la compañía por los monfíes, que el marqués de la
Guardia habia perecido víctima de su lealtad al rey.
Entonces, y no teniendo ya cosa que le detuviese en España, se fué con
Peralvillo al Perú donde le llamaba su oficio de oidor de aquella real
audiencia.
Desde este momento don César y Peralvillo se nos pierden: no se sabe si
se ahogaron en la travesía, ó si don César se murió de viejo haciendo
injusticias á los peruanos.