CAPITULO XXXI.

De cómo supo Yaye que su mala estrella se le hacia cada vez mas

enemiga.

Volvamos al marqués de la Guardia en el punto en que despues de haber

escrito su carta para el capitan general se habia quedado solo.

Era poco despues del amanecer.

El marqués estaba en un estado de exaltacion terrible.

Estaba loco.

Solo se le oia murmurar.

--¡Esperanza! ¡Mi Esperanza! ¡Mi hija!

Y despues de murmurar estas palabras revolvia en torno suyo su mirada

ensangrentada y furiosa.

Abrióse la puerta del aposento, y un soldado le entregó una carta.

Aquella carta decia:

--«Caballero: ignoro por qué razon os he encontrado al frente de vuestra

compañía en Cádiar, cuando es creia al lado de mi hija. Tengo derecho á

que me satisfagais, y os mando que vengais á encontrarme, siguiendo al

hombre que os llevará esta carta.--El emir de los monfíes.»

--¿Dónde está el hombre que ha traido esta carta? dijo el marqués,

guardándosela en el bolsillo.

--Espera en el zaguan, señor, contestó el soldado.

--Hacedle entrar.

Entró un hombre de aspecto al parecer humilde, y miserable y pobremente

vestido.

El marqués se quedó solo con él.

--¿Sabes quién te envia? dijo el marqués.

Irguióse el mendigo.

--Soy wali del poderoso emir de los monfíes, contestó: y me llamo

Suleiman.

--¿Y te atreves á decírmelo?

--Si: tú eres tambien monfí.

--¡Yo!

--Si, tú: tú eres monfí, eres traidor.

El marqués echó mano á su espada.

--Sí, dijo Suleiman, sin inmutarse por el movimiento amenazador del

marqués: eres monfí, porque eres esposo de la sultana Amina; y eres

traidor, porque ayudas á los cristianos.

--¡La sultana Amina! exclamó con acento rugiente el marqués: ¡sabes tú

lo que ha sido de la sultana Amina! ¡sabes si está muerta ó viva... ó

tal vez peor que muerta!

Palideció profundamente Suleiman, y asió con furor un brazo del marqués.

--¿Te habrás atrevido, perro cristiano?... exclamó.

--Me la han robado, gritó el marqués, lanzando de sí á Suleiman, y con

ella me han robado á mi hija.

--¡Que te han robado á la sultana Amina! ¿y quién, quién? gritó

Suleiman, sin temor de ser oido: ¿sabes tú lo que hará contigo el emir,

sino le das cuenta de su hija, aunque te ocultes en medio de los

escuadrones del rey de España?

--¿Dónde está Aben-Aboo?

--¡Aben-Aboo! ¡el compañero en el mando del emir! exclamó con extrañeza

Suleiman, porque no sabia á dónde el marqués iba á parar.

--¡Llévame, llévame á donde esté el emir! dijo el marqués: á él solo

daré cuenta de lo que ha sucedido; llévame á donde esté el emir, y nada

temas.

--Yo nada temo, replicó Suleiman, pero puesto que obedeces á nuestro

comun señor, sígueme.

Calóse el marqués su morrion de hierro, envolvióse en una capa que le

habian prestado, y siguió á Suleiman.

En cuanto este estuvo fuera de la casa, tomó todo el aspecto de un

mendigo anciano y enfermo.

Bajaron torciendo por algunas callejas y salieron al campo: esto es, á

la montaña.

En cuanto estuvieron en ella, Suleiman se irguió de nuevo, y siguió

adelante á gran paso.

El marqués iba tras él.

Pasaron algunos barrancos, en los cuales quedaba el fango del pasado

aluvíon, y al fin Suleiman empezó á trepar por un sendero escarpado, á

cuyo fin se veia la entrada de una cueva.

Cuando llegaron á ella, el marqués vió que dentro se paseaba un hombre

enteramente vestido á la usanza mora.

Aquel hombre era el emir.

Al sentir á Suleiman, se volvió: al ver tras él al marqués, se puso

totalmente pálido, y con un ademan imperioso mandó á Suleiman que se

retirase.

El monfí descendió á la carrera por el sendero.

Yaye y don Juan quedaron solos.

--¡Cómo te encuentro aquí, mi buen hijo! exclamó el emir con un acento

doloroso y reconcentrado, conteniendo mal su cólera.

--Teneis razon, señor, dijo el marqués. Teneis razon en extrañar que me

encuentre á vuestro lado porque debia estar muerto.

Pronunció de tal modo el marqués estas palabras, que la irritacion del

emir pasó para dejar su lugar al espanto.

--¡Muerto! ¡y por qué! ¿y mi hija y tu esposa?

--No sé qué ha sido de ellas, exclamó con desesperacion el marqués.

--¡Habla! ¡habla! ¡acaba! no sé por qué veo en tus palabras, en tus

miradas, los indicios de una gran desgracia.

--¡Me la han robado! exclamó con acento rugiente el jóven.

--¡Robado! ¡pero quién! ¡cómo!

--¡Quién! Diego Lopez Aben-Aboo, exclamó el marqués: sí, le reconocí, y

eso que solo le ví á la luz del fuego de un arcabuzazo; pero tenia fijos

en mí los ojos con una expresion infernal... y luego oí su voz ronca que

gritaba: ¡embreñaos! ¡embreñaos con ella!... despues nos separó la mano

de Dios: una maldita avenida por el barranco donde nos encontrabamos.

Yaye estaba aterrado, contraido, mudo, sin poder pronunciar una sola

palabra.

El marqués le refirió de qué manera habian sido sorprendidos, y cómo

desesperado se arrojó con su caballo á la corriente.

Despues continuó:

--Yo debí perecer: la violencia de la avenida arrastraba á mi caballo:

veia pasar rápidamente á ambos costados mios las sombras informes de las

rocas: encontréme de repente fuera del caballo que se habia sumergido, y

me sentí sumergir: pero tambien de repente me sentí alzado y me encontré

sobre el tronco de un árbol que arrastraba la avenida. Por una

casualidad aquel tronco se detuvo en una roca: yo tendí los brazos á

aquella roca, y encontré por casualidad las raices de un árbol: trepé...

y me encontré salvo, pero me encontré solo... solo... ¿qué habia sido

entre tanto de mi Esperanza?

El marqués inclinó la cabeza desesperado.

--¡Mi hija...! ¡robada por Aben-Aboo! murmuraba entre tanto sordamente

el emir.

Y luego cerrando los puños, y levantando los ojos al cielo exclamó:

--¡Oh! ¡es mucho, mucho castigo! ¡es demasiado! ¡es horrible, señor!

Y luego volviéndose al marqués, continuó:

--¿Pero estas seguro?... seguro de todo punto?

--¡Oh! tan seguro estoy de ello, que donde quiera que le encuentre, he

de beber la sangre de ese infame.

--Pero, exclamó desconfiando aun en el emir, tú te encontraste solo en

una roca en la montaña... en un terreno que no conoces, de noche... y

despues te he encontrado con tu compañía en Cádiar: tu compañía estaba

en Yátor.

--La avenida me habia echado cerca de Yátor.

--¿Pero cómo pudiste conocerlo, no siendo práctico en la tierra?

--Se escuchaba á lo lejos el ladrido de algunos perros, y se veian

algunas luces inmóviles entre la oscuridad; yo me dirigí adonde se

escuchaban aquellos ladridos, adonde brillaban aquellas luces, y me

encontré en Yátor. Entonces busqué á mi teniente Cristóval de Belorado,

y le mandé reunir la gente, con la cual me encaminé á Cádiar, adonde

llegué despues de la media noche. Yo sabia que Aben-Aboo era vecino de

Cádiar, que tenia allí á su madre, y no sé por qué, estaba seguro de

encontrar en Cádiar á Aben-Aboo. Y no me engañé. ¿Por qué huyeron los

monfíes?

--¡Huyeron!... porque yo no queria que tú murieses; porque yo los mandé

retirar: pero en estos momentos, en el punto en que tú has salido de

Cádiar, en el momento en que no puedes correr peligro, mis monfíes

habrán envestido de nuevo la villa, y no dejarán ni uno solo de tus

soldados vivos.

--¿Y para qué quiero yo vivir?

--¿Para qué? si es cierto lo que dices, ¿por qué quieres morir y no

vengarte?

--¿Y no me habeis impedido vos mi venganza?

Yaye se estremeció: el hombre que habia robado á su hija, era su

hermano; el hombre de quien con tanta justa causa queria vengarse el

marqués de la Guardia, era su hijo.

La fatalidad ó la justicia de Dios eran con él inexorables: él habia

matado al padre del marqués de la Guardia creyéndole corruptor de su

esposa, y el hijo del difunto marqués habia seducido á su hija: su hija

habia enloquecido al príncipe don Carlos, le habia hecho traidor á su

padre, y Felipe II se habia visto obligado á prenderle, á procesarle y

acaso á matarle: Amina habia enloquecido tambien á Aben-Aboo, y le habia

hecho traidor á su padre, rebelde, inobediente, feroz. Acaso Yaye, como

Felipe II, se veria obligado á matar á su hijo por el bien de su pueblo.

Acaso en medio de todo aquello podia haber horrorosos crímenes: el

incesto, el fratricidio acaso: Amina, Aben-Aboo y Aben-Humeya ignoraban

que eran hermanos, y los dos hermanos amaban á su hermana y estaban

zelosos entre sí.

El emir estaba consternado: la mas terrible desesperacion le torturaba

el alma, la vida se le habia hecho de todo punto insoportable, y un

remordimiento voraz le roia las entrañas.

--¿Dónde te robaron tu esposa? dijo al fin dirigiéndose al marqués.

--En un barranco, cuando caminábamos bien de prisa, porque segun decian,

teniamos que atravesar una rambla peligrosa.

--¿Y estábais ya cerca de esa rambla?

--Si señor.

--¡Ah de abajo! gritó el emir asomándose á la boca de la cueva.

Poco despues subió Suleiman.

--Que se reunan al momento cuarenta monfíes, y mi caballo.

Poco despues el emir cabalgaba en el fondo del barranco y Suleiman, á

quien habia hablado algunas palabras Yaye, dijo al marqués.

--Sígueme, señor.

El marqués miró á Yaye.

--Síguele, síguele, hijo mio, dijo el emir: él te llevará á lugar

seguro.

El marqués siguió á Suleiman y Yaye siguió adelante con su gente, á gran

paso, salvando todo género de obstáculos, por lo mas áspero de la

montaña.

De repente los monfíes que iban de descubierta, se detuvieron y se

encararon las ballestas que llevaban armadas.

--¿Quién va? gritó el que iba mas adelante.

--¡Allah le ille Allah! gritó una voz muy conocida del emir.

--¡Harum! exclamó Yaye haciendo saltar hácia adelante su caballo, al

escuchar aquella voz.

--¡Ah, poderoso señor! exclamó desesperado el wazir.

--Nuestra hija nos ha sido arrebatada, gritó Calpuc.

--Y mi sobrino ha perecido, dijo todo desencajado don César de Arévalo.

--Y sobre todo, dijo para su capote Peralvillo, que estaba entre los

recien encontrados; hemos pasado una muy mala Noche-buena con el agua á

la rodilla y dando diente con diente.

El emir desmontó y se apartó á un lado con Calpuc, Harum y don César.

--¿Con qué es verdad? dijo.

--Si, si, verdad es, dijo Calpuc: una horrible verdad. ¿Pero quién te lo

ha dicho?

--Basta que yo lo sepa, dijo el emir.

--¿Y sabeis tambien, poderoso señor, quiénes han sido los ladrones?

¿Sabeis quién puede haberlos pagado?

--¡Qué! ¿no habeis podido vosotros conocer á los robadores?

--Eran piratas berberiscos, dijo Harum.

--Corsarios berberiscos eran, repitió Calpuc.

--Si, si, unos horribles berberiscos, con bonetes encarnados, añadió don

César de Arévalo.

--¿Pero no sabeis que los monfíes que han ido á Granada con

Farax-Aben-Farax, llevaban muchos vestidos berberiscos y bonetes

colorados para hacer creer á los de Granada que habian venido á

ayudarnos los africanos?

--¡Ah! exclamó como quien encuentra una difícil solucion Harum. Ya decia

yo. Farax-Aben-Farax debia ya de estar en marcha para Granada cuando

sucedió la desgracia.

--¿Y qué importa? ¿No pudiste conocer á ninguno de los robadores?

--No señor.

--¿Y por qué no los perseguísteis?

--Nos lo impidió la tempestad, nos vimos encerrados entre de tres

torrentes, dijo Harum.

--Y tan verdad es esto, dijo entristecido don César, que mi sobrino, que

se arrojó á la corriente para perseguir á los infames, fue arrastrado

por las aguas sin que se sepa qué ha sido de él. Es necesario que

averigueis lo que ha sido de mi sobrino, poderoso emir.

--¿Qué me hablais de vuestro sobrino, cuándo he perdido á mi hija?

exclamó Yaye; y luego volviéndose á Harum dijo: es necesario batir en

derredor la montaña: los ladrones no deben estar lejos: deben haberles

cortado el paso otros barrancos. Conmigo, caballeros, conmigo, y que nos

proteja Dios.

En vano el emir registró por aquella parte todos los barrancos,

quebraduras y escondrijos de la montaña: nada se encontró.

Yaye se volvió desesperado.

No le quedaba otro recurso que ir á encontrar frente á frente á

Aben-Aboo.

Cuando volvió á Cádiar encontró á los monfíes al mando del Ferih

enteramente apoderados de la villa.

Su pronostico al marqués de la Guardia se habia cumplido.

Cercada por todas partes y abrumada por el número la valiente compañía

de arcabuceros, habia sucumbido toda, á excepcion del marqués de la

Guardia de quien estaba apoderado Yaye, y del soldado que el marqués

habia enviado al capitan general de Granada.

La poblacion presentaba un aspecto horrible.

No se veia en las calles mas que sangre y cadáveres; en la plaza estaba

amontonado un botin sangriento, y algunas casas que habian sido

incendiadas ardian aun.

La atalaya y la huerta que habian servido de habitacion á Aben-Aboo,

estaban desiertas: doña Isabel de Válor y Angiolina Visconti habian

desaparecido.

Cuando Yaye hizo buscar á doña Elvira de Céspedes no pudo darse con

ella, y solo quedaban en la villa algunos moriscos aterrados y los

monfíes triunfantes.

Cuando Yaye preguntó por Aben-Aboo y por Aben-Jahuar el Zaquer, le

dijeron que habian marchado á la taha de Jubiles.

Aben-Humeya habia marchado tambien á la taa de Válor.

Yaye envió dos de sus walíes con órden terminante de que se presentaran

Aben-Humeya y Aben-Aboo.

Pero Aben-Humeya contestó con altivez que era rey de Granada y que no

obedecia á nadie, y Aben-Aboo no pudo ser encontrado.

Yaye conoció que era llegada para él la hora de la expiacion.

Entre tanto don César de Arévalo esperó en vano á que pareciese su

sobrino, y cuando, no teniendo que hacer en las Alpujarras, se despidió

del emir y se fué con Peralvillo á Granada, supo con horror que el

capitan general habia recibido una carta del marqués de la Guardia,

fechada en la madrugada del primer dia de Pascua, en que le participaba

que con su compañia habia batído los monfíes y ocupado la villa de

Cádiar.

Todo el mundo, incluso don César de Arévalo, dió por cosa cierta, cuando

se supo el degüello de la compañía por los monfíes, que el marqués de la

Guardia habia perecido víctima de su lealtad al rey.

Entonces, y no teniendo ya cosa que le detuviese en España, se fué con

Peralvillo al Perú donde le llamaba su oficio de oidor de aquella real

audiencia.

Desde este momento don César y Peralvillo se nos pierden: no se sabe si

se ahogaron en la travesía, ó si don César se murió de viejo haciendo

injusticias á los peruanos.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 98 / 168 题