CAPITULO XXX.

Complemento del anterior.

Entre tanto los soldados que habian huido de la plazuela del Salvador,

donde como dijimos estaban de guardia, fueron á avisar á Bartolomé de

Santa María, uno de los alguaciles encargados por el presidente Deza de

rondar el Albaicin. Por el camino los soldados habian ido llamando á

grandes voces al arma; mas estaban los vecinos tan descuidados, que

creyendo que fuese burla, se asomaban á las ventanas gritándoles que

callasen, y creyéndolos borrachos. Otros vecinos, salieron á medio

vestir, asombrados, soplando las mechas de los arcabuces, y no sabiendo

qué hacer ni adonde ir.

Llegados, pues, el alguacil, los soldados y algunos vecinos á las casas

de la Chancilleria, dieron parte de lo que sucedia al presidente Deza,

aunque de una manera confusa é incompleta, porque el miedo que antes no

les habia dejado ver, no les dejaba entonces hablar. El presidente hizo

avisar al corregidor y al marqués de Mondéjar, y mandó al Albaicin al

alguacil Santa María, para que se enterase bien del hecho y volviese á

noticiárselo. Entre tanto el soldado que fue á avisar al marqués de

Mondéjar estuvo detenido mucho tiempo en las puertas de la Alhambra, que

no quisieron abrir, hasta que lo mandó el conde de Tendilla que andaba

rondando por los adarves, y habia ya oido desde ellos la zambra y las

voces de los monfíes en el Albaicin.

El soldado le informó de todo, y el conde de Tendilla le llevó al

aposento de su padre el marqués de Mondéjar, que no queria creer lo que

le decian, hasta que afirmándole su hijo que habia escuchado

instrumentos moriscos en el Albaicin, y el soldado que habia visto

hombres vestidos y tocados como turcos, saltó del lecho, se armó y mandó

que la gente de la fortaleza se pusiese en armas.

Pero se encontró con que solo tenia ciento cincuenta infantes y

cincuenta caballos: gente que no bastaba para defender el castillo,

cuanto mas para sacarla de él. Tanto mas no sabiéndose el número de los

enemigos, que podian ser muchos, puesto que solo en el Albaicin podian

tomar las armas diez mil moriscos: en la ciudad habia muy poca gente

bien armada de que poder disponer, y lo estrecho, peniente y tortuoso

de sus calles favorecia á los moriscos para la defensa.

Resolvióse por eso á no dejar la Alhambra hasta que amaneciese, y

habiendo sabido que el alguacil que fué á reconocer el Albaicin no habia

encontrado rastro de moro, ni mas que algunos vecinos asustados, mandó

que las campanas cesasen de tocar á rebato y que subiesen algunas rondas

para asegurar el Albaicin, no fuese que con el pretexto del alboroto,

saqueara la gente de mal vivir las casas de los moriscos.

El corregidor por su parte apenas recibió el primer aviso, montó á

caballo y con algunos caballeros que se le presentaron armados, fué á

situarse en la Plaza Nueva, delante del palacio de la Chancillería,

donde recogió la gente que bajaba desbandada del Albaicin, y allí estuvo

quieto hasta que amaneció, temeroso que el lance siguiese mas adelante.

Habian encontrado los que fueron á reconocer el Albaicin el portillo

abierto por los monfíes, y junto á él las herramientas de que se habian

servido y un saco lleno de bonetes turcos: cuando fue de dia el marqués

de Mondéjar dejó la Alhambra y bajó á la Plaza Nueva con don Alonso de

Cárdenas, su yerno y sus hijos el conde de Tendilla y don Francisco de

Mendoza, reuniéndosele en la Plaza Nueva los marqueses de Villena y

Villanueva, el conde de Miranda y otros muchos caballeros que se

encontraban en Granada siguiendo pleitos y otros muchos escuderos y

gentes de guerra, que habian acudido temerosos de lo que aquello pudiese

ser.

En aquellos momentos un traginero dijo al marqués de Mondéjar, que habia

encontrado á los monfíes caminando con dos banderas tendidas por detrás

del cerro del Sol hácia el lugar de Casa Gallinas.

Alborotáronse con estas noticias los que estaban con el capitan general,

y quisieron marchar tras los monfíes. Pero el marqués de Mondéjar no lo

consintió á causa de que era mas importante la seguridad de la ciudad, y

de no saberse el número de los enemigos.

Limitóse á enviar un escudero suyo con alguna gente á reconocerlos, y él

con treinta caballos, cuarenta arcabuceros y los alabarderos de su

guardia, subió al Albaicin; atravesó por medio de él sin encontrar una

sola persona, porque los moriscos estaban encerrados y prevenidos en sus

casas temerosos de ser robados: y llegando á la plazuela del Salvador,

preguntó á algunos cristianos que se encontraban en ella, por qué no se

veian moriscos por las calles y le respondieron que se habian retirado á

sus casas.

Entonces mandó á Jorge de Baeza que llamase á los principales de ellos y

venidos y habiendo protestado que ellos no tenian culpa alguna de lo que

habia sucedido, y que eran buenos y leales vasallos del rey, el marqués

les respondió: que puesto se habian mostrado tales no acudiendo al

llamamiento de los monfíes, continuasen en su lealtad, y que contasen

con su amparo.

Afectaron quedar muy contentos los moriscos, bajó á la plaza Nueva el

capitan general, y como ya era bien entrado el dia se resolvió dar sobre

los monfíes, y salieron cuando los que habian salido á reconocerlos

trajeron noticia del camino que llevaban.

Los monfíes seguian entre tanto su camino hácia la sierra y sin

detenerse en los lugares de Dudar y Quentar pasaron por ellos y bajaron

á Cenes, donde se detuvieron á almorzar, y habiendo sido avisados que el

capitan general de Granada, se les venia encima tomaron de nuevo el

camino por la falda de Sierra Nevada hácia el lugar de Dilar.

El marqués de Mondéjar tomó por cima de Huetor hácia Dilar, y al llegar

al campo de Gueni los caballos de vanguardia, descubrieron á los moros

que iban ya embreñándose en la sierra.

Don Alonso de Cárdenas apretó las espuelas á su caballo, y seguido de

algunos ginetes, se puso en demanda de los monfíes creyendo poder

alcanzarlos antes que se embreñasen; pero se lo impidió una cuesta muy

agria que hay en el barranco del rio de Dilar, y tardaron tanto en subir

y bajar, que los monfíes tuvieron tiempo de posesionarse de un cerro

alto y muy áspero que se levanta á la derecha del pueblo, y poniendo las

banderas en medio, empezaron á jugar sobre los del marqués las ballestas

y los arcabuces.

Mataron algunos soldados, pusiéronse en respeto á los demás, obligaron

al marqués de Mondéjar á no pasar adelante, y luego tomaron lo áspero de

la sierra, donde no podian subir los caballos, y burlando al marqués de

Mondéjar, bajaron al valle de Lecrin, le sublevaron diciendo que dejaban

alborotada á Granada, y se entregaron respecto á los cristianos que

vivian en los pueblos del valle, á las mismas atrocidades que habian

ensangrentado á Cádiar.

El marqués mandó tocar á recoger, y cuando tuvo la gente formada; cuando

vió que por su poco número se veia obligado á volver á la ciudad, tomó

el camino de ella murmurando para su celada:

--Los del consejo de Su Magestad creen que aqui no necesitamos ni

hombres ni dinero, y si este descuido dura, Granada se perderá.

En medio del camino le detuvo un soldado que traía para él una carta:

aquella carta era del marqués de la Guardia, en que le daba cuenta de

los terribles sucesos de Cádiar.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 97 / 168 题