CAPITULO XXVI.

De cómo fue para la villa de Cádiar y para otras muchas en las

Alpujarras, una noche muy mala la Noche-Buena de 1568.

Apenas los monfíes en un número considerable habian cargado sobre la

villa, cuando aparecieron en un repecho cercano, dos bultos informes.

Iban envueltos en capas, y bajo ellas asomaban dos largos arcabuces, á

juzgar por las apariencias.

--Ha llegado el momento amigo mio, dijo uno de aquellos bultos al otro:

las campanas de la villa han dado sin saberlo la señal á las bocinas de

los monfíes. La jornada va á ser caliente, con que preparaos, señor

Cisneros.

--Tan desesperado estoy Godinez, repuso Cisneros, que me importa muy

poco lo que pueda suceder. ¿Pero qué diablos vamos á hacer en la villa?

--Ya veremos: aproximémonos entre tanto y esperemos una ocasion

favorable, yo os avisaré. Hasta entonces andad y callad.

Siguieron adelante Cisneros y Laurenti, vencieron el repecho, y se

perdieron en un barranco.

Entre tanto, los cristianos de la villa y aun algunos moriscos, llenaban

la iglesia en que se celebrara la misa del gallo.

El presbiterio estaba hecho un ascua de oro, como suele decirse: tantas

luces brillaban en él.

El órgano trocando las graves notas de la música sagrada, por las

ligeras y alegres de los villancicos llenaba el templo de armonía, unido

á las voces de los niños de coro, y á las de algunas mujeres á quienes

por gran merced habia permitido cantar en aquella ocasion el inquisidor

Medrano.

Todo parecia alegre, todo tranquilo: sin embargo, habia al pié de las

gradas del presbiterio cuatro soldados de la fe, con las alabardas

enhiestas, dos á cada lado, y en la puerta de la iglesia habia una

respetable guarda de soldados de la compañía de Diego de Herrera,

mandada por un sargento.

Esto podia ser muy bien en honor del Santo Oficio, representado en

Cádiar por el licenciado Molina de Medrano; pero en realidad habia algo

de temor: el suspicaz miembro del Consejo de la Suprema, no habia visto

sin recelo ciertas señales de agitacion en la villa, aunque recatadas, y

el silencio sepulcral de aquella noche, por lo general ruidosa en las

poblaciones cristianas: se habia rodeado de soldados y de alguaciles, y

confiando demasiado en el terror que infundian el rey y la Inquisicion

celebraba su misa tranquilo.

El corregidor por su parte, habia acudido á la iglesia rodeado de

alguaciles armados, con ánimo de rondar por la villa asi que concluyese

la misa, y Hurtado de Ocampo, medio borracho, decia á sus conocidos sin

respeto al lugar en que se encontraba:

--No os extrañe la falta de mi cuñado, porque se ha ido á soplarle el

ama al beneficiado Juan de Ribera, mientras está entretenido en la

iglesia.

Unos se escandalizaban, y otros se reian; seguian entre tanto los

villancicos, la misa tocaba á su fin, y el pueblo parecia tranquilo.

De repente se oyó á lo lejos una campana que tocaba apresuradamente á

rebato.

Aquella campana era del convento de San Francisco: poco despues sonaron

en la plaza arcabuzazos, y algunos vecinos se lanzaron despavoridos en

la iglesia gritando:

--¡Cerrad las puertas! ¡cerrad las puertas, y á las armas! ¡Los monfíes

estan en la villa!

Sucedió á estas palabras un alarido general y una confusion horrorosa:

los mas valientes de los hombres desnudaron sus espadas: los demás y las

mujeres corrian sin saber á donde, y los moriscos que habia en la

iglesia se levantaron armados, y corrieron al presbiterio donde estaban

aturdidos el inquisidor Medrano, el beneficiado Juan de Ribera y el

licenciado Arias.

Y en medio de aquel primer tumulto, de aquella confusion, entre los

disparos que sonaban en la plaza, entre los gritos de terror de los

cristianos se oia gritar á los moriscos que empezaban á herir en la

multitud y abrirse paso hasta el altar:

--¡Le ille Allah!

Los soldados de la fe, los alguaciles y algunos hombres esforzados se

batian desesperadamente al fondo de la iglesia, en tanto que Juan de

Ribera, el licenciado Arias, Molina de Medrano y maese Barbillo

escapaban por la puerta de la sacristía.

Pero al entrar en ella el inquisidor se sintió cogido y al volverse vió

dos ojos ardientes como dos brasas, fijos en los suyos.

--Yo soy Aben-Aboo, le dijo quien le habia cogido: yo soy quien he

jurado beber tu sangre, miserable lobo, y ha llegado la hora.

Y arrastraba hácia la iglesia al inquisidor.

Ya en otro lugar hemos tenido ocasion de dar á conocer que si la

crueldad era el pecado culminante del inquisidor Medrano, no tenia ni un

tanto de la noble virtud que ha ceñido una aureola á la frente de los

mártires del cristianismo: carecia absolutamente de valor, y por lo

tanto de dignidad.

Asi es que rompió á llorar y á pedir piedad á gritos.

Pedir piedad á Aben-Aboo era lo mismo que pedir dulzura al acibar,

suavidad á la zarza, agua á una roca.

Aben-Aboo seguia arrastrando al inquisidor hácia la iglesia con un gozo

feroz.

Cuando Aben-Aboo asomó á la puerta de la sacristía, el espectáculo que

presentaba el templo era terrible.

El combate habia cesado; todos los que habian resistido estaban por

tierra: solo quedaba la matanza continua, cruel, gozada con una lentitud

horrible por los monfíes.

Brillaban por todas partes las antorchas y los yataganes ensangrentados,

y tenian lugar escenas repugnantes, horribles; todo género de excesos

cometidos con las mujeres sobre la sangre de sus padres, de sus

hermanos, de sus hijos, y de sus esposos.

Herian, los monfíes y los moriscos, mataban y despedazaban, ebrios de

furor.

--No mateis á las mujeres, decia un monfí, cuyos ojos irradiaban una

mirada insensata; no las mateis, afrentadlas, deshonradlas, delante de

su Dios, de sus padres y de sus esposos, como ellos han deshonrado á

nuestras hijas; no mateis tan aprisa: bebamos gota á gota la sangre de

los castellanos; gota á gota como ellos han bebido la de nuestros

padres, y la de nuestros hijos: no los mateis como mata el leon en el

combate, sino como matan los clérigos en la Inquisicion. ¡Ah! ¡ah! ¡ah!

Y aquel hombre que blandia con furia un largo puñal ensangrentado, soltó

una carcajada horrible, dolorosa, la carcajada de un loco.

Aquel hombre era Melik-el-Ferih.

El padre de Mariblanca.

* * * * *

El autor siente una verdadera repugnancia, una repugnancia de horror, al

llegar á este sangriento episodio de la historia de aquellos tiempos;

porque lo que el autor va á contaros, no es el aborto monstruoso de una

imaginacion calenturienta; son hechos terribles, resultado de la presion

brutal de un despotismo sombrío y cruel, ejercida sobre los moriscos del

reino de Granada en un espacio de setenta y seis años: durante ellos,

los moriscos no habian sido tratados como hombres, sino como cosas de

que disponia á su antojo el feroz conquistador: cuantas rapiñas pueden

inventarse, cuantos excesos pueden cometerse, cuantas afrentas pueden

inferirse, cuantos dolores pueden causarse, todo lo habian sufrido los

moriscos: no se habia procurado asimilarlos por medio de la tolerancia y

del tiempo al pueblo vencedor, bajo la triple faz de la religion, las

leyes y las costumbres; no se habia procurado su refundicion lenta, pero

segura en la gran masa del pueblo español; no se habia cuidado de

aligerar el yugo, como lo exigian la fe de los tratados, la política, y

para decirlo de una vez, la caridad: desde el principio, desde el dia

siguiente al de la conquista de Granada se habia tendido á destruirlos:

España, embrutecida, fanatizada por sus frailes, no conocia los grandes

beneficios que debia á la civilizacion de los árabes y de sus

descendientes los moros; si tenia industria, aquella industria era

originaria de árabes; si se habia suavizado la gótica rudeza de sus

costumbres, á su contacto contínuo con los árabes lo debia: si su

agricultura habia mejorado; si los antes yermos campos habian sido

transformados en fértiles campiñas por los canales de riego, aquellos

canales los habian abierto los árabes: si sus médicos, si sus letrados

sabian algo, aquellos médicos, aquellos letrados habian ido á beber la

ciencia á las escuelas de Córdoba, ó la habian encontrado en los libros

que de aquellas escuelas salian como otras tantas antorchas luminosas:

el espíritu civilizador del pueblo árabe, se habia infiltrado de una

manera profunda en el pueblo español: de ellos habia tomado este, en el

lenguaje un número incalculable de voces, en sus códigos gran número de

leyes; habia adoptado casi por completo sus sistemas monetario y

administrativo, y hasta la denominacion de sus ministros de justicia, y

de muchos de los altos cargos del Estado: al poco tiempo de la

dominacion de los árabes en España, el gefe de las fuerzas marítimas de

los solariegos, de los españoles indígenas, se llamaba almirante;

alcalde, el juez; alcaide, el gobernador de plaza fuerte; alguacil, el

encargado de las obligaciones menudas de la ley; su arquitectura, sus

trages, sus armas, tomaron su bello carácter oriental que las distingue

de los edificios, de los trages y de las armas de los otros Estados

contemporáneos de Europa, y hasta en su religion existe, como un

testimonio irrefragable de la influencia de los árabes sobre los

solariegos, el misal mozárabe: ellos, con sus órdenes religiosas de los

rabits y los morabithos, dieron la norma de las órdenes

religioso-militares, y hasta en las diversiones públicas nos legaron las

justas, las cañas, la lidia de toros: en poesía, en música, nos dieron

su carácter y sus instrumentos: la buena poesía española de nuestros

tiempos aun conserva el sonido cadencioso, y la forma hiperbólica de la

poesía árabe, y aun conservamos la guitarra, como instrumento de placer;

el timbal y el tambor como instrumentos de guerra: nuestras enseñas de

honor, las banderas que nos han llevado tanto tiempo al combate y al

triunfo, no son las águilas romanas; nosotros, cuando mas, hemos

heredado de los romanos el estandarte, copia del lábaro; pero la

bandera, y sobre todo el antiguo pendon de dos puntas de Castilla, son

una copia de las divisas que ondeaban en su centro las apiñadas taifas

de los sectarios del Profeta.

¿Pero á qué esforzarnos en demostrar la influencia que tuvieron y aun

tienen sobre nosotros, la civilizacion y las costumbres de los árabes?

Basta pisar el territorio español para encontrar las profundas huellas

del paso de aquel pueblo extinguido: el castillo, la catedral, la villa,

la campiña, muestran por do quier en España la forma del pueblo árabe:

su lenguaje, sus costumbres, sus cantos populares, sus fiestas,

conservan aun vivo entre nosotros el espíritu de aquel pueblo, que pasó,

como un meteoro, con el rápido vuelo de la conquista, desde el Yemen

basta los Pirineos, dejando por do quiera las señales indelebles de su

paso. Puede asegurarse, sin temor de ser desmentido, que la mitad de la

sangre española es sangre árabe; en una palabra, que si fueron nuestros

abuelos los solariegos descendientes de Pelayo y de Teodorimo tambien lo

fueron los descendientes de los que vinieron de Oriente acaudillados por

Tarik y por Muza.

¿Quereis conocer una mujer típicamente árabe? Id á Andalucía y á

Valencia.

¿Quereis encontrar ese tipo en toda su pureza, en todo el esplendor de

su indolente y magnifica hermosura?

[imagen: Degüello de los cristianos en Cádiar.]

Enriscaos en las Alpujarras; recorred nuestro litoral del Océano desde

Huelva á Gibraltar, el del Mediterráneo desde Gibraltar á Valencia:

mezclaos entre sus habitantes, escuchad su lenguaje, observad sus

costumbres, estudiad sus pasiones, y habreis conocido en toda su pureza

á la mujer de la raza de Oriente importada á España por los árabes.

Oid la poesía de ese pueblo.

Encontrareis el romance árabe con toda su síntesis, con toda su

expansion, con todo su sentimiento: un poema de amor, de dolor, ó de

esperanza en cuatro versos, en una copla; poemas no escritos,

improvisados por el corazon, cantados por la felicidad, por la

desesperacion ó por el deseo.

Y presenciad sus bailes, acompasados por una guitarra y acompañados por

ese canto; contemplad el corto zagalejo de la que baila, con sus rayas

de vivos colores; su corpiño de pana negra ceñido á un talle, á una

espalda, á un pecho y á unos brazos incomparables; ved ese pañuelo de

mil colores que apenas cubre una magnífica cabellera, y se anuda

ligeramente bajo la barba de un semblante encantador ligeramente moreno

ó deslumbrantemente blanco, cuyos ojos negros ó garzos despiden

relámpagos de pasion, y cuya boca sonrie, como ayudando á los ojos en su

guerra contra el corazon del que los ve sonreir y mirar; observad á ese

jóven moreno que baila con ella, con su pañuelo en la cabeza, su chupa

ó su chaqueta, su ancha faja encarnada, sus anchísimos zaragüelles, ó su

ajustado calzon, su media y su alpargata, ó su botin labrado y su zapato

blanco: observad la contera de la vaina del cuchillo, ó el extremo de

las cachas de la navaja saliendo del bolsillo interno del lado izquierdo

de la chaqueta: oid el repique de las castañuelas, las palmas de las

gentes del corro, acompañando á la guitarra, á la copla, al baile; mirad

el paisage esplendoroso que os rodea, levantad los ojos al radiante

cielo que inunda de una luz fuertemente meridional el cuadro, y podreis

afirmar que casi habeis visto una zambra árabe.

Tan fuertes raices habia echado en el suelo español ese pueblo, de tal

manera habia mezclado su sangre de vencedor con la sangre del vencido,

que la única diferencia esencial que existia entre ambos pueblos eran

dos libros, por otra parte muy semejantes: quitad á los árabes de España

el Koram y dadles la Biblia, ó quitad la Biblia á los solariegos y dadle

el Koram, y no encontrareis mas que un solo pueblo, pero un pueblo

maravilloso.

[imagen:--Te juro que estaremos juntos hasta la muerte.]

Dícese que los árabes españoles tenian mucho del carácter de los

solariegos.

Nosotros decimos que los solariegos habian tomado mucho, todo lo que

habian podido tomar de sus enemigos, y que se parecian mucho á ellos.

Por lo mismo despues de la conquista de Granada, una política tolerante,

amplia, fecunda, protectora; simplemente el religioso cumplimiento de

los tratados, hubiera sido bastante para refundir á los moriscos, sin

violencia, de una manera lenta, si, pero segura, en el pueblo español.

Para esto hubiera sido necesario que los hombres de la conquista

hubiesen sido tolerantes é ilustrados y no eran ni lo uno ni lo otro.

Desde el último tercio del siglo XV el estado político de España habia

variado completamente de faz: durante la edad media, la nobleza

robustecida por las concesiones forzosas de los reyes habia llegado á

hacerse prepotente: entonces no existian mas que dos poderes: la alta

nobleza en la cual se refundia el alto clero, y el estado llano, ó sea

las universidades como llamaban á la muchedumbre en Aragon, ó las

comunidades como la llamaban en Castilla: el trono se encontraba

anulado, sin fuerza propia, con una autoridad prestada entre la alta

nobleza, con sus escandalosos privilegios feudales, y el estado llano

con sus fueros populares y su bravio espíritu de independencia:

rebelabanse de una parte los nobles por el mas fútil protesto contra la

corona; negaba á esta por otra parte subsidios de nombres y dinero en

las cortes el estado llano, para lo cual bastaba que la peticion real

pareciese atentar, aunque remota y levísimamente á los fueros y

libertades del reino: compraba el rey partidarios, en la nobleza con

mercedes dispendiosas, en el estado llano con franquicias y fueros que

hacian cada vez mas precaria y mas nula la autoridad real. Enrique II se

vió obligado para ser rey á repartir en mercedes el patrimonio de la

corona: Enrique III llegó hasta el punto de no tener un dia que comer;

don Juan el II se vió obligado á pedir á su favorito dinero para comprar

su jubon nuevo, y Enrique IV hubo de contemporizar con los bandos,

humillarse, deshonrarse, deshonrar á su esposa, desheredar á su hija,

sin librarse por eso de ser destituido é insultado en estátua por la

faccion rebelde, y de ver proclamado rey á su hermano el infante don

Alonso.

La corona necesitaba vengar los ultrajes que debia á la nobleza: esta

habia escarnecido el poder real durante centenares de años, y habia

pesado con gravamenes insoportables sobre la masa comun. Habian llegado

á tal punto la ambicion, la rapiña y la corrupcion de los nobles, que

era imposible que pasaran adelante: la codicia y la soberbia los habian

dividido de tal modo, que bastaba dejarlos entregados á sí propios para

que se destruyesen.

Al subir al trono Isabel de Castilla, su marido Fernando de Aragon,

comprendió que era llegado el momento de destruir de una manera radical

y para siempre el poder de la nobleza: pero era Fernando V demasiado

astuto y político, para exponer á un fracaso sus proyectos de

restauracion del poder real, obrando de una manera violenta,

impremeditada y prematura. Necesitaba contemporizar para ganar tiempo y

procurarse sus medios de combate, y contemporizó: necesitaba destruir al

alto clero y á la alta nobleza, y buscó á los enemigos de aquellos dos

poderes en el bajo clero y en el estado llano: el bajo clero le dió al

famoso fray Francisco Jimenez de Cisneros, al fanático ermitaño del

Castañar, al hombre que poseia la humildad mas vanidosa y mas soberbia

de que puede encontrarse ejemplo, con una tenacidad invencible á la cual

se ha dado nombre de firmeza, y con un ascetismo sistemático y feroz al

cual se ha dado nombre de virtud: hombre de acero, profundamente

reservado y suspicaz, dotado de alguna instruccion, pero de miras

estrechas, poco previsor y extremadamente testarudo.

Fernando V vió en él un ariete y le aprovechó, le elevó gradualmente

hasta ponerle á la altura de aquellos con quienes debia combatir, y le

apoyó con todo el poder que le daban las circunstancias y con los

elementos de fuerza de las diferentes coronas que poseia.

Fray Hernando de Talavera, y fray Tomás de Torquemada, fueron dos

instrumentos poderosísimos que el bajo clero dió á los Reyes Católicos,

y en cuanto al estado llano, le dió en la Santa Hermandad un ejército

que debia contrapesar la prepotencia de la nobleza.

Alarmada esta, representó contra la organizacion de la Santa Hermandad,

á pretexto de que con esta reorganizacion se lastimaban sus privilegios,

pero ya era tarde: fuerte Fernando para la lucha, la habia empezado

incorporando á la corona los maestrazgos de las órdenes militares,

levantando ejércitos permanentes pagados por las ciudades, y acabando al

fin por instituir la Inquisicion, tribunal terrible, con el cual,

despues de amansada la nobleza á la que se habia arrancado sus banderas,

esto es: sus ejércitos particulares, y sus guaridas, esto es, sus

castillos que fueron desmantelados, debía contener al pueblo.

La nobleza habia muerto como poder, herida por el cetro de los Reyes

Católicos: habiase apoyado la corona para vencer á la alta nobleza y al

alto clero, en el estado llano y en el clero bajo, pero dándola zelos

aun el poder popular, que le habia ayudado á su triunfo, se alió

estrechamente con el altar, y la Inquisicion y el rey fueron ya los

únicos poderes que imperaron de una manera absoluta; dependiente la

Inquisicion de la corona, es verdad, pero activa, incansable, ambiciosa,

tendiendo en tiempos no muy distantes al dominio universal, llenó de

hogueras las plazas públicas, de víctimas los calabozos, de horror la

historia: la razon fue proscrita, la discusion anatematizada, la

libertad de conciencia perseguida, la familia espiada hasta en lo íntimo

de sus hogares: todo fiscalizado, todo subordinado á los intereses del

trono y del altar y todo empequeñecido, como debia serlo, para dar

fuerza á aquellos dos astutos poderes, que habian sabido engrandecerse

con los mismos elementos que les eran contrarios.

Cuando aconteció la conquista de Granada, se habia operado ya la

maravillosa transformacion política de España: el gran cardenal don

Pedro de Mendoza habia creado la Inquisicion, los tercios reales estaban

organizados, y los altivos ricos-hombres, los que pocos años antes

podian llamarse pequeños reyes, servian á sueldo bajo el estandarte

real: tres años despues de la conquista, fray Francisco Jimenez de

Cisneros era cardenal arzobispo de Toledo, canciller mayor de Castilla y

ministro universal: fray Hernando de Talavera confesor de la reina,

arzobispo de Granada, y el sombrío, el terrible dominico fray Tomás de

Torquemada inquisidor general: las comunidades religiosas habian sido

reformadas, la Inquisicion habia quemado millares de criaturas, Colon

habia descubierto un nuevo mundo, y las prepotentes banderas españolas

amenazaban á la Europa.

En tales circunstancias, los moros de Granada habian rendido pleito

homenaje á los Reyes Católicos: esto es, se habian confesado sus

vasallos.

La tiranía y el fanatismo dominaban de consuno: el altar empezaba á

predicar el derecho divino de los reyes, y la corona apoyaba fuertemente

el exclusivismo de Roma: continuaban en ejercicio muchas de las bárbaras

leyes de la edad media, y los jueces de una parte, los inquisidores de

otra, y el elemento militar por último, empezaron á pesar sobre la

antigua tolerancia que tan amplia habia sido en Castilla y sobre las

libertades públicas que no podian ser compatibles con la autoridad real

tal cual se queria que esta autoridad fuese.

El primer acto de intolerancia de los Reyes Católicos, fue la expulsion

de los judíos.

Treinta mil familias industriosas salieron de España á consecuencia de

aquella medida hija del fanatismo religioso.

Dado este golpe á los judíos se reparó en los moriscos.

El feroz fanatismo de los preclaros varones que sustentaban el pendon de

la fe en España, encontró que era una cosa muy dura que los vencidos

siguiesen en la practica de su religion, de sus leyes y de su dialecto

nacional, en el uso de sus trages y en la práctica de sus costumbres.

Empezáronse á violar las capitulaciones de la conquista de una manera

curva, casuística: encontróse que habia entre los moriscos una clase de

gente llamada _elches_, esto es, descendientes de cristianos que en otro

tiempo habian abjurado el catolicismo abrazando la religion musulmana.

A estos se les mandó convertirse.

No obedeciendo, se empezó á ejercer con ellos la fuerza.

El resultado de esta abierta infraccion de los tratados, produjo una

insurreccion.

Esta insurreccion dió pretexto para extender á los moriscos las

prescripciones que se habian hecho á los _elches_.

Entonces empezó el martirio lento, horrible de los moriscos de Granada.

El aspecto amenazador de los moriscos, obligó á los reyes á que enviasen

allá á Cisneros.

Partióse este de Alcalá de Henares, donde se encontraba erigiendo su

colegio, que despues fue Universidad, y llegó á Granada donde se

encontraban los Reyes Católicos; la primera providencia del grande

hombre fue quemar cuantos manuscritos árabes le vinieron á las manos,

destruyendo con ellos un caudal inapreciable de ciencia, y apagando con

las llamas del fanatismo luminosas noticias que nos hubieran servido en

gran manera para esclarecer la confusion que reina en la historia de los

árabes españoles.

Empezáronse á seguida los trabajos de la conversion de una manera ruda y

tenaz: en vez de apelarse á la mansedumbre evangélica se apeló al

terror: al que resistia el bautismo se le prendia, se le encerraba con

un fraile fanático, y no se perdonaba medio, hasta que aterrada la

víctima pedia á voces el bautismo.

Crecia con esto el descontento, huian á centenares de las poblaciones

los moriscos y se iban á la montaña haciéndose monfíes, y entregándose,

irritados por la tiranía de los vencedores, á los mas graves excesos

contra los cristianos.

La lucha era sorda, sostenida: habíanse bautizado todos los moriscos de

Granada y la mayor parte de los de las Alpujarras, pero si bien

ostensiblemente profesaban el catolicismo, seguian siendo moros en

secreto.

Si iban á misa los dias de precepto, era porque los parrocados estaban

facultados á imponerles multas y aun prision por la falta de asistencia.

Si confesaban, jamás decian la verdad.

Los giumas (viernes), dias consagrados por el Koram, se encerraban en

sus casas, hacian las abluciones y se consagraban á la oracion á puerta

cerrada.

Del mismo modo y tambien á puerta cerrada, trabajaban los dias de fiesta

prescritos por el rito católico.

Inmediatamente despues de ser bautizados sus hijos, les lababan con agua

caliente la cabeza, para quitarles el crisma y el santo oleo, los

circuncidaban, celebraban segun sus usos la fiesta de las buenas hadas,

y les ponian el imprescindible sobrenombre árabe.

Cuando se casaba una doncella, al volver á su casa, la quitaban los

vestidos castellanos con que se habia visto obligada á ir á la iglesia,

la vestian ropas moriscas y hacian las bodas, con leilas, zambras y

banquetes segun sus costumbres.

Solo aprendian la doctrina católica los que tenian necesidad de casarse,

porque para ello sufrian un exámen prévio, y aun muchos se disculpaban

con no saber la lengua.

Llenos de odio y ansiosos de venganza por la tirania de que eran

víctimas, recibian á los monfíes, y aun á los turcos y piratas

berberiscos en sus alquerías y les avisaban de cuándo podian sorprender

recuas de castellanos para robarlos, hacerlos cautivos ó matarlos.

Aterrados los castellanos por esta asechanza sorda, por este peligro

contínuo, unian su voz á las declamaciones de los frailes, y el trono y

la Inquisicion se propusieron estremar el rigor contra ellos, y

destruirlos si necesario fuese.

Entonces se promulgó el famoso edicto del emperador don Carlos, de que

dimos cuenta á nuestros lectores en el principio de este libro.

Viéronse los pobres vencidos atacados á un tiempo en su industria, en

sus haciendas, en sus costumbres, y lo que era peor, vejados, tratados

vilmente, con una injusticia notoria, con una crueldad siempre en

aumento, sin que se oyesen sus quejas, sin que se diese castigo á los

que los ofendían y vieron con temor empadronados sus hijos desde la edad

de tres años, hasta la de quince, porque no sabian lo que querian hacer

con ellos.

Haciáseles pagar los alguaciles y las guardias que servian para

oprimirlos; se les obligaba á tener las casas abiertas; se les exigian

tributos onerosos; se prendia á las mujeres que iban por la calle con

los rostros cubiertos; se les arrebataban sus hijos y los llevaban á los

hospicios por el mas leve pretexto, y en vano eran sus quejas, porque

los clérigos mandaban á nombre de Dios, y Felipe II era tan sombría y

fanáticamente cruel como los clérigos.

No se pensó ni un solo momento en que los moriscos constituian una parte

considerable de la poblacion de España, ni en que por su industria y sus

riquezas, eran un gran elemento de prosperidad pública.

Los funestos reyes de la casa de Austria todo lo posponian, todo lo

olvidaban á trueque de que no hubiese en sus Estados una sola persona

que no fuese católica; manía lamentable, fanatismo ignorante que han

dado al trono y al clero español de aquel tiempo y aun de los tiempos

subsiguientes, un carácter odioso y repugnante: ciega brutalidad que ha

costado á España torrentes de sangre, que ha retrasado su civilizacion,

que nos ha debilitado, atacando nuestra poblacion y nuestra riqueza,

comprometiéndonos en guerras desastrosas, colocándonos á retaguardia de

las demás naciones de Europa: fatales resultados de la estrecha alianza

del trono y del altar: de los reyes de derecho divino y del clero

omnipotente y sanguinario, sostenido por el infame tribunal de la

Inquisicion.

El rey y el fraile, al destrozar entre sus garras á los que se atrevian

á rebelarse contra su despotismo, destrozaban á España: el terror hacia

callar al derecho, el desuso del derecho, le puso en olvido, y el pueblo

tan libre otros dias, vino á ser la troje hollada por los dos fatales

elementos reunidos.

Uniase á esto una magistratura inmoral, un ejército compuesto de

aventureros, una nobleza degradada, que se arrastraba á los piés de la

Inquisicion y del trono, y un pueblo degradado tambien, que todo lo

sufria en silencio, ó que, por mejor decir, por resultado de su

degradacion y de su envilecimiento, no sufria nada.

En los tiempos de la dominacion austriaca, un español, en siendo esclavo

sumiso, y católico fanático, era cuanto podia ser: un leal vasallo del

rey, y un hijo obediente de la Iglesia.

La literatura y las artes, sufrieron, como era preciso, la suerte del

país: se vieron marcadas con el sello realista monástico, que se

imprimia en todo, y apenas dieron á conocer alguno que otro rasgo tímido

de independencia; nuestros mejores artistas, nuestros mas aventajados

escritores, no brillaron como hubieran brillado de seguro, bajo un

gobierno digno de hombres que hubieran sabido serlo: la mezquindad de la

época los hacia mezquinos: los mataba.

En todas las empresas de la casa de Austria, exceptuando las de Carlos

V, se ve, no la política, no la sagacidad, sino la tenacidad y la

ignorancia: Felipe II desangró y debilitó la nacion en empresas

descabelladas aconsejadas por el fanatismo, y una de estas empresas que

pudo traer fatalísimos resultados, no solo para España, sino tambien

para Europa, fue la de la conversion de los moriscos, no solo bajo el

punto de vista religioso, sino tambien bajo el de las costumbres.

La rebelion de las Alpujarras motivada por la crudeza con que quiso

llevarse á cabo la sumision completa de los moriscos, fue de tanta

trascendencia, como que refiriéndose á ella en el principio de su

historia de la guerra de Granada, dijo Hurtado de Mendoza, autor

contemporáneo, y tanto, como que tomó personalmente parte en aquella

guerra:

«Veráse una guerra al parecer tenida en poco, y liviana dentro en casa,

mas fuera estimada y de gran coyuntura; que en cuanto duró tuvo atentos,

y no sin esperanza, los ánimos de príncipes amigos y enemigos lejos y

cerca.»

Mas adelante el mismo autor confiesa las graves circunstancias en que se

encontraba España al estallar la rebelion de las Alpujarras, en las

siguientes líneas:

«... Los Estados de Flandes, desasosegados por el príncipe de Orange,

eran recien pacificados por el duque de Alba. Mas, puesto que las

fuerzas del rey, y la experiencia del duque capitan, criado debajo de la

disciplina del emperador, testigo y parte de sus victorias, bastasen

para mayores empresas; todavía lo que se temia de parte de Inglaterra, y

las fuerzas de los hugonotes en Francia, algunas sospechas de príncipes

de Alemania y designios en Italia, daban cuidado; y tanto mayor, por ser

la rebelion de Flandes por _causas de religion_ comunes con los

franceses, ingleses y alemanes, y _por quejas de tributos y gravezas

comunes con todos los que son vasallos_, aunque sean livianas y ellos

bien tratados.»

Por las citas anteriores, se vé que en aquellos tiempos habia quien veia

claro, y que solo el rey y los clérigos estaban ciegos por su fatal

locura religiosa.

Y esta ceguedad, esta monomanía feroz por exterminar todo lo que no era

católico, como si el catolicismo no fuese una religion altamente afecta

á la discusion y á la libertad, hacen comprender hasta qué punto serian

vejados, tiranizados, martirizados los moriscos por aquel doble

despotismo, por aquella tenaz ferocidad, por aquella cólera sagrada, por

decirlo asi; por aquella intemperancia de mando, por el odioso _sic

voleo sic jubeo_ del tirano.

Y esta ferocidad, esta carencia total de miras políticas, ya que no de

sentimientos humanitarios, habian hecho precisa, inevitable la rebelion

de los moriscos, porque cuando llega á un limite dado la miseria humana,

la desesperacion suple con ventaja al valor, y la sed de venganza

produce horribles catástrofes, á vueltas de sublimes rasgos de heroismo.

Y cuando un pueblo ha sido insultado, robado, azotado, herido en sus mas

intimas afecciones cuando se han visto holladas las canas de los

ancianos, separada la esposa del esposo, el hijo de los padres; cuando

las sospechas han bastado como si hubiesen sido evidencias para imponer

castigos atroces; cuando se han desoido una y cien veces las súplicas

humildes; cuando el que manda se ha mantenido inflexible en el mandato

cruel; cuando esto sucede, no hay pueblo cobarde, lo arrostra todo,

prefiere la muerte aunque sea horrorosa, al martirio lento, continuado,

dia por dia, hora por hora, minuto por minuto, y como se lanza á la

pelea enloquecido por la desesperacion, excitado por la sed de venganza,

se entrega respecto á sus enemigos á las mismas crueldades, á los mismos

horrores, á los mismos crímenes de que ha sido víctima.

Los pueblos cuando se insurreccionan en nombre de su derecho, ponen

siempre en práctica la tremenda ley del _Talion_.

Por eso antes de condenar los horrores de una revolucion, es necesario

meditar á sangre fria las causas que la han motivado.

Hemos creido necesaria la antecedente digresion, para que nuestros

lectores no crean ficciones de una fantasia salvaje, los hechos que

vamos á continuar relatándoles.

No los inventamos: únicamente los ordenamos y los trascribimos con la

historia á la vista, apoyándonos en su testimonio.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 93 / 168 题