Continúa el asunto interrumpido en el anterior.
La iglesia de la villa de Cádiar, era teatro de una orgía de sangre.
Melik-el-Ferih, enloquecido por el reciente recuerdo de la desastrada
muerte de Alida, y por la dolorosa causa que habia motivado aquella
catástrofe, estaba ébrio de sangre y sediento de venganza.
Aben-Aboo, con la mirada sangrienta como un lobo, arrastraba desde la
sacristía al presbiterio, asido por el cuello al inquisidor Molina de
Medrano que tropezaba embarazado por sus largos y rígidos ornamentos
pontificales.
Al ver Melik-el-Ferih aquel grupo á la viva luz de las cien velas que
aun ardian en el tabernáculo, saltó del monton de cadáveres en que habia
subido, y se lanzó hácia el presbiterio, pero antes de llegar á él
tropezó en un muerto y cayó.
Al levantarse vió ante sí una mujer pálida, de rodillas, mirándole de
una manera ansiosa, y procurando ocultar entre sus brazos, entre sus
ropas, á una criatura.
Aquella mujer para salvar á su hija se habia acurrucado entre los
muertos, y solo se habia alzado al ver caer junto á ella el monfí.
Melik-el-Ferih contempló á la madre y á la hija con una mirada tal, en
que habia tan feroz, tan cruel alegría, que la pobre madre se
estremeció.
--¡No la mateis! gritó: no mateis á mi hija: mi hija no os ha hecho
ningun daño.
--¿Y qué daño habia hecho mi hija á los cristianos? gritó el Ferih
mezclando á sus palabras una carcajada insensata.
--¡Ah! ¡teneis una hija! dijo la infeliz: pues bien, por la vida de
vuestra hija, no mateis á la mia.
--¡Por la vida de mi hija! exclamó el Ferih.
Y sus ojos rodaron de una manera espantosa en sus órbitas.
La infeliz madre dió un grito horrible.
El Ferih la habia arrebatado la pobre criatura asida por el cuello, y la
habia abierto de una sola puñalada: despues habia arrojado aquel
miserable despojo palpitante á los piés de la madre, y de un salto se
habia puesto en el presbiterio y asido al inquisidor Molina de Medrano.
--¡No le mates! ¡no le mates! exclamó Aben-Aboo: una puñalada es poco
castigo para este infame lobo: ¡no le mates, Ferih!
--¡Matarle! no por cierto... ya verás... ya verás... la noche es
nuestra, y es necesario que nos divertamos... vamos á divertirnos
mucho...
El solo anuncio de aquella diversion, de que sin duda iba á ser él el
protagonista, despegó la carne de los huesos del inquisidor.
El Ferih entre tanto habia acercado uno de los tres sillones del
presbiterio, y le habia puesto sobre el altar.
--Siéntate ahí, dijo el Ferih: te ponemos en un trono... no tienes por
qué quejarte te vamos á adorar, faquí de los cristianos: vamos sube: ¿no
quieres ser rey?
--No puedo subir, soy viejo; exclamó llorando el inquisidor: tened
compasion de mi.
--¡Ah! ¿no puedes subir? dijo Aben-Aboo, por eso no quede: échamelo acá,
Ferih, añadió desde el altar á donde habia subido de un salto.
El Ferih asió por la cintura al inquisidor y le levantó: Aben-Aboo le
asió por el cuello le puso sobre el altar y le sentó rudamente en el
sillon.
Desde aquel momento puede decirse que Molina de Medrano no vió ni sintió
mas que un terror pánico: todo daba vueltas en derredor suyo, pero
cubierto de una niebla densa, azul, inpura, y el miserable temblaba,
pero de una manera exclusivamente orgánica.
--No basta, no basta eso: dijo el Ferih: es necesario asegurarle en su
trono.
Y volviéndose hácia el fondo de la iglesia donde continuaban el degüello
y las crueldades, tocó por tres veces la bocina.
Cesó la matanza y un numeroso grupo de monfíes adelantó hasta el
presbiterio, y se pusieron á reir y á señalar con ademanes grotescos al
inquisidor.
--¡Ah, valientes mios! dijo el Ferih: ved á este respetable señor
encaramado en su silla, vestido de oro y rodeado de luces, ni mas ni
menos que como los ídolos que han querido que adoremos: pero este trono
es todavía poco resplandeciente.
--Es verdad, si, es verdad.
--Aumentemos el resplandor de su trono.
--Pongamos fuego al altar.
Y algunos adelantaron blandiendo sus antorchas.
--Esperad: esperad, dijo Aben-Aboo: ¿no veis que tanto resplandor puede
parecerle demasiado y hacerle huir de una gloria de que se creerá
indigno? es necesario que se vea obligado á recibir nuestros homenajes.
Buscad cuerdas, y sino las halláreis, vengan las de vuestras ballestas.
--Dice bien.
--Asegurémosle en su trono.
--Que no pueda escapar.
--Como no pueden escapar los sentenciados por la Inquisicion.
--Como no pudo escapar mi padre, á quien vi revolverse como una
sabandija por entre las llamas.
--Ni mi madre á quien quemaron porque decian que era bruja.
--¡Allah Ahbar! (Dios es grande).
--¡Allah Galib! (Dios es vencedor).
--¡Allah Rahman! (Dios es misericordioso).
Y sin saber de donde, salieron á plaza cordeles, y en medio de un
tumulto espantoso de carcajadas y silbidos, el inquisidor fue
fuertemente atado á la silla, y la silla no menos fuertemente atada á
las columnas del tabernáculo.
Volvieron á avanzar los implacables monfíes con las antorchas.
--Esperad, esperad: aun no es tiempo: traed acá á cuantos cristianos
encontreis.
Extendiéronse los monfíes por la iglesia, y á poco volvieron trayendo á
empellones como unas veinte personas entre hombres, mujeres y niños.
--Pocos son, dijo Aben-Aboo: pero ahí veo á mi buen amigo Lope
Gutierrez, corregidor de la villa. ¿Eh? ¿que te parece de esto?
El corregidor tan feroz antes, cuando mandaba, cuando se creia fuerte,
rompió á llorar.
--Yo no os he hecho ningun daño, dijo: yo era mandado; me lo mandaba el
rey.
--¿Y te mandaba el rey, dijo una morisca jóven y hermosa, saliendo de
entre la multitud, que para obligar á una mujer á ser tuya, la
amenazases con ahorcar su padre, y vender por esclavos á sus hermanos?
--Yo no he hecho eso... yo no he hecho eso, os lo juro.
--¿Me conoces? exclamó la morisca arrancando una antorcha á un monfí,
acercándola á su semblante, y acercándose al mismo tiempo al corregidor
Lope Gutierrez, que retrocedió.
La morisca le miraba con los ojos dilatados escandescidos como los de
una bacante.
--¿Me conoces al fin Lope Gutierrez? repitió la morisca; tú me
deshonraste, y no bastó mi sumision á tus deseos: poco tiempo después á
pretexto de que eran monfíes ahorcaste á mi padre, y echaste á galeras á
mis hermanos.
--¡Ah! ¡no! ¡no! exclamó el corregidor.
--Ese miserable me abofeteó á pretexto de que no me habia quitado el
sombrero en su presencia, echó á galeras á mi hijo porque tomó la
defensa de su anciano padre, mi pobre esposa murió al verse separada en
su ancianidad de su hijo, y despues me vi reducido á la indigencia: mis
bienes, unas escasas tierrecillas habian sido confiscadas: ¡vengadme,
hermanos!
--Ese miserable mató á mi amante porque no quise ser su manceba.
--Ese hombre deshonró á mi hija.
--Ese hombre es nuestro, exclamaron las mujeres apoderándose de él, y
sacándole arrastrando de la iglesia.
--Hé aquí un buen exámen de doctrina cristiana, dijo Aben-Aboo
volviéndose al inquisidor que no le oia. Dejad, dejad á esas buenas
muchachas que despachen á su gusto al señor corregidor: no lo querais
todo para vosotros. ¿Quién es aquel que se esconde detrás de esotro que
está tan cabizbajo?
--El cabizbajo es el alguacil Truchuela, un bribon que merece ser
desollado vivo: el que se esconde es el escribano Diego de Angulo.
--¡Ah! ¿con que sois vos el escribano que no tenia mas placer que
fulminar procesos para engordar con las costas perdiendo hombres? ¿y vos
maese Truchuela el alguacil que prendia con perro á los moriscos?...
Rompieron á dar alaridos los dos acusados.
--Colgad de los piés á esos dos perros, dijo Aben-Aboo.
No le escucharon sordos ni remisos, porque media docena de monfíes
asieron del alguacil y del escribano, y los colgaron cabeza abajo de la
verja de una capilla.
Los miserables gritaban de una manera horrorosa.
--Ponedles mordazas, gritó uno.
Poco despues aquellos hombres dejaron de gritar.
--¿Qué mujer es aquella exclamó el Ferih que está detrás de aquellos dos
soldados castellanos?
--Yo soy doña María de Cáceres, dijo aquella mujer que era bastante
hermosa, y que lloraba silenciosamente adelantando hácia el presbiterio.
--¿Quién tiene que quejarse de esa mujer? dijo Aben-Aboo que se habia
constituido en único juez de un tribunal ejecutivo.
Nadie contestó.
--Ya lo veis, nadie tiene que quejarse de mí, contestó con acento sereno
doña María.
--¿Y por qué lloráis? ¿creeis que los moros somos tan infames como los
castellanos? ¿creeis que nosotros sentenciamos á los inocentes solo por
el placer de verter sangre?
--Lloro, dijo doña María, porque he visto muchas desdichas.
--¿Qué pretendeis hacer con esa mujer? dijo una de las moriscas que
volvían de dar fin del corregidor. Esta cristiana es nuestra.
--¿De qué teneis que acusarla? dijo Aben-Aboo.
--¡Acusarla! ¡por el contrario, tenemos mucho que decir en su favor!
--Es caritativa.
--Es buena.
--Ha dotado á muchas doncellas.
--Ha remediado muchas desdichas.
--Es la madre de los infelices.
--Una sola condicion y os libro, dijo Aben-Aboo.
--¿Y qué condición es esa?
--Abrid los ojos al conocimiento de la santa ley del Dios altísimo y
único.
--¡Qué reniegue de Jesucristo! exclamó con horror doña María.
El Ferih que desde que habia empezado este diálogo habia templado su
ballesta y armado en ella una jara, se echó de repente la ballesta al
rostro, y exclamó disparándola sobre doña María:
--Mi hija tambien era inocente y ha muerto.
Doña María cayó sin exhalar un gemido.
--¡Oh! ¿qué has hecho? exclamó horrorizado á pesar de su ferocidad
Aben-Aboo.
--Estamos perdiendo el tiempo, gritó el Ferih: yo he sido encargado por
el emir de hacer justicia en la villa de Cádiar... ¡ea mis valientes!
acabad con esos perros... y tú clérigo, tostador de criaturas de Dios,
añadió volviéndose al inquisidor que continuaba alelado por el miedo,
muere como debes morir.
Y tomando una antorcha de manos de un monfí, se encaminó al altar.
--¡Detente, Ferih! exclamó una voz poderosa, terrible, llena de
autoridad y de mando en el fondo de la iglesia.
El Ferih quedó inmóvil en el lugar en que se encontraba cuando resonó
aquella voz: los monfíes que habian empezado de nuevo la matanza, se
detuvieron tambien.
Entre tanto un hombre armado como los caballeros moros del tiempo de la
conquista, con corona en la cabeza é insignias de califa, adelantó
evitando pisar los cadáveres, pero sin poder evitar teñir sus piés de
sangre.
Detrás de él ondeaba un estandarte rojo, en cuyo centro se veian las
armas de Granada, y tras el estandarte seguia un escuadron cerrado de
monfíes.
Aquel hombre era el emir Yaye-ebn-Al-Hhamar.
--¿Qué es lo que estais haciendo? exclamó: ¿es esto lo que yo te he
mandado hacer Ferih: es esto lo que conviene hacer á un caballero
Aben-Aboo?
Ni el Ferih, ni Aben-Aboo, contestaron: pero se levantó un sordo
murmullo entre los monfíes que estaban en la iglesia á la llegada del
emir.
--¿Quién se atreve á murmurar, cuando su señor habla? exclamó con voz
tonante Yaye, revolviendo en torno suyo una mirada amenazadora: ¿hay
alguno que se atreva á levantar la voz, ni los ojos, ni un solo dedo,
cuando habla su emir?
Nadie contestó: nadie se movió.
--¿Qué es lo que miro en rededor mio? exclamó creciendo en su cólera
Yaye: ¡mi vista solo encuentra cadáveres!
--Cadáveres de castellanos, señor, contestó humildemente Aben-Aboo.
--Pero entre esos cadáveres hay viejos, niños y mujeres: doncellas que
han sido violadas, madres delante de cuyos ojos se han degollado los
niños de pecho. ¿Quereis acaso igualar y aun exceder las crueldades de
los castellanos? ¿Pensais acaso que porque este es un lugar de
idolatria, no está presente en él el Dios altísimo y único?
--¡Señor! murmuró Aben-Aboo.
--¡Basta! exclamó Yaye: los que se precian de valientes no se
ensangrientan en los débiles: los que se precian de justos no sacrifican
inocentes: los que se creen buenos muslimes deben temer á Dios, á Dios
que escribe en el libro de su justicia la sentencia de los asesinos con
la sangre de los débiles.
--Hemos sufrido cuantas desdichas, cuantas crueldades, cuantas
humillaciones puede sufrir un hombre, dijo el Ferih.
--Los crímenes agenos, deben inspirarnos horror, no deseo de imitarlos:
repuso el emir: ademas, si hemos de triunfar es necesario que sepamos
obedecer. ¿Qué te habia ordenado yo Ferih?
Melik no contestó.
--Te dije, cerca la villa, que no salga de ella un cristiano...
--Degüella y mata, me dijiste.
--Si, pero degüella y mata á los clérigos, á los ministros de justicia,
y á los soldados: pero sé justo y clemente con los que no han cometido
otro delito que no ser moros como nosotros.
--¿Qué estas hablando de justicia y de clemencia, emir, á quien como yo
ha visto su hija deshonrada; á quien la ha visto morir á consecuencia de
las infamias de los castellanos; á quien la ha mirado espirar, gritando
de dolor entre sus brazos y pidiéndole venganza? ¡Mi hija! ¡mi pobre
Alida queda allá muerta entre las breñas, y me pides templanza á mi, á
quien despedazan la rabia y el dolor!
Y el Ferih rompió á llorar como una mujer.
Hubo algunos momentos de solemne silencio, durante el cual solo se
oyeron los gemidos de los que espiraban á consecuencia de sus heridas.
--Desatad ese clérigo que está en el altar, dijo el emir.
Pareció reanimarse á estas palabras Molina de Medrano.
--Ved, señor, dijo Aben-Aboo, que este es el miserable que causó esta
mañana la muerte de la infeliz Malicatulzarah y de su esposo Adel: ved
señor que es un lobo sediento de sangre.
--Ese hombre debe morir, y morirá, pero no de la manera horrible, cruel
con que ellos matan á sus víctimas.
El inquisidor habia sido bajado del altar y se arrastraba á los piés de
Yaye, en cuyo semblante fijaba una mirada entumecida por la atonía.
--Yo os conozco... señor... yo os conozco... tartamudeó.
Y se asió á las ropas talares de Yaye.
Yaye se inclinó.
--Tú eres Molina de Mediano...
--Si, si, pero yo obedecia al rey...
--Obedecias á un tirano...
--Por el Dios de Abraham y de Ismael que es nuestro mismo Dios... no me
mateis... cautivadme... vendedme... llevadme á Africa... pero no me
mateis.
--Tú has predicado el exterminio contra los que adoran al Dios de Abram,
de Agar y de Ismael, y ahora pides misericordia á nombre de ese mismo
Dios... suele suceder que los asesinos cuando se apodera de ellos la
justicia mueran con valor: pero tú á mas de asesino eres cobarde.
--¡Perdon! ¡señor, perdon!
--Arrancadle de mi y matadle; matadle á hierro y pronto... necesitamos
salir de aquí.
--¡Piedad! gritó Medrano al sentirse asido por una turba de monfíes.
Fue su última palabra: rasgado su pecho á un tiempo por veinte puñales
manchaba de sangre su vestidura pontifical.
--Acabad con esos soldados, dijo el emir.
Seis soldados que habian sido apresados por los monfíes fueron inmolados
en pocos segundos.
--Ahora soltad esa gente menuda.
--Nos mataran los que estan fuera señor, dijo un viejo.
--Id con ellos diez hombres, y amparadlos en las casas del ayuntamiento
de la villa: asimismo llevareis á esas casas las mujeres, los viejos y
los niños que encontreis.
Algunos monfíes salieron escoltando algunos cristianos que por fortuna
habian escapado con vida de la iglesia.
--Rematad á esos desdichados que penan, añadió Yaye.
Pocos momentos despues, y mientras el emir hablaba acaloradamente con
Aben-Aboo, fueron cesando los gemidos de los moribundos hasta dominar un
silencio pavoroso.
Los monfíes que se agrupaban inmóviles tras el estandarte rojo del emir,
llenando la iglesia, parecian fantasmas.
Yaye y Aben-Aboo siguieron hablando algun tiempo con gran interés.
El Ferih, doblegado al fin por su dolor estaba apoyado sobre el altar,
inmóvil, insensible á todo.
Al fin Yaye se separó de Aben-Aboo, y dirigió la voz á los monfíes.
--Valientes, les dijo: al hacer lo que hemos hecho, hemos herido el
rostro del tirano rey de España: hemos arrojado á sus ojos la sangre
infame de sus jueces, de sus clérigos, y de sus soldados: ya no hay
medio de retroceder: los ejércitos del rey de España vendrán sobre
nosotros, pero vendrán tarde, porque el alguacil mayor del reino, el
valiente Farax-Aben-Farax se apodera en estos momentos de Granada: Dios
nos alienta y nos guia: pero no irritemos á Dios cometiendo actos de
crueldad y de barbarie semejantes á los que acaban de cometerse: si
apreciais en algo mi espada, si creeis que yo puedo llevaros á la
victoria, no vertais mas sangre débil, no cometais mas crímenes, porque
yo nunca desnudaré mi espada para ponerme al frente de infames ni de
asesinos.
--¡Viva el emir! gritaron á una voz los monfíes.
--Ademas, dijo Yaye: oidme y entendedme bien: yo no soy el emir que debe
mandaros.
Levantóse un murmullo de descontento que era una adulacion al emir.
--Los moriscos de Granada han elegido un rey.
--¡Viva el emir poderoso y vencedor Yaye-ebn-Al-Hhamar! gritaron los
monfíes.
--Yo soy emir de las Alpujarras, únicamente, dijo Yaye: los granadinos
han elegido legítimamente su rey; su rey es aliado y pariente mio.
Obedeced al rey de Granada Muley-Aben-Humeya.
Pronunció con tal acento estas palabras Yaye, que los monfíes viendo en
ellas un mandato gritaron:
--¡Viva el rey de Granada Muley-Aben-Humeya!
--¡Gracias, gracias, valientes muslimes de la montaña! exclamó una voz á
las puertas de la iglesia; oyóse precipitado ruido de espuelas, y
adelantó y abrazó á Yaye un jóven sencillamente vestido á la morisca.
Aquel jóven era Aben-Humeya.
Tras él seguia otro hombre de mas edad igualmente vestido á la usanza
mora, llegó junto al emir, pero en vez de abrazarle se inclinó
profundamente.
Aquel hombre era Aben-Jahuar el Zaquer.
--¿Y tu hermana? le dijo rápidamente y en voz baja Yaye.
--Está en seguridad en un cortijo de la montaña.
--¡Oh! ¡gracias hermano, gracias! Y volviéndose á los monfíes continuó
en voz alta asiendo de la mano á Aben-Aboo, que era el único que vestia
á la castellana: ¿Conoceis á este caballero?
--Si, si, gritaron todos.
--Es Sidy Aben-Aboo, de la raza de los Omeyas, añadieron algunos.
--Es mi pariente, añadió Yaye. Desde ahora, leales muslimes compartiré
con él vuestro gobierno: obedecedle como á mí mismo: es mi compañero:
aclamadle.
--¡Viva Muley Aben-Aboo!, gritaron espontáneamente los monfíes.
--Y para concluir, este otro caballero, Sidy Aben-Jahuar el Zaquer, mi
pariente tambien, es el walí de los walíes[25] de Granada y de las
Alpujarras.
--¡Viva Sidy Aben-Jahuar! gritaron los monfíes.
--Lo que á vosotros os he hecho saber en persona, se hará saber á las
demás taifas por sus xeques. ¡La guerra empieza! constancia y valor y
triunfaremos.
--¡Viva el emir!
--Pero si hemos concluido, dijo Aben-Humeya que habia oido con un
profundo disgusto la espontánea aclamacion de los monfíes á su primo
Aben-Aboo, si hemos concluido, bueno será, que nos preparemos á un
próximo y sangriento combate.
--¿Pues qué sucede? dijo con gran calma Yaye.
--La compañía de infanteria española que estaba en Yátor, viene sobre
Cádiar, dijo Aben-Humeya; y segun me han informado mis corredores viene
á su frente, bramando de corage, el valiente marqués de la Guardia.
--¡El marqués de la Guardia! ¡no! ¡es imposible!
--Si es posible ó no, pronto lo veremos, dijo Aben-Humeya; entre tanto
oid.
Se habian escuchado algunos distantes disparos de arcabuz. Animados por
aquel socorro los cristianos que se habian refugiado á la torre de
Cádiar empezaron á tocar de nuevo á rebato.
Yaye, Aben-Aboo, Aben-Humeya y Aben-Jahuar, se lanzaron fuera de la
iglesia: los monfíes los siguieron á la carrera.
La iglesia quedó silenciosa, poblada solo de cadáveres, iluminada y
resplandeciente, pero manchado de sangre el altar, y presentando delante
de él un bulto brillante á trozos, rojo en otros.
Aquel bulto era el cadáver de Molina de Medrano, á quien cubrian aun los
ornamentos pontificiales.
Por una coincidencia terrible aquel cadáver ocupaba el mismo lugar donde
habia caido muerta Malicatulzarah.