CAPITULO XXV.

De qué modo satisfizo Mari-Blanca la honra de su padre.

Cádiar estaba en aquellos momentos completamente desierto.

Nevaba; la leve claridad emanada por el reflejo de la nieve, era la

única luz dudosa y fantástica que determinaba de una manera vaga las

formas en las estrechas pendientes y tortuosas calles.

Yaye, Aben-Jahuar y Aben-Aboo, se habian deslizado por fuera del pueblo

á lo largo de las tapias, en direccion á la montaña.

Reinaban, pues, en la villa, una tranquilidad absoluta y un silencio

profundo.

La oscuridad era tambien densa, modificada solo por el débil reflejo de

la nieve.

En ninguna ventana, ni aun por los resquicios se veia luz, á excepcion

de una casa, en la cual se veia un rojizo reflejo, tras las vidrieras de

un balcon.

Aquella casa era la del beneficiado Juan de Ribera.

Ademas la puerta estaba abierta, y en el zaguan se veian dando guarda

algunos soldados y dos alguaciles del Santo Oficio, lo que demostraba

que el inquisidor Molina de Medrano se habia aposentado en casa del

párroco.

Mariblanca, maese Barbillo y el niño de coro, estaban atareados en la

cocina, cuidando de cazuelas y cacerolas, lo que demostraba tambien que

el beneficiado por temor ó respeto á la Inquisicion, se habia propuesto

obsequiar con una excelente cena de navidad al señor ministro de la

Suprema, Molina de Medrano.

Maese Barbillo y Mariblanca estaban indudablemente en mala disposicion

de ánimo, iban de acá para allá evitando tropezarse, no se miraban y se

mostraban silenciosos y ceñudos.

Pero á primera vista se notaba que el ceño y el disgusto de Mariblanca,

nada tenia que ver con maese Barbillo, á quien trataba con una

indiferencia, y casi podriamos decir con un desprecio, irritante.

El aspecto sombrío de Mariblanca, era la causa del aspecto hosco de

maese Barbillo.

Solo el niño de coro se mostraba indiferente, y dirigia la palabra ya al

uno ya á la otra, sin obtener por contestacion mas que monosílabos.

Sin embargo, una observacion del niño de coro vino á dar lugar al

diálogo siguiente:

--¿Sabeis señora Mariblanca, que esta Noche-Buena pasa lo que nunca ha

pasado? dijo el niño de coro.

--¿Y qué pasa esta Noche-Buena que no ha pasado en otras, Cristovalillo?

dijo Mariblanca mirando con recelo al muchacho.

--No andan mozos por las calles, respondió el niño.

--Nieva y hace frio, repuso Mariblanca.

--El año pasado nevaba mas y el frío no podia resistirse, y acuérdese

vuesamerced, señora ama; á estas horas todo era cuadrillas de mozos, y

habia un ruido de zambombas, rabeles y villancicos, que daba gozo.

--Tiene razon Cristobalillo, dijo el sacristan: esta noche parece Cádiar

un cementerio.

--¿Qué entendeis vos de eso maese Barbillo? dijo con despego Mariblanca:

si esta noche no rondan ni cantan, será porque no quieran, ó por que

tienen miedo ó frio, y sobre todo, ¿qué se os da?

--Sin duda que habeis pisado alguna mala yerba, María; dijo maese

Barbillo.

--Pudiera ser, contestó Mariblanca.

--Y tanto como que puede ser: y á propósito, ya que se os sacan algunas

palabras del cuerpo: ¿qué diablos haciais en la cañada de San Juan esta

tarde?

--¡Yo! contestó con precipitacion Mariblanca.

--No me querais negar que habeis ido á la cañada de San Juan: os he

visto yo al pasar por el camino cuando iba á Yátor con el señor

beneficiado.

--¿Quién ha traído los berros de la ensalada? dijo Mariblanca.

--Es verdad que en la cañada de San Juan hay muy buenos berros; pero

tambien hay muy buenos hongos, de los que os habeis traido una cantìdad

no pequeña.

--Os engañais; lo que yo he traido son setas.

--Os digo que son hongos, y os advierto que por lo que pueda suceder

arrojeis al albañal esa cazuela de truchas que con los hongos habeis

guisado.

--No la serviré á nadie, maese Barbillo, dijo Mariblanca; porque ese

guiso de setas y truchas le he hecho yo para mí.

--¡Ah! eso es distinto: entonces si solo para vos lo habeis hecho, voy

creyendo que seran buenas setas y no hongos, porque vos no querreis

morir envenenada.

--¡Yo! ¡tan desesperada creeis que esté!

--No lo digo por tanto... pero hé aquí que son las once... Cristovalillo

anda vete á vestir al señor beneficiado, que dentro de poco tendremos

que ir á la iglesia á la misa del gallo.

Cristovalillo miró picarescamente al sacristan y al ama, y salió

cantando un villancico.

Apenas se quedaron solos, cuando maese Barbillo tomó otro talante y se

encaró con Mariblanca.

--¿Por qué estais tan mal carada y tan silenciosa? le dijo.

--¡Qué no puedo yo tener la cara que mejor me convenga! dijo Mariblanca.

--Creo que yo tengo derecho á preguntaros.

--¡Vos! ¿y quién os le ha dado?

--Tenemos tratado casarnos.

--¡Se tratan tantas cosas que no se cumplen!

--Señora Mariblanca; me parece que habeis variado mucho.

--¿Qué os he concedido otro dia mas de lo que os doy ahora?

--¡Ah! ¡ah! es verdad que hace mucho tiempo que me estais haciendo

penar.

--Dejadme en paz, Barbillo, y no me canseis con vuestras quejas ni con

vuestros zelos; ningun motivo os he dado; ningun favor os he hecho...

--Ya lo creo, como el licenciado tiene ojos de lince...

--Ya sabeis que el licenciado me importa tanto como vos: en una palabra,

Barbillo: solo he querido á un hombre; solo he sido de un hombre, y es

disparate pretender que sea de otro... lo entendeis... si no lo

entendeis, bien claro os lo digo: acordaos de ello siempre, y no me

fastidieis mas.

--¿Pero me habeis prometido?...

--Porque no me atosigueis continuamente.

--¿Es decir que no sereis mi mujer?...

--¡Yo!... ni de vos ni de nadie.

--Ya, ya lo creo; no habia querido deciros nada porque no me dijérais

que era zeloso; pero se conoce que ha vuelto al pueblo el capitan Diego

de Herrera.

--Y bien, para que no os coja de susto: sabed que me caso con el

capitan.

--¡Que os casais!

--Si por cierto: por toda una eternidad.

--¡Ah! ¡ah! ¡con un miserable que os insultó!...

--Señor Barbillo, dijo á la puerta de la cocina el niño de coro.

--¿Qué diablos quieres? dijo Barbillo irritado por aquella intempestiva

interrupcion.

--No soy yo quien quiere, sino el señor beneficiado. Me ha dicho que

vayamos á la iglesia.

--¡Pero si acaban de dar las once!

--No importa: como oficia el señor inquisidor...

Maldijo Barbillo en su foro interno al inquisidor y al beneficiado, y

empezó á quitarse su mandil de cocinero.

--¿Y vos no ireis á la misa del gallo? dijo á Mariblanca.

--Ya veis que tengo que acabar de arreglar la cena.

--Es verdad: como tenemos convidados...

--Señor Barbillo, dijo otra vez el niño de coro: que el señor

beneficiado y el señor inquisidor van ya camino de la iglesia.

--¿Nos veremos luego Mariblanca? dijo el sacristan.

--Ciertamente, porque yo creo que vendreis á cenar...

--Despues...

--¿Despues de la cena?

--Sí.

--Tengo un convidado...

--¿El capitan?...

--Cierto: le espero... para pelar la pava...

Barbillo lanzó una mirada de tigre á Mariblanca, y salió.

La jóven quedó sola en la cocina.

Esperó á que pasase algun tiempo, y luego tomó una bujía, la encendió y

salió al zaguan.

No habia nadie: sin duda los soldados y los alguaciles habian seguido al

inquisidor.

La puerta de la calle estaba cerrada con llave.

--¡Ah! ¡ah! dijo Mariblanca: me habeis dejado encerrada, pero yo voy á

encerrarme mas; habeis salido de la casa y no volvereis á entrar, yo os

lo juro.

Y echó los cerrojos por la parte de adentro de la puerta y á mas de esto

la atrancó.

Luego recorrió la casa. Nadie habia en ella.

Entonces bajó al huerto, apagó la luz, se acercó á la tapia y cantó un

villancico de Navidad.

Se oyó fuera un silbido y Mariblanca calló.

Poco despues al escaso reflejo de la nieve se vió trepar á un hombre por

la tapia y saltar al huerto.

Mariblanca se estremeció, adelantó hácia el bulto y exclamó:

--¡Padre! ¿eres tú?

--Yo soy, dijo una voz ronca.

--Ven, ven conmigo, le dijo asiéndole de una mano.

Y condujo á su padre á un sotechado, abrió una puerta y le introdujo en

una habitacion oscura.

--Espera aquí, le dijo.

--¿Qué aposento es este? dijo la misma ronca voz.

--Es el mio. Espera, voy por luz.

Mariblanca salió y poco tiempo despues volvió con dos bujías que puso

sobre una mesa.

Aquella mesa estaba cubierta por un mantel y por un servicio para dos

personas.

--¿Me has convidado á cenar, mi buena hija? dijo Melik-el-Ferih, que él

era, mirando de una manera profundamente amenazadora á la jóven.

El Ferih llevaba el trage característico de los monfíes é iba

completamente armado.

--Te he convidado para que conozcas á tu hija.

--Tú deshonraste á tu familia.

--Me cegó el amor de un hombre.

--Tú renegaste del Dios Altísimo y Unico.

--Por salvar la honra de mi familia.

--Tú huiste de mi casa.

--Creí haber matado al infame que se burló de mí.

--Has sido manceba de un clérigo.

--Quien te ha dicho eso ha mentido, padre: tu hija ni ha dejado de ser

honrada, ni ha dejado de ser mora. Tú verás, padre, tú verás, cómo

satisface tu honra tu hija.

Movió fatídicamente la cabeza el Ferih.

--Si no quedas satisfecho, padre, mátame.... pero espera.... espera....

y verás que tu hija es digna de tí.

--¿Pero qué prueba puedes darme...?

--Estoy esperando de un momento á otro al capitan Diego de Herrera.

--Para cenar con él....

--Sí, para cenar con él. Y ya es la hora, padre, ya es la hora exclamó

con voz lúgubre Mariblanca.

--¿Y quieres que yo asista á tu cita?

--Escóndete.

--Esconderme....

--Sí, escóndete en mi alcoba y espera.

Y la jóven llevó tras las cortinas de su alcoba á su padre que la siguió

fascinado por el aspecto, por el acento, por la mirada singular de

Mariblanca.

La jóven salió entonces al huerto.

Durante algunos instantes el aposento permaneció desierto; al fin, se

abrió la puerta y apareció Mariblanca llevando de la mano al capitan

Herrera.

Este venia casi ébrio y se arrojó cansado sobre una silla.

Mariblanca salió y trajo algunos platos que puso sobre la mesa.

--¿Sabes, Alida, la dijo el capitan, que ha sido mucho que me acuerde de

tu cita? Solo el amor que te tengo ha podido ayudarme, como que hemos

estado bebiendo de lo lindo mi cuñado Ocampo, el alférez de la compañía

y yo.... Vamos, esto es asunto de que nos vayamos cuanto antes á

descansar como dos buenos casados: no sé, no sé cómo he podido trepar

por la tapia: tu amor siempre, tu amor que me daba fuerzas. ¡Vive Dios y

qué hermosa está la muchacha!.... ¿Sabes, Mariblanca, que me se va

quitando la borrachera?

--¿Sabeis, señor mio, que á mi no me gustan los hombres borrachos? dijo

sonriendo dulcemente Mariblanca.

--¡Ira de Dios! á fe que cuando vine al pueblo no me acordaba no, vivo

Dios, no me acordaba de tí, y sino te veo... ¡bah! no hubiera vuelto á

acordarme... pero asi que te ví... ven y dame un abrazo Alida.

--No he de acercarme á tí, mientras estes de ese modo.

--Pues entonces para rato tenemos... vamos... ha sido una buena broma...

como nuestra... es necesario si has de ser mi mujer que te vayas

acostumbrando á esto.

--Diego, comiendo se quita la embriaguez.

Y Mariblanca servia un plato al capitan.

--¡Comiendo, eh! ¡pues comamos! asi como asi, solo hemos bebido... y

tengo apetito. ¡Ah! ¡ah! ahora el señor beneficiado estará en la iglesia

bien ageno de que su ama se divierta con un buen mozo.

El capitan comia con apetito.

Mariblanca se sirvió del mismo manjar, y al llevar el primer pedazo á la

boca se puso pálida y se estremeció; sin embargo comió.

--¡Qué felices vamos á ser Diego! dijo Mariblanca: ¡oh! ¡que felices!

¡vamos á estar eternamente juntos!

--Juntos eternamente... por ahora no me desagrada: eres hermosa y jóven

y me amas... vaya si me amas... pero dices eso de eternamente de un

modo...

--Te juro que estaremos juntos hasta la muerte.

--No te conozco muchacha; dijo el capitan engullendo siempre: antes eras

mas desconfiada: y ahora hablas con una seguridad... ¡diablo! no parece

sino que sabes cuando vamos á morir.

Mariblanca soltó una carcajada que heló la sangre al capitan.

Tan aguda, tan acerada por decirlo asi, tan sarcástica, tan llena de

crueldad y de odio habia resonado aquella carcajada en sus oidos.

--Tienes una manera muy singular de reir, niña, dijo el capitan.

--Es verdad, cuando te conocí reia de otro modo. Es verdad que entonces

era feliz y confiada... despues... han pasado diez años, diez años de

vergüenza y de tormento y lentamente mi risa ha cambiado hasta

convertirse en esa risa de odio y de venganza.

Y soltó otra carcajada mas terrible.

El capitan se levantó: Mariblanca se levantó tambien.

--¿Qué significa esto? exclamó: ¿qué burlas son estas, Alida?

--Estas son burlas con que pago la burla que me hiciste: esto es que no

confio mucho en el puñal que ya me engañó una vez, y te hiero de una

manera mas segura, capitan Herrera.

--Vamos, tú estas loca Alida, dijo el capitan sentándose de nuevo: con

todo eso solo consigues que mi embriaguez se aumente, y que me ponga

malo. Dejémonos de niñerías, sigamos nuestra cena, y hablemos como

buenos amigos. Ponme mas de estas truchas Alida; estan muy sabrosas.

--Basta con las que hemos comido, Diego, para nuestro viaje.

--¿Qué viaje?

--El que vamos á hacer juntos dentro de un momento á la eternidad.

--¡Un viaje á la eternidad! exclamó el Ferih saliendo de repente de

detrás de las cortinas de la alcoba.

--¡Un monfí! exclamó el capitan.

--Mi padre, testigo de nuestra boda, Diego, dijo Mariblanca y soltó otra

carcajada.

--Pero ese manjar que has comido... estas pálida, lívida..... hija mia,

exclamó el Ferih que al fin era padre.

--Eran truchas, con hongos venenosos de las humbrías de la cañada de San

Juan; en la salsa habia jugo de yerbas.

--¡Ah! ¡infame ramera! exclamó el capitan que aun conservaba sus

fuerzas, lanzándose sobre Mariblanca.

Pero el Ferih le asió del cuello y ciego de furor, le dió de puñaladas.

El capitan cuando le soltó el Ferih, cayó desplomado debajo de la mesa.

--¡Mata ahora á tu hija, padre! exclamó Alida, repitiendo otra horrible

carcajada.

--¡Oh! ¡matarte! ¡matarte, hija mia! ¡no, no! yo te perdono: yo quiero

que vivas: yo durante mi destierro de España no te he olvidado un solo

dia: yo no me hubiera atrevido á matarte.

--Me he atrevido yo porque estoy deshonrada: porque le he visto otra

vez... he visto al miserable... le amo... y él... él no me amaba... solo

pretendia volver á burlarme...

--Pero..... es necesario que vivas... es necesario pedir socorro...

--¿Para qué?... ¿para que la justicia encuentre aqui al capitan

asesinado?

--¡Oh! ¡Dios mio, Dios mio! y cada vez te pones mas pálida...

--Solo hay un remedio... una yerba... y esa yerba.....

--Está en la montaña, exclamó con desesperacion el Ferih.

Y luego añadió con un acento de resolucion suprema.

--Pero no importa... no... yo te salvaré.

Y asiendo de su hija, la cargó sobre sus hombros; salió al huerto, buscó

el postigo, dejó por un momento á Alida en tierra, violentó el postigo

con sus fuerzas de toro y dió á correr con ella, por las desiertas

calles hácia la salida de la villa.

En el momento en que salia el Ferih del pueblo con su preciosa carga,

tocaban á la misa del gallo las campanas de la iglesia.

--Es de noche, decia Alida dejándose conducir, y con voz ya bastante

débil: es de noche y no encontraremos la yerba, padre.

El Ferih rugia.

--La nieve cubre la montaña... no encontrareis la yerba, repetia con voz

mas débil Alida.

El Ferih forzaba su carrera rugiendo como un leon.

--La muela del Hermitaño donde se encuentra la yerba está lejos, y habré

muerto antes de que llegues.

El Ferih corria y lloraba.

De repente Alida se retorció entre sus brazos y dió un horrible grito.

El Ferih sintió un estremecimiento de horror.

--¡Padre! ¡padre! exclamó Alida llorando: mátame, porque padezco

horriblemente.

El Ferih se detuvo dominado por el horror de la situacion.

Estaba en el campo á la salida del pueblo, y se habia parado bajo el

saliente de una roca.

El horror, la fatiga, le obligaron á descansar un momento; se sentó y al

poner la mano sobre el suelo se estremeció de alegría.

Habia creido tocar la yerba salvadora.

Arrancó algunos tallos y los mordió.

Entonces lanzó una exclamacion indescribible.

--¡La bendita yerba de San Juan! exclamó.

--Es ya tarde, dijo Alida con voz apenas perceptible.

--¡Tarde hija mia! ¡tarde! ¡Dios nos favorece! toma: la yerba de San

Juan te salvará.

--Es tarde... tarde... dijo Alida, yo muero: véngame padre... un

cristiano me ha asesinado.

El Ferih pretendió introducir en la boca de su hija el jugo de la yerba

salvadora, pero Alida tenia los dientes fuertemente apretados por el

dolor: cuando arostrándolo todo el Ferih logró abrir con su puñal los

dientes de Alida, la cabeza de esta cayó desplomada.

Ya todo era inútil: la infeliz habia muerto.

En aquel momento repicaron á _gloria_ las campanas de la iglesia de la

villa.

El monfí que habia quedado mudo, aterrado, replegado sobre su hija, se

alzó rígido y trémulo.

No dió un solo grito, no derramó una sola lágrima, pero exclamó de una

manera terrible:

--¡Los cristianos! siempre los cristianos! ¡ayer mi honra! ¡hoy su vida!

¡Necesito la honra y la vida de todos los castellanos!

Y se llevó á la boca una bocina y la tocó, haciendo retumbar las breñas.

Y luego de breña en breña se oyeron á la redonda bocina de bocina, y

aquella señal, saliendo de entre las quebraduras, avanzaron en círculo y

á la carrera sobre Cádiar los monfíes.

Las campanas seguian repicando á gloria.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 92 / 168 题