De qué modo satisfizo Mari-Blanca la honra de su padre.
Cádiar estaba en aquellos momentos completamente desierto.
Nevaba; la leve claridad emanada por el reflejo de la nieve, era la
única luz dudosa y fantástica que determinaba de una manera vaga las
formas en las estrechas pendientes y tortuosas calles.
Yaye, Aben-Jahuar y Aben-Aboo, se habian deslizado por fuera del pueblo
á lo largo de las tapias, en direccion á la montaña.
Reinaban, pues, en la villa, una tranquilidad absoluta y un silencio
profundo.
La oscuridad era tambien densa, modificada solo por el débil reflejo de
la nieve.
En ninguna ventana, ni aun por los resquicios se veia luz, á excepcion
de una casa, en la cual se veia un rojizo reflejo, tras las vidrieras de
un balcon.
Aquella casa era la del beneficiado Juan de Ribera.
Ademas la puerta estaba abierta, y en el zaguan se veian dando guarda
algunos soldados y dos alguaciles del Santo Oficio, lo que demostraba
que el inquisidor Molina de Medrano se habia aposentado en casa del
párroco.
Mariblanca, maese Barbillo y el niño de coro, estaban atareados en la
cocina, cuidando de cazuelas y cacerolas, lo que demostraba tambien que
el beneficiado por temor ó respeto á la Inquisicion, se habia propuesto
obsequiar con una excelente cena de navidad al señor ministro de la
Suprema, Molina de Medrano.
Maese Barbillo y Mariblanca estaban indudablemente en mala disposicion
de ánimo, iban de acá para allá evitando tropezarse, no se miraban y se
mostraban silenciosos y ceñudos.
Pero á primera vista se notaba que el ceño y el disgusto de Mariblanca,
nada tenia que ver con maese Barbillo, á quien trataba con una
indiferencia, y casi podriamos decir con un desprecio, irritante.
El aspecto sombrío de Mariblanca, era la causa del aspecto hosco de
maese Barbillo.
Solo el niño de coro se mostraba indiferente, y dirigia la palabra ya al
uno ya á la otra, sin obtener por contestacion mas que monosílabos.
Sin embargo, una observacion del niño de coro vino á dar lugar al
diálogo siguiente:
--¿Sabeis señora Mariblanca, que esta Noche-Buena pasa lo que nunca ha
pasado? dijo el niño de coro.
--¿Y qué pasa esta Noche-Buena que no ha pasado en otras, Cristovalillo?
dijo Mariblanca mirando con recelo al muchacho.
--No andan mozos por las calles, respondió el niño.
--Nieva y hace frio, repuso Mariblanca.
--El año pasado nevaba mas y el frío no podia resistirse, y acuérdese
vuesamerced, señora ama; á estas horas todo era cuadrillas de mozos, y
habia un ruido de zambombas, rabeles y villancicos, que daba gozo.
--Tiene razon Cristobalillo, dijo el sacristan: esta noche parece Cádiar
un cementerio.
--¿Qué entendeis vos de eso maese Barbillo? dijo con despego Mariblanca:
si esta noche no rondan ni cantan, será porque no quieran, ó por que
tienen miedo ó frio, y sobre todo, ¿qué se os da?
--Sin duda que habeis pisado alguna mala yerba, María; dijo maese
Barbillo.
--Pudiera ser, contestó Mariblanca.
--Y tanto como que puede ser: y á propósito, ya que se os sacan algunas
palabras del cuerpo: ¿qué diablos haciais en la cañada de San Juan esta
tarde?
--¡Yo! contestó con precipitacion Mariblanca.
--No me querais negar que habeis ido á la cañada de San Juan: os he
visto yo al pasar por el camino cuando iba á Yátor con el señor
beneficiado.
--¿Quién ha traído los berros de la ensalada? dijo Mariblanca.
--Es verdad que en la cañada de San Juan hay muy buenos berros; pero
tambien hay muy buenos hongos, de los que os habeis traido una cantìdad
no pequeña.
--Os engañais; lo que yo he traido son setas.
--Os digo que son hongos, y os advierto que por lo que pueda suceder
arrojeis al albañal esa cazuela de truchas que con los hongos habeis
guisado.
--No la serviré á nadie, maese Barbillo, dijo Mariblanca; porque ese
guiso de setas y truchas le he hecho yo para mí.
--¡Ah! eso es distinto: entonces si solo para vos lo habeis hecho, voy
creyendo que seran buenas setas y no hongos, porque vos no querreis
morir envenenada.
--¡Yo! ¡tan desesperada creeis que esté!
--No lo digo por tanto... pero hé aquí que son las once... Cristovalillo
anda vete á vestir al señor beneficiado, que dentro de poco tendremos
que ir á la iglesia á la misa del gallo.
Cristovalillo miró picarescamente al sacristan y al ama, y salió
cantando un villancico.
Apenas se quedaron solos, cuando maese Barbillo tomó otro talante y se
encaró con Mariblanca.
--¿Por qué estais tan mal carada y tan silenciosa? le dijo.
--¡Qué no puedo yo tener la cara que mejor me convenga! dijo Mariblanca.
--Creo que yo tengo derecho á preguntaros.
--¡Vos! ¿y quién os le ha dado?
--Tenemos tratado casarnos.
--¡Se tratan tantas cosas que no se cumplen!
--Señora Mariblanca; me parece que habeis variado mucho.
--¿Qué os he concedido otro dia mas de lo que os doy ahora?
--¡Ah! ¡ah! es verdad que hace mucho tiempo que me estais haciendo
penar.
--Dejadme en paz, Barbillo, y no me canseis con vuestras quejas ni con
vuestros zelos; ningun motivo os he dado; ningun favor os he hecho...
--Ya lo creo, como el licenciado tiene ojos de lince...
--Ya sabeis que el licenciado me importa tanto como vos: en una palabra,
Barbillo: solo he querido á un hombre; solo he sido de un hombre, y es
disparate pretender que sea de otro... lo entendeis... si no lo
entendeis, bien claro os lo digo: acordaos de ello siempre, y no me
fastidieis mas.
--¿Pero me habeis prometido?...
--Porque no me atosigueis continuamente.
--¿Es decir que no sereis mi mujer?...
--¡Yo!... ni de vos ni de nadie.
--Ya, ya lo creo; no habia querido deciros nada porque no me dijérais
que era zeloso; pero se conoce que ha vuelto al pueblo el capitan Diego
de Herrera.
--Y bien, para que no os coja de susto: sabed que me caso con el
capitan.
--¡Que os casais!
--Si por cierto: por toda una eternidad.
--¡Ah! ¡ah! ¡con un miserable que os insultó!...
--Señor Barbillo, dijo á la puerta de la cocina el niño de coro.
--¿Qué diablos quieres? dijo Barbillo irritado por aquella intempestiva
interrupcion.
--No soy yo quien quiere, sino el señor beneficiado. Me ha dicho que
vayamos á la iglesia.
--¡Pero si acaban de dar las once!
--No importa: como oficia el señor inquisidor...
Maldijo Barbillo en su foro interno al inquisidor y al beneficiado, y
empezó á quitarse su mandil de cocinero.
--¿Y vos no ireis á la misa del gallo? dijo á Mariblanca.
--Ya veis que tengo que acabar de arreglar la cena.
--Es verdad: como tenemos convidados...
--Señor Barbillo, dijo otra vez el niño de coro: que el señor
beneficiado y el señor inquisidor van ya camino de la iglesia.
--¿Nos veremos luego Mariblanca? dijo el sacristan.
--Ciertamente, porque yo creo que vendreis á cenar...
--Despues...
--¿Despues de la cena?
--Sí.
--Tengo un convidado...
--¿El capitan?...
--Cierto: le espero... para pelar la pava...
Barbillo lanzó una mirada de tigre á Mariblanca, y salió.
La jóven quedó sola en la cocina.
Esperó á que pasase algun tiempo, y luego tomó una bujía, la encendió y
salió al zaguan.
No habia nadie: sin duda los soldados y los alguaciles habian seguido al
inquisidor.
La puerta de la calle estaba cerrada con llave.
--¡Ah! ¡ah! dijo Mariblanca: me habeis dejado encerrada, pero yo voy á
encerrarme mas; habeis salido de la casa y no volvereis á entrar, yo os
lo juro.
Y echó los cerrojos por la parte de adentro de la puerta y á mas de esto
la atrancó.
Luego recorrió la casa. Nadie habia en ella.
Entonces bajó al huerto, apagó la luz, se acercó á la tapia y cantó un
villancico de Navidad.
Se oyó fuera un silbido y Mariblanca calló.
Poco despues al escaso reflejo de la nieve se vió trepar á un hombre por
la tapia y saltar al huerto.
Mariblanca se estremeció, adelantó hácia el bulto y exclamó:
--¡Padre! ¿eres tú?
--Yo soy, dijo una voz ronca.
--Ven, ven conmigo, le dijo asiéndole de una mano.
Y condujo á su padre á un sotechado, abrió una puerta y le introdujo en
una habitacion oscura.
--Espera aquí, le dijo.
--¿Qué aposento es este? dijo la misma ronca voz.
--Es el mio. Espera, voy por luz.
Mariblanca salió y poco tiempo despues volvió con dos bujías que puso
sobre una mesa.
Aquella mesa estaba cubierta por un mantel y por un servicio para dos
personas.
--¿Me has convidado á cenar, mi buena hija? dijo Melik-el-Ferih, que él
era, mirando de una manera profundamente amenazadora á la jóven.
El Ferih llevaba el trage característico de los monfíes é iba
completamente armado.
--Te he convidado para que conozcas á tu hija.
--Tú deshonraste á tu familia.
--Me cegó el amor de un hombre.
--Tú renegaste del Dios Altísimo y Unico.
--Por salvar la honra de mi familia.
--Tú huiste de mi casa.
--Creí haber matado al infame que se burló de mí.
--Has sido manceba de un clérigo.
--Quien te ha dicho eso ha mentido, padre: tu hija ni ha dejado de ser
honrada, ni ha dejado de ser mora. Tú verás, padre, tú verás, cómo
satisface tu honra tu hija.
Movió fatídicamente la cabeza el Ferih.
--Si no quedas satisfecho, padre, mátame.... pero espera.... espera....
y verás que tu hija es digna de tí.
--¿Pero qué prueba puedes darme...?
--Estoy esperando de un momento á otro al capitan Diego de Herrera.
--Para cenar con él....
--Sí, para cenar con él. Y ya es la hora, padre, ya es la hora exclamó
con voz lúgubre Mariblanca.
--¿Y quieres que yo asista á tu cita?
--Escóndete.
--Esconderme....
--Sí, escóndete en mi alcoba y espera.
Y la jóven llevó tras las cortinas de su alcoba á su padre que la siguió
fascinado por el aspecto, por el acento, por la mirada singular de
Mariblanca.
La jóven salió entonces al huerto.
Durante algunos instantes el aposento permaneció desierto; al fin, se
abrió la puerta y apareció Mariblanca llevando de la mano al capitan
Herrera.
Este venia casi ébrio y se arrojó cansado sobre una silla.
Mariblanca salió y trajo algunos platos que puso sobre la mesa.
--¿Sabes, Alida, la dijo el capitan, que ha sido mucho que me acuerde de
tu cita? Solo el amor que te tengo ha podido ayudarme, como que hemos
estado bebiendo de lo lindo mi cuñado Ocampo, el alférez de la compañía
y yo.... Vamos, esto es asunto de que nos vayamos cuanto antes á
descansar como dos buenos casados: no sé, no sé cómo he podido trepar
por la tapia: tu amor siempre, tu amor que me daba fuerzas. ¡Vive Dios y
qué hermosa está la muchacha!.... ¿Sabes, Mariblanca, que me se va
quitando la borrachera?
--¿Sabeis, señor mio, que á mi no me gustan los hombres borrachos? dijo
sonriendo dulcemente Mariblanca.
--¡Ira de Dios! á fe que cuando vine al pueblo no me acordaba no, vivo
Dios, no me acordaba de tí, y sino te veo... ¡bah! no hubiera vuelto á
acordarme... pero asi que te ví... ven y dame un abrazo Alida.
--No he de acercarme á tí, mientras estes de ese modo.
--Pues entonces para rato tenemos... vamos... ha sido una buena broma...
como nuestra... es necesario si has de ser mi mujer que te vayas
acostumbrando á esto.
--Diego, comiendo se quita la embriaguez.
Y Mariblanca servia un plato al capitan.
--¡Comiendo, eh! ¡pues comamos! asi como asi, solo hemos bebido... y
tengo apetito. ¡Ah! ¡ah! ahora el señor beneficiado estará en la iglesia
bien ageno de que su ama se divierta con un buen mozo.
El capitan comia con apetito.
Mariblanca se sirvió del mismo manjar, y al llevar el primer pedazo á la
boca se puso pálida y se estremeció; sin embargo comió.
--¡Qué felices vamos á ser Diego! dijo Mariblanca: ¡oh! ¡que felices!
¡vamos á estar eternamente juntos!
--Juntos eternamente... por ahora no me desagrada: eres hermosa y jóven
y me amas... vaya si me amas... pero dices eso de eternamente de un
modo...
--Te juro que estaremos juntos hasta la muerte.
--No te conozco muchacha; dijo el capitan engullendo siempre: antes eras
mas desconfiada: y ahora hablas con una seguridad... ¡diablo! no parece
sino que sabes cuando vamos á morir.
Mariblanca soltó una carcajada que heló la sangre al capitan.
Tan aguda, tan acerada por decirlo asi, tan sarcástica, tan llena de
crueldad y de odio habia resonado aquella carcajada en sus oidos.
--Tienes una manera muy singular de reir, niña, dijo el capitan.
--Es verdad, cuando te conocí reia de otro modo. Es verdad que entonces
era feliz y confiada... despues... han pasado diez años, diez años de
vergüenza y de tormento y lentamente mi risa ha cambiado hasta
convertirse en esa risa de odio y de venganza.
Y soltó otra carcajada mas terrible.
El capitan se levantó: Mariblanca se levantó tambien.
--¿Qué significa esto? exclamó: ¿qué burlas son estas, Alida?
--Estas son burlas con que pago la burla que me hiciste: esto es que no
confio mucho en el puñal que ya me engañó una vez, y te hiero de una
manera mas segura, capitan Herrera.
--Vamos, tú estas loca Alida, dijo el capitan sentándose de nuevo: con
todo eso solo consigues que mi embriaguez se aumente, y que me ponga
malo. Dejémonos de niñerías, sigamos nuestra cena, y hablemos como
buenos amigos. Ponme mas de estas truchas Alida; estan muy sabrosas.
--Basta con las que hemos comido, Diego, para nuestro viaje.
--¿Qué viaje?
--El que vamos á hacer juntos dentro de un momento á la eternidad.
--¡Un viaje á la eternidad! exclamó el Ferih saliendo de repente de
detrás de las cortinas de la alcoba.
--¡Un monfí! exclamó el capitan.
--Mi padre, testigo de nuestra boda, Diego, dijo Mariblanca y soltó otra
carcajada.
--Pero ese manjar que has comido... estas pálida, lívida..... hija mia,
exclamó el Ferih que al fin era padre.
--Eran truchas, con hongos venenosos de las humbrías de la cañada de San
Juan; en la salsa habia jugo de yerbas.
--¡Ah! ¡infame ramera! exclamó el capitan que aun conservaba sus
fuerzas, lanzándose sobre Mariblanca.
Pero el Ferih le asió del cuello y ciego de furor, le dió de puñaladas.
El capitan cuando le soltó el Ferih, cayó desplomado debajo de la mesa.
--¡Mata ahora á tu hija, padre! exclamó Alida, repitiendo otra horrible
carcajada.
--¡Oh! ¡matarte! ¡matarte, hija mia! ¡no, no! yo te perdono: yo quiero
que vivas: yo durante mi destierro de España no te he olvidado un solo
dia: yo no me hubiera atrevido á matarte.
--Me he atrevido yo porque estoy deshonrada: porque le he visto otra
vez... he visto al miserable... le amo... y él... él no me amaba... solo
pretendia volver á burlarme...
--Pero..... es necesario que vivas... es necesario pedir socorro...
--¿Para qué?... ¿para que la justicia encuentre aqui al capitan
asesinado?
--¡Oh! ¡Dios mio, Dios mio! y cada vez te pones mas pálida...
--Solo hay un remedio... una yerba... y esa yerba.....
--Está en la montaña, exclamó con desesperacion el Ferih.
Y luego añadió con un acento de resolucion suprema.
--Pero no importa... no... yo te salvaré.
Y asiendo de su hija, la cargó sobre sus hombros; salió al huerto, buscó
el postigo, dejó por un momento á Alida en tierra, violentó el postigo
con sus fuerzas de toro y dió á correr con ella, por las desiertas
calles hácia la salida de la villa.
En el momento en que salia el Ferih del pueblo con su preciosa carga,
tocaban á la misa del gallo las campanas de la iglesia.
--Es de noche, decia Alida dejándose conducir, y con voz ya bastante
débil: es de noche y no encontraremos la yerba, padre.
El Ferih rugia.
--La nieve cubre la montaña... no encontrareis la yerba, repetia con voz
mas débil Alida.
El Ferih forzaba su carrera rugiendo como un leon.
--La muela del Hermitaño donde se encuentra la yerba está lejos, y habré
muerto antes de que llegues.
El Ferih corria y lloraba.
De repente Alida se retorció entre sus brazos y dió un horrible grito.
El Ferih sintió un estremecimiento de horror.
--¡Padre! ¡padre! exclamó Alida llorando: mátame, porque padezco
horriblemente.
El Ferih se detuvo dominado por el horror de la situacion.
Estaba en el campo á la salida del pueblo, y se habia parado bajo el
saliente de una roca.
El horror, la fatiga, le obligaron á descansar un momento; se sentó y al
poner la mano sobre el suelo se estremeció de alegría.
Habia creido tocar la yerba salvadora.
Arrancó algunos tallos y los mordió.
Entonces lanzó una exclamacion indescribible.
--¡La bendita yerba de San Juan! exclamó.
--Es ya tarde, dijo Alida con voz apenas perceptible.
--¡Tarde hija mia! ¡tarde! ¡Dios nos favorece! toma: la yerba de San
Juan te salvará.
--Es tarde... tarde... dijo Alida, yo muero: véngame padre... un
cristiano me ha asesinado.
El Ferih pretendió introducir en la boca de su hija el jugo de la yerba
salvadora, pero Alida tenia los dientes fuertemente apretados por el
dolor: cuando arostrándolo todo el Ferih logró abrir con su puñal los
dientes de Alida, la cabeza de esta cayó desplomada.
Ya todo era inútil: la infeliz habia muerto.
En aquel momento repicaron á _gloria_ las campanas de la iglesia de la
villa.
El monfí que habia quedado mudo, aterrado, replegado sobre su hija, se
alzó rígido y trémulo.
No dió un solo grito, no derramó una sola lágrima, pero exclamó de una
manera terrible:
--¡Los cristianos! siempre los cristianos! ¡ayer mi honra! ¡hoy su vida!
¡Necesito la honra y la vida de todos los castellanos!
Y se llevó á la boca una bocina y la tocó, haciendo retumbar las breñas.
Y luego de breña en breña se oyeron á la redonda bocina de bocina, y
aquella señal, saliendo de entre las quebraduras, avanzaron en círculo y
á la carrera sobre Cádiar los monfíes.
Las campanas seguian repicando á gloria.