CAPITULO XXIV.

De cómo se encontraron reunidas de una manera extraña, personas que

se creian muy separadas.

En una habitacion completamente blanca, con el pavimento cubierto de una

estera de esparto, desnudas las paredes y con techo de bovedillas y

adornada con algunos muebles modestos, al lado de una chimenea

encendida, habia dos mujeres.

Era la una doña Isabel de Córdoba y de Válor: la otra Angiolina

Visconti.

Doña Isabel, si bien contaba ya cuarenta años, estaba en el esplendor de

su hermosura: no de esa hermosura brillante, vaporosa, delicada,

esmaltada, por decirlo así, de la jóven, de la adolescente casi, sino

en esa fuerte y brillante hermosura de la mujer, en que hay un exceso de

vida y de pasion, en que se mira con dolor el pasado, y se espera con

temor ó al menos con una dolorosa resignacion la metamorfosis de la

mujer, en que se marchitan las mejillas, en que aparecen las canas y las

arrugas, en que las formas mas hermosas se deprimen, en que la mirada se

apaga, en que los cabellos se disminuyen, se aclaran, se retiran de la

frente, ó por mejor decir, la ensanchan: doña Isabel no tenia ya la

belleza de la esbeltez, pero tenia en cambio, la magestad y la incitante

hermosura de la matrona: habia engruesado, pero sin perder la belleza de

sus formas; su pecho se habia levantado, pero sin perder su aspecto puro

y virginal; doña Isabel habia crecido en vida y en hermosura y no habia

perdido nada de su pureza: el sufrimiento agudo de un amor contrariado,

de una vida robada á la felicidad, habia impreso, fijado sobre su

semblante, la expresion del sufrimiento, pero de un sufrimiento valiente

y resignado, y esta expresion daba á su hermosísimo semblante, á su

ardiente mirada, un resplandor sublime, por decirlo así, casi divino:

doña Isabel era á los cuarenta años, una de esas mujeres que hacen

bendecir á Dios que las ha criado, que inspiran un amor exento de

competencias de todo género, que absorven completamente la vida y el

alma de un hombre.

Sin embargo, en los veintidos años que habian pasado desde la muerte de

Miguel Lopez, se habia visto libre de pretensiones, exceptuando las de

Yaye.

¿En qué podia consistir esto, tratándose de una mujer tan hermosa y tan

pura?

Consistia en que en Cádiar no la conocia nadie mas que los parientes

próximos de su hijo, su confesor y un escaso número de mujeres.

Estas en verdad habian ponderado su hermosura: pero doña Isabel no salia

de su casa sino para ir á misa (eso todos los dias), y en esta sola

ocasion se cubria de tal modo el rostro con el manto, que solo podia

apreciarse lo airoso de su andar, lo gentil de su conjunto, y ese

perfume particular que deja tras si toda mujer hermosa.

Su casa, encerrada dentro de una tapia y situada en una altura, estaba

libre de miradas curiosas, y en ella no penetraba nadie, mas que, como

hemos dicho los parientes, y estos viejos unos, ó casados los otros, y

algunas mujeres.

La hermosura pues, de doña Isabel, solo se conocia de fama.

Pero lo repetimos: era esta tal, que á pesar de ser hermosísima

Angiolina, se encontraba como empalidecida, como borrada, como

vulgarizada, al lado de doña Isabel.

Encontrábanse las dos, en el momento en que las presentamos de nuevo en

escena, en esa disposicion de ánimo en que se piensa mucho y se habla

muy poco.

Ademas, la situacion en que se encontraban colocadas la una respecto á

la otra, era tirante y difícil: vivian juntas y apenas se conocian: al

llevar Aben-Aboo á Angiolina de Granada, habia dicho á su madre:

--Esta dama es una noble viuda á quien amo, y que se encuentra sola en

el mundo: sino fuera la persona que es, pudiera haberme recibido en su

casa, como otras tantas; pero esto no era conveniente ni decoroso, ni

para ella ni para mí: he contado, pues, con que vos la servireis de

madre hasta el dia en que pueda llamarse vuestra hija.

Doña Isabel tendió la mano á la aventurera que su hijo la presentaba, la

admitió en su casa, la llamo su parienta para salvar las apariencias, y

nada la preguntó ni nada la dijo Angiolina.

La dulzura y la virtud, y la magnífica belleza de doña Isabel, empezaron

á dominar á la veneciana, que se sintió arrastrada hácia ella. Angiolina

por su parte, que era una mujer digna y noble cuando no se trataba de su

empeño por el marqués de la Guardia, empezaba tambien á hacerse lugar en

el corazon de doña Isabel.

Esta no sabia quién era: pero aquella mañana en el exámen, delante de la

Inquisicion, se habia llamado Angiolina princesa.

Doña Isabel no habia podido olvidar aquella revelacion: ni que el

inquisidor habia tratado á Angiolina como una conocida antigua, ni la

turbacion y la vacilacion de Angiolina al reconocer al inquisidor.

Cuando doña Isabel dejaba de pensar en esto, se la venia á la memoria la

terrible muerte de Malicatulzarah, con sus horribles detalles, con toda

su aguda pasion, y entonces los ojos de doña Isabel se llenaban de

lágrimas, y su corazón se levantaba á Dios rogando por aquellos

desventurados.

Por esta razon estaba tan profundamente pensativa doña Isabel.

El haberse visto reconocida por Molina de Medrano cuando menos lo

esperaba; el haber visto aquella mañana desde la atalaya entre las

breñas y á lo lejos á Laurenti y á Cisneros, y el recuerdo de la

sangrienta escena de la iglesia, tenian tambien profundamente pensativa

á Angiolina.

Dieron las ánimas, y doña Isabel las rezó.

Contestóla Angiolina, y por esta razon se cruzaron entre ellas algunas

palabras.

--Cómo zumba el viento en la chimenea, dijo doña Isabel arreglando los

tizones.

--Todo es hoy lúgubre, contestó Angiolina.

--¿Y mi hijo? ¿dónde estará mi Diego? añadió doña Isabel: otras noches

ha venido mas temprano.

--Aquí estoy madre, dijo la voz de Aben-Aboo á la puerta.

Y el jóven adelantó, se quitó la gorra, la capa y el talabarte, y se

sentó delante del fuego entre las dos mujeres.

--No es prudente andar á deshora por la calle cuando tenemos el pueblo

lleno de soldados, y cuando la Inquisicion hace su visita, dijo doña

Isabel: recelan demasiado de nosotros, y es peligroso...

--Pues ved ahí, madre mia, dijo Aben-Aboo: yo quisiera que hubiese cien

veces mas soldados y mil veces mas inquisidores en el pueblo.

Palideció doña Isabel al escuchar la ronca y amenazadora voz de su hijo

y no contestó.

Angiolina miró de una manera profunda al jóven.

Su semblante estaba terriblemente contraido, ceñudo.

--Supongo, dijo doña Isabel, que nos acompañarás á la misa del gallo.

--Cabalmente he venido á deciros que no ireis.

--¿Que no iremos? exclamó doña Isabel: ¿y por qué?

--Porque no debeis ir.

--¡Que no debemos ir! explícate por Dios, Diego.

--Ha llegado la hora, replicó el jóven.

--¿La hora de qué?

--Esta mañana se ha vertido en la iglesia sangre inocente.

--¡Ah! exclamaron las dos mujeres.

--Esta noche se verterá en la misma iglesia sangre de infames.

--Pero tú no la verterás, Diego, hijo mio; exclamó toda asustada doña

Isabel: el crímen ageno no autoriza el crímen propio; tú te harás ageno

á esos crímenes.

--¿Crímenes llamais á la venganza de un pueblo oprimido?

--Dios toma á su cargo las lágrimas y la sangre de los que sufren.

--No queremos esperar tanto.

--Pero no meditas que una vez dado un paso...

--Se dan diez, ciento, mil... en buen hora: yo daré el primero sin

vacilar.

--No, tú no darás ninguno.

--He jurado beber la sangre de ese infame inquisidor y la beberé, madre.

--Pero te perderás, y perderás á los tuyos.

--¿Temeis que alguien perezca en esa lucha, señora? dijo con acento de

reconvencion Aben-Aboo.

--Temo que perezcas tú, contestó con dignidad doña Isabel que habia

comprendido la intencion de su hijo.

--¿Y no temeis por nadie mas?

--Temo por todos, por todos, Diego, ¿lo entiendes?

--Yo creia que antes que por mí temblabais por...

--¿Por quién? preguntó con tal altivez doña Isabel que Aben-Aboo á su

despecho se vió obligado á bajar los ojos.

En aquel momento y cortando la conversacion que empezaba á hacerse

difícil, se abrió la puerta y apareció en ella Alí, el esclavo de

Aben-Aboo.

--Señora, dijo; vuestro hermano don Fernando, que viene con otro

caballero, desea veros.

--Dí á mi tio, contestó Aben-Aboo, que pase á mi habitacion.

--No, no, dijo doña Isabel: díle que entre aquí.

El esclavo salió.

--Acaso mi tio me busca á mí, no á vos, señora.

--Tu tio, dijo á la puerta Aben-Jahuar, os busca á todos; pasad, primo,

pasad; hermana, te traigo un antiguo conocido.

Y adelantaba llevando de la mano á Yaye que temblaba como un niño.

Todos se pusieron de pié.

Aben-Aboo miró con recelo á su tio: doña Isabel fijó una mirada atónita,

vaga, indescribible en Yaye, y Angiolina al ver al emir se puso

sumamente pálida.

--¿Qué es esto, dijo Aben-Aboo? pues no me habiais dicho...

--Indudablemente te he dicho mucho y aun tengo mas que decirte.

--Si, dijo Yaye; vuestro tio tiene que deciros de mi parte graves cosas;

seguidle, Aben-Aboo; yo tambien tengo que tratar con vuestra madre

gravísimos asuntos.

--Aben-Aboo vaciló un momento, y luego dijo:

--Veamos lo que teneis que decirme, tio don Fernando; os dejo con mi

madre, tio don Juan: oid vos señora á ese mi tio que se queda con vos,

como yo voy á oir á este con quien me voy.

Y salió con Aben-Jahuar.

--Permitidme, dijo Angiolina; vais á hablar de graves negocios y...

--No, no; quedaos doña Angélica, dijo con precipitacion doña Isabel.

--La princesa Angiolina Visconti, mi antigua amiga, dijo Yaye con acento

natural, dulce, casi cariñoso, dice bien; tenemos que tratar gravísimos

asuntos, prima, y necesitamos tratarlos á solas. Venid, princesa, venid

y perdonadme, pero graves razones me disculpan.

--¡Oh! siempre estais para mí perdonado, dijo Angiolina, y aceptando la

mano de Yaye se dejó conducir á una puerta inmediata.

Doña Isabel habia quedado de pié y temblando junto á la chimenea.

Su mirada estaba fija en Yaye de una manera lúcida, ardiente, medrosa,

enamorada.

Yaye se conservaba tan hermoso como ella se habia conservado.

Yaye cerró las dos puertas de la habitacion.

--¡Oh, no! exclamó doña Isabel; pueden venir, encontrar las puertas

cerradas.

--Nadie vendrá, dijo Yaye: tu hermano tiene que hablar mucho en mi

nombre á nuestro hijo.

--¡Ah! exclamó doña Isabel cubriéndose el rostro con las manos.

Yaye se acercó y apartó las manos del rostro de doña Isabel.

Esta le miró frente á frente.

Sus ojos parecian absorver á Yaye.

--¡Oh Dios mio! ¡mas hermosa que hace veinte y dos años!

Doña Isabel bajó los ojos y calló.

--¡Veinte y dos años sin vernos! continuó Yaye: ¡veinte y dos años

amándonos de una manera desesperada!

--¡Ah! ¡no, no, yo no! exclamó doña Isabel.

--Si, me amas, tus ojos me lo dicen, me lo dicen tus manos que tiemblan

entre las mias, me lo dice tu alma, Isabel, esposa mia.

Y en un momento de fascinacion aquellos dos semblantes se unieron,

aquellas dos bocas se besaron.

Doña Isabel exhaló un grito ahogado, se retiró bruscamente de Yaye, se

desasió de él y le dijo trémula y conmovida:

--Vete.

--¡Que me vaya!

--Si, vete: vete y déjame con mi pobre amor sin esperanza, resignado,

sufrido; vete, y no me atormentes, porque me atormentarias en vano,

Yaye. Lo que Dios quiso que fuera, fue: me has hecho avergonzarme ante

mí misma; no me hagas que me avergüence ante Dios; vete, Yaye, vete:

sabes que te amo, que te amo como el primer dia en que te confesé mi

amor, pero... Dios no quiere que pasemos de ahí; vete, Yaye, y déjame en

mi triste paz.

--Los dos somos viudos, dijo Yaye.

--Pluguiera á Dios que no lo fuésemos, repuso doña Isabel.

Ennegrecióse el semblante del emir.

--¿Habré yo vivido soñando? dijo.

--Sí, contestó doña Isabel; toda tu vida ha sido un sueño, y un sueño

horrible.

--Pero es que quiero despertar de ese sueño: es que quiero olvidar lo

que por mí ha pasado: es que quiero volver á la vida, renacer

transformado en otro hombre: es que desde hace algun tiempo, veo

claramente que Dios aparta de mí su mano y maldice todas mis obras:

¿será tambien que Dios haya maldecido mi sincero amor, la luz que

continuamente ha alumbrado mi existencia? ¿será que trás tantos años de

esperar y de sufrir, haya tambien de renunciar á tí, á tí á quien he

buscado en vano, á tí á quien adoro y á quien me amparo perdida ya la

esperanza de todo?

--¿Y la patria á quien me sacrificaste, Yaye?

--¡La patria! ¡la patria! exclamó con sordo acento el emir; ¡no hay

esperanza para la patria como no la hay para mí!

--Lo que habeis hecho vosotros los ambiciosos, dijo doña Isabel, ha sido

mantener el descontento entre los moriscos; excitarlos á la rebelion, en

vez de aconsejarles una sumision que hubiera hecho mas blando el yugo

del conquistador. Pero los moriscos han resistido, excitados por

vosotros, los que queriais ser á costa suya; se han rebelado una y cien

veces, han resistido de todo punto la conversion, se han hecho temibles

á fuerza, de indómitos, y solo han conseguido venir al punto de un

rompimiento fatal: esta mañana, ¡oh Dios mio! ¡esta mañana he visto

morir una familia delante de mis ojos! he visto el templo del señor

manchado de sangre y... ¡te he acusado Yaye!

--¡Isabel! exclamó el emir.

--Sí; yo no puedo hacer otra cosa que acusarte. ¡Acuérdate!

--¡Isabel! repitió Yaye.

--¿Qué has hecho de tus hijos, emir de los monfíes? exclamó con acento

solemne y doloroso doña Isabel.

--¡Oh! ¡calla! ¡calla! exclamó Yaye con terror: y luego añadió con voz

sorda y reconcentrada: mis hijos estan malditos de Dios.

--¡Oh! ¡si! exclamó doña Isabel: malditos de Dios porque son hijos del

adulterio.

--Pero ya te he dicho que mi vida ha sido un sueño horrible: que

necesito tu amor para ahogar en él mis recuerdos... mis

remordimientos... porque tengo remordimientos, Isabel... remordimientos

crueles... y tú... tú eres la primera causa de esos remordimientos.

--¡Yo...!

--Si, tú, porque tú fuiste mi primera víctima.

A esta confesion tan franca, tan espontánea, la generosa doña Isabel no

supo qué contestar.

--Cuando yo te conocí, continuó Yaye, alentado por el silencio de doña

Isabel; cuando yo te conocí, abria mis alas al viento de la vida, volaba

de frente, al sol, le miraba cara á cara, y en vez de deslumbrarme, me

parecia el sol pequeño. Sin embargo, te amaba Isabel, te amaba: aun no

se ha cerrado la dolorosa herida que abrió en mi alma nuestra

separacion; solo la muerte de Miguel Lopez y la certeza de que no fuiste

suya, pudo calmar la desesperada amargura que sintió mi alma al verte su

esposa. Yo te necesitaba para llegar á mis sueños de gloria, como la

nube fresca y olorosa que debia sustentarme en mi vuelo por el espacio.

Durante veintidos años he estado pensando continuamente en tí;

llorándote á mis solas, ó entregado al furor por no poseerte: durante

veintidos años, me has esquivado, te has apartado de mí, y yo que

siempre he estado á tu alrededor, no me he valido de los mil medios con

que contaba para apoderarme de tí, porque no podia decirte: soy tuyo,

enteramente tuyo: tú eres mi Dios y mi patria; mis altares y mi honra:

tú lo eres todo para mí, noble y pura mujer engrandecida por el

martirio.

Doña Isabel miraba fascinada á Yaye: podia decirse que su magnífica

hermosura se habia transfigurado.

Yaye creia ver alrededor de su cabeza una aureola de luz.

La desdichada se habia apoyado desfallecida en el respaldo de su sillon,

y miraba de hito en hito á Yaye.

Y un amor inmenso, sin reserva, apareció en su rostro en una explosion

de felicidad; pero de repente, aquel hermoso semblante se nubló de nuevo

bajo su pálida tristeza; el fuego divino de sus ojos se apagó bajo dos

brillantes lágrimas, y oprimiéndose el pecho sobre el corazon, exclamó:

--¡Ya es tarde!

Yaye se estremeció.

Aquella terrible frase ¡ya es tarde! hacia mucho tiempo que se

presentaba ante sus ojos saliendo al encuentro de todos sus proyectos.

--¡Tarde! ¡tarde aun para arrepentirse!

--Tu arrepentimiento no puede evitar las desgracias que nos amenazan,

exclamó dolorosamente doña Isabel. ¿Qué vá á suceder en Cádiar esta

noche?

Yaye se estremeció.

--Es necesario vengar á nuestro pueblo, dijo con voz ronca.

--Y para ello es necesario que se ensangrienten tus hijos, que se cubran

de crímenes. Me destrozaste el corazon como amante, y ahora me le

destrozas como madre. ¿Qué vá á ser de nuestro hijo, Yaye?

Y arrebatada por su pasion de madre, doña Isabel levantó la voz mas de

lo que hubiera debido.

--¡Oh! ¡silencio! ¡silencio, imprudente! exclamó el emir palideciendo de

una manera mortal: cuando yo entré aquí estaba contigo una mujer

terrible, esa italiana, esa farsanta... nos hemos olvidado de todo al

vernos solos, y no hemos cuidado de la seguridad de nuestra entrevista.

Y Yaye tomó una bujía y salió á una habitacion inmediata.

--Afortunadamente no habia nadie, dijo volviendo á entrar; he cerrado

las puertas y podemos hablar sin temor: pero es necesario que nos

decidamos pronto: tu hermano no podrá entretener por mucho tiempo á

nuestro hijo: escúchame Isabel, y escúchame como quien vá á salvar ó á

perder irremisiblemente á una criatura: estoy cansado de la vida: la

fatalidad me ha convencido de que todo lo que haga para salvar á mi

pueblo será inútil: antes de empezar la lucha estan divididos; tu

hermano, mis hijos, todo morisco que vale algo, que puede algo quiere la

corona: se levantan á un tiempo, pero con el odio en el corazon los unos

para los otros: esto acabará mal: Selin II que podria ser para nosotros

una poderosa ayuda, está demasiado entretenido con los venecianos, y

nada hará por el momento: Felipe II sujeta á Flandes con el severísimo

gobierno del duque de Alba, y los hugonotes estan acobardados en

Francia: la reina Isabel de Inglaterra contemporiza y no he podido meter

la rebeldía en Italia: todo nos sale mal. Desde hace año y medio, Dios

se ha encargado de mostrarme palpablemente que yo seré el último emir,

que nuestros hijos seran los últimos moros de España.

--Hace veintidos años, pensaba yo del mismo modo: veia á pesar de mi

juventud, que la lucha de los moriscos contra el rey de España era una

lucha insensata: veia con dolor á mis hermanos empeñados en esa

lucha.... pero ya no es tiempo de hablar de eso, aprovechemos el tiempo

Yaye, porque es necesario que nuestra entrevista concluya pronto, porque

sufro demasiado. ¿A qué has venido con mi hermano, amparándote de él?

--He venido á decirte: sé mi esposa.

--¿Y para qué se ha llevado mi hermano á nuestro hijo?

--Para que nuestro hijo sepa que yo le dejo mi herencia.

--¡Tú herencia!

--Sí; yo abdico en él mi dignidad de emir de los monfíes.

--¡Dios mio! ¡mi hijo rey de tus bandidos!

--Mis bandidos le haran mejor de lo que él seria sin ellos.

--Pero... en vez de evitar...

--Yo no puedo evitar nada. ¡Dios lo quiere! Aben-Aboo es ambicioso,

Isabel.

--¡Oh Dios mio!

--Y no podrás acusarme de que yo he excitado su ambicion.

--¡Oh no!

--Los parientes de Miguel Lopez, su ascendencia, su nombre, todo le ha

alentado para fundar esperanzas ambiciosas sobre la corona de Granada;

ademas, Isabel, la fatalidad me hizo traer hace año y medio á las

Alpujarras á mi hija Esperanza.

--¡Ah! ¡pobre niña! exclamó doña Isabel.

--La fatalidad ó mi ambicion, ó Satanás, han determinado su destino.

Esperanza cayó entre los brazos de un castellano, y fue necesario

ocultar su deshonra. Mi alcázar subterráneo la ahogaba: entonces y

mientras le construia un pequeño palacio en Yátor, Esperanza salió á

respirar el aire libre por las noches y por las mañanas.

--¡Ah! ¡la Dama blanca de la montaña!

--¿Quién fue el primero que pronunció este nombre? La fatalidad sin

duda. No podia haberse elegido un nombre mas misterioso ni mas

incitante. ¡La Dama blanca de la montaña! ¡la hermosísima Dama blanca! y

como si la fatalidad no hubiera quedado satisfecha, extendió este nombre

por todas las Alpujarras: le llevó á los oidos de todos los moriscos, y

acreciendo la fatalidad, Aben-Humeya y Aben-Aboo, la buscaron, la vieron

escondidos en las quebraduras y... se enamoraron de ella sin conocerla;

de ella... de su hermana...

--¡Oh! ¡que horror!

--Luego sospecharon que era mi hija..... despues esta sospecha se

convirtió en certidumbre y entrambos me la pidieron por esposa.

--Dios te castiga de una manera tremenda Yaye, y el castigo de tu culpa

recae sobre los que han tenido la desgracia de pertenecerte. Tú has

condenado á tu amor y á tu familia: tú has hecho maldito á todo lo que

has tocado con tu mano.

--Mi culpa ha sido haber amado á mi patria y habérselo sacrificado

todo... mi culpa ha sido...

--Haber ambicionado lo imposible, haber mirado con desprecio la

felicidad sencilla, humilde, pero tranquila, sin remordimientos. Has

querido salvar á tu pueblo y le has perdido.

--Sea como quiera ya es tarde para volver atrás: vale mas morir

luchando, que ser martirizados lentamente dia por dia, hora por hora,

minuto por minuto: en el punto en que estan las cosas... y no nos

engañemos, en el punto en que yo las encontré... la lucha la guerra, han

sido y son la única, la última esperanza de nuestro pueblo. Nuestro hijo

ha tenido la desgracia de nacer de tí...

--¡Ah! exclamó doña Isabel!

--Y acaso, si hubiera sido hijo de Miguel Lopez, si este hubiera vivido,

fuera mas feroz, mas impetuoso. La sangre de los Válor que corre por sus

venas es la que le da soberbia: si fuera hijo de otra mujer...

--¡Me acusas! es decir que yo no debí casarme.....

--Acaso no: y si tu no te hubieras casado...

--Mi desesperacion al verme abandonada...

--¡Tu venganza!

--¡Ah Dios mio!...

--Dejemos, pues, las recriminaciones porque entrambos tenemos de qué

acusarnos. Si tu no te hubieras casado, hubieras sido mi esposa:

Aben-Humeya, mi otro hijo de la fatalidad, tú lo sabes bien Isabel, no

existiria; no existiria mi otra hija Esperanza: nuestro hijo educado por

mí, seria un caballero...

--¿Y qué no lo es?

Movió dolorosamente la cabeza Yaye.

--Mucho me temo dijo, de que Aben-Aboo no sea un infame.

--Le juzgas con demasiada ligereza.

--¡A qué ha traido esa comedianta de Granada! ¿sabes tú quien es esa

comediante?

--Solo sé que es una ilustre dama viuda...

--Tu hijo afrenta á su madre permitiendo que se la engañe, que se la

escarnezca: esa mujer es enemiga á muerte de mi hija, enemiga mia:

Aben-Aboo, uniéndose á ella, se conjura contra mí que le he colmado de

beneficios; acaso se apresta á ser el brazo de exterminio de esa mujer.

--¡No, no! ¡Dios no lo permitirá!

--Nuestros padres han cometido sin duda grandes pecados, porque estamos

malditos de Dios.

--¿Has venido á acabarme de rasgar el corazon?

--Solo un medio de salvacion nos queda.

--¿Cuál?

--Sé mi esposa...

--Y siendo yo tu esposa...

--Cuando seas mi esposa, Aben-Aboo sabrá quien es su padre.

--¡Otro sacrificio..!

--Te lo pido por nuestro hijo...

--¡Pero si es ambicioso..!

--Cúrele yo del amor de su hermana, que ya sabré buscarle en Africa un

reino donde mande á su placer.

--¡Ay! no tengo esperanza ninguna, Yaye.

--Ni amor tampoco.

--Amor si; y un amor desesperado: lo sabes: te lo escribí hace veintidos

años: te amaré siempre, te dije entonces, y he cumplido mi juramento; yo

te amo Yaye, ahora mas que entonces; con toda mi alma, con todo mi

deseo, y me pareces mas hermoso y mas grande: pero en medio de los dos

se levanta una sombra maldita.

--¿Piensas acaso que yo tuve alguna parte en el asesinato de Miguel

Lopez?

--¡Ah, no! ¡no! ya lo sé: ya sé que eres inocente de aquel crímen: pero

escucha: algunas noches estoy desvelada: mi cabeza revuelve sus

recuerdos, y tu entre ellos te levantas diciéndome siempre yo te amo: te

miro enamorado, anhelante, sufriendo por mí; y cuando voy á arrojarme en

tus brazos me detiene una sombra horrible, la sombra de Miguel Lopez. Yo

te amaba me dice: y tu amor me costó la vida: un hijo de otro lleva mi

nombre: yo me vengaré en ese hijo de la afrenta que se me ha hecho: Yaye

te ama, le amas tú, pero yo espíritu condenado vago en derredor de

vosotros envidioso de vuestra felicidad..... ¡oh! ¡yo estoy loca, Yaye!

todo lo que pasa á mi alrededor me asusta; el mas leve ruido me

estremece; creo que solo estoy segura á los piés del altar, á donde no

se atreven á perseguirme esos recuerdos, ni ese horrible fantasma.

--Pues bien, dijo Yaye: vamos juntos al pié de ese altar arrodillémonos

ante él, y levantémonos con las manos asidas, esposos.

--¿Y cómo vendrias tú ante el altar del Dios de los cristianos?

--Isabel, ¿creerás en lo inmenso de mi amor, cuando sepas que ese amor

me ha convertido?

Doña Isabel lanzó un grito de alegría.

--¿Convertido tú?

--Mira:

Y Yaye se abrió el jubon, y mostró á doña Isabel el relicario con la

imágen de la Vírgen, que ella le habia dado veintidos años antes,

pendiente de su cuello.

--Pero este relicario quedó en poder de mi cuñada doña Elvira, dijo

alentando apenas doña Isabel.

--Es verdad, pero yo se lo hice robar. ¿No sabes que mis monfíes entran

en todas partes?

--Y la santa imágen de la Vírgen... ¡oh Dios mio!.. ¡y mi amor..! ¡no me

engañes por Dios, Yaye!

--Mi hija Esperanza á quien amo con toda mi alma, es cristiana tambien

como tú; el padre de doña Estrella, de la madre de Esperanza, el rey del

desierto de Méjico, profesa tambien el cristianismo; rodeado de una

familia de convertidos, he meditado mucho y me he convertido tambien.

Doña Isabel miró de una manera vaga, ansiosa, insensata á Yaye, y

poniendo sus manos sobre sus hombros, le dijo con la voz desfallecida:

--Júrame que no mientes, Yaye: ¡júramelo!

--Te lo juro por el misterio de la Encarnacion del Verbo, contestó Yaye.

--¡Cristiano! ¡cristiano! exclamó estremecida de placer doña Isabel:

pues bien: soy tuya, tuya: tu esposa, tu amante, tu esclava, lo que tú

quieras que sea... ¡oh Dios mió! ¡Dios mio! ¡al fin has tenido compasión

de mí!

Y doña Isabel se arrojó entre los brazos de Yaye, le estrechó en ellos,

y rompió á llorar.

Yaye lloraba de placer.

--Serenémonos dijo: retirando suavemente á doña Isabel, y sentándola en

un sillon. Es necesario evitar que nuestro hijo nos encuentre

encerrados.

--Sí, si; es necesario, necesario de todo punto que... que nuestro

hijo.....

Y doña Isabel se detuvo.

--Para curarle de su ambicion, es necesario darle á probar algunos

amargos desengaños: yo abdico en él: pero mi nombre y mi espada quedan

al frente de los monfíes....

--¡Con que esa guerra es inevitable!

--Has olvidado ya la muerte de la desdichada Malicatulzarah.

--¡Oh miserables! exclamó con fiereza doña Isabel.

--¿Crees que los castellanos no son unos infames, á quienes si

pudiéramos deberiamos exterminar?

--Harto se han ensangrentado con los pobres moriscos.

--Pues bien, Isabel, ha llegado el dia de la venganza: no podremos

exterminar á todos los verdugos, pero gran parte de ellos caerán bajo

nuestra espada... y.... ¿quien sabe? Tu amor me engrandece, Isabel mia,

el Dios misericordioso á quien adoro, me demostrará que me ha perdonado

por tu amor, si me concede el triunfo...

--Y yo te aliento al combate: antes temblaba, temblaba por mi hijo...

pero ahora... ahora que levantas tu corazon á Dios, ahora que solo

desnudas tu espada para defender al débil y al oprimido, ahora Yaye,

siento hervir en mis venas la sangre de mi raza: levántate, valiente

mio, y extermina en nombre del Dios de la justicia á esos miserables

asesinos de viejos, moribundos y mujeres: levántate con la espada de

Dios en la mano, y cuenta con el aliento de tu esposa...

--Silencio, se acercan... por aquella otra puerta que no está cerrada,

dijo Yaye.

En efecto, se oian pasos precipitados.

Levantóse el tapiz y apareció Aben-Aboo, adelantó, se detuvo, y fijó una

mirada indescribible en Yaye y en su madre.

Tras él venia Aben-Jahuar.

--¿Es verdad lo que acaba de decirme mi tio, señor? dijo el jóven con la

voz ronca.

--¿Y qué os ha dicho mi buen primo?

--Me ha dicho que mi madre y vos...

--Es verdad lo que mi hermano te ha dicho, hijo mio. Amo á nuestro

pariente Sidy Yaye.

--¿Y os casais con él?

--Me caso.

--¿Y vos me dejais la dignidad de emir de los monfíes?

--Sí, porque os amo Aben-Aboo, porque quiero que no tengais zelos de

vuestro primo Aben-Humeya.

--¿Es decir que vais á ser mi padre...?

--Si.

--¿Que levantaré vuestra bandera contra los castellanos?

--Si.

--Yo habia creido que todo esto era un sueño terrible, dijo con voz casi

sepulcral Aben-Aboo.

--¡Te parece terrible mi casamiento con tu madre, mi abdicacion en tí de

mi corona! dijo con extrañeza Yaye.

--¿Sabia esto mi tio Aben-Jahuar hace algun tiempo? dijo el jóven

señalando con una mirada hosca al morisco.

--No lo ha sabido hasta esta noche.

--Madre, dijo el jóven acercándose á doña Isabel y asiéndola una mano;

que Dios os haga feliz; señor, añadió asiendo otra mano de Yaye, os juro

que muy pronto habeis de ver el buen uso que hago del poder que me dais.

--Tú serás sin embargo, mi hijo y mi vasallo, dijo Yaye.

--Lo seré, señor.

--Si cumples bien y fielmente, como lo espero, antes de mucho, tu madre

y yo nos retiraremos á una vida oscura y pacífica.

--A donde quiera que vayais, allí irá con vosotros el corazon de vuestro

hijo.

--Esta noche es la mas feliz de mi vida, dijo Yaye: mi hija sale de

España con su esposo; una mujer digna del amor de un héroe, me da con su

amor la paz de mi alma, y tú valiente hijo mio, aceptas mi espada, y te

aprestas á un combate que ya no puede dilatarse: nuestro pariente el

noble Aben-Jahuar nos ayuda con su valor y sus consejos, y Aben-Humeya

verá con placer, que ya entre él y su valiente primo no existe motivo de

rivalidad. Dios ha querido que llegue este fausto momento. Hagámonos,

pues, dignos de él, aprovechando el tiempo en su servicio, Isabel:

añadió volviéndose á ella: no salgais esta noche de vuestra casa: suceda

lo que suceda, nada temais. Pero añadió en voz tan baja que solo doña

Isabel pudo oirla; tened mucha cuenta con esa mujer, con esa italiana.

--Pero... murmuró doña Isabel.

--Os va en ello la honra y acaso la vida. Y luego añadió alto: mi

valiente sobrino, mi noble primo: ya es tarde y sabeis que nos esperan.

Adios Isabel, os repito que nada temais, y, sobre todo, no olvideis lo

que os he encargado.

--Adios, señor, dijo doña Isabel: adios hermano, adios hijo mio.

Y al pronunciar estas últimas palabras, se arrojó sollozando en los

brazos de Aben-Aboo.

--¡Oh madre mia! ¡madre mia! exclamó el jóven, ¡rogad á Dios!

Pronunció con tal acento Aben-Aboo sus últimas palabras, que doña

Isabel, sin poderse explicar la causa de ello se estremeció.

Poco despues estaba sola, pensativa, pálida y llorosa al lado de la

chimenea: una mujer de pié, inmóvil en una puerta, la observaba.

Era Angiolina.

--¡Con que Aben-Aboo es vuestro hijo! ¡con que tú no has tenido otro

esposo que el emir! murmuraba la veneciana. ¡Ah! ¡ah! ¡mi venganza se va

haciendo cada dia mas horrible!

Y dos gruesas lágrimas surcaron las mejíllas de aquella mujer singular.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 91 / 168 题