CAPITULO XXIII.

Cómo trataba Yaye á sus parientes.

Tendió á un tiempo las manos á Aben-Jahuar y Aben-Aboo y se las estrechó

con fuerza.

[imagen: El licenciado Juan de Ribera.]

--¡Oh! dijo sentándose. Estoy contento. Al fin he tomado una resolucion

decisiva, he fijado la suerte de mi hija y me quedo libre para hacer con

vosotros la guerra al cristiano.

--¡Qué habeis fijado la suerte de vuestra hija! primo, dijo Aben-Jahuar

con las muestras del mas solícito interés.

--Sí, esta tarde se la he entregado á su marido. Era para mí un

obstáculo inseparable; la acompaña su abuelo, y va bien escoltada. Es

verdad que puede haberles cortado el camino la tormenta impidiéndoles

pasar la rambla de los Ciegos, pero esto no es mas que algunas horas de

detencion; remontaran la montaña y llegaran mañana á Motril, donde en

una galeota mia se trasladaran á Venecia. Y estoy alegre, vive Dios, muy

alegre. Era necesario decidirse, decidirse de todo punto. Pero tengo

apetito. Manda, hijo mio que nos den de cenar.

Se levantó Aben-Aboo y salió.

--Tengo que hablarte primo, de un asunto, ó por mejor decir de dos

asuntos importantísimos para los dos. No he querido decírtelo delante de

nuestro sobrino.

--¿Tan de repente has pensado ese asunto?

--Si; cuando al fin he visto asegurada la suerte de Amina, me he

encontrado otro hombre. Pienso abdicar...

--Abdicar... ¿y en qiuén?

--Aben-Aboo es muy brabo y los monfíes le aman...

--¡Cómo!

--Silencio, le siento acercarse... cuando hayamos cenado, yo me

despediré, é iré á esperarte á la salida de la villa por la Caba-honda.

--Iré.

Aben-Aboo entró en aquel momento y á la primer mirada comprendió que

habia pasado algo grave entre sus dos tios.

Sin embargo comprendió tambien que debia disimular.

--¿Conqué mi prima, dijo, se va á Venecia? ¡Y yo que contaba al menos

con verla!

--¿Y qué habiamos de hacer aquí con ella una vez empeñada la guerra? No,

no: era prudente ponerla fuera del incendio. Si Dios nos ayuda y

triunfamos tiempo tendremos de verla.

El Cojo entró entonces con una verdadera cena de meson, pero era tal el

apetito de los comensales, estaban todos tan contentos, cada cual por su

causa, que devoraban un pésimo gigote y algunas aves, acompañadas de una

liebre que por casualidad tenia cabeza.

Durante la cena y como estaban servidos por el Cojo y por su hija,

alegre mocetona de veinte y cuatro años, la cena pasó con una

conversacion indiferente.

[imagen: El capitan Diego de Herrera.]

--¿Qué diria la Inquisicion si nos viera comer carne la noche de

navidad?, dijo el emir.

--¿Y si viera que esta carne nos la servia una mora de tan buena carne

como Pascuala? dijo Aben-Jahuar.

--Vamos señor, siempre que hay gentes delante se estrella vuesamerced,

contestó la muchacha.

--¡Cuándo digo yo que esta Pascuala acabará por arruinarme! dijo el

Cojo.

--¿Pues qué hace la muchacha para ello? dijo Aben-Aboo.

--¡Bah! con esa cara de hereje que pone á los huéspedes... no hay

ninguno que no se me haya quejado, sobre todo de la mala cama.

--Es que los tales huéspedes quieren á veces, que las camas sean tan

completas... dijo la muchacha.

--Y no crean usamercedes que esto es por virtud; no señor; sino porque

la tiene bebidos los sesos ese organista del diablo, que solo gana tres

maravedises... que... que en fin, es un haragan, un desarrapado... lo

que no impide que esta señora se pase las noches de claro en claro

pelando la pava con él.

--¿Y qué tiene eso de malo?

Y asi mientras duró la cena, los tres personajes ocultaron su verdadero

estado con conversaciones tales, como la de que acabamos de dar una

muestra.

Acabada la cena, el emir se despidió de Aben-Jahuar y de Aben-Aboo.

--¡Que está tranquilo acerca de su hija! dijo sombriamente el jóven

apenas se quedó solo con su tio.

--Afortunadamente, nadie nos ha conocido, ni los mismos que nos han

ayudado saben lo que han hecho. El emir no puede hacernos cargo de nada.

--¿Y á dónde irá ahora?

--Es muy posible que vaya á ver á tu madre.

Ya sabemos que Aben-Jahuar sabia que Yaye no habia ido en busca de su

hermana doña Isabel.

--¿A buscar á mi madre en una noche como esta?

--Pues esta noche mas que otra, debe el emir estar cuidadoso por mi

hermana.

--Pero la tenacidad de _ese hombre_, cuando mi madre...

--¿Y qué quieres? asi son todos los enamorados.

--¡Pues juro á Dios...!

Aben-Aboo se detuvo, pero Aben-Jahuar adivinó el resto del juramento:

Aben-Aboo se habia puesto de pié, y se arreglaba la capa y el talabarte.

--Mira lo que haces, sobrino, exclamó profundamente Aben-Jahuar: el emir

es poderoso, y está acostumbrado á satisfacer sus empeños: prudencia,

sobrino, prudencia, y no aventuremos en un minuto lo que tanta paciencia

y tantos sacrificios nos ha costado.

--Tan prudente seré, dijo Aben-Aboo, que daré ocasion á que otros

aprendan en mi prudencia.

Aben-Aboo que habia pronunciado estas palabras de una manera ambigua,

cuya verdadera intencion no podia apreciarse bien, salió.

--¡Ah! dijo Aben-Jahuar: ¡quiere abdicar en Aben-Aboo! ¡si ese insensato

llega á ser emir de los monfíes, todo está perdido para mí! los monfíes

conocen su ferocidad y le aprecian: le servirian á ciegas, y correrian

tras él, aunque los llevase á arrojarse de cabeza á un volcan. Pero

aunque sois astuto y feroz, señor sobrino, yo os llevo la delantera, y

nos veremos, vive Dios, ¡nos veremos!¡vos, el emir y yo...! ¡Ah! ¡ah! yo

os juro amigo mio, que no habeis de ver la verdad hasta que esa verdad

os espante.

Despues llamó, pagó la cuenta que le ajustó el Cojo por los dedos, y se

fué á encontrar al emir.

Hallóle en la parte baja del pueblo junto á las tapias.

--Empezaba á impacientarme, le dijo.

--He tenido que engañar á Aben-Aboo para separarme de él.

--¿Y sospecha algo?

--Nada: solo espera con impaciencia que llegue la hora.

--Poco tardará en sonar, ya son las nueve. Entre tanto podemos hablar

nosotros, y ponernos de acuerdo.

--¿Pues qué estamos discordes?

--Si; y este es un mal presagio.

--¿Y en qué consiste esa discordancia?

--En que todos teneis ambicion, y vuestras ambiciones encontradas, seran

la causa de nuestra ruina.

--¿Y nada dices de tu propia ambicion?

--Yo la he perdido: todo me ha salido mal: en todos mis afectos, en

todos mis deseos, en todas mis esperanzas, estoy ya contrariado: ya no

soy el hombre que luchaba con toda su inteligencia, con todas sus

fuerzas: soy un vencido que se rinde.

--¡Un vencido!...

--Sí vencido por su suerte.

--Desmayas en los momentos en que mas necesitamos de tu ayuda.

--No por cierto: yo os doy todo lo que tengo: mi ejército, mis tesoros,

mi espada. ¿Quereis mas?

--Pero esa abdicacion...

--Es necesaria. Aben-Aboo está descontento: Aben-Humeya le mira con

recelo: señor es uno, vasallo el otro: ni Aben-Aboo serviria bien á

Aben-Humeya, ni Aben Humeya confiará en Aben-Aboo. Por el contrario,

siendo Aben-Aboo emir de los monfíes, se encontraran igualmente

poderosos...

--Aben-Aboo pesará sobre Aben-Humeya.

--Pero aun vivimos nosotros: nosotros mas experimentados que ellos:

nosotros que tenemos una poderosa influencia, tú sobre los moriscos, yo

sobre los monfíes: nosotros que podemos enlazarnos á ellos por sagrados

vínculos.

--¡Cómo!

--Tu amas á tu cuñada doña Elvira, dijo Yaye.

--Es verdad, contestó con voz cavernosa Aben-Jahuar.

--Yo amo... cada dia con mas fuerza, cada dia con mas desesperación, á

tu hermana doña Isabel.

--¿Por qué no la amaste del mismo modo hace veintidós años? entonces

Aben-Aboo sería tu hijo...

--¡Ah! exclamó Yaye: olvidemos lo pasado y pensemos solo en el presente:

estoy irrevocablemente decidido á lo que te he propuesto.

--No creo realizable tu proyecto mas que en lo relativo á la abdicacion

en Aben-Aboo: por lo demás, ni mi hermana se casará contigo, ni conmigo

mi cuñada doña Elvira; ademas, y seamos francos... doña Elvira te ama,

Yaye.

--¡Oh! ¿quién te ha dicho eso?

--¿No crees que los zelos son muy perspicaces?

--Los zelos mienten, ó por mejor decir, los zelos se engañan. Doña

Elvira no ama á nadie, á nadie mas que á su hijo: por eso, encontrando

solo un hombre ante el porvenir de su hijo, siendo ese hombre yo,

pretende inhabilitarme, apoderarse de mí, matarme, en una palabra; Doña

Elvira, primo, me aborrece, y por que me aborrece, me cerca de

asechanzas, me ataca con todas sus armas, con su astucia, con un amor

fingido, con un empeño tenaz. Cuando vea que yo abdico en Aben-Aboo...

que me caso con tu hermana, doña Elvira se casará contigo, para

contrabalancear el poder de Aben-Aboo: no lo dudes Aben-Jahuar: doña

Elvira solo ama á su hijo Aben-Humeya.

Quedóse profundamente pensativo Aben-Jahuar.

--¿Y qué hemos de hacer? dijo.

--¿Consientes en que pongamos por obra mis proyectos?

--¿Y tú estás seguro de que doña Elvira querrá casarse conmigo?

--Sí, en el momento en que yo me case con tu hermana doña Isabel.

--Pero es necesario empezar á obrar al momento.

--Es necesario que vayamos á casa de tu hermana.

--¡Ah!

--Tú hablarás á Aben-Aboo; le participarás mi resolucion, y le

prepararás para que desde esta noche empiece á obrar como corresponde á

su nuevo estado: yo entre tanto hablaré á tu hermana.

--Quiera Dios, dijo Aben-Jahuar que saques de ella tan buen partido como

yo espero sacar de Aben-Aboo.

Y tomando por fuera de las tapias arriba, se encaminó con Yaye á la

atalaya donde vivia Aben-Aboo.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 90 / 168 题