Cómo trataba Yaye á sus parientes.
Tendió á un tiempo las manos á Aben-Jahuar y Aben-Aboo y se las estrechó
con fuerza.
[imagen: El licenciado Juan de Ribera.]
--¡Oh! dijo sentándose. Estoy contento. Al fin he tomado una resolucion
decisiva, he fijado la suerte de mi hija y me quedo libre para hacer con
vosotros la guerra al cristiano.
--¡Qué habeis fijado la suerte de vuestra hija! primo, dijo Aben-Jahuar
con las muestras del mas solícito interés.
--Sí, esta tarde se la he entregado á su marido. Era para mí un
obstáculo inseparable; la acompaña su abuelo, y va bien escoltada. Es
verdad que puede haberles cortado el camino la tormenta impidiéndoles
pasar la rambla de los Ciegos, pero esto no es mas que algunas horas de
detencion; remontaran la montaña y llegaran mañana á Motril, donde en
una galeota mia se trasladaran á Venecia. Y estoy alegre, vive Dios, muy
alegre. Era necesario decidirse, decidirse de todo punto. Pero tengo
apetito. Manda, hijo mio que nos den de cenar.
Se levantó Aben-Aboo y salió.
--Tengo que hablarte primo, de un asunto, ó por mejor decir de dos
asuntos importantísimos para los dos. No he querido decírtelo delante de
nuestro sobrino.
--¿Tan de repente has pensado ese asunto?
--Si; cuando al fin he visto asegurada la suerte de Amina, me he
encontrado otro hombre. Pienso abdicar...
--Abdicar... ¿y en qiuén?
--Aben-Aboo es muy brabo y los monfíes le aman...
--¡Cómo!
--Silencio, le siento acercarse... cuando hayamos cenado, yo me
despediré, é iré á esperarte á la salida de la villa por la Caba-honda.
--Iré.
Aben-Aboo entró en aquel momento y á la primer mirada comprendió que
habia pasado algo grave entre sus dos tios.
Sin embargo comprendió tambien que debia disimular.
--¿Conqué mi prima, dijo, se va á Venecia? ¡Y yo que contaba al menos
con verla!
--¿Y qué habiamos de hacer aquí con ella una vez empeñada la guerra? No,
no: era prudente ponerla fuera del incendio. Si Dios nos ayuda y
triunfamos tiempo tendremos de verla.
El Cojo entró entonces con una verdadera cena de meson, pero era tal el
apetito de los comensales, estaban todos tan contentos, cada cual por su
causa, que devoraban un pésimo gigote y algunas aves, acompañadas de una
liebre que por casualidad tenia cabeza.
Durante la cena y como estaban servidos por el Cojo y por su hija,
alegre mocetona de veinte y cuatro años, la cena pasó con una
conversacion indiferente.
[imagen: El capitan Diego de Herrera.]
--¿Qué diria la Inquisicion si nos viera comer carne la noche de
navidad?, dijo el emir.
--¿Y si viera que esta carne nos la servia una mora de tan buena carne
como Pascuala? dijo Aben-Jahuar.
--Vamos señor, siempre que hay gentes delante se estrella vuesamerced,
contestó la muchacha.
--¡Cuándo digo yo que esta Pascuala acabará por arruinarme! dijo el
Cojo.
--¿Pues qué hace la muchacha para ello? dijo Aben-Aboo.
--¡Bah! con esa cara de hereje que pone á los huéspedes... no hay
ninguno que no se me haya quejado, sobre todo de la mala cama.
--Es que los tales huéspedes quieren á veces, que las camas sean tan
completas... dijo la muchacha.
--Y no crean usamercedes que esto es por virtud; no señor; sino porque
la tiene bebidos los sesos ese organista del diablo, que solo gana tres
maravedises... que... que en fin, es un haragan, un desarrapado... lo
que no impide que esta señora se pase las noches de claro en claro
pelando la pava con él.
--¿Y qué tiene eso de malo?
Y asi mientras duró la cena, los tres personajes ocultaron su verdadero
estado con conversaciones tales, como la de que acabamos de dar una
muestra.
Acabada la cena, el emir se despidió de Aben-Jahuar y de Aben-Aboo.
--¡Que está tranquilo acerca de su hija! dijo sombriamente el jóven
apenas se quedó solo con su tio.
--Afortunadamente, nadie nos ha conocido, ni los mismos que nos han
ayudado saben lo que han hecho. El emir no puede hacernos cargo de nada.
--¿Y á dónde irá ahora?
--Es muy posible que vaya á ver á tu madre.
Ya sabemos que Aben-Jahuar sabia que Yaye no habia ido en busca de su
hermana doña Isabel.
--¿A buscar á mi madre en una noche como esta?
--Pues esta noche mas que otra, debe el emir estar cuidadoso por mi
hermana.
--Pero la tenacidad de _ese hombre_, cuando mi madre...
--¿Y qué quieres? asi son todos los enamorados.
--¡Pues juro á Dios...!
Aben-Aboo se detuvo, pero Aben-Jahuar adivinó el resto del juramento:
Aben-Aboo se habia puesto de pié, y se arreglaba la capa y el talabarte.
--Mira lo que haces, sobrino, exclamó profundamente Aben-Jahuar: el emir
es poderoso, y está acostumbrado á satisfacer sus empeños: prudencia,
sobrino, prudencia, y no aventuremos en un minuto lo que tanta paciencia
y tantos sacrificios nos ha costado.
--Tan prudente seré, dijo Aben-Aboo, que daré ocasion á que otros
aprendan en mi prudencia.
Aben-Aboo que habia pronunciado estas palabras de una manera ambigua,
cuya verdadera intencion no podia apreciarse bien, salió.
--¡Ah! dijo Aben-Jahuar: ¡quiere abdicar en Aben-Aboo! ¡si ese insensato
llega á ser emir de los monfíes, todo está perdido para mí! los monfíes
conocen su ferocidad y le aprecian: le servirian á ciegas, y correrian
tras él, aunque los llevase á arrojarse de cabeza á un volcan. Pero
aunque sois astuto y feroz, señor sobrino, yo os llevo la delantera, y
nos veremos, vive Dios, ¡nos veremos!¡vos, el emir y yo...! ¡Ah! ¡ah! yo
os juro amigo mio, que no habeis de ver la verdad hasta que esa verdad
os espante.
Despues llamó, pagó la cuenta que le ajustó el Cojo por los dedos, y se
fué á encontrar al emir.
Hallóle en la parte baja del pueblo junto á las tapias.
--Empezaba á impacientarme, le dijo.
--He tenido que engañar á Aben-Aboo para separarme de él.
--¿Y sospecha algo?
--Nada: solo espera con impaciencia que llegue la hora.
--Poco tardará en sonar, ya son las nueve. Entre tanto podemos hablar
nosotros, y ponernos de acuerdo.
--¿Pues qué estamos discordes?
--Si; y este es un mal presagio.
--¿Y en qué consiste esa discordancia?
--En que todos teneis ambicion, y vuestras ambiciones encontradas, seran
la causa de nuestra ruina.
--¿Y nada dices de tu propia ambicion?
--Yo la he perdido: todo me ha salido mal: en todos mis afectos, en
todos mis deseos, en todas mis esperanzas, estoy ya contrariado: ya no
soy el hombre que luchaba con toda su inteligencia, con todas sus
fuerzas: soy un vencido que se rinde.
--¡Un vencido!...
--Sí vencido por su suerte.
--Desmayas en los momentos en que mas necesitamos de tu ayuda.
--No por cierto: yo os doy todo lo que tengo: mi ejército, mis tesoros,
mi espada. ¿Quereis mas?
--Pero esa abdicacion...
--Es necesaria. Aben-Aboo está descontento: Aben-Humeya le mira con
recelo: señor es uno, vasallo el otro: ni Aben-Aboo serviria bien á
Aben-Humeya, ni Aben Humeya confiará en Aben-Aboo. Por el contrario,
siendo Aben-Aboo emir de los monfíes, se encontraran igualmente
poderosos...
--Aben-Aboo pesará sobre Aben-Humeya.
--Pero aun vivimos nosotros: nosotros mas experimentados que ellos:
nosotros que tenemos una poderosa influencia, tú sobre los moriscos, yo
sobre los monfíes: nosotros que podemos enlazarnos á ellos por sagrados
vínculos.
--¡Cómo!
--Tu amas á tu cuñada doña Elvira, dijo Yaye.
--Es verdad, contestó con voz cavernosa Aben-Jahuar.
--Yo amo... cada dia con mas fuerza, cada dia con mas desesperación, á
tu hermana doña Isabel.
--¿Por qué no la amaste del mismo modo hace veintidós años? entonces
Aben-Aboo sería tu hijo...
--¡Ah! exclamó Yaye: olvidemos lo pasado y pensemos solo en el presente:
estoy irrevocablemente decidido á lo que te he propuesto.
--No creo realizable tu proyecto mas que en lo relativo á la abdicacion
en Aben-Aboo: por lo demás, ni mi hermana se casará contigo, ni conmigo
mi cuñada doña Elvira; ademas, y seamos francos... doña Elvira te ama,
Yaye.
--¡Oh! ¿quién te ha dicho eso?
--¿No crees que los zelos son muy perspicaces?
--Los zelos mienten, ó por mejor decir, los zelos se engañan. Doña
Elvira no ama á nadie, á nadie mas que á su hijo: por eso, encontrando
solo un hombre ante el porvenir de su hijo, siendo ese hombre yo,
pretende inhabilitarme, apoderarse de mí, matarme, en una palabra; Doña
Elvira, primo, me aborrece, y por que me aborrece, me cerca de
asechanzas, me ataca con todas sus armas, con su astucia, con un amor
fingido, con un empeño tenaz. Cuando vea que yo abdico en Aben-Aboo...
que me caso con tu hermana, doña Elvira se casará contigo, para
contrabalancear el poder de Aben-Aboo: no lo dudes Aben-Jahuar: doña
Elvira solo ama á su hijo Aben-Humeya.
Quedóse profundamente pensativo Aben-Jahuar.
--¿Y qué hemos de hacer? dijo.
--¿Consientes en que pongamos por obra mis proyectos?
--¿Y tú estás seguro de que doña Elvira querrá casarse conmigo?
--Sí, en el momento en que yo me case con tu hermana doña Isabel.
--Pero es necesario empezar á obrar al momento.
--Es necesario que vayamos á casa de tu hermana.
--¡Ah!
--Tú hablarás á Aben-Aboo; le participarás mi resolucion, y le
prepararás para que desde esta noche empiece á obrar como corresponde á
su nuevo estado: yo entre tanto hablaré á tu hermana.
--Quiera Dios, dijo Aben-Jahuar que saques de ella tan buen partido como
yo espero sacar de Aben-Aboo.
Y tomando por fuera de las tapias arriba, se encaminó con Yaye á la
atalaya donde vivia Aben-Aboo.